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Full text of "De Assis Piquet 1902 Memorias Postumas De Blas Cubas"

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MACHADO D E A S SIS 

-r &— ~—s-~ 


MEMORIAS POSTUMAS 

DF. 



VERSIÓN DE JULIO 


PI Q.UÉT 


Sí esta traducción llegara á adolecer de mas 
defectos que los tolerables, sería injusto atri¬ 
buirlo á. incuria, pues la acometo con el mayor 
ddseo de que corresponda á la belleza del origi¬ 
nal, no solamente por lo mucho que éste vale, 
sino porque el propósito que principalmente 
tengo al emprender este modesto trabajo, es ex¬ 
presar mi gratitud por las muchas atenciones 
que debo á mis colegas y amigos del Brasil. 

•i. i*. 


MONTEVIDEO 

Imprenta y Litografía «La Razón»;. Callf. Cámaras, 54 


í 002 




H1 gusano 
que 

primero royó las frías carnes 
de mi cadáver, 
dedico, 

como «saudoso» recuerdo, 
estas 

HXE^moria.3 postumas, 




AL LECTOR 


Que Stendhal confesase haber escrito uno de sus libros para cien 
lectores, cosa es que admira y consterna. Lo que no admira., ni 
probablemente consternará es que' 5 este, otro libro no tenga los cien 
lectores de Stendhal,, ni cincuenta, iií veinte, -y. cuando mucho, 
diez. ¿Diez? Tal'vez cinco' Trátase en verdad dé una obra difusa, 
en la cual- yo, Blas- CubasV si bien : he. adoptadq. la forma libre de 
un Sterne, ó de un Xavier de Ma.isjtré', no sé si le he encajado 
algunos rezongos de-pesimismo. Puede ser. Obra de finado. Escri- 
bíla con la pluma del. jolgorio y lá tinta de la melancolía, y no es 
difícil suponer lo que podrá salir de este consorcio. Ocurre que la 
génte grave hallará,eñ el libro ciertas apariencias de pura novela, 
al paso que la- gente frívola no hallará en él su'novela usual; de 
modo que resultará privado de la estima de los'graves y del amor 
de los frívolos,, que.'son las dos columnas máximas de la opinión. 

Entre tanto, yo. espero aun’captarme las simpatías dé la opinión, 
y eL : primer.; remedio para ello es huir de un prólogo explícito y 
largo. El mejor prólogo es el que contiene menos cosas, ó. el que 
las dice de una manera obscura y trunca. De consiguiente, omito 
contar el procedimiento extraordinario que emplee en', .la- coinpor 
sición de estas «Memorias», trabajadas aquí eñ el.otro mundo. 
Sería curioso; per.o nidiamente extenso, y además innecesario para 
la compresión, de la 1 * obra. La obra en Sí misma es todo: si te 
agrada, amable lector, doy por paga la tarea; . si no .te agradara, 
te pago con um papirotazo, y adiós. 


Blas Cubas. 




MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


CAPÍTULO 1 

Fallecimiento deí autor 

Algún tiempo vacilé en si debía abrir, 
estas memorias por el principio ó 'por el 
fin', esto és, si pondría en ‘ primer lugar 
riti nacimiento .ó mi muerte. Bien que el 
uso vulgar sea comenzar por el naci¬ 
miento, dos 'consideraciones me lleva¬ 
ron á adoptar‘diferente método: la pri¬ 
mera es que yo no soy. propiamente un 
autor 'difunto; pero sí .un difunto au¬ 
tor, para quien'la tumba .ha' sido otra 
cuna; la segunda es que así el escrito 
resultaría - más:' amable y iriás; yiyuévo. 
Moisés,-que también contó su muerte, no' 
la .puso en la introducción,, pero sí.al 
fin: diferencia radical entre este libro.y 
el Pentateuco. 

Dicho esto, comienzo. Expiré, á las dos 
de- lá tardé, de .un ‘.viernes del mes de 
Agosto dé 1869, en-mi línda^chacra de 
Catumby. Teñía' unos seséntá -y cuatro 
años,-, fuertes y prósperos, era "soltero, 
poseía cerca* de trescientos «coritos» y. 
i'úí acompañado al cementerio por once 
amigos. Once amigos! Verdad es que no 
se repartieron tarjetas, ni publicaron 
aviaos fúnebrés. Agregúese que llovía—• 
goteaba—una lluviecita' menuda, triste 
y constante/tan constante y tan' triste^ 
que lleVó a uno de aquellos fieles, dé la 
ultima .hora á intercalar ‘está’ ingeniosa 
idea en el discurso que pronunció ál 
borde de mi sepulcro:—-«Vosotros, que 
lo conocisteis, vosotros" podéis decir con¬ 
migo que la naturaleza parece estar llo¬ 
rando. uno dé los inás bellos caracteres 
que han honrado á la humanidad. Este 
aire 3ombrío,'estas gptas del cielo, aque¬ 
llas nubes, obscuras que cubren el azul 


como un crespón funeral, todo oso es 
el dolor crudo y malo que roe á'la na¬ 
turaleza. sus más íntimas entrañas; todo 
eso es un sublime homenaje á nuestro 
ilustre finado.» 

Buen y fiel amigo! No, no me arre¬ 
piento de lasvéinte pólizas que lo dejó. 
Y. fué así como llegué á la clausura de 
mis días; fué así que me cucaminé hacia 
la .«undiscóvered country» de Ilamlet, 
sii. las ansias ni las dudas del joven prín¬ 
cipe, pero pausado y macilento, como 
quien se retirá* tarde del espectáculo. 
Tarde.y aburrido. Viéroume partir unas 
nueve, ó diez personas, entre ellas tres 
señoras,' mi hermana Sabina, casada con 
Cotrim,—la hija,- un lirio cid valle,—- 
y,'. . :Tengan paciencia! Do aquí á.poco 
le.- diré quién era la tercera señora. Con¬ 
téntense con: saber que esa anónimay 
bien que no era parienta, padeció más que 
las parientas.;-Es verdad, .padeció más.. 
No digo que se mesase el cabello, bo digo 
que v sé dejara caer ; al suplo, convulsa. 
Mi muerte no era cósa tan altañientc dra¬ 
mática, .. . TJn solterón que expira á los 
sesenta y cuatro años, no parece que 
reúna, en sí todos los elementos de una 
tragedia. Y- aún dado que fuera así, lo que 
menos convertía á aquella anónima era 
aparentarlo. De pie,-á la cabecera, de la 
cama, con los ojos atontados, la boca 
entreabierta, la pobre señora rio podía 
creer en mi extinción. 

' —¡Muerto! ¡muerto! se decía á sí 
'.misma.' ; • , 

Y su imaginación, como las cigüeñas 
crie irn ilustré viajero vió desatar el 
vuelo desde Tliso á las riberas africa¬ 
nas,, á pesar de-las ruinas y*dc los tiem¬ 
pos,—la imaginación do aquella señora 
también voló por sobre los escombros 




8 


MACHADO DE ASSIS 


del presente hasta las riberas de un 
Africa juvenil.... Dejémosla ir; allá 
iremos más tarde cuando yo me restitu¬ 
ya á los primeros años. Ahora quiero 
morir tranquilamente, metódicamente, 
oyendo los suspiros de las damas, las. 
conversaciones en voz baja de los hom¬ 
bres, la lluvia que tamborilea en las- ho-' 
je? de «tinhoráo» de la chacra, y el so¬ 
nido estridulo de una navaja que un 
-amolador está afilando allá, frente á la 
puerta de un talabartero. Júroles que 
esa orquesta de, la muerte fué mucho 
menos triste de lo que podía parecer. Dé 
curto' punto adelante llegó ó parecer* 
deliciosa. La vida agitábaseme en el pe¬ 
cho, con unos ímpetus de ola marina) 
desvanecíasemé la. conciencia, descen¬ 
dí á la inmovilidad física y moral, y el 
cuerpo tornábaseme planta, y piedra, y 
lodo, y cosa alguna. 

Morí de una pulmonía; pero si dijera 
que fué menos la pulmonía, que una 
idea grandiosa y útil, la causa, de mi 
muerte, es posible que el lector no-me' 
creyera, y sin embargo es verdad. Voy 
á exponerle someramente el caso. . Juz¬ 
gue por sí mismo. 

CAPÍTULO II 
Elemplusto 

En efecto, un día de mañana, mien¬ 
tras. m« paseaba en la chacra, sé: mé Col¬ 
gó, úna idea del trapecio, que tenía yo 
en el cerebro. Una vez colgada, entró á 
bracear, á pernear, á hacer las má^ au-, 
dacés. Cabriolas de .volatín, que es-po-> 
sil le creer. Yo me dejé estar contem¬ 
plándola. De súbito, dió un gran salto.; 
extendió, los brazos y .las piernas, hasta 
tomar la forma de una-X: descíframe 
,ó te’devoro. 

Esa,idea era. nada menos que la in¬ 
vención de un medicamento sublime, 
mi» emplastó anti-hipocondriaco, desti¬ 
nado, á aliviar a nuestra melancplica.hu-. 
inanidad. En la solicitud de privilegió 
que- redacté entonces, llamé la atención 
del. gobierno respecto de aquel resulte- . 
do, verdaderamente cristiano. Empero, 
ro les négují á los amigos-las ventajas 
pecuniarias que debían resultar de la 
explotación de nn producto de v taxnáño$ 
y tan profundos efectos. Ahora, sin em¬ 


bargo, que estoy aquí, del otro lado de 
la vida, puedo confesarlo todo. Lo que 
me movió principalmente fué el gusto 
de ver impresas en los diarios, 'mostra¬ 
dores, folletos, esquinas, y en fin en las 
es j i tas del remedio, estas tres palabras: 
«Emplasto Blas Cubas». ¿ Para qué. ne¬ 
garlo? Yo tenia-la pasión del ruido, del 
ptnfleto, del cohete volador. Tal vez los 
modestos me enrostren ese defecto; con¬ 
fio, sin embargo, que ese. talento me lo 
han de reconocer les hábiles. Asr, mi 
idea tenia dos caras, como las me¡da>- 
llas, una vuelta para, el público y la otra 
hacia mí. De un. lado, filantropía y lu¬ 
cio; del otro, sed de nombradla. Diga¬ 
mos: amor de gloria. 

Un tio mío, canónigo de prebenda en¬ 
tera! acostumbraba decir que él amor 
de la gloria temporal era la perdición 
de las almas, que sólo deben ambicionar 
lá gloria eterna. A lo que observaba otro 
-tío, oficial de infantería, que el amor 
á la. gloria es la cosa más verdaderamen¬ 
te humana que hay en él hombre, y, de 
consiguiente, su-más genuina aspiración. 

Decida el lector entre el militar y el 
canónigo;, yo me vuelvo al emplasto. 

capítulo m 

. Genealogía 

; . Perú, ya que se ha hablado de mis dos 
t'os, déjenme hacer aquí un corto esbozo 
genealógico. 

El fundador de -mi familia fué un cier¬ 
to Damian Cubas, que floreció en la 
primera mitad del siglo XVIII. Era de 
oficio iqnelero, naturut ‘ de. Kío dé 
janéifo, donde hubiera muerto en -lai 
penuria y la obscuridad si solamente hu¬ 
biese ejercido la tonelería. Pero no, 
hízóse labrador, plantó, recogió, permutó 
sus productos por buenas y honradas pa¬ 
tacas, 'hasta que murió dejando crecido 
fcaudal á un hijo, el licenciado Luis Cu-' 
bas.. Con éste mozo, es que realmente 
principia la serie de mis abuelos—de los 
’ abuelos que mi familia confesó siempre, 
—porque el tal Damian Cuba? era. al fin 
de cuentas un tonelero, y. tal vez un mal 
tonelero,, mientras que Luis Cubas es¬ 
tudió en Coimhra, figuró en el Estado, 
y fué uno de los amigos particulares del 
virrey conde da Cunha. Como, este ape- 


MEMORIAS POSTUMAS' DE BUAS CUBAS 


llido de Cubas le oliera excesivamente 
á tonelería, aseguraba, mi padre, biznieto 
dií D amián , que dicho apellido fuera da¬ 
do á.un caballero, héroe de las jornadas 
de África, en premio de la hazaña que. 
realizó, arrebatando trescientas cubas á 
los moros. Mi padre era hombre de ima¬ 
ginación; se escapó de la tonelería en las 
alas de un «calembour». Era un buen 
carácter, mi padre, varón digno y leal, 
como pocos. Tenía, es verdad, cierta in¬ 
clinación á mistificar; pero quién no es 
un poco mistificador en este mundo? 
Conviene. observar que no recurrió á la 
invéntiva sino después' de ensayar la 
falsificación; primeramente entroncó en 
la familia de aquel mi famoso homó¬ 
nimo, el capitán mayor, Blas Cubas, 
que fundó la ciudad de San Vicente, 
donde murió en 1572, y por ese motive 
fué que me dió el nombre de Blas/ Opú- 
scsele, sin embargo, la familia del capi-. 
tan mayor, y fué entonces que imaginó 
las trescientas cubas' moriscas. 

Viven aúh algunos miembros de mi fa¬ 
milia, mi. sobrina Venancia, poT ejem¬ 
plo, el lirio del valle, que es la flor de las 
damas de su tiempo; vive el padre, Co- 
trim, un sujeto que.... '..-Pero no antici¬ 
pemos los-sucesos; acabemos de una vez 
con nuestro emplasto. ' 

, ' CAPÍTULO IV 

.La Idea fija 

Mi idea, después de tantas cabriolas, 
convirtióse' en idea fija. Dios té .libre, 
lector, de una idea fija; antes una.arista,: 
antes- una viga en el ojo. Ved á Cavour;' 
tué la idea fija.de la unidad italiana lo 
que lo mató. Verda^ es que Bismarck 
no murió; pero cumple advertir que la 
naturaleza és una-gran • caprich osa y la 
historia una eterna casquivana. . Por 
ejemplo, Suétonio nos dió un Claudio, 
que! era un simplote, — ó una calabaza 
como le llamó Séneca,—y un Tito,- que 
mereció ser las delicias de. Roma. Vino 
modernamente un profesor y ‘halló el 
medio de demostrar que de los cesares, 
el delicioso, el verdadérámeñte delicio-* 
cc, fué íá calabaza de Séneca. Y tú, ma¬ 
dama Lucrecia, flor, de los Borgias, si un 
poeta te pintó como la Mesalina .católi¬ 
ca, apareció un Gregorovius incrédulo : 


que te disminuyó mucho esa cualidad, y, 
si no te volviste lirio, tampoco quedaste 
siendo pantano. Dé jome pues estar en¬ 
tro el poeta y el sabio. 

Viva pues la historia, la voluble his¬ 
toria que da para todo; y, volviendo á 
lá idea fija, diré que ella es la que hace 
los varones fuertes y los locos; la idea 
móvil, vaga, tornasolada es la que hacé 
los Claudios, fórmula Suétonio. 

Era fija mi idea, fija comó... No 6e 
me ocurre nada que sea bastante fijo en 
este mundo : tal'vez la luna, tal vez las 
pirámidés de Egipto, tal Vez la finada 
dieta germánica. Busque el lector la com¬ 
paración. que. mejor le cuadre, búsquela 
y no me ponga esa nariz torcida, solo 
perqué aun no hémos entrado en la par¬ 
te narrativa de éstas memorias. A eso 
vamos. Creo que prefiere la anécdota á 
li . tí. flexión, como los demás lectores,, 
sus colegas,'y hallo que hace muy bien. 
Pues á eso iremos. Entre tanto, conviene 
decir que éste libro está escrito con pa¬ 
chorra, cón la pachorra de un .hombre ya 
libertado de la brevedad def siglo,, obra 
supinamente, filosófica, de una filosofía 
desigual, ora ¡austera, ora juguetona, que 
no edifica ni destruye , no inflama ni 
hiela, y que es! algo más que pasatiempo 
y algo menos que apostolado. 

Vamos allá, rectifique su nariz y vol¬ 
vemos al emplasto.. Dejemos la historia 
con sus caprichos de dama elegante. 
Ninguno de. nosotros peleó en Salamina, 
ninguno escribió la confesión de Aus- 
burgó; y, por mi parte, si. alguna vez 
nu* acuerdo de Cromwell, és solo á cau- 
' s¿i de la idea de que Su Alteza, con la 
misma mano con que cerró él parlamen¬ 
to, les hubiéta puesto. á¡ los ingleses el 
emplasto Blgs Cufias. No se rían de esa 
victoria común dé la farmacia y del pu¬ 
ritanismo. Quién no: sabe que al pie de 
cada bandera grande, .pública, ostensible, 
hay muchas veces otras varias banderas', 
modestamente'particulares, que se enar¬ 
bolan y ondean á.la sombra de aquélla, y 
no. pocas veces la sobreviven ? Comparan¬ 
do mafl, es como la mesnada que se aco¬ 
gía á la sombra del castillo feudal; cayó 
éste y lá mesnada quedó. Verdad es que 
sí. tornó ilustre y •castellana.. ; No; la 
comparación no - sirve. 



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MACHADO- DE ASSIS 


CAPÍTULO V 

En el que aparece la oreja 
de una señora 

Estando ocupado en preparar. y per¬ 
feccionar mi invento, fué cuando recibí 
de lleno un golpe de aire; enfermé y no 
me asistí. Tenía el emplasto en el cere¬ 
bro; llevaba conmigo la idea fija de los 
locos y de los fuertes. Veíame, 4 lo le¬ 
jos, ascender del campo de las turbas, 
y remontar al cielo, como un águila in¬ 
mortal, y no es ante tan exelso espectᬠ
culo que un hombre puede sentir el do¬ 
lor que lo atosiga. Al día siguiente esta¬ 
ba peor; me traté al fin, pero, incomple¬ 
tamente, sin método, ni cuidado, ni per¬ 
sistencia; tal fué el origen del mal que 
me trajo á la eternidad. Ya saben que 
morí un viernes, día aciago, y creo ha¬ 
ber probado que fué mi invención que 
me mató. Hay demostraciones menos lu¬ 
cidas y no menos triunfantes. 

No era imposible, .entre tanto, que yo 
llegara á trepar á la cima de un siglo, 
y á figurar en las hojas públicas, entre 
macrobios. Tenía salud y robustez. Su¬ 
póngase que en vez de estar echando los 
cimientos de úna invención farmacéuti- 
et hubiese tratado de ' colegir • los. ele¬ 
mentos de una institución política, ó de 
una reforma religiosa. Pues viene la co¬ 
rriente de aire' que vence en eficacia al 
cálculo humano, y acaba con todo. Así 
corre la suerte de los hombres. 

Con esta reflexión me despedí de- la 
mujer, no-diré la más discreta, pero con 
seguridad la más hermosa entre sus con¬ 
temporáneas, la anónima del primer ca¬ 
pítulo, aquella que 1 ', á semejanza de las 
cigüeñas del Ilisó... Tenía entonces 54’ 
años, era una ruina, úna imponente rui¬ 
na. Imagine el lector que nos amamos, 
ella.'y yo, muchos años, y que un día, ya. 
enfermo, la veo asomar en la puerta de 
mi alcoba,... ' 

• " CAPÍTULO VI 

Chiméne, qui lVút <111 ? — Rodrigue, 
qui I’éút ci*u*?. .. 

Véola. asomar en la "puerta de* la alco¬ 
ba, pálida^ conmovida, vestida de negro,. 
y permanecer allí durante un minuto, sin 


ánimo de entrar, ó detenida por la pre¬ 
sencia de un hombre que estaba con¬ 
migo. Desde la cama, donde yacía, la 
contemplé durante ese tiempo, sin ocu- 
rrirseme decirle nada ni hacer algún 
gésto. Hacia ya dos años que no nos 
veíamos, y yo la veía ahora no como era, 
más cual fuera, cuales fuéramos ambos, 
porque un Ezequías misterioso hacía re¬ 
troceder el sol hasta los días juveniles. 
Retrocedió el sol, sacudí todas las mise¬ 
rias, y este puñado de polvo, que la muer¬ 
te iba á desparramar en la eternidad de 
la vida, pudo más que el tiempo, que es 
eL ministro de .la muerte. Ningún agua 
de Juvencio igualaría en esto á la simple 
' «saudade». 

Créanme, lo menos malo es recordar; 
nadie se fíe de la felicidad presente; hay 
siempre- en ella una gota de la haba de 
Caín. Pasado el tiempo y terminado el 
espasmo, entonces si, entonces se puede 
gozar de veras, por que entre una y otra 
de esas dos ilusiones, la mejor es la que 
se saborea sin dolor: 

No. duró mucho la evocación; la reali¬ 
dad dominó luego; el presente arrojó al 
pasado. Talvez exponga al lector, en al¬ 
gún rincón de este libro, mi teoría de las- 
ediciones humanas. Lo que por ahora im¬ 
porta saber es que Virgilia—llamábase 
V irgiiia—entró en la alcoba, firme, con 
ia gravedad que le daban las ropas y los 
años, y vino hasta mi lecho. El extraño 
sé levantó y salió.' Era un sujeto que me 
visitaba todos los días para hablar del 
cambio, de la colonización y de la nece¬ 
sidad de desarrollar las comunicaciones 
ferroviarias; nada más interesante para 
un moribundo. Salió; Virfrilia dejóse es¬ 
tar en pie; durante algún rato nos estu¬ 
vimos mirando el uno al otro, sin articu¬ 
lar palabra. 

Quien lo diría ? De dos -grandes enamo¬ 
rados, de dos pasiones sin freno, nadii 
más quedaba, veinte años después; res¬ 
taban á penas dos corazones marchitos,- 
devastados, por la vida y hartos de ella, 
no se si en igual dosis, pero harto.s al 
fin. Virgilia tenía ahora la belleza de la 
véiez, un aire austero y maternal; estaba 
menos delgada de cuando la vi, por últi¬ 
ma vez, en una fiesta, de San Juan, en 
la Tijuca; y por que era de las que resis- 
~ ten mucho, solo comenzaban á jnterca- 



11 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 


larse en sus cabellos obscuros algunos hi¬ 
los de plata. . 

—Anda visitando difuntos? — le dije 
yo.—Cómo difuntos! — respondió Vir- 
gilia con un mohín, y después de apre¬ 
tarme las manos, agregó:—Ando viendo 
si hago salir á lós perezosos á. la calle. - 

Su voz no tenía la caricia lacrimosa de 
otros tiempos; pero era amiga y dulce. 
Sentóse. Yo estaba solo, en casa,' con un 
simple enfermero; podíamos hablarnos 
sin peligro. Virgiíia dióme largas noti¬ 
cias de lo que ocurría, en la ciudad,, na¬ 
rrándolas con gracia, con una cierta tra¬ 
bazón en la lengua, que. era la sal' de la 
charla; yo, pronto, á' dejar el mundo, sen¬ 
tía un placer satánico en mofarme de él, 
en .persuadirme que no dejaba nada." 

—Qué ideas esas! me interrumpió Vir-‘ 
gilia. un tanto enfadada. Mire aue no 
vuelvo más. Morir! todos hemos de mor 
rir; basta con que estemos vivos. 

Y mirando el reloj: 

—Jesús! las tres! Me voy. 

•' -Ya? . . 

:—Ya; volveré mañana ú otro día. 

—No sé si hará bien, repuse;'el en-• 
fermo ¿s un solterón y en la casa no hay 
señoras 1,, . • ‘ 

-—Su hermana r 


pecto dé-las vidas inmaculadas. Ninguna 
mirada sospechósa, ningún gesto que pu¬ 
diese denunciar nada; una igualdad de 
palabra y de espíritu, un dominio sobre 
sí misma, qué parecían y talvez fuesen 
raros. Como rozáramos casualmente unos 
amores ilegítimos, medio secretos, medio 
divulgados, la-ví. hablar con desdén y un 
poco de indignación de la mujer de que 
se trataba, por lo demás su amiga. El hijo 
se sentía satisfecho, oyendo aquella pa¬ 
labra digna y fuerte, y yo me preguntaba 
á mí mismo lo que dirían de nosotros los 
gavilanes, si Buffpn hubiese nacido ga¬ 
vilán ... . 

Era mi delirio que comenzaba. 

CAPÍTULO VII 

El delirio 

No me consta que alguien haya rela¬ 
tado su propio delirio; lo hago yo, y la 
ciencia me lo agradecerá. Si el lector no 
es añcionado á la contemplación de estos 
fenómenos mentales, puede saltar el ca¬ 
pítulo; vaya derecho á la narración. Pero, 
por poco curioso que sea, á pesar de todo 
le aseguro que es- interesante saber lo 
que pasó en mi cabeza durahte unos vein¬ 
te ó treinta minutos! 


—Ha de venir acá. á pasar unos días, *• 
pero no puede ser antes del sábado. *’’■'* , 
Virgiíia reflexionó 'un instañte,'•enco¬ 
gió los hombros y dijo con gravedad: 

—Estoy vieja! ya nadie repara en mí. 
Pero para évitar sospechas, vendré con 
Soñó, * . v. . • 

Ñoño era un bachiller, que, á la edad 
de cinco añqs,- fuera cóáiplice inconscien¬ 
te de nuestros amores. Vinieron juntos, 
dos días después, y confieso que al ver-’ 
los allí,' en mí alcoba, fui presa de una 
timidez, que “no me permitió responder 
en seguida á las palabras afables del jo- 
vencito. " Virgiíia me adivinó y le dijo á 
su hijo: : . 

' ~-Ñpñó, no le- hagas caso á ese zorro ;, 
no quiere.hablar para hacer creer que-> 
está á la. muerte. 

Sonrió el hijo, creo que yo también 
sonreí, y. todo acabó en pura broma. Vir- 
gilia estaba serena.y risueña, tenía el as- 

* ¿NhonhO», diminutivo cariñoso ctrn que en el ' 
Brasil se designa generalmente á los señoritos. 


Primeramente, tomé, la figura de un 
barbero chino, panzuda, diestro, desca¬ 
ñonando un mandarín, que me pagaba el 
trabajo con pellizcones y confites: capri¬ 
chos de mandarín. 

En seguida, me sentí transformado en 
la «Summa Theologieá»- de Santo Tomás, 
impresa en un volumen y encuadernada 
en marroquí, con broches de plata y es- 
táixipas; idea fué esta que dió á mi cuerpo 
la más completa inmovilidad; y .hasta 
ahora recuerdo que, siendo mis manos 
los broches del libro’, y cruzándolas sobre 
el vientre, * alguien -me las descruzaba 
(Virgiíia sin duda), por qúe la actitud le 
fiaba lá impresión de un difunto. 

Ultimamente, restituido á la forma hu¬ 
mana, vi llegar un hipopótamo, que me 
arrebató. Dejeme ir callado, no sé si por 
quedo ó confianza; pero, á poco la ca¬ 
rrera se volvió tan vertiginosa, que me 
atreví á interrogarlo, y con algún arte 
. le dije que él. viaje me parecía sin 
rumbo.. 

■ —Se equivoca,—contestó el animal,-— 



12 


MACHADO DE ASSIS 


nosotros vamos hacia el origen de los 
siglos. . 

Insinué que debía ser muy lejos, pero 
e 1 hipopótamo no me entendió ó no me 
oyó, si es que no fingió una de esas co¬ 
sas; y, habiéndole preguntado, puesto 
que hablaba,, si era descendiente del ca-, 
bailo de Aquiles ó de la burra de Ba- 
laan, me replicó con un gesto particular 
á éstos dos cuadrúpedos: sacudió las 
orejas. Por mi parte* cerré los ojos y me 
dejé ir á la ventura. Ahora ya no se me 
in: porta confesar que sentía unas pun- 
snditas de curiosidad, por saber dónde 
quedaba el origen.de los siglos, si era 
tai misterioso Como el origen del Nilo, 
y sobre todo, si valía algo más ó menos 
que 1¿ consumación de los tales, siglos: 
reuexiones de cerebro enfermo. Como iba 
con los ojos cerrados, no veía el camino; 
recuerdo solo que la sensación de frío 
aumentaba con las jornadas, y que llegó 
tm momento en que me pareció entrar 
en la región de los. hielos eternos. En 
efecto, abrí los ojos y vi que mi animal 
galopaba en una planicie blanca de nie¬ 
ve con una qué otra montaña de nieve, 
vegetación dé nieve- y varios médanos 
grandes y de nieve. Traté de hablar pero 
é penas pude gruñir una pregunta .an¬ 
siosa: ' - t ' i 

—-Dónde estamos ? 

—-Ya pasamos el Edén. 

—Bueno, detengámonos en la tienda 
do Abraham. 

—Pero si nosotros caminamos para 
atrás—replicó chanceándose ini cabal¬ 
gadura. . . 

Quedé Vejado y aturdido. La jomada 
empezó á parecerme enfadosa y extrava¬ 
gante, el frío incómodo, la conducción; 
violenta, y el resaltado' impalpable. Y 
después—preocupaciones de enfermo—i 
dado que llegáramos al fin indicado, no 
era imposible que los siglos, irritados cou 
que- les descubrieran el origen* iné deshi¬ 
cieran entre sus uñas, que debían tener 
seculares como ellos mismos. "Mientras 
así pensaba,. íbamos devorando camino, 
y la planicie volaba debajo de nuestros 
pies, hasta que el aniraál se detuvo, y 
pude mirar más tranquilamente ' á mí 
alrededor. Mirar solamente; nada vi, fue¬ 
ra de la inmensa blancura de la nieve, 
que esta yez invadiera el propio .-cielo, 


hasta aquí azul. De cuando en cuando, 
veía una que otra planta, enorme, grose¬ 
ra, agitando al viento sus anchas hojas. 
El silencio de aquella región era igual 
al del sepulcro: hubiérase dicho que la 
vida de las cosas quedara estupefacta an¬ 
te la presencia del hombre. 

¿Cayó dél aire? ¿Destacóse de la tie¬ 
rra ? no lo sé; se que un bulto inmenso, 
una figura de mujer se me apareció en¬ 
tonces, mirándome con unos ojos ruti¬ 
lantes como el sol. Todo en aquella figu¬ 
ra tenía-la rusticidad de las formas sel¬ 
váticas, y todo .escapaba á la compren¬ 
sión de la mirada humana, porque los 
contornos se perdían en el ambiente, y 
lo que parecía opaco era muchas veces 
diáfano. Estupefacto, no dije nada, no 
llegué siquiera á lanzar un grito; más 
al cabo de algún tiempo, que fué bre¬ 
ve, le pregunté quién era. y cómo se lla¬ 
maba: curiosidad de delirio. 

/ —Llamóme Naturaleza ó Pandora; 
soy tu, madre ó tu enemiga. 

Al oir esta última palabra, retrocedí 
un poco* presa de-susto. La figura soltó 
una. carcajada, que produjo alrededor 
nuestro el efecto de un tifón; las plan¬ 
tas se retorcieron y un largo gemido in¬ 
terrumpió la mudez de las cosas exter¬ 
nas. 

—No te asústeseme dijo, mi enemis¬ 
tad no te mata; se afirma sobré todo con 
Is vida. Vives: no quiero otro flagelo. 

—‘Vivo? pregunté, enterrándome las 
uñas ep las manos, como para certifi¬ 
carme mi. existencia. 

—Sí,, gusano, vives. No temas perder 
ese andrajo que es tu orgullo; gustarás 
aun", durante-varias horas, el pan del do¬ 
lor y el vino.de la miseria.. Vives: á pesar 
do que estas entontecido, vives; y si tu 
conciencia recuperase un instante de sa¬ 
gacidad, dirías que quieres .vivir. , 

Diciendo esto, la visión extendió el 
y brazo, me asió de ios cabellos y levantóme 
en el aire, como -si fuera una pluma. Solo 
entonces pude verle de cerca el rostro, 
que era enorme.-Nada más quieto; ni 
una contorsión violenta, ninguna expre¬ 
sión de odio ó ferocidad* pna expresión, 
única, grenérál, .completa, era la de la im¬ 
posibilidad egoísta; de la eterna sordez 
y de' la .voluntad inmóvil. Labias, si .las 
tenía, quedábanle encerradas en el cora- 




MEMORIAS PÓ3TUMAS DE BLAS CUBAS 


13 


zon. Al mismo tiempo, en aquel rostro- 
de expresión glacial, había un aire de ju¬ 
ventud, mezcla de. fuerza y. vigor, delante 
del cual me sentía el más débil y decré¬ 
pito de los seres. 

_Me entendiste, di jome ella al cabo 

de algún tiempo de muda contemplación. 

—No, la respondí; ni quiero enten¬ 
derte; tü eres absurda, tu eres una fᬠ
bula. Estoy soñando, sin duda, ó si me 
he enloquecido, tu no pasas de una con¬ 
cepción de alienado, esto es una cosa va¬ 
na, que tu razón ausente no puede regir 
ni palpar. Naturaleza, tu ? la* 7 Natura¬ 
leza que yo conozco es solo madre y no 
enemiga; no convierte la vida en un fla¬ 
gelo,, ni como tu tiene ese rostro, indife¬ 
rente, como el sepulcro. Y por que has 
de ser Pandora ? 

—Por que llevo en. mi saco los bienes 
y los males, y el mayor.de todos, la espe¬ 
ranza, consuelo de los hombres. Tiem¬ 
blas ? 

- '—Sí;. íu mirada me fascina*. 

• —Lo creo.; yo no soy solamente la vi¬ 
da; soy también la muerte, y tu estas 
pronto, para devolverme lo que te di pres¬ 
tado. Gran lascivo^ prepárate para la vo¬ 
luptuosidad de la náda. 

Guando esta frase retumbó como un 
trueno, en aquel inmenso valle, me ima¬ 
giné que era el último sonido que llegaba 
á mis oidos; parecióme que séntía la sú¬ 
bita descomposición de mí mismo. Enton¬ 
ces la. miré con ojos suplicantes, y le pedí 
que me acordara algunos años más. 

—Pobre minuto!' exclamó.. Para que 
quieres algunos instantes más de vida? 
Para devorar y ser devorado después? No 
estás harto del espectáculo y de la lucha? 
Conoces de. sobra todo lo' que te. deparé 
de menos torpe ó menos aflictivo: el al¬ 
bor del día, la melancolía de la tarde, la 
quietud de la noche, los aspectos de la 
tierra, el sueño, en fin, el mayor benefL 
• ció de mis manos. Que más quieres, su¬ 
blimé idiota ? - 

—Vivir solamente, no te pido nada 
más. Quien.me puso en -el corazón este 
amor de la vida, si no tú? y, si yo amo 
la vida, pdr que te. has de herir á tí mis¬ 
ma matándome ? 

—Porque ya no te preciso. No le im¬ 
porta al tiempo el minuto que pasa pero 
sí el minuto que viene. El minuto que 


viene es fuerte, jocundo, cree traer en sí 
la eternidad, y trae la muerte, y perece 
como:, el otro, pero el tiempo subsiste. 
Egoísmo, dirás tú ? Sí; egoísmo, no tengo 
otra ley. Egoísmo, conservación. El tigre 
mata al nOviilo, porque el raciocinio del 
tigre es que debe vivir, y si el novillo es 
tierno tanto mejor: ese es el estatuto 
universal. Sube y mira. 

aí decirme esto me arrebató á lo alto 
de una montaña. Incliné los ojos hacia 
uña de las vertientes, y-contemplé du¬ 
rante' largo tiempo, á lo lejos, á través 
de una nevada, una cosa, única. Imagína¬ 
te tú, lector, una reducción de los siglos, 
y un desfile de todos ellos, las razas todas, 

' todas las pasiones, el tumulto de los im¬ 
perios, la guerra de los apetitos y de los 
odios, la destrucción recíproca délos se¬ 
res y de las cosas. Tal era el espectáculo; 
acerbo y curioso espectáculo. La historia 
del hombre y de la tierra tenía así una in¬ 
tensidad "ue no le podrían dar ni la ima¬ 
ginación, ni la ciencia, por que la ciencia 
es más lenta y la imaginación más vaga, 
mientras que lo que aHí vi era la conden¬ 
sación viva de todos los tiempos. Para 
describirla sería preciso fijar el relám¬ 
pago. Los siglos desfilaban en un torbe¬ 
llino/y, no obstante, por que los ojos d^’ 
delirio son distintos, yo veía todo lo que 
pasaba delante de mi,—flagelos y deli¬ 
cias,—desde esa cosa qúe se llama gloria 
hasta esa otra que se llama miseria, y 
v§ía al amor multiplicando la ■ miseria, y 
veía á la miseria agravando la debilidad. 

. Allá iban la codicia que devora, la co¬ 
lera que inflama, la envidia que- babea, 
la azada y, la pluma, húmedas de sudor, 
y la ambición, el hambre, la vanidad, la 
melancolía, la riqueza, el amor, y todos 
agitaban al hombre, como un cascabel,, 
hasta destruirlo, como un harapo. Eran 
las forneas variadas de un mal que. ora 
mordía la viscera, ora mordía el pensa¬ 
miento) y que paseaba eternamente sus 
ropas de Arlequín, en derredor de la es- 
peeie.huuiana. Él dolor cedía alguna vez, 
pero cedía á la indiferencia, que era un 
sueño sin ojos, ó al placer, que era un do¬ 
lor, bastardo. Entonces el hombre flagela- 
.do y rebelde, corría ante la fatalidad de 
las cosas, tras de una figura nebulosa y 
esquiva, hecha de retazos, un retazo de 
. impalpable, otro de improbable, otro de 


14 


MACHADO DE ASSI3 


invisible, cosidos todos á hilván, con la 
aguja de la imaginación; y esa figura,— 
nada menos que la quimera de la felici¬ 
dad,—ó le huía perpetuamente, ó se de¬ 
jaba coger, de la falda, y el .hombre la 
ceñía contra el pecho, y entonces ella 
reía, como un escarnio, y desaparecía 
como una ilusión. 

Ai contemplar tanta calamidad no pue¬ 
de, contener un grito de angustia, que 
la Naturaleza 6 Papdora escuchó sin pro¬ 
testar ni reir; y no sé por qué ley de 
trastorno cerebral, fui yo quien; me puse 
á reir, con úna risa descompasada é 
idiota. 

—Tienes razón, dije, la cosa es diver¬ 
tida y vale la pena,-—tal vez monotona,— 
pero vale la pena. Cuándo Job maldecía 
el día.en que'fuera concebido, es por que 
le daban ganas de ver de .aquí arriba el 
espectáculo. Vamos allá; Pandora, abre 
el vientre y digiéreme; la cósa es diver¬ 
tida, pero digiéreme. 

La respuesta fué compelirme fuerté- 
mente á mirar para abajo, y á ver los 
siglos que continuaban pasando, veloces 
y turbulentos, las generaciones que se 
superponían á las generaciones, uñas 
tristes, como, los hebréos del cautiverio, 
otras alegres, como los libertinos -de 
Cómodo, y todas ellas puntuales en la 
sepultura. Quise huir, _ pero una fuerza 
misteriosa me retenía de los pies; enton 7 
ces me dije á mi mismo:—«Bueno, los 
siglos van. pasando, llegará el mío y pa-: 
sará también, hasta el* último que me 
dará la descifracioñ de la eternidad.» Y 
fijé los ojos, y continué viendo las eda¬ 
des, que seguían llegando y pasando, ya 
entonces tranquilo, y no sé si hastá ale¬ 
gre. Talvez alegre. Cada siglo traía su 
porción de sombra y de luz, de -apatía y 
de combate, de verdad y de : error, y su 
cCTtejo de sistemas, de ideas-nuevas, de- 
nuevas ilusiones; en cada úna de ellas es¬ 
tallaban los verdores de- una primavera y 
amarilleaban despúes, para retoñar más 
tarde. A la vez que la vida tenía 
así una regularidad de calendario, 
hacíanse la historia • y i a civiliza¬ 
ción, y el hombre/ desnudo y des¬ 
armado, armábase y vestíase, cons¬ 
truía el tugurio y el palacio, la ruda 
aldea y Tebas la de las cien puertas, crea-, 
ba lá ciencia que escruta, y el arte que 


arrebata, hacíase orador, mecánico, filó¬ 
sofo, recorría la faz del globo, descendía 
al vientre de la tierra,subía á la esfera 
de las nubes, colaborando así en la obrq 
misteriosa, con lo que entretenía la ne¬ 
cesidad de la vida y la melancolía del 
desamparo. Mi mirada, encandilado y dis¬ 
traído, vió en -fin llegar él siglo presente, 
y tras de éste los futuros. Aquél - venía 
ágil, diestro, vibrante, llenó de sí, un 
poco difuso, audaz,, muy sabido, pero al 
cabo tan miserable, como los primeros, y 
así pasó y así pasarán 'ios otros con la 
misma rapidez é igual monotonía. Re¬ 
doblé la atención; agucé la Vista; iba- por 
fin, á ver el último,—el último!; péro 
entonces la rapidez de la marcha era -ya 
tal, que escapaba á toda comprensión; al 
lado -de ella, un relámpago sería un siglo. 
Por eso tal vez los objetos al entrar se 
transformaban; unos crecían, otros amen¬ 
guaban, otros perdíanse en el ambiente; 
una nevada lo cubrió todo,—menos al hi- 
popótamo qué allí me.llevara, el que, por- 
otra parte, comenzó á achicarse, a dis¬ 
minuir, á disminuir, hasta llegar al ta¬ 
maño de un gato. Era efectivamente uñ 
gato. Lo miré -fijamente;' era mi gato 
Sultán que jugaba en la puerta de la al¬ 
coba con una bola de papel... 

CAPÍTULO VIII 

'Razón-contra necedad 

Ya .habrá comprendido el lector que 
era la Razón que volvía á casa,, é invi¬ 
taba á la Necedad á salir, clamando, y 
cóh mayor fundamento,’las palabras de 
Tartufo: 

*Ua maisou cst á moi,. c’est a. vous d’eir sortir.» 

Pero es maña antigua de la Necedad 
enamorarse de las’casas ajenas, de modo 
que, apenas dueña de una, difícil es ha¬ 
cerla* despejar. Es maña; no se mueve de 
ahí, hace mucho * tiempo aue perdió la 
vergüenza. Ahora bien: si advertimos el 
número inmenso de casas que - ocupa, 
unas siempre, otras durante las estacio¬ 
nes calurosas, - concluiremos que esta 
amable peregrina es el terror de los pro¬ 
pietarios. En nuestro • caso, casi hubo un 
disturbio en la puqrta de mi cerebro, por 
.que la intrusa no quería entregar la casa, 
y la dueña no. cejaba en el propósito de 




tomar lo que era suyo. Al fin, la Nece¬ 
dad se contentaba con un rincoñcito en 


capítulo x 


i jsl desvan. 

| —No, señora, replicó la Kazon, estoy 
Cansada de cederle desvanes, cansada y 
escarmentada, lp que usted quiere es pa¬ 
sar callandito del desván al comedor, de 
ahí á la sala y al resto. 

—Está bien, déjeme- permanecer un 
poco más, estoy sobre la pista de un mis¬ 
terio .... 

—Qué misterio? 

—De dos, corrigió la Necedad; el do 
«la vida.y el de la muerte; ruégole solo 
unos diez minutos. 

La Bazon se echó á reir. 

—Siempre has de ser la misma;... 
.siempre la misma... siempre la misma..'. 
V Y, diciendo esto, tomóla de las muñe¬ 
cas y la arrastró para afuera; luego en¬ 
tró y se encerró. La Necedad gimió to¬ 
davía algunas súplicas, gruñó algunos re¬ 
zongos ;-pero se desengañó en seguida, 
"sacó la lengua con aire de mofa, y se 
¡marchó... 

CAPÍTULO IX 

Transición 

5 Y vean ahora con que destreza, con 
que arte hago la mayor transición de este 
libro. Vean: mi delirio comenzó en pre¬ 
sencia de 1 Virgilia; Vírgilia fué él gran 
pecado,de mi juventud; rió'hay juventud 
sin niñez, la niñez supone nacimiento; . 
y he aquí como llegamos, sin esfuer¬ 
zo, al día 20 de Octubre de 1805,. en que 
nací. Han visto. Ningún remiendo apa¬ 
rente, nada que distraiga la atención 
tranquila del lector; nada. De modo que 
asi el libro- tiene todas las ventajas del 
método, •sin la rigidez del método. En 
verdad, ya era tiempo. Que esto del mé¬ 
todo, siendo, como es, una cosa indispen- 
sable, es mucho mejor tenerlo sin cor- 
bata y sin tiradores, un .poco más á la. 
fresca y á la suelta,, como quien no tiene 
que reparar en la vecina de enfrente ni 
en el inspector del barrio. Es como la 
elocuencia, pues hay una.-genuina y vi¬ 
brante, de un arte natural y encanta¬ 
dora, y hay otra tiesa, almidonada y fofa 
Pasemos al 20 de Octubre 


En aquel día 

En aquel día, el árbol de los Cubas 
echó una graciosa flor. Nací; recibióme 
en los brazos la Pascuala, insigne par¬ 
tera portuguesa, que se jactaba de haber 
abierto la puerta, del mundo á una gene¬ 
ración entera de hidalgos. No es imposi¬ 
ble que mi padre le oyera tal declara¬ 
ción; creo, por otra : parte, que fué el 
sentimiento paterno lo que ló indujo á 
gratificarla con dos medios doblones. La- 
Vado y fajado, fui desde luego,, el héroe 
de nuestra casa. Cada cual pronostica* 

á mi respecto lo que mejor le parecía. 
Mi tío Juan>. el antiguo oficial de infan¬ 
tería, hallábame una cierta mirada de 
Bonaparte,, cosa que mi padre no pudo 
oix« sin náuseas; mi tío Ildefonso, en¬ 
tonces simple padre, imaginábame canó¬ 
nigo. 

■ Canónigo es lo que ha de ser, y no 
digo más para que no parezca orgullo; 
pero nada me sorprendería que Dios lo 
destinase á un obispado... Es verdad, 
un obispado; no es cosa imposible. Qué 
dice usted, hermano Benito ? 

Mi padre 1 respondía á todos que yo se^ 
ría lo que Dios quisiera; y levantábame 
eu el aire, como si intentara mostrarme 
á la ciudad y al mundo; preguntaba á 
todos si me le parecía, si era inteligente, 
bonito... 

I)igo estas cosas al pasar, como las oí 
narrar años después; ignoro la mayor 
parte de- los pormenores de aquel famoso 
día. Se que los vecinos fueron ó manda¬ 
ron felicitar, al recien nacido, y que du¬ 
rante las primeras semanas muchos fue¬ 
ron los visitantes en nuestra casa. No 
hube silla de manos que no trabajase; 
salió a tomar aire mucha casaca y mucho 
calzón. Si no cuento los mimos, los besos, 
las admiraciones, las bendiciones, es por¬ 
que^ si los contasé, no acabaría nunca el 
capitulo, y es preciso- acabarlo. 

Idem, no puedo decir nada de mi bau¬ 
tismo, porque nada me refirieron al res¬ 
pecto, á no ser que fué una de las más 
gallardás fiestas del año siguiente, 1806; 
me bautizaron en la iglesia de Santo Do-. 
mingo, Un martes de Marzo, día claro,, lu¬ 
minoso y puro, siendo'padrinos el co- 



16 


MACHADO DE ASSIS 


ronel Rodríguez de Mattos y su señora. 
Uno y otro'descendían de viejas familias 
del Norte y honraban en verdad la san¬ 
gre que les corría por las venas, antaño 
derramada en la guerra contra Holanda. 
Creo que sus nombres fueron las pri¬ 
meras cosas que aprendí; y ciertamente 
lo* decía con mucha gracia, ó revelaba 
algún talento precoz, porque no había 
persona extraña delante de la cual no 
me obligasen á repetirlos. 

—Noñó, dígales á estos señores cómo 
se llama su padrino. 

—Mi padrino ? es el Excelentísimo se¬ 
ñor, coronel Pablo Vaz Lobo Cezar de; 
Andrade y Souza Rodríguez Mattos; mi 
madrina es la Excelentísima señora' do¬ 
ña María Luisa de Macedo Rezende y 
Souza Mattos. 

—Es muy'vivo su niño, exclamaban 
loá oyentes. 

—Muy vivo, repetía mi padre; y l'os 
ojos se le humedecían de orgullo, y to¬ 
mándome la cabeza con la palma de la 
mano, mirábame largo rato, enamora-., 
do, lleno de sí. 

ídem, comencé á andar, no sé bien 
cuando, pero antes dé tiempo. Tal vez 
para - apresurar á la naturaleza, obligáron- 
. me temprano á agarrar las, sillas, vis¬ 
tiéronme con sayas, dábanme carritos 
de palo.—Solo,, solo, ñoñó, solo; solo,— 
dt cíame la niñera. Y yo, atraído por el 
cascabel de lata que: mi madre agitaba 
delante de mí, marchaba, para adelante, 
cae aquí, cáe acullá; y andaba proba¬ 
blemente mal, pero andaba, y seguí an¬ 
dando. ' 

CAPÍTULO xi 

El niño es’ padre det' hombre, 

. Crecí; y en esto fué que la familia nó 
intervino; crecí naturalmente, como cre¬ 
cer-las magnolias y los gatos. Tal vez los 
gatos sean menos matreros, y, con segu¬ 
ridad, lag magnolias son menos iiiquie- 
tas de lo que era yo en mi infancia. Un 
poeta ha dicho que. el ñiño es padre del 
hombre. Si esto qs verdad, veamos, algu¬ 
nos lineamientos del niño, - 

Desde los cinco años merecí yo el 
ápodo de ((muchacho diablo»; y verda¬ 
deramente no era otra cósa; fúí de los 
más malignos de mi tiempo, astuto, in¬ 


discreto, travieso y voluntarioso. Por 
ejemplo, un día le rompí la cabeza á una 
esclava porque me negaba úna cucharada 
de dulce dé coco que estaba haciendo, y 
no contento con el maleficio, eché un 
puñado de ceniza en el tacho, y, no sa¬ 
tisfecho de la travesura, fui á decirle á 
mí madre que la esclava era la que echa¬ 
ba á perder ef dulce «por perrería»; y yo 
á penas tenía seis años. Prudencio, un 
negrito de la casa, era mi caballo de to¬ 
dos los días; ponía las-manos en el sue¬ 
lo, se le ataba un cordel en. las quijadas, 
á guisa dé freno, y yo me le trepaba so¬ 
bre los lomos,.con una varilla en la ma¬ 
ño, fustigábalo, dábale mil vueltas á un 
lado y otro, y él obedecía,—algunas ve¬ 
ces gimiendo,—pero obedecía sin decir 
palabra, ó cuando mucho,—ay! noñó!— 
á lo que yo replicaba:—Cállate la boca, 
bestia.—Esconder los sombreros de las 
visitas, poner cola de papel á las personas 
serias, tirar de la coleta de las pelucas, 
dar pellizcones en -los brazos de las ma¬ 
tronas, y otras muchas ’ hazañas de este 
jaez, eran muestras de un genio indócil, 
más debo creer que eran también expre¬ 
siones de un espíritu robusto, porqué mi 
padre me tenía gran admiración; y si á 
veces me reprendía, delante de las per¬ 
sonas, lo hacía por simple formalidad: 
eñ privado me daba besos. 

No se concluya de aquí que yo me pa¬ 
sara el restó de la vida rompiendo la ca¬ 
beza de los demás, ni en esconderles los 
sombreros; pero extravagante, egoísta y 
algo desdeñoso para con los hombros, eso 
fui; si no pasé el tiempo en esconderles 
los sombreros, alguna vez les tiré del rabo 
de la peluca. ; 

Otrosí : me aficioné á la contemplación 
de la injusticia humana, inclinóme á ate¬ 
nuarla, á explicarla, á clasificarla por 
partes, á entenderla, no según un padrón 
rígido, pero de.acuerdo con las' circuns- 
. tandas y lugares. Mi madre me educaba 
á su manera, hacíame aprender de memo¬ 
ria algunos preceptos y oraciones; pero 
yo sentía que, mas'que las oraciones, me 
^ gobernaban los nervios y la sangre, y la 
buena regla perdía .el espíritu, que le da 
vida, para tornarse una vana fórmula. De 
mañana, antes del «mingau» de natilla, y 
de noche, antes de la cama, pedía á Dios 
que me perdonase, así como yo perdonaba 



MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


17 


á mis deudores; pero entre la mañana y 
la noche hacia una gran; maldad, y mi pa¬ 
dre, pasado el alboroto, dábame golpeci-. 
tos’en la cara, y exclamaba riendo: Ah! 
bandido ! ah! bandido t 

Sí, mi padre me adoraba. Mi madre era 
una señora débil, de poco cerebro y mu r 
eho corazón, asáz crédula, sinceramente 
piadosa, 1 —easera, á. pesar de ser bonita, 
y modesta, ¿ pesar de ser pudiente; te¬ 
mía á los .truenos y á su marido. El mari¬ 
do, era en la tierra su Dios. De Ja colabo¬ 
ración de esas dos criaturas nació-mi edu¬ 
cación, que, si tenía algo; bueno, era en • 
lo general viciosa, incompleta y,'en parte 
negativa. Mi tío él canónigo hacía.á'veces 
algunas observaciones al hermano; decía, 
que me daba mas libertad que enseñanza, ■ 
y mas cariño qué- reprensiones, , pero 
mi padre respondía que aplicaba en mi 
educación un sistema enteramente supe¬ 
rior al. sistema usado; y de este modo, 
sin confundir al. hermano, se ilusionaba 
á sí mismo. 

Junto con la transmisión y la educa¬ 
ción, tuve también el -.ejemplo extraño, 
el medio'doméstico. Ya hemos visto á los 
padres, veamos ahora á los tíos. Uno de 
ellos, Juan, era un hombre .de lengua bien 
suelta, vida galante, conversación pica¬ 
resca. Desde lps doce años, Juan, empe-', 
zó á referirme anécdotas, reales ó ño, pla¬ 
gadas¿todas de obscenidades ó inmundi¬ 
cias'; lío respetaba mi adolescencia, como 
no respetaba la sotana del hermano; • con. 
la . diferencia de que este- huía siempre 
que lo veía enderezar hacía un tema escá- ¿ 
broso. Yo no, dejábame estar sin. enten¬ 
der nada, al principio,' después ent'enr 
diendo,. y en fin hallándole gracia. Al 
cabo de cierto tiempo, quien lo. buscaba 
era yo: y él gustaba mucho de mí, dᬠ
bame dulces, llevábame á paseaT.- En 
casa, cuando iba á pasar algunos días, no 
pocas veces me aconteció hallarlo, en el 
fondo de la chacra, en el lavadero, char¬ 
lando con las esclavas- que fregaban la 
ropa; allí es que era un desfilar de anéc- . 
dotas, dichos, preguntas, y un estallar de • 
carcajadas que nadie podía oir, porque* 
el lavadero quedaba muy lejos dé la casa. 

Las negras; con un palmo de la saya 
recogido sobre el vientre; unas dentro del 
agua, otras fuera; inclinadas sobre las 
piezas de ropa; las golpeaban, las jabona¬ 


ban, las torcían, é iban oyendo y contes¬ 
tando á las, picardías del tío Juan, y di¬ 
ciendo cuando iás comentaban con un 
—Cruz, diablo!... Esté niño Juan es el 
diablo! 

Bien distinto era el tio canónigo. Este 
era muy puro y austero; tales dotes, sin 
embargo, nó' realzaban un espíritu su¬ 
perior, apenas compensaban un espí¬ 
ritu mediocre. No era hombre que viese 
Ja parte substancia] de‘la. iglesia: veía 
el Jado externo, la gerarquía, las preemi¬ 
nencias, los sobrepellices, los genuflexio¬ 
nes. Antes venía de-la sacristía que del 
altar. Una falta' en el ritual, lo. excitaba 
más que una infracción á los- manda¬ 
mientos-. Ahora, á tantos años de dis¬ 
tancia, no estoy cierto si podía ati¬ 
nar fácilmente, cón un trozo de Ter¬ 
tuliano, ó .exponer, sin titubear, la his¬ 
toria del símbolo de Nicea; pero na¬ 
die, en las fiestas cantadas, sabía me¬ 
jor el número y caso de las cortesías 
que- se .debían hacer al oficiante. Ser 
canónigo fué la única ambición de su 
vida; y decía de corazón que era la mayor 
dignidad á que podía aspirar. Piadoso, 
severo en-las costumbres, minucioso en la 
observación dé las reglas, débil, tímido, 
subalterno, poseía algunas virtudes, pero 
carecía absolutamente -de la fuerza de in¬ 
sinuarlas, de imponerlas, á los demás. 

No diré nada de mi tía materna, doña 
Emeíenciana, que era, por otra parteóla 
persona, que mas. autoridad tenía sobre 
; mí; diferenciábase- grandemente, de los 
: demás ; pero vivió, poco tiempo en nues¬ 
tra compañía, unos doá años. Otros pa¬ 
rientes y algunos íntimos no merecen la 
péna de ser citados;- n'o hicimos .víuti co¬ 
mún; pero sí intermitente, con grandes 
claros dé separácion. Lo que importa es 
la expresión general del medio doméstico, 
y esa queda aquí indicada,—rvulgaridad 
de caracteres, amor á las apariencias bri¬ 
llantes, aLruido, flojedad.de voluntad, do¬ 
minio del capricho. D.e esa tierra y de 
ese estiércol es que-nació la flor.. 

CAPITULO xu 

Un episodio de 1814 

Pero no quiero seguir adelante, sin 
contar sumariamente un episodio galante 
de 1814; tenía nueve años. 



.18 MACHADO 

Napoleón, cuándo yo . nací estaba en 
todo él esplendor de. la gloria y del poder; 
era emperador y ya se había captado en¬ 
teramente la admiración de los hombres. 
Mi'padre, que á fuerza de convencer á Los . 
demás de nuestra, nobleza,, acabó por per¬ 
suadirse, á sí propio, tenía para él un 
odio puramente mental. Eso era motivo 
de reñidas contiendas en nuestra casa, 
.porque mi tío Juan, no,sé si por espíritu 
de clase y simpatía de oficio, perdonaba 
eri el déspota- lo qué admiraba en el ge¬ 
neral, mi tío él canónigo era. inflexible 
con el corso, los demás, parientes se di¬ 
vidían; de ahí'las controversias y los 
énojos.. 

; Al llegar á Ría de Janéiro la noticia de 
la primera caída de Napoleón, hubo natu¬ 
ralmente en nuestra casa gran agitación; 
.pero no se oyeron zumbas ni' palabras pi¬ 
cantes. Los vencidos,, testigos'deí regocijo 
público, juzgaron mas decoroso él silen¬ 
cio; algunos fueron más allá y bátieron 
'.‘ palmas. La población, cordialmente ale¬ 
gre, ¿o regateó demostraciones de afecto 
á ' la familia real;' hubo ; iluminaciones, 

- salvas, «Te-Deum», cortej o'y aclamaeio- 

• nes. Figuré en esos dias.'con un espadín 

. nuevo, que mi' padrino me regalara el dia- 
dé.San Antonio; y, francamente, más me 
■ interesaba el espadín-que la caida.de Bo- 
naparte.. Nunca se* me ha olvidado esté 
fenómeno. Nunca he dejado de pensar en- 
‘ ■ tre mí que nuestro propio espadín es siem¬ 
pre, más grande que- la espada* de Ñapo-' 
". león.'. Y obsérven, que yo, oí muchos dis- 

- x-ursos, cuando estaba vivo, leí mucha pá T 
. gina- Úená dé grandes ideas y mayoíe3 

palabras; pero nó. se.por 'que,- en él fondo 
de los aplausos que'me arrancaban de la; 
boca-. Zumbaba algunas veces. este concep- 
. fo de hombre escarmentado: . - 

—Véte al- diáblo, : tu solo-tie preocupas 

- "del espadín.-!- . , : 

No sé contentó mi familia con. tener' 

- una participación anónima en el regocijo 

• público; creyó oportuno é indispensable 
celebrar la destitución dél emperador con ' 

- una comida, y tal comida, que eVruido de. 
las aclamaciones. llegase á los oídos de : 

• Su Alteza, ó cuando menos, de sus.minis- 
. tros.- Reapareció toda la -vieja vajilla dé 

plata maciza, heredada de mi abuelo Luis 
Cuba?: salieron á luz los manteles de Ho¬ 
landa, las grandes jarras de. la India; se 


DE ASSIS \ , 

saerifleó ún capón, encomendáronse á las 
madres de la Ayuda las compotas y mer¬ 
meladas ;. laváronse, aereáronse, limpiᬠ
ronse las salas, las escaleras, los cande¬ 
labros, las arandelas, las grandes campa¬ 
nas de vidrio, todos los enseres, en fin, 
del lujo clásico: 

Llegada la hora, • encontróse, reunida 
una .sociedad selecta, el juez de feria, 
tres ó cuatro oficiales militares, algunos 
comerciantes y letrados, varios funcio¬ 
narios de la administración, unos con 
su; mujeres é hijos,.otros sin ellos, nías 
: todos comulgando en e,l deseo de atollar 
la memoria de Bonaparte en el buche de 
un pavo.- No era una comida; pero sí un 
«Te-Denm»; fué poco más ó menos lo- 
. que dijo uno de los hombres de letras 
presentes, el doctor Villaga, glosador, 
insigne, qué' agregó á los platos de la 
cosa las golosinas de las musas. Me acuer¬ 
do,. como si fuera ayer, íne acuerdo de 
verlo erguirse con su larga peluca de co¬ 
leta, casaca dé seda, una esmeralda en 
. el dedo, pedir á mi tío el sacerdote que le 
repitiera-, el mofé, y, repetido el mote, 
clavar los ojos en Ja cabeza de una, seño¬ 
ra, después toser, alzar la mano derecha, 
toda cerrada menos el índice, que apun- 
• ..taba, para el techó; y así, puesto y com¬ 
puesto, devolver el mote glosado. Nío- 
hizo una glosa;, pero sí tres; después ju- 
'ró á sus. diosea no parar en la tarea. Pe¬ 
día un mote, se lo daban, lo glosaba én 
>seguida, y luego -pedía otro y otro más; 
.de tal modo qué una de las señoras pre¬ 
sentes no- pudo callar su admiración. 

.—Su ' señorial. dice éso, replicó, mo¬ 
destamente YiHaga, porque- nunca oyó á 
- Bocage, como yo le oí el-siglo pasado, en 
Lisboa. Aquello,:sí! qué-facilidad! y qué 
versos!. tuvimos luchas de una y dos ho- 
rasy én el café de Nicola,- glosándonos en 
medio de bravos y aplausos. Inmenso ta¬ 
lento el fie Bócage ! Era lo que mé decía, 
lince días, la. señora duquesa de Cada- 
' val... .- - - 

Y estas tres últimas palabras, dichas, 
con mucho énfasis, produjeron en toda 
la asamblea un 'extremecimiento de ad¬ 
miración y pasmo. Con que aonel hombre 
tan llano, tan sencillo, además de plei¬ 
tear, con. poetas, discreteaba con duque¬ 
sas! Un Bocage y una Cadaval! Al con¬ 
tacto dé aquel hombre las damas sentían- 




MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 


19 


se superfinas; los varones lo miraban con 
respeto, algunos con envidia, no pocos 
con incredulidad, . El, entretanto, seguía 
adelante, acumulando adjetivo sobre ad¬ 
jetivo, adverbio sobre adverbio,' haciendo 
desfilar toda? las rimas de «tirano»-y. 
de «usurpador». Era la sobremesa; nadie • 
pensaba ya en comer. En el intervalo - 
d í las glosas, corría un rumor alegre;, un 
palabreo de estómagos satisfechos; los 
ojos dormidos y húmedos, ó vivos y cᬠ
lidos, desperezábanse ó recorrían la mesa 
de una punta á otra, atiborrada de dul¬ 
ces. y frutas; aquí el ananás en ruedas,. 
allí el melón en tajadas, .las compoteras 
d<* cristal dejando ver el dulce de coco, 
finamente rallado; amarillo como una 
yema,—ó sino el mezclado con miel, obs-; • 
curo y grueso, no lejos del queso y de las. 
patatas de «cara». De cuando en cuando 
una carcajada jovial, amplia, desabotona- • 
da, uúa carcajada de familia, venía, á 
romper la gravedad política del -banque- .. 
te. En medió del, interés grande y común, 
agitábanse también: los. pequeños y par¬ 
ticulares. Las señoritas hablaban de las 
«niodinhaB» que habían de cantar.al cla¬ 
vicordio,. y del minuete y del solo inglés; 
ni faltaba la matrona que -prometiese- 
bailar un «oitavado de compasso», solo 
para demostrar cómo se. divertía en los 
buenos tiempos en que era niña. JJn su- 
geto; cerca de mí, daba á otro noíicia de 
los- negros jóvenes, que estaban por-lle¬ 
gar, según cartas que-recibiera de Loán- 
da,una carta en que im sobrino suyo-le. 
decía que ya había negociado cerca de 
erarentá cabezas, y otra carta en que...” 
Eas- traía- precisámente en bel- bolsillo, ; 
pero jio .podía leerías en aquella ocasión. . 
TLo que aseguraba es que 1 podíamos con¬ 
tar^ solo en aquel viaje, con. unos ciento- 
veinte negros, por. lo-mehós.. 

• •—Trás % ; v trás... trás . ,.- hacía Villa- 
ca golpeando las, manos una contra otra. 
El rumor cesaba de pronto como una 
pausa de orquesta, y todbsMos ojos se- 
volvían hacia el glosador. Los. que que¬ 
daban lejos se. colocaban'la mano tras . 
de la oreja para no perder palabra; la 
mayor parte,, ya antes de oir la glosa, 
tenía una sonrisa .de aplauso, trivial y 
cándida. - . .• /: . 

.. # En cuanto á mí, allí-me estaba, solita¬ 
rio y deslumbrado, enamorando á cier¬ 


ta compota ihuy de jni gusto. Al fin de 
cada glosa quedaba muy contento, es¬ 
perando que fuese la última; pero n<r 
era, y los postres seguían intactos. Na¬ 
die se atrevía á dar el .ejemplo. Mi pa¬ 
drean la cabecera, saboreaba á sorbos 
extenso? la alegría, dé los convidadoe, 
gozaba • epir las carotas alegres,. cón los 
platos, con .las flores, deleitábase cop la 
familiaridad establecida entre . los espí¬ 
ritus más distantes al influjo d’e una. bue¬ 
na comida.. Yo lo notaba-porqué, volvía 
les ¡ojos de la. compota,, por, él y de él 
para la- compota, como pidiéndole que 
mé sirviese de ella; pero lo hacía en va¬ 
no. Mi padre .no véia nada, se veia á sí 
propio... Y las glosas se sucedían, * cómo 
chaparrones, obligándome á amainar el 
deseó y el pedido. Resistí cuanto pude; 
y no pude mucho. Pedí en voz baja él 
dulce; por último grité, berrée,, patalee. 
Mi padré, que era capaz de darme el sol, 
.si yo se lo hubiera, eligido, llamó á un. 

. esclavo para qüe me sirviera el dulce, 
pero ya era tarde. Mi tía Emerenciana 
in o arrancó de la silla y me entregó á una / 
/esclava, no obstante mis grito? y .émpe- 
' Í1 enes:: 

• Ese fué el delitó del glosador : retardó 
’ .lá compota y dió motivo para mi exclu- 
< sión-.. Aquéllo bastó para que yó meditara 
una venganza, cualquiera que fuese, pero 
grande y ejemplar, algo que dé alguna 
manera lo pu$iése en ridículo. El Dr: 
Yilíaga era úñ_ hombre grave, circuns¬ 
pecto y lento; tenia cuarenta y siete-años, 
era casado y padre. No me satisfacían 
la, cola, de papel ni el rabo.de la peluca; 
había de ser algo peor. Me puse á espiar¬ 
lo duráute el rgsto de la tarde, á seguir- 
' le, en ía quinta-, adonde todos bajaran 
. á pasear. La yí conversar con doña Eu¬ 
sebia, herrnana- del sargento mayor Do- 
miguéz, úna robusta mujerqna, que,.' 
s't no era bonita, tampoco era fea. , 

—Estoy muy enojada coñ usted, decía 
ella. . - 
. Por qué? 

-r-Pórque.: nó sé por qué... por¬ 
que esa es mi suerte.... creo á veces que 
mejor sería morir.... 

Habían penetrado en un pequeño -ce¬ 
nador; era entre cíós luces; yo los se¬ 
guí. Villana tenía en los ojos unas chis¬ 
pas de vino y de voluptuosidad. 



20 


' MACHADÓ 


—Déjeme—decía ella. ■ 

. —Nadie nos . ve. Morir, mi ángel ? Qué 
ideas son esas? No sabes que yt> también 
moriría... qué digo?... muero* todos 
loe días, de pasión, de saudades.... 

Doña Eusebia se llevó el pañuelo á los 
ojos. El glosador buscaba en su memoria 
algún rasgo literario, y_ halló éste, que. 
más tarde verifiqué ser de una de las 
obras del-«Judeu»: 

—No llores mi bien; ño quieras que el 
dí.«"añianezca con dos auroras. . . 

Dijo esto; la atrajo á sí; ella resistió 
un. poco, pero se dejó ir; unieron los ros¬ 
tios, y oí estallar, pero muy quedo, un 
beso, el más medroso dé los. besos. 

—El Dr. Villaga le ha dado un beso 
á doña Eusebia!.— grité corriéndó por 
la quinta. 

Esta frase mía fué un estampido; la 
estupefacción inmovilizó á todos; los 
ojos se explayaban hacia uno y otro la¬ 
do; cambiábanse sonrisas y secretos, á 
socapa, las' madres arrastraban á sus 
hijas pretextando él sereno.-Mi padre me 
tiró de las orejas, fingidamente, irritado 
d.* veras con la indiscreción; pero al día 
siguiente, durante el almuerzo, al re¬ 
cordar el 'caso,, tomábame dé la nariz, : 
riendo: ah! bandido! ah! bandido! ' 

capítulo xm 

- - , ' 

Un saltó 

Juntemos ahora los^ pies y demps un 
salto .por encima de la escuela, la escuela 
enfadosa, donde aprendí á leer, escribir, 
contar, dar .cachetadas, recibirlas, é ir 
á hacer diabluras, ora en-los cerros, ora 
en las playas, donde quiera que el sitio - 
fuera propicio al ocio. 

Tenía amarguras ese tiempo; tenía 
los retos, ios castigos, tas. lecciones ,ár- 
duas y largas, y. algo, más, muy poco más 
y muy liviano. Solo era pesada la pal¬ 
meta, y á.pesar .dé eso... Oh! palmeta, 
terror de mis días pueriles, tu que pu¬ 
siste el «compelle intrare» con que un 
viejo maestro, huesudo y calvo, me in¬ 
crustó en el cerebro el alfabeto, la pro¬ 
sodia, la sintaxis) y las otras cosas que 
sabía, bendita ‘ palmeta, tan desacredita¬ 
da por los modernos, quien me diera ha : 
ber permanecido bajo tu yugo, con mi 
alma imberbe, mis ignorancias, y mi es- 


DE ASSIS 


padin, aquel espadín de 1814 tan supe- 

• ñor á la espada de Napoleón! Que era 
lo que exigías, en fin, tu, xni viejo maes¬ 
tro de primeras letras ? La lección *de 
memoria y compostura en la clase; nada 

.más, nada menos de lo qué quiere la vida, 
que es la de las .últimas letras; con la 
. diferencia de que tú, ai me dabas miedo, 
nunca me causaste aversión. Véote aún 
entrar en la sala, con tus zapatillas -de 
cuero blanco, capa, pañuelo en la mano, 
cabeza .descubierta, barba rapada; véote 
-sentarte, bufar, gruñir, absorber una na¬ 
rigada inicial; y llamarnos después á dar 
■- la lección. E hiciste esto durante vein¬ 
titrés' años, callado, obscuro, ..puntual, 
metido.en una casita dé la calle del Piojo, 
sin fastidiar al mundo con tu mediocri¬ 
dad, hasta que un día diste la gran za¬ 
bullida en las tinieblas, y nadie te lloró, 
. salvo un negro viejo, — nadie, ni.yo, que 

• te debo; los rudimentos de la escritura. 

Llamábase Lúdgero al maestro; quie¬ 
ro escribir todo su nombre en esta pᬠ
gina: Ludger o Barata, : —un nombre fu¬ 
nesto, que lés servía á los chicos de eter¬ 
no tema para: sus bromas. Uno de noso¬ 
tros, Quincas Borba, (*) era cruel con el 
pobre hombre. Dos, tres veces por sema¬ 
na, le metía en el bolsillo de las calzas, 
unas largas calzás de punto,—en el ca¬ 
jón; de la mesa, al pie del tintero, una 
«barata» (**) muerta. Si llegaba á acertar 
con' ella, daba'un salto, giraba los ojos 
llameantes, decíanos los últimos nom¬ 
bres; eramos unas sabandijas, mal cria¬ 
dos, negrillos. — Unos temblaban, otros 
rebuznaban; Quincas Borba mientras 
tanto permanecía quieto, con los ojos 
clavados en el aire. 

Una flor, el ; tan Quincas Borba. Nun¬ 
ca én mi infancia, nunca en toda mi vida, 
encontré un niño más gracioso, inventivo 
v travieso. Era la flor y no ya de la es¬ 
cuela, 9Íno de toda la' ciudad. La madre 
viuda, con algún pasar, adoraba al hijo 
y lo tenía mimoso, aseado, paquete, con 
un vistoso page acompañándole, un page 
que nos dejaba hacer la rabona, ir á ca¬ 
zar nidos de pájaros, ó perseguir lagar¬ 
tijas por los cerros de Livramento y de 
la Concepción, ó simplemente vagar por 


(?t Quincas, diminutivo familiar de Joaquín. 
(••) El nombre portugués de la encaracha. 



MEMORIAS PÓ3TUMAS. DE BLAS CUBAS. 21 


las calles, como dos petimetres- Y dé em-r 
perador, era uxr gusto ver á Quíncas Bor- 
ba hacer de emperador en las fiestas del 
Espíritu Santo. Por otra parte, en ñues-‘ 
tros juegos juveniles él escogía siempre 
¿1 papel de rey, ministro, general, 'una 
supremacía, cualquiera que fuere. Tenía 
gerbo el muy travieso, y gravedad, cierta 
magnificencia en las actitudes, en los me¬ 
neos. Quien diría que.:. Detengamos la 
pluma; no adelantemos los sucesos. Pase¬ 
mos de un salto al año 1822, fecha de 
nuestra independencia política y de. mi 
primer cautiverio personal. - ; 

capítulo xiv 

Él primer beso , - 

Tenía diecisiete años; brotábame un 
bocito que yo forcejaba por convertir en 
bigote. Los ojos vivos y resueltos eran mi 
rasgo verdaderamente masculino. Como 
Ostentara cierta arrogancia nó. se sabia 
bien si era una criatura con humos de 
hombre, ó un hombre de aire aniñado. 
En conjunto, era un lindo mozo, lindo y 
audaz, que entraba en la vida con botas 
y espuelas, látigo en mano y sangre eñ las' 
venas, cabalgando un coreé! nervioso,, 
fuerte, veloz cómo el corcel de las anti¬ 
guas baladas, que el romanticismo fué á 
buscar al castillo medioeval, para andar 
con él por las calles de nuestro sigló. Lo 
peor es que lo maltrataron de tal modo 
•que fué preciso echarle- á un lado, donde 
lo halló el realismo, comido de lacería y' 
gusanos, y por compasión, lo transportó 
á sus libros. 

Si, yo era ese mozo bonito, airoso, rico; 
y fácilmente se imagina que mas de úna 
dama indinó ante mí la frente pensativa, 
ó levantó háciá mi unos ojos codiciosos. 
De todas* la que me cautivó luego fué 
una... una.. .no sé si debo decirlo; este 
libro es‘ casto, al menos en la intención; 
en la.intención es castísimo. Pero no hay 
"remedio; ó se dice todo ó nada. La que 
me cautivó fué* uña dama española, Mar¬ 
cela, la «linda Marcela», como la llama¬ 
ban los mozos, de su tiempo, Y tenían ra- 
zon los mozos. Era hija, de un hortelano 
de Asturias;, dijomelo ella misma, en un 
día de sinceridad, porque la .creencia ge¬ 
neral era que naciera, de un abogado de 
Madrid, víctima de la invasión francesa, 


herido, encarcelado, fusilado, cuando ella 
.tenía apenas doce años. «Cosas de Es¬ 
paña». Fuese quien fuera entre tanto, el 
ptdre, escritor ú hortelano, la verdad es 
que Marcela no poseía la inocencia rús¬ 
tica, y que con dificultad entendía la 
moral del código. Era buena moza, ale¬ 
gre, sin escrúpulos, algo cohibida por la 
, austeridad de la época, que no le permi¬ 
tía. ostentar por las calles sus descocos 
y sus berlinas; lujosa, impaciente, amiga 
dol dinero y de los mozos. En aquel año 
se moría de amorés por un tal Javier, 
sujeto rico y tísico, t- una perla. ' 

' La vi por primera vez en el Bocio Gran¬ 
de, la noche de las luminarias, luego que 
se' confirmó la! declaración de la indepen¬ 
dencia, una fiesta de primavera, un ama¬ 
necer del alma pública. Eramos dos mu¬ 
chachos, el. pueblo y yó; veníamos de la 
r infancia, con todos los arrebatos de la ¿u- 
■ ventud. La yí salir.de úna silla de maños, 
airosa y vistosa, un cuerpo, esbelto, ondu¬ 
lante* . un contoneo, un no se qué, que 
nunca hallara en las mujeres puras.— 
Sigue, le dijo ella al page. Y yo la se¬ 
guí, tan page como el otro, como si la 
orden me hubiera sido dada, dejeme ir 
enamorado, vibrante, .-lleno de las pri¬ 
meras auroras. En’el camino le llamaron 
«linda. Marcela»-, recordé que le oyera 
-aquel nombre á mi tío Juan, y quedé* 
’ confieso qué quedé atónito. 

. . Tres días después me preguntó mi tío, 
en secreto, si quería ir á una cena con 
unas muchachas, en los Cajueiros. Fui¬ 
mos; era en casa de Marcela. Javier, con 
todos;sus tubérculos, presidía.el banquete 
nocturno, en el que yo poco ó nada' comí, 
por que solo tenía ojos para la dueña de 
casa. Que gentil estaba la española 1 . Ha¬ 
bía más de media docena de mujeres, bo¬ 
nitas, llenas de gracia; pero lá española... 
El entusiasmo, algunos sorbos- de vino, el 
.carácter imperioso, alocado, todo eso me 
llevó á hacer una cosa única. A la salida, 
en ,1a puerta de la calle, dije á mi tío que 
me esperase un instante, y volví á subir 
las escaleras; • 

—Se le olvidó algo? me preguntó Mar¬ 
cela efe pié, en la meseta de la escalera. 

—El pañuelo. 

- Ella iba á abrirme eamino para yol ver 
á.la sala; yo 1$ sugeté de las muñecas, la 
atraje hé'cia mí, y- díle un beso. No sé si 



22 


MACHADO. DE ASS1S 


olla dijo algo, si gritó, si llamó á alguiep; 
ño se nada; se que descendí otra vez las. 
escaleras, veloz como un tifón, y tamba¬ 
leando como un ébrió. , 

capítulo xv 
Marcela 

Empleé treinta días en ir; del Rocío 
Grande hasta ¿1 corazón de Marcela, no 
ya cabalgando en el corcel del ciego de¬ 
seo, pero si eñ el asno de la paciencia, 
al mismo tiempo mañoso y terco. Por 
que en verdad, hay dos • medios de gran¬ 
jearse la voluntad de, las mujeres: el 
violentó, como el toro de Europa, y 
él insinuante> como el cisne de Leda 
ó la lluvia dé Oro de Dáñae, tres in¬ 
ventos del padre Zeus, que, por estar pa¬ 
sados de moda, han quedado convertidos 
eñ caballo y en asnó; No diré las tretas , 
que urdí, ni las mentiras, ni las altérnati-: 
vas de confianza .y de temor, ni las espe¬ 
ras inútiles, ni. ninguna otra de esas co¬ 
sas preliminares. Afirmóles que el asno 
fué digno del corcel—un asno de Sancho, 
filósofo de veras; que me. llevó á casa de 
ella, al' final del citado período; me apeé, 
le di una, palmada en el anca y lo mandé 
apastar. 

Primera conmoción dé .' mi juventud, 
que dulce fuiste ! Tal debió ser, eñ la 
creación bíblica; él efecto del primer sol. 
Imajúrate el efecto del-primer sol, cayen¬ 
do de lleno sobre la-.faz de un mundo en 
flor. Pues fué algo idéntico, lector amigo, 
y si alguna vez has contado diez y ocho 
años, debes recordar que fué exactamen¬ 
te así'misino. , . 

• Tuvo dos - faées nuestra pasión, ó vincu¬ 
lación ó cuaiqñiér.. otro nombre, por que 
yo de nombres no me preocupo; tuvo la 
faz consular y la faz imperial. 

. En la primera; que fué corta, goberna¬ 
mos Javier y yo, sin que él sospechara' que 
dividía conmigo el gobierno de Boma; pe¬ 
ro cuando la credulidad no pudo resistir 
mas á la evidencia,' Javier depuso las in¬ 
signias, y yo reuní la suma- de todos 
los poderes en mi mano ; fué la paz cesᬠ
rea. El Universo era mío;'pero triste de . 
mí! no. era siñ sacrificio. Fuéme preciso ' 
buscar cíineíó, nmltiplicárlo, inventarlo; 
Primero, exploté las; larguezas dé mi pa¬ 
dre;. me daba todo lo qué le pedia, sin 


reprenderme, sin demora, siñ frialdad; 
decía que yo era joven y que él lo había 
sido también. Pero el abuso llegó á tal 
"extremo, que restringió algo las dádivas, 
después algo más, y después más toda¬ 
vía. Entonces recurrí á mi madre, y la 
induje á sustraer algo, que me daba á 
hurtadillas. Era poco; eché mano de un 
último recurso; entré á descontar la he¬ 
rencia de' mi padre, á firmar obligacio¬ 
nes, que tendría que rescatar un día con 
usura. - 

—De veras, decíame Marcela, cuando 
yo le llevaba alguna seda, alguna joya; 
de veras, tú quieres que me enojé con¬ 
tigo..-. Esto no se hace... un-presénte 
tan caro.;. ' 

.Y, si era una joya decía esto contem¬ 
plándola entre'los dedos, buscando buena 
luz, probándosela; riendo, besándome con 
una reincidencia impetuosa y sincera; 
pero, al par que protestaba, la felicidad 
se le derramaba por los ojos; y jojoxe^sen- 
tia feliz ál verla así. Le gustaban mucho 
nuestros antiguos doblones de oro, y yo 
le llevaba cuantos podía obtener; Mar¬ 
cela juntábalos todos dentro de una ca- 
jrta^de fierro* cuya llave nadie supo nun¬ 
ca dónde la guardaba; la escondía por 
miedo á los esclavos. La casa en que vi- 
- vía, en los Cajueíros, .era propia. Los 
muebles eran sólidos y buenos, de ja- 
carandá esculpido, y lujosos los demás en¬ 
seres, espejos, jarras, vajilla,-—una linda 
vajilla de la India, que le donara un de- 
sembargador. Vajilla del diablo; cómo me 
■irritabas los nervios. Muchas veces se lo 
dije á la misma dama; no le disimulaba 
el fastidio que me causaban ese y otros 
• despojos- de sus amores de antaño. Ella 
me oía y- reía con una ■ expresión cándi¬ 
da,—cándida y otra cosa, que yo en ese 
tiempo no entendía bien; pero ahora, 
recordando el caso, pienso que era una 
risa mixta, como deberla tenerla una 
criatura que naciéra, por ejemplo, de una 
bruja.de Shakespeare coñ un serafín de 
Klo.pstoek. No sé si me explico. Y como 
tenía noticia de mis celos tardíos, parece 
' que Te gustabá azuzarlos. Así fué que un 
dia, como yo no pudiera comprarle cier¬ 
to collar, que vio en casa de un joyero, 
me,dijo que era una broma, pues núes- 
tío amor -no necesitaba de tan vulgar.'-v 
estímulo. 



23 


MEMORIAS, POSTUMAS DE BI-ÁS CUBAS 


—lío te perdonaría que te formaras 
d» mí tan pobre idea, concluyó amena¬ 
zándome con el dedo. . • •. 

Y luego, rápida como .un paj arillo, ex¬ 
tendió las manos, cubrióme con ellas el 
rostro,: atrájome á sí é hizo un gesto gra¬ 
de so, una mueca infantil. Desp.ues, recli¬ 
nada en la marquesa, continuó hablando.' 
de aquéllo, con sencillez y franqueza. Ja¬ 
más consentiría en que comprara su 
afecto. Había vendido muchas veces las 
apariencias, pero , la realidad guardábala 
para pocos. Duarte, por ejemplo, el al¬ 
férez Duarte, que ella amara de veras, 
dos años, solo con mucho trabajo- conse¬ 
guía hacerle ¿ceptar alguna cosa de va¬ 
lor, como me sucedía á mí; ella solo le 
aceptara sin'repugnancia los • regalitos 
sin valor, como la cruz dé oro, que le 1 - 
dio,, una vez, el día de su santo. - 
—Esta cruz,. 

Decía esto introduciendo la manó en 
el seno y sacando una cruz fina, de oro, 
atada á una cinta azul y colgada al cue¬ 
llo.- . ‘ • 

—Pero esa cruz no me dijiste tú que 
era tu padre que... 

Marcela meneó la . cabeza con aire de 
lístima. 

—No te apercibiste de que era menti¬ 
ra, que.yo decía eso para no molestarte? 
Ven acá, chiquillo, no seas así desconfia¬ 
do conmigo... Que amé á otro ?,... qué 
importa; se acabó. Un día, cuando nos 
señaremos... • ' • 

—No digas eso!—grité yo. ' 

—Todo pasa! Un día..V 
No pudo-seguir; un sollozo le estran¬ 
guló la voz; extendió los brazos, tomó'los 
míos, apoyóse en mi pecho, y susurróme 
. muy quedo al oído: —Nunca, nunca, mi 
amor! Yo le di las gracias con los ojos 
húmedos. Al día siguiente le llevé el co¬ 
llar míe le había negado. 

—Para que te acuerdes de mí cuando 
nos separemos, dije yo. . 

Marcela guardó primero un silencio in¬ 
dignado;: después hizo un gesto magnífi¬ 
co: intentó arrojar, el collar á'la calle. 
^ c le contuve el'brazo; roguéle que no 
me. hiciera aquel desaire, que guardase 
la joya. Sonrió y la guardó. 

Entretanto, pagábame con usura los 
sacrificios; me adivinaba los pensamien¬ 
tos ; no había deseo á que nó correspon¬ 


diera con alma, sin esfuerzo,' por una es¬ 
pecie de ley de la conciencia y necesidad 
del corazón. Nunca el deseo era razona¬ 
ble, pero sí un puro capricho, una niñe¬ 
ría, verla vestir de cierto modo, con .ta¬ 
les y cuales adornos, esté vestido y no 
aquél* ir de páseo ú otra cosa así, y ella 
accedía á todo, risueña y parlera. 

—Eres un fantástico,;—me decía. 

É iba á ponerse el vestido, el encaje, los 
adornos con una obediencia encantadora. 

capítulo xvi / 

Una reflexión inmoral 

. Ocúrreseme una reflexión inmoral, que 
es á la vez .una corrección de estilo..Creo 
haber dicho en el, capítulo XIV, que 
Marcela sé moría de amores por Javier. 
No moría, vivía. Vivir no es lo mismo 
que morir; aáí lo afirman todos los joye¬ 
ros de este mundo, génte muy entendida 
en gramática. Buenos joyeros, que sería 
del amor si no fuesen. vuestros dijes y 
vuestros fiados ? Un tercio ó un quinto 
del universal comerció de los corazones. 
Esta es la reflexión inmoral que yo pre¬ 
tendía'hacer, la cual-es aún más obscura 
que inmoral, por que no se entiende bien 
lo que yo quiero decir. ‘Lo- que yo quiero 
decir es que la más bella cabeza del mun¬ 
do no resulta menos bella, si la ciñe" una 
diadema.de perlas finas; ni nrenos bella 
ni menos amada. Marcela, por ejemplo, 
que era bien bonita, me amó!. 

CAPÍTULO XVII 

Del trapecio y otras cosas 

' , .. .Marcela me amó' durante quince 
meses y once «contos de reís»; (*) nada 
menos. Mi padre, así que tuvo noticia 
d«* lo de los once contos se sobresaltó 
(Je veras; le pareció que el caso pasaba 
lo? límites de un capricho juvenil. 

—Lo que- es ahora, "me dijo, te mando 
á Europa; irás á cursar en una univer¬ 
sidad, probablemente la -de Coimbra; 
quiero que seas un hombre serio y no un 
vago y un estafador. Y como, y o hiciese 
un gesto de espanto:—Estafador, sí, se¬ 
ñor; ”0 es otra C06a un hijo que me 
hace'ésto. 

(*) El conto - valia 500 pesos, oro. - 



24 


MACHADO DE ASSIS 


I 

Sacó del bolsillo mis vales de deuda, 
ya rescatados por él, y los agitó violen¬ 
tamente delante de mi cara. — Lo ves, 
calavera? es así como vela un joven por 
el nombre dé los suyos ? Piensas tú que 
yo y mis abuelos ganamos el dinero en 
la", casas de juego ó vagando por las ca¬ 
lles. Atolondrado l Está vez ó entras en 
razón, ó no. vuelvas á contar • conmigo 
para nada. 

Estaba furioso ; pero con un furor 
templado y breve. Yo lo oí callado, y 
nada opuse, á la orden del viaje, como 
otras veces Ío hiciera; rumiaba la idea 
de llevarme á Marcela conmigo. "Fui á 
hablar con ella; expúsele la crisis é hi¬ 
ede la propuestá. Marcela me oyó con 
la mirada distraída, sin responder en se¬ 
guida. Como insistiese, díjome que. se 
quedaba, que no podía ir á Europa. 

—Porque nó? 

—No. puedo, dijo con aire doliente ;, no 
puedo ir á respirar aquellos aires, todo 
me recordaría á'mi padre, muerto por 
Napoleón. 

—Cual de los dos, eí hortelano ó el 
abogado ? Marcela meneó la cabeza, can¬ 
turreó una seguidilla, entré dientes; des¬ 
pués quejóse del calor y pidió una copa, 
de refresco. Tráj ola la sirviente sobre 
una salvilla de plata, que formaba parte 
de mis • once- contos. Marcela rae ofreció 
cortesmente él refresco; mi respuesta 
fué.dar con la maño en la copa, recha¬ 
zándola; dérramósele el líquido sobre las 
faldas, lá negra dió un grito, y yo le. or¬ 
dené furioso qué se marchara. Al quedar 
solos, estalló . toda la desesperación de 
mi coraron; dígele qué era un monstruo,- 
«pie nunca me había querido, que me ha¬ 
bía dejado descendér á todo, sin tener 
al ménos la disculpa de. la sinceridad; 

. dijele muchos nombres feos, haciendo 
muchos gestos descompuestos. Marcela 
se dejó estar sentada, mordiéndose las 
;uñas con. los dientes, fría como un trozó 
. de mármol. Tuve ímpetus de estrangu- 
. larla, de humillarla al menos, haciéndola 
caer á mis pies. Iba. á hacerlo; pero r la 
acción, se convirtió en otra; fui yo quien 
me eché'á sus pies-, contrito y suplican¬ 
te; se los besé, recordé aquellos meses 
de nuestra felicidad solitaria,, repetíle los 
nombres queridos de otro tiempo, sen¬ 
tado. en él suelo; con. la: cabeza entre las 


rodillas de ella, apretándole mucho las 
manos; sofocado, desfallecido, pedíle con 
lágrimas en los ojos que no me desam¬ 
parase ... Marcela me miró algún rato, 
callados ambos, hasta que suavemente 
me apartó de sí y, con aire de aburri¬ 
miento : 

—No me fastidie, dijo. 

Se levantó, sacudió el vestido, aún mo¬ 
jado, y se marchó para el dormitorio.— 
No! le grité, no has de irte... no quiero. 
Iba á tomaría entre las manos: era tarde; 
entró á su cuarto y se encerró por dentro. 

Salí desatentado; invertí dos mortales 
horas en vagar por los barrios más excén¬ 
tricos y desiertos, donde era difícil dar 
conmigo.' Iba masticando mi desespera¬ 
ción, con una especie de gula mórbida; 
evocaba los días, las horas, los instantes 
de delirio, y ora me complacía en creer 
que eran eternos, que todo aquello era 
una pesadilla, ora, engañándome á mi 
mismo, trataba de apartarlos de mí, 
como un fardo inútil. Entonces resolvía 
embarcarme inmediatamente para cortar 
mi vida en dos mitades, y gozaba con la 
idea de qué Marcela, ai saber la partida, 
quedaría atormentada por los recuerdos 
y los remordimientos. Por que aquella 
tonta me había amado, tenía que sentir 
algo,, un recuerdo cualquiera, como del 
alférez Duarte.. . En esto, el diente del 
pesar'encajábaseme en el corazón; toda 
la naturaleza gritaba que era preciso que 
yo me llevara, á Marcela conmigo. 

—Por fuerza.. . por fuerza.. . decía 
yo hiriendo el aire con una puñada. 

Por fin, tuve una idea salvadora.,. 
Ah !• trapecio de mis pecados, trapecio de 
las concepciones abstrusas! La idea sal¬ 
vadora trabajó en- él, como la del em¬ 
plasto (cap. II). Era nada menos que fas¬ 
cinarla, fascinarla mucho, deslumhrarla, 
arrastrarla, arrebatarla; se me ocurrió 
pedir por un medio más concreto que el 
de la súplica. No medí las consecuen¬ 
cias; recurrí á un empréstito final; fui 
á la callo de los Ourives, coinpré la rne- 
. jor joya de la ciudad, tres diamantes 
v-randes, engarzados en una peineta de 
marfil ; corrí- á casa de Marcela. 

Marcela estaba reclinada en una red, 
con ademámnuelle v cansado, una de las 
piernas colgando, dejando ver el piece- 
cito calzado con media de seda, los ca- 




MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 25 


bellos sueltos, desparramados, la mirada 
quieta y soñolienta. 

—Yen conmigo, le dije, he conseguido 
recursos, tengo mucho dinero, tendrás to¬ 
do lo que quieras... Mira, toma.- 

Y le mostré la peineta con los diaman¬ 
tes. Marcela tuvo un. breve sobresalto, 
irguió la mitad del cuerpo, y, apoyada 
en un hombro, miró la joya algunos bre¬ 
ves instantes; después volvió los ojos á 
otra parte; se había dominado. Entonces 
yo, metí mis manos en sus cabellos, los 
recogí,..los' arreglé de prisa,, improvisé un 
peinado, sin ningún aliño, y lo rematé 
con la peineta de diamantes; retrocedí, 
volví á aproximarme, corregí los bucles, " 
los bajé de un lado, busqué la simetría 
en aquel desorden, todo con una minu¬ 
ciosidad y un cariño de madre. 

—Listo! exclamé. 

—Loco í fué su primer respuesta. 

La segunda fué atraerme hacia sí y pa¬ 
garme el sacrificio con un beso, el más 
ardiente de todos. Después se quitó la. 
peineta, admiró mucho la materia y la. 
labor, mirándome á veces á- mí, y me¬ 
neando la-cabeza,'con ún aire de repren¬ 
sión: 

—Que loco eres! decía. 

—Yienes conmigo? 

Marcela reflexionó un instante. No me 
gustó la expresión, con que paseaba la 
vista de mí para la pared, y de la pared 
para la alhaja;; pero toda la mala im¬ 
presión se desvaneció, cuando me res¬ 
pondió resueltamente: 

-—Voy. Cuando te embarcas? 

—De aquí é dos ó tres días. 

—Iré. 

Se lo agradecí de rodillas. Había har 
liado 4 mi Marcela' de los primeros días, 
y'se lo dije; ella sonrió y fué á guardar 
r Ja joya, mientras yo bajaba la escalera. 

CAPÍTULO XVIII 

Vision de corredor 

Al final de la escalera, al fondo del . 
corredor obscuro, me detuve algunos ins¬ 
tantes para respirar, para palparme, reu¬ 
nir las ideas -dispersas, recuperarme en 
An, en medio de tantas sensaciones pro¬ 
fundas y contrarias. Sentíame feliz. Es 
cierto que-los diamantes me amenguaban 
un ppco la felicidad; pero no es menos 


cierto que una mujer, bonita puede muy 
bien amar á los griegos y á sus presentes. 

Y además, yo confiaba en mi buena Mar¬ 
cela; podía tener defectos; pero me ama¬ 
ba. .. * 

—rün ángel! murmuré mirando para el 
techo del corredor. 

Y allí, como una mofa, vi la mirada 
do Marcela, aquélla mirada que momen¬ 
tos antes, me diera una sombra de des¬ 
confianza, la. cual chispeaba encima de 
una nariz que era á la vez la nariz de 
Bakbara y la mia. Pobre enamorado de 
la'a «Mil y una fidehes».! 

Allí mismo te vi correr atrás dé la mu¬ 
jer del visir, 1 lo largo de la galería, ella 
provocándote- con la posesión, y tu co- 

- rriendo y mas corriendo hasta llegar á la 
archa alameda, donde saliste á la calle 
y donde todos los talabarteros te rechi¬ 
flaron y derrengaron. Entonces me pare¬ 
ció que él corredor de Marcela era la ala¬ 
meda, y que la calle era la de Bagdad. En 
efecto, mirando para la puerta, vi en la 
calzada á tres de los talabarteros, uno de 
sotana, otro de librea y otro de civil, los 
cuales - todos tres entraron al corredor, 
me tomaron dé los brazos, metiéronme en 
una litera^ mi padre á la derecha, mi tío 
el canónigo á la izquierda, el dé librea en 
la bolea y me llevaron a casa del. inten¬ 
dente de policía de donde fui transporta¬ 
do á una galera que debía zarpar para 
Lisboa. Imagínense si resistiría.; pero 
toda resistencia fué inútil. • 

Tres días después salía barra afuera, 
abatido y mudo. No -lloraba siquiera, te¬ 
ñía una.idea fija... Malditas ideas fijas! 
La que tenia en aquella ocasión, era dar 
una zabullida, en el océano, repitiendo el 
nombre de Marcela. 

CAPÍTULO XlX 

A" bordo; 

Eramos . once , pasajeros, un hombre 
loco, acompañado' por su mujer, dos mu¬ 
chachos que iban de paseo, cuatro comer-- 
ciantes y dos criados.. Mi padre recómen- 

- dóme á todos, comenzando por el capitán 
del buque, que por otta parte tenía mu¬ 
cho que cuidar de sí, por qué, á parte de 
todo lo demás, llevaba la mujer tísica en 
último grado. 

No se si el capitán sospechó algo de mf 


26 


Machado de assis 


fúnebre proyecto, ó' si mi padre lo puso 
sobre aviso; sé que no me sacaba los ojos 
de encima; llamábame á cada momento. 
Cuando no podía estar junto conmigo me 
¡ hacía ir al lado de la mujer. La mujer es- 
taba casi siempre en una camilla, tosien¬ 
do mucho, y asegurándome qüe ; me había 
de hacer ver lós alrededores de Lisboa. 
No estaba flaca; estaba transparente; 
era imposible que no muriera de un 
momento, á otro. El capitán fingía no 
creer en la muerte próxima,, para enga- 
' fiarse á.sí mismo. Yo no sabía ni pensaba 
nada. Qué me importaba á mi el destino, 
de una mujer tísica, én medio del océa¬ 
no? El mundo para mí- era Marcela. 

Una noche, al cabo de una semana, ha¬ 
llé oportunidad'para morir.,Subí cautelo¬ 
samente pero. encontré al capitán que 
parado contra la borda tenia los ojos fijos 
en el horizonte. 

—Teme un temporal? dije yó. 

—No, mé respondió estremeciéndose; 
no, estaba admirando ql esplendor de la 
noche. Vea; ! está "celestial! 

El estiló estaba en contradicción con 
la persona, azás ruda y aparérrteménte 
ajena á las ¿xpresiones rebuscadas. Lo 
miré fijamente; éL pareció saborear mi 
asombro. Tras de algunos segundos, me 
tomó dé la mano é indicándome la luna, 
me preguntó por qué nú le hacía una oda 
á la noche ; le respondí qué no era poeta. - 
El capitán murmuró alguna cosa, dió dos 
pasos, metió la mano en el bolsillo y sacó 
un pedazo dé papel muy arrugado; de.s- 
pues, á la luz de un farol leyó una oda ho¬ 
ra ciana sobre la libértad de. ía vida ma¬ 
rítima. Eran versos suyos. 

-r-Que tal ? •; 

No recuerdo lo que le dije; recuerdo 
que me'apretó ía mano/con mucha fuer¬ 
za y muchos agradecimientos; en seguida 
me recitó dos sonétos; iba á recitarme 
otro, cuando vinieron á llamarle dé parte 
de la mujer. Ya voy,, dijo;.y me recitó el 
tercero con pausa, con amor. 

Quedé solo; pero lá musa del capitán 
'•ahuyentara de mi espíritu los malos pen¬ 
samientos, preferí dormir, qué es un mo- ■ 
db interino de morir. Al día siguiente, 
despertamos bajo,un .temporal,- que metió 
miedo á toda la gente menos- al loco; 
este .se puso á dar saltos, 4 decir que la. 
hija lo' mandaba buscar en una berlina; 


la muerte de una hija era la causa de su 
locura. No, nunca me he. de olvidar de la 
figura horrorosa del pobre hombre, en 
medio-del tumulto de las gentes y ¡de los 
entrépitos del hurdean, canturreando y 
bailando, con los ojos saliéndosele de la 
cara, pálido, con el cabello enredado y 
largo. 

A veces se detenía, erguía eu el aire las 
manos huesudas, hacía unas cruces con 
los dedos, después un tablero, después una 
argolla, y reía mucho, desesperadamente. 
Lá mujer no podíá ya cuidarlo; domina¬ 
da por el terror de la muerte, rezaba para 
sí misma á todos los santos del ciclo. Por 
' fin, la tempestad amainó. Confieso que 
fue un derivativo escelente para la tem¬ 
pestad de mi. corazón. Yo que meditaba 
hablar con la muerte, no me atreví á 
mirarla cuando vino á hablar conmigo. 

. EL capitán me preguntó si había tenido 
miedo, si había estado en .peligro, si no 
había hallado sublime el espectáculo; 
todo ello con un interés dé amigo. Natu¬ 
ralmente, la conversación versó sobre la 
vida de mar; el capitán me preguntó si 
no gustaba de idilios piscatorios; le res¬ 
pondí ingenuamente que no sabía que 
era eso. 

. —Pues va á verlo,- m* respondió. 

Y me Recitó un poemita, después otro 
—una égloga,—y én fin cinco sonetos, 
con los cuales remató ese día la confiden¬ 
cia literaria. Al dia siguiente, antes de 
recitarme nada, me eSplicó el capitán que 
solo por motivos graves abrazara la pro¬ 
fesión marítima, por que la abuela que¬ 
ría qué fuera sacerdote, y>en. efecto po¬ 
seía algunas letras latinas; no llegó á ser 
sacerdote, pero no dejó de ser poeta, que 
era r su. vocación natural. Para probárme¬ 
lo, me recitó en seguida,, de cuerpo pre¬ 
sente, un centenar de versos. Noté un 
fenómeno: los ademanes que hacía eran 
tales que una vez me hicieron .reir * pero, 
el,capitán cuando recitaba, de tal suer¬ 
te miraba para dentro de sí mismo, que 
n > vió ni' oyó nada. 

Los dias pasaban, y, las aguas, y lo» 
versos, y con ellos iba también pasando 
la vida de la mujer. Poco podía durar. Un 
diá, algo después del almuerzo, di jome 
el capitán afie tal vez la enferma no lle¬ 
garía .al fin de la semana. 

—Tan pronto.!—exclamé.- 



‘memorias ,póstumas dé bias cobas 27 

• - - - — 


—Ha pasado muy mal' la hoche.. 

Fui á verla, hallábase en verdad , casi 
moribunda,, pero hablaba todavía de ir á 
descansar algunos días en Lisboa, antes 
de ir conmigo á Coimbra, porque era su 
propósito llevarme á la Universidad. De¬ 
jóla consternado; fui á encontrarme con 
el marido que estaba mirando las olas, 
que venían á morir en el- costado del bar¬ 
co, y traté de consolarlo; me dió las gra¬ 
cias,, me contó la historia de sus amores, 
me elogió la fidelidad y la dedicación de 
la mujer, recordó los versos que le hizo, 
y me los recitó. En esté momento vinie¬ 
ron á buscarlo de parte de ella; corrimos 
ambos; era una crisis. ¡Ese y el dia si¬ 
guiente fueron: crueles; el tercero fue 
e"L de la muerte; yo huí del espectáculo* 
causábanle repugnancia. Media hora des¬ 
pués encontré al capitán, sentado en un 
rollo de cabos, con la cabeza entrevias . 
manos; díjele algunas palabras descon¬ 
suelo. 

' —Murió como una santa, me respon¬ 
dió; y, para que estas palabras no fue¬ 
ran. .consideradas como un ríjisgo. dé fla¬ 
queza, irguióse luego, sacudió la cabeza, 
y miró el horizonte, con un gesto largo 
y profundo. ' -— V amos, continuó, entre¬ 
guémosla á la tumba que jamás vuelve á 
abrirse; '• • •' 

Efectivamente, pocas horas después, 
era el cadáver entregado al mar, con las 
ceremonias de costumbre. La tristeza 
marchitó todos los rostros; el del viudo. 
teDia. la expresión de un peñasco fulmi¬ 
nado por el rayo. Gran silencio. La." ola 
abrió él vientre, acogió el despojo, cerró¬ 
se,—una leve arruga,—y la galera siguió 
andando; Yo me dejé estar algunos .mi¬ 
nutos, á popa, con los ojos fijas en aquel 
punto deb ñiar, en que quedaba uno dé 
nosotros..: Fui de allí á hablar, con el 
capitán para distraerlo. 1 

Muchas gracias, me dijo compren- 
d:endo la intención; crea que nunca me 
olvidaré de sus buenos servicios. Dios 
s* los ha de pagar. Pobre Leocadia! tu 
te acordarás de nosotros en el . cielo. 

Se enjugo con la manga una lágrima 
importuna; yo busqué un derivativo en 
la poesía, que era su pasión. Le hablé de 
loj versos qjie ine había leído v me ofre- 
para , imprimírselos. Los o/os del ca¬ 
pitán animáronse un. poco—tal vez acep-l 


te,' me dijo, mas. no sé... .son versos 
•bien flojos. Le juré que no, le pedí que 
los reuniese y me los diera antes del des¬ 
embarque.' 

—Pobre Leocadia!, murmuró sin respon¬ 
der al pedido. Un cadáver... el mar... 
el cielo.\. el barco . 

Al dia siguiente vino á leerme una ora¬ 
ción fúnebre recien compuesta, en la que 
eran recordadas las circunstancias de la 
muerte .y de la sepultura de la mujer; 
leyómela con voz de veras conmovida, y 
la mano trémula; por último, me pre¬ 
guntó si loé versos eran dignos del tesoro 
.que'perdiera. ' • 

. —Son, dije yo. ; 

—No tendrán estro, agregó después de 
un instante, pero’ nadie me negará sen¬ 
timiento, á no ser que.* él propio senti¬ 
miento haya perjudicado, á . la perfec¬ 
ción. .. 

—No me parece ; hallo los versos per¬ 
fectos, T - ' 

—Sí, yo creo que.;! Yersós de mari¬ 
nero. 

—De marinero poeta. 

El encogió los. hombros, miró el papel, 
•y volvió - á. recitar la composición, pera 
esta vez sin estremecimientos, acentuan¬ 
do las intenciori.es literarias, dando re¬ 
lieve á las imágenes y melodía á los ver¬ 
sos. Al final confesó que era su obra más 
acabada; yo díjele que sí; él me apretó- 
. mucho la mano y mé predijo, un gran 
porvenir. ' • . 

CAPÍTULO xx 

Me bachillero 

Un gran porvenir! Mientras estas pa¬ 
labras me vibraban en el . oído, estendía 
yo la vista á lo lejos, por el horizonte- 
misterioso y vago. Una idea e*"l>elía á la 
otra, la ambición anulaba á Marcela. Un 
gran porvenir! Tal vez seria naturalis¬ 
ta, literato, arqueólogo, banquero, políti¬ 
co, ó hasta obispo,-—aunque fuese obis- 
.pc,—toda vez que- fuera un cargo, una 
preeminencia, una gran reputación, una 
posición superior. La ambición, dado que 
fuese águila, quebró en esa ocasión el 
huevo, y descubrió la pupila dominadora 
y penetrante. Adiós, amores! Adiós, Mar¬ 
cela!- días de delirio, joyas sin precio, 
;vida sin orden, adiós! Ahora marcho ha- 


MACHADO DE ASSp 


, 28 


cia las fatigas y la gloria; déjoos con los 
pañtaloncitos de la edad primera. 

Y fué así que desembarqué en Lisboa y 
seguí para Coimbra. La universidad me 
esperaba con sus materias árduas, las es¬ 
tudié muy mediocremente, y no por eso 
perdí el grado de bachiller; diéronmelo 
con la solemnidad de estilo, tras de los 
años de ley; una bella fiesta que me llenó 
de.orgullo y de «saudades»,—principal¬ 
mente de «saudades». Me había conquis¬ 
tado en Coimbra una gran nombradla 
como bailarín; era un académico disipa¬ 
do, superficial, barullento y petulante, 
dado á las aventuras, haciendo roman¬ 
ticismo práctico y liberalismo teórico, 
viviendo en la pura fe dé loa ojos negros 
y de las constituciones escritas.. El día 
eri que. la Universidad me atestiguó .en 
pergamino una- ciencia que yo estaba le¬ 
jos de tener arraigada en el cerebro, con¬ 
fieso que me sentí burlado, aunque or¬ 
gulloso. Mé explicaré: él diploma era 
una carta de liberáción ;:,me confería la 
independencia, la responsabilidad. Lo! 
guardé, dejé las márgenes del Mondego, 
y me marché afuera algo desconsolado, 
pero sintiendo ya unos ímpetus, una cu- - 
riesrdad, un.'deseo de acodillar á los de¬ 
más, de influir, de gozar, de vivir,-—de 
prolongar la universidad á ló largo de la 
vida... 

CAPÍTULO XXL 

El Arriero 

He aquí,- que se empacó el jumento 
en que yo iba. montado; lo.fustigué; dió 
dos corcovos, déspúes tres más, por fin, 
uno, que me arrojó fuera de la silla, con 
tal- desgracia, ' que el pié izquierdo me 
quedó enganchado en el estribo; traté 
de agarrarme del vientre del animal; pe¬ 
ro éste, espantada ya, disparó calle afue¬ 
ra Digo mal, trató de disparar, y, efec¬ 
tivamente,. dió dos saltos, pero un arrie-' 
ró, que estaba allí, acudió á tiempo para 
tomarlo de la rienda y detenerlo, no sin 
esfuerzo ni peligro. Dominado el bruto 
iré desprendí del estribo y me puse de- 
pié. -.... , 

—Mire de lo que sé ha escapado vue-. 
sa merced, dijo .el arriero. >... 

Y era verdad; si el jumento echa á 
correr campo afuera, golpeábame de ve- 


tzí, y no sé si la muerte- habría sido el 
final del percance; la cabeza partida, una 
congestión, cualquier trastorno aquí den¬ 
tro, y se me escapaba la ciencia en flor. 
El arriero me había salvado tal vez. la 
vida; era -oositivo; yo sentía que la san¬ 
gro me agitaba el corazón. Buen arrie¬ 
ro! mientras yo volvía á la. conciencia 
de mi mismo, él se preocupaba de arre¬ 
glar los arreos del jumento, con mucho 
esmero y arte. Resolví darle tres de las 
monedas de oro que llevaba conmigo; no 
porque tal fuese" el precio de mi vida,— 
ella eTa inestimable; pero porque era una 
recompensa digna de la abnegación con 
qué él -me salvárá. Está dicho, doilc las 
tres monedas. 

—Listo,—dijo él preséntándome las 
riendas de la cabalgadura. •• • 

—De aquí á un momento, respondíle, 
—déjame,:que aun no estoy en mí... 

—Cómo es eso-! 

—Qué! ¿no es cierto que estaba en . 
peligro de morir? 

—Si el jumento corre por ahí afuera, 

. es posible; pero, con la ayuda del señor, 
ya ha visto vuestra merced 'que no ha 
sucedido nada. • 

Acudí á las alforjas, saqué un chaleco 
viejo, en. cuyo bolsillo llevaba las cinco 
monedas de oró, y durante ese tiempo me¬ 
dité si no era excesiva la gratificación, si 
no bastaban dos monedas. Tal vez una. 
En efecto, una moneda bastaría para 
darle extremecimientós de alegría; exa¬ 
miné su ropa; era un pobre diablo, 
jamás había visto tina moneda de oro. 
Por lo: tanto, una moneda. La saqué, la 
hice relucir á la luz del sol;.no la vió el 
arriero porque yo le había vuelto las es¬ 
paldas; pero la sospechó tal vez, entran¬ 
do á- hablarle al jumento de un modo 
significativo; dábale consejos, decíale que 
tuviera juicio, que el «señor doctor» po¬ 
día castigarlo; 'un monólogo paternal. 
Válgame Dios! hasta oí estallar un beso: 
era. el ariero que le besaba la cabeza. 

—[Hola! exclamé. - 
—Quiera perdonar vuestra merced, 
pero el diablo del bicho mira á la gente 

coi tanta gracia. 

Réímei hesité, pósele on la mano un 
chuzado de plata, cabalgué el jumento, 
y seguí al trote largo, un poco avergon¬ 
zado, mejor dicho un poco incierto del 


29 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 


efecto de ía platita. Pero á'algunas varas Nótese que yo estaba en Venecia, aún 
de distancias-, miré para atrás, el arriero penetrado por los versos del lord Byronj 
iré hacía grandes cortesías, con eviden-- allí estaba, sumérgido en pleno ensueno, 
tc« muestra’s dé contento. Advertí que reviviendo el pretérito; creyendo estar en 
asi tenía que ser; lo había pagado bien, In serenísima República. Es verdad;una 
tal vez le había'dado de más. Metí los de-, vez me aconteció preguntarle á un hoto- 
dos en el bolsillo- del chaleco que llevaba lero, si el dux saldría á paseo ese día.— 
puesto y séntí unas monedas de cobre; ' Qué dux,. «signor mió ?» Volví en mí; 
eran los vintenes que debía haberle dado . pero no confesé la ilusipn; díjele que mi 
al arriero, en lugar del cruzado de plata. pregunta era un genero de charada ame- 
Porque, en fin, él nó había tenido en rirana; él aparentó comprender y dijo 
vista ninguna recompensa ó virtud, cedió , que le gustaban mucho las charadas ame- 
á un impulso natural, al temperamento, ricanas. Era un^ posadero. Pues dejé todo 
á los : hábitos - : del oficio; agréguese que eso, el posadero, el dpx, el puente de los 
la circunstancia de estar,, no más adelan-, Suspiros, la góndola, los versos del lord, 
té ni más atrás, pero Justamente en el. las damas del Rialto, dejé todo, y dispa- 
..sitio del percance, parecía constituirlo. • ré como una bala en dirección a-Río de 
simple instrumento de la Providencia; y Janeiro. Llegué... Pero-no^ no alargue- 
de un m'odó ó-de otro, el mérito'dél acto mos este capítulo. A veces me olvido ca¬ 
er* positivamente nulo. Quedé desconso- cribiendo ; y la pluma va comiendo papel, 

. lado con esta reflexión, me califiqué de con grave perjuicio mío, que, soy autor, 

pródigo, anoté el cruzado en la cuenta Capítulos largos cuadran mejor á autores' 
dé mis orodigalidades antiguas; .y tuve pesados; y nosotros no somos un público 

(porqué no decirlo?), tuve remordí- «in-f olio», más «in-12», poco texto, mu- ‘ 

'urentes. - cha margen, tipo elegante, canto dora- 

d > y viñetas.. principalmente viñe- 
Capítulo xxu. tas.... No, no alarguemos el capítulo. 

Vuelta á Rio 

Jumento condenado, me cortaste el 
hilo de. las reflexiones. Ahora ya.no diré 
lo que pensé .de allí hasta Lisboa, ni lo 
que hice en la Península y en otros luga¬ 
res de Europa, de la vieja Europa, que 
en ese- tiempo' parecía rejuvenecer. No, 
no diré que asistí á los" albores dél ro¬ 
manticismo, que yo. también fuíá-hacer 
poesía efectiva en el regazo de Italia; 
no diré cosa alguna. Tendría: que escri¬ 
bir un "diar,io de viaje y no unas memo¬ 
rias, como son. éstas, en las cuales sólo 
entra la substancia de la vida. 

Al cabo de algunos años de peregrina¬ 
ción,-atendí las súplicas de mi padre:— 

Ven, decíame en su última carta, si no 
vienes pronto hallarás á tu madre muer¬ 
ta! Esta última palabra fué para mí un 
golpe. Yo amaba á mi madre; tenía aún 
delante de los oíos las circunstancias de 
lá última bendición que me diera á bor¬ 
dó del barco; «Mi pobre hijo, nunca más 
te volveré á ver», sollozaba la pobre se¬ 
ñora, apretándome- contra el pecho. Y 
esas palabras las recordaba ahora como 
una profecía realizada. 


capítulo xxm 

Triste, pero corto 

Llegué. No niego que al avistar la ciu¬ 
dad natal sentí una sensación nueva. No 
era él efecto de mi patria política; era 
el del lugar de mi infancia, la calle, la 
torre, la fuente de la esquina, la mujer 
de mantilla, el negro mandadero, las co¬ 
sas y las -escenas de lá niñez, buriladas 
en la memoria. Nada menos que un re¬ 
nacimiento. Al espíritu; como á un pᬠ
jaro^ no se le importó del correr de los 
años, alzó el vuélo en*dirección á la fuen¬ 
te- original, y fué á beber el agua fresca 
y pura, aún no mezclada al arroyo de la 
vida.. 

Reparándolo bien, be ahí un lugar co¬ 
mún. Otro'lugar común-, tristemente co¬ 
mún, fué la consternación dé la familia. 
Mi padre me abrazó llorando.—Tu ma¬ 
dre se nos va, me dijo. En efecto, ya no 
era el reumatismo lo que la mataba, era 
un cáncer al estómago. La infeliz padecía 
de un modo cruel, poique el cáncer es in¬ 
diferente para con las virtudes del su¬ 
jeto; cuando roe, roe; roer es su oficio.. 



30 


MACHADO 


Mi hermana Sabina, ya casada entonces 
con Cotrim,. estaba muerta de cansancio. 
Pobre muchacha! ^dormía tres horás por 
noche, nada más. El mismo tío Juan es¬ 
taba abatido y triste. Doña Eusebia y al¬ 
gunas otras señoras, también estaban allí, 
no menos tristes y no menos dedicadas. 

—¡Hijo! 

El dolor suspendió algunos instantes 
íaa tenazas^una sonrisa iluminó et ros¬ 
tro de la enferma, sobre la cual la muer¬ 
te batía su ala eterna. Era menos un ros- ! 
tro oue una calavera; lá belleza había 
pasado, como un día brillante; quedaban 
los huesos; que no enflaquecen nunca. 
Apenas podía reconocerla; hacía ocho Ó 
nueve años,que no nos . veíamos. Arrodi¬ 
llado al pie .de la cama, con las manos 
de . ella entre las mías, permanecí mudo 
y quietó sin atreverme á hablar, porque 
caída palabra hubiera sido un sollozo, y 
temíamos anunciarle su fin. Vano temor! 
Ella sabía que estaba próxima á concluir; 
me ló dijo; lo verificamos la mañana si- 
jjúiente. ; 1 .• - 

Larga fué la agonía, larga y cruel, de 
una crueldad minuciosa,, fría, machaco¬ 
na, que me llenó de dolor y dé estupe¬ 
facción. Era la primera vez. que yo veía 
morir á alguien. Conocía ia muerte de 
oidas; cuando mucho la había Visto ya 
petrificada en el rostro de algún Cadᬠ
ver, que acompañara al. cementerio, ó 
teníala enredada ,en las amplificaciones 
retóricas de los profesores de cosas anti¬ 
guas,—la muqrte alevosa de César, la aus¬ 
tera de Sócrates, la orgúllosa de CatonJ 
Pero, ese duelo dél ser y del no ser, la 
.muerte en acción, dolorida, Contraida, 
convulsa, sin aparato político ni filoso- 
fleo, la muerte de’una persona amada,, 
ésf. fué la primera vez que la' vi cara á - 
cara. No lloré; recuerdo que-no lloré du- '. 
Tánte ,el "espectáculo: tenía los, ojos ató¬ 
nitos, la garganta oprimida,' la concien- 
cín boquiabierta. Cómo? una criatura tan . 
dócil, tan dulce, tan santa, que jamás • 
hiciera verter una lágrima de disgusto, 
madre cariñosa, esposa .inmaculada, era 
fuerza que muriesé así, acosada, mordida . 
por él diente tenaz de una dólenciÜ sin 
misericordia? Confieso que todo aquéllo 
me pareció obscuro, incongruente; in¬ 
sano. . , ' ■" 


DE ASSIS 


Triste capítulo; pasemos á otro más 
alegre. - 

CAPÍTULO XXIV 

Corto, pero alegre 

Quédé postrado. Y sin embargo yo era 
en esa época, un fiel compendio de tri¬ 
vialidad y de presunción. Jamás el pro¬ 
blema de la vida y de la muerte me opri¬ 
miera tanto el Cerebro; nunca hasta ese 
día me/rnclinara á Observar el abismo de 
Lo inexplicable; faltábame lo-esencial, que 
es el estímulo, el vértigo. 

Para decir‘toda la verdad, yo reflejaba 
las opiniones de un peluquero, que hallé 
en Modena, y que se distinguía po£ no- 
tenerías absolutamente. Era la flor de 
los peluqueros.; por más larga que fuera 
la operación del tocador, no aburría nun¬ 
ca; intercalaba los golpes de peine con 
muchos chistes y pullas, llenos de un pi¬ 
cante, de un sabor.... No tenía otra filo¬ 
sofía. Ni yo tampoco. No diré que la 
Universidad-nó me hubiese enseñado al¬ 
guna; pero yo solo aprendí de memoria 
las 'fórmulas, el esqueleto. La traté, co¬ 
mo traté al latín: engullí tres versos de 
Virgilio, dos dé Horacio, Una docena de 
locuciones morales y pon ti cas, para las 
necesidades de la ¡conversación.. Trátelos 
como traté á la Historia y a la Jurispru¬ 
dencia, Cogí--de todas las cosas,la fraseo¬ 
logía, la cáscara, la ornamentación .... 

Tal vez le espante al lector la fran¬ 
queza con que le expongo y pondero, mi 
mediocridad; advierto, entre tanto, que 
la franqueza es la principal virtud de un 
difunto. En ía vida, el ojo de la opinión, 
el" contraste dé los intereses, la lucha de 
las codinin^ obliíran á la gente á. ocultar 
los trapos viejos, á disfrazar los rasgones 
y los remiendos, á no exteriorizar aí mun¬ 
do las revelaciones que hace á la eon- 
'C-iéncia ; y lo mejor de la tarea es cuando, 
á fuerza de embaucar- á los demás, el 
. hombre se embauca á sí mismo, por que 
en ese caso evítase, eí engaño, que es una 
sensación penosa, y la hipocresía; que es 
un vicio repugnante. -Pero, en la muerte, 
que diferencia! que desahogo! que liber¬ 
tad! Al fin la gente : puede arrojar la 
capa, tirar al diablo las lentejuelas, re¬ 
cuperar el aspecto real, quitarse los afei¬ 
tes y pinturas, y confesar llanamente lo 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE DEAS CUBAS 


31 


que fué y lo que dejó de ser! Por que, en 
suma, ya no hay vecinos, ni amigos, ni 
enemigos, ni conocidos, ni estraños; no 
hay platea. Él ojo de la opinión, ese ojo 
penetrante y judicial, pierde su. virtud 
desde que pisamos el territorio de la 
muerte,; no digo que no se vuelva para . 
acá y que.no nos examine y r juzgue; pera 
á nosotros, nada se nos dá del examen y 
del juicio.-Señores vivos, no hay nada 
tan inconmensurable como el desdén de 
ios finados, 

. CAPÍTULO rXXV 

En la Tijuca 

TJf! observo que el pesar me estaba 
por hacer caer en lo enfático. Seamos 
simples- Cómo ¡era simple '.la■ ’vida .que 
llevé'en la Tijuca, después de las.prime¬ 
ras semanas dé la muerte de. raí madre. 

El séptimo día, acabada la misa fuñe- ’ 
bre, tomé una escopeta, algunos libros, 
ropa, cigarros, un negro,—Prudencio, el 
del capítulo XI, —• y fui á meterme en 
una vieja casa de nuestra propiedad. Mi. 
padre trató de torcer mi resolución, pero 
•es el caso que yo no podía ni quería obe¬ 
decerle. Sabina deseaba que yo fuera á 
vivir con ella algún tiempo, —x dos sema- 
ñas al menos; mi: cuñado estuvo .á punto; 

' de llevarme á viva .fuerza. Era ún .buen 
muchacho, el tal Cotrim; pasó de. ato¬ 
londrado á circunspecto. Ahora comer¬ 
ciaba en géneros de almacén; trabajaba, 
de. la mañana hasta la noche, con ardor, 
con perseverancia. De noche, sentado á -. 
la ventana, enrulándose las patillas, ,uq 
pensaba e¿ otra cosa. Amaba á la mujer-i 
■y á un hijo; que .entonces tenía, y que ie 
, murió dos. ¿ñps después. Decían que 
era avaro. 

Renuncié á' todo, tenía el espíritu, ató¬ 
nito. Creó que fué por entonces que co-,. 

. menzó á germinar en mí la hipocondría; 
esa flor amarilla, solitaria y mórbida, de 
un perfume embriagador y sutil.—«Qué 
bueno es estar triste y no decir cosa al- 
"guna!» — Cuando esta frase de Shakes¬ 
peare me llamó la atención, confieso que 
mentía en mí un éco, un éco delicioso. 
Recuerdo que estaba s.entado, bajo de un 
tamarindo, con 1 el libro' del poeta abierto 
entre las manos, y el espíritu todavía más 
cabizbajo que la figura. Apretaba contra 


el pecho mi dolor taciturno, con una 
sensación única, una cosa á la que podría 
llamar voluptuosidad del fastidió. . Vo¬ 
luptuosidad del fastidio; aprende esta 
expresión de memoria, lector; guárdala, 
escóndela, y si no llegas á entenderla, 
puedes deducir que ignoras una de las 
sensaciones más sutiles de este mundo y 
de aquel tiempo. ' 

A veces cazaba/ otras dormía, otras 
leía,..— leía mucho, — otras, en fin nó 
hacía nada; dejábame ir de. id.ea en: idea,- 
de imaginación en .- imaginación, ‘ como 
una mariposa holgazana ó hambrienta. 
Das horas iban cayendo una á una, el sol. 
se acostaba, las sombras de. la noche ve-'. 
laban la montaña y la ciudad. Nadie me 
visitaba; recomendé expresamente que 
me dejasen solo. Un día, dos días, tres 
días, uña semana entera pasada así, sin 
decit palabra, era bastante para que me 
lanzara Tijuca afuera y,me restituyese 
al bullicio. En efecto, al cabo de siete 
T días estaba -harto de soledad; el dolor se 
había aplacado; él espíritu ya no se con¬ 
tentaba con el uso de la escopeta- y . de 
los libros, ni con la vista dé 1¿ arboleda 
y de) vfento. Reaccionaba la juventud; 
er,a preciso vivir. Encerré en el baúl él 
problema de la vida y de la paueiié, las. 
•hipocondrías del poéta, las camisas, las 
meditaciones, las corbatas, é iba. á cerrar¬ 
lo cuando el negro Prudenció me dijo 
que una persona de mi relación se ha¬ 
bía mudado la víspera á una casa;colo¬ 
rada, situada á doscientos- pasos de la 
nuestrá, ; " 

—Quien es? 

. .—Ñoño quizás no se aeúerde ya de 
dpña Ensebia. • .' 

—Me acuerdo... Es ella? 

—Ella y la bija. Llegaron ayer por la 
mañana. - . - 

Recordé en el acto el. episodio dé 1814, 
y me^sentí burlado; pero luego advertí- 
. que los acontecimientos-me habían, dado, 
la razón. En verdad, fué imposible evi- 
-far las relaciones íntimas-de Vfllaqa con 
la hermana del sargento mayor; ya an¬ 
tes de mi embarque, se bosauejaba mis¬ 
teriosamente el nacimiento-,de una niña. 
Mi tío Juan me mandó después decir que 
Villaca, al morir, dejara un buen legado 
á Doña Eusebia, cosa qué dió mucho que 
hablar en todo -el barrio., ( El mismo tío 




32 


MACHADO DE ASS1S 


Juan,* goloso de escándalos, no trataba 
de otro asunto en la carta, por lo demás 
de muchas hojas.. Habíanme dadd razón 
los acontecimientos./Y aunque no .me la 
hubiesen dado, 1814 estaba lejos, y, con . 
él, la travesara, y Villaga y el beso del 
cenador;- finalmente ninguna relación 
estrecha existía entre ella y yó. Me hice 
esta reflexión y acabé de cerrar el baúl. 

—Ñoñó no va á visitar á la siüá Doña 
Eusebia? . preguntóme Prudencio. Ella 
fué q.uien vistió el cuerpo de mi difunta 
señora. . 

Recordé que la había visto entre otras 
señoras, cón ocasión de la muerte y del 
entierro; ignoraba sin embargo, que hu¬ 
biese prestado á mi madre ese último 
servicio. La observación del negro "era 
razonable; yo le debía una visita; deter¬ 
miné hacérsela inmediatamente, al bajar 
á la ciudad. 

capítulo xxvi 
El autor hesita 

De pronto oigo, una voz:—Pero mu¬ 
chacho, esto no es vida 1 Era mi padre que 
llegaba con dos proposiciones en el bol¬ 
sillo. Me senté en el baúl y lo recibí con 
alborozo. Permaneció algunos instantes 
de pié, mirándome;.después me extendió 
la mano con un gesto conmovido: 

—-Hijo mío, confórmate con la volun¬ 
tad dé Dios. 

; —Ya me-he conformado,—fué mi res¬ 
puesta.' y le besé la mano. 

...; No había-almorzado^ almorzamos jun¬ 
tos. Ninguno' de los dos hizo alusión al 
motivo.de-mi reclusión. Una sola vez ha-.-, 
blainós de eso, de'pásq, cuando mi padre 
hizo .caer la conversación sobre la Regen¬ 
cia: fué entonces que aludió á la carta de 
pésame que uno de los. Regentes le’ man¬ 
dara. Llevaba la carta consigo, ya bas¬ 
tante arrugada, tal vez por haberla leído 
á muclias otras personas. Creo háffer di- 
qhó que. era de uno dé los Regentes. Me . 
la leyó dos veces. 

—Ya. he .ido 4 darle las gracias por 
esta muestra de consideración,—conclu¬ 
yó mi padre, y me parece que debes ir 
tú también..! 

—¿Yo?: .’ 

—Tú; es un hombre notable, hace aho¬ 
ra las veces de emperador. Además veng» 


con una idea, con un proyecto, ó... sí, 
to lo diré todo; traigo dos proyectos, una 
banca de -diputado y un casamiento. 

Mi padre me dijo esto con pausa, y 
no en el mismo tono, pero dando á las 
palabras un carácter y una disposición 
cuyo fin era clavarlas profundamente en 
mi espíritu. La proposición, sin embar¬ 
go, era tan ágena á mis sensaciones úl¬ 
timas, que llegué á no entenderle bien. 
Mi padre no vaciló y me la repitió; en¬ 
careció el puesto y la novia. 

.—¿Aceptas? • 

—No entiendo de política, dije des¬ 
pués-de un instante; en cuanto á la no¬ 
via..-. déjeme usted como un oso que 
soy. 

—Pero los osos se casan,—me repli¬ 
có él. 

—Pues búsqueme usted una osa. Mire, 
la Osa Mayor 

Rióse mi padre, y después de reir, vol¬ 
vió, á hablar en serio. La carrera políti¬ 
ca me era necesaria por .veintitantas ra¬ 
zones, que dedujo con singular volubili¬ 
dad, ilustrándolas con ejemplos’de per¬ 
sonas de nuestro conocimiento. En cuan¬ 
to á la novia, bastaba que yo la viese; si 
llegaba á verla en seguida iría á pedir¬ 
la al padre, pero en seguida, sin perder 
un día. .Ensayó así primero la fascina¬ 
ción, después la persuasión, después la. 
intimación; yo no respondía, aguzaba 
la punta de un palito ó hacía bolas de mi¬ 
ga de pan, sonriendo ó reflexionando; y, 
para decirlo todo, mostrándome ni dócil 
¿ni rebelde ó la propuesta.. Me sentía 
aturdido. Una parte de mí mismo me de- 
. cía que si, que una esposa hermosa y una 
posición política eran cosas bién dignas- 
de aprecio la otra decía que no; y la 
muerte de mi madre me aparecía como 
un ejemplo de la fragilidad de las cosas, 
de los afectos, de la fámilia. 

—No parto de aquí sin una respuesta 
definitiva me dijo mi padre, De-fi- 
ni-ti-vá!—repitió, marcando las sílabas 
con el dedo. 

Rebió el último sorbo de café; se re^ 
pentigó, y se puso á hablar de todo, del 
senado, de la cámara, de la Regencia, de 
la restauración, de Evaristo, de un coche 
aue pretendía comprar, ide nuestra casa 
de Mattacavallos... Yo me dejaba estar 
en la cabecera de la mesa, escribiendo dis- 


33 


MEMORIAS POSTUMAS DE .BUAS CUBAS 


traídamente en un pedazo.de papel con 
una punta de lápiz; trazaba una palabra, 
una frase, un verso, al acaso, así: 

arma virumque cano 
Arma virumque cano 
arma virumque cano 
arma virumque . . arma virumque cano 
virumque 

Maquinalmente todo esto; y, no obs¬ 
tante, había- cierta lógica/ cierta deduc¬ 
ción- por ejemplo, fué el «Virumque» que 
rae hizo llegar al nombre del propio poe¬ 
ta, por causa de la primera sílaba; iba á 
escribir «virumque»,—y me salió «Vir¬ 
gilio»-, entonces-continué:. 

. Vir ~ Virgilio • 

Virgilio Virgilio 

Virgilio ' ' ‘ 

• ' v .' V : Virgilio ... - 

. Mi padre, algo despechado con aque¬ 
lla indiferencia, se levantó, se me acer¬ 
có. echó-los ojos sobre el papel.;." 

—Virgilio!—exclamó.—Mira hijo; tu 
novia se llama justamente Virgilia. 

CAPÍTULO XXVII ’. 1 

Virgilia ? 

Virgilia 1 ? Pero entonces es la misma 
señora que algunos años después.:. ? La 
misma; era justamente la señora que en 
IS69-. debía asistir, á mis últimos días, y 
que antesi mucho antes, tuvo larga parte 
en mismas íntimas sensaciones. En aquel . 
tiempo confaba apenas unos quince ó 
-dieciseis años; era tal vez la mas atrevida 
criatura de nuestra-raza y, con certidunv. . 
bíe, la más voluntariosa. No- diré que á 
.ella le perteneciese la primacía de la.be- . 
lleza, entre ltfs niñas de su tiempo, por¬ 
que esto no es novela, en que el autor 
idealiza la realidad y cierra los ojos' an- 
t.s las pecas y los granos ; pero tampoco 
diré que la manchara el rostro ninguna 
peca ni grano', no. Era bonita, fresca, sa¬ 
lía de las míanos de la Naturaleza, llena, 
de aquel encanto, precario y eterno/ que 
el individuo-'pasa á otro individuo', para 
finés secretos $e la creacion.'-Esto era 
Virgilia, y era. clara, muy clara, coqueta, 
ignorante, pueril, llena de ímpetus mis¬ 
teriosos; mucha pereza y alguna devo¬ 
ción; devoción ó tal vez miedo, creo que 
miedo. ... 

Ahí. tiene el lector en pocas líneas, el 


retrato físico y moral de la persona que 
debíá influir más tarde en mi vidá; era 
eso con dieciséis años. Tú que me lees, 
si aun estás viva, cuando estas páginas 
salgan á luz,—tú qué me lees, Virgilia 
amada, no reparas en la diferencia que 
hay entre el lenguaje de hoy y el que 
primero empleé.cuando te vi? Cree que 
era tan sincero entonces como ahora ; la 
muerte no me. ha vuelto malhumorado ni 
injusto. 

•—Pero, me dirás, como es qué puedes 
discernir así la verdad de aquel tiempo, y 
expresarla después de tantos años. .. 

Ah indiscreta! ah. ignorantoná! Pero 
es eso mismo lo que nos hace señores de 
la. tierra, es ese' poder de restaurar el 
pasado, para tocar la instabilidad de 
nuestras ’ impresiones y la vanidad de 
nuestros afectos. Déjale decir, á Pascal 
que el hombre es un perro pensante. Noj 
no; es una- errata pénsante, ego sí. Ca-, 
da estación de la vida es una edición, que 
corrige la anterior, y que será corregida 
también, hasta la edición definitiva, que 
pl editor entrega gratis á los gusanos. 

CAPÍtÚ LO-XVlil* 

Con -tal que... 

—Virgilia ? interrumpí yo. 

Siy -geñor; ese es el nombre de la 
novia. • En ángel, mi tontucio, un ángel 
sin alas. Imagínate una muchacha así, 
de este‘alto, viva como un azogue, y unóo 
ojos ... La hija'de Dutra. 

—Qué Dutra ? 

—El consejero Dutra; no lo conoces, 
una- influencia • política. Vamos, pues, 
aceptas ? . _' . • 

- No respondí en seguida; me miré du¬ 
rante algunos segundos la punta del bo¬ 
tín; declaré después que estaba dispuesto 
á examinar las dos'cosas, la candidatura, 
y el casamiento, con tal..que... 

—-fon tal qué? . 

—Con tal que no quede obligado á 
aceptar las dos ; creo que puedo ser sepa¬ 
radamente hombre casado y hombre pú-, 
blico. 

—Todo • hombre' público debe ser ca¬ 
sado, interrumpió. sentenciosamente mi 
padre. Pero sea como quieres-; paso por 
todo; estoy Seguro: de. que la vista dará. 
> fé! Por lo demás, la. novia y .el parla- 



34 


MACHADO DE ASS1S 


iñento son una misma cosa... esto es, 
no... lo sabrás después..; Vamos; ácep- 
to la dilación, con tal que.... 

—Con tal que?... interrumpí yo imi¬ 
tándole la voz. 

—Ah!. bandido! Con tal que ño per¬ 
manezcas inútil, obscuro y tristé; . 6i no 
ahorré dinero, cuidados, empeños,, fué 
para- verte brillar como debes,; y te 
conviene á tí'y á todos nosotros; es pre¬ 
ciso continuar nuestro nombre, conti¬ 
núalo é ilústralo además. Mira, ya tengo 
sesenta años, peto si fuera necesario, que 
comenzara vida nueva,, comenzaba, sin 
hesitar un solo minuto. Teme la obscu¬ 
ridad, Blas; huye de todo lo ínfimo. 
Mira que; los' hombres valen por diferen- . 
tes modos, y que lo más seguro de todo 
es valer por la opinión de los otros hom¬ 
bres, No desperdicies las ventajas de. tu 
posición, tus medios.'/,: 

Y/ siguió adelante el mago, agitando 
un cascabel, como me hacían de niño 
para hacerme caminar más á prisa, y la 
flor de la. hipocondría se encerró en su 7 
ealiz para dejar el sitio -a . otra' flor me- , 
nos amarilla; y nada mórbida,--el amor 
á la nombradla, el emplasto, Blas"CubásV 

. • capítulo' xxix . "• ’ . 

La visita ' 

Venció mi padre; disponíame á acep¬ 
tar el; diploma y el casamiento, Virgiliá 
y la cámara de diputados. 

---Las dos Virgilias, dijo él en un aso¬ 
mó de ternura política. Acéptalas;.- mí 
padre me dio dos fuertes abrazos. .Era . 
s<í propia sangre, que; al. fin; , reconocía.' 

: —rBajas 1 conmigo ?. . . i 

—Bajaré mañana. Voy á hacerla pri-C 
mero una visita á doña Eusebia.,. • r 

Mi padre hizo una mueca pero no dijo . 
;spadá;. se despidió y bajó. Yo, la tarde\ 

'de ese- mismo día, fui \ visitar" áj.doña' 
Eusebia. La. hallé: reprendiendo á un ne¬ 
gro jardinero, pero dejó. todo, pór venir " 
á hablarme, oon un alborózo,-con un pla¬ 
cer tan sincero, qué me . quitó luego, la . 
pesadumbre. Creo qué llegó hasta echar¬ 
me al cuello su par de robustos brazos^ 

Me hizo sentar á sü lado,; en.la-galéría, 
entre muchas exclamaciones ae contento,. 

—Qüe tál, Blásito ÍUri hombreíQuíen 
hubiéra" dicho,, háce; áñós.,. Un hom-7' 


biaclion! Y bonito! Qué! Usted no se 
¿cuerda bien de mí... 

Díjele que sí, que no era posible olvi- 
.dar una ■ amiga tan familiar de nuestra 
cosa. Doña Eusébia eómenzó. á hablar de 
mi madre, con tantas «saudades», que 
me cautivó, luego, aunque me entriste¬ 
ciera. Ella lo notó en mis ojos y torció 
él giro de la conversación; pidióme que 
le contaba el viaje, los estudios, los amo¬ 
ríos., .. Sí, los ¿morios también; me con¬ 
fesó que era una vieja charlatana. En 
esto recordé el episodio de 1814, á ella; 
á Villaga, el cenador, el.beso, mi grito; 
y mientras lo recordaba, oigo un chirriar 
d« puerta, un roce" de sayas-, ■ y esta pa- 
. .labra: 7- 

.—Mamita.. 7 mamita.,. 

capítulo, xxx 

. La flor det cenador 

La voz y las sayas pertenecían á una 
jcvencita morena, que se detuvo en la 
puerta,, algunos instantes^-.al ver gente 
exífañ4- Silencio corto y molesto. Doña 
Eusebia lo rompió,, en seguida, con reso¬ 
lución y franqueza: 

-r-Ven acá, Eugenia,—dijo,—saluda al 
doctor Blafe Cubas, hijo del señor Cubas; 

: ac-íibá de llegar de Europa. 

Y volviéndose hacia mí: 

—Mi hija Eugenia: 

Eugenia, la flor del cenador, apenas 
respondió á la cortesía quq le hice; me 
miró.sorprendida y cortada, y lentamente 
se acercó á la silla de ; la madre. La madre 
le arregló, una dé las. trenzas dél cabello, 
cuya punta sé. había deshecho. -— Ah! 
traviesa! -decíale. No se imagina, doctor, 
lo que es ésta ..., Y la besó con tan ex¬ 
pansiva ternura que me conmovió un 
poco.; me recordó a mi madre, y, — lo 
diré todo-—tuvé como antojo de ser pa¬ 
dre.: - 

—Traviesa?—dije yo. — Pue3 )' a no 
está en edad de serlo, á lo qué parece. 

..-—Cuántos le da ? 

‘ • -^-Diecisiete. x 

—Menos uno. 

—Dieciseis. Pues entonces! es una se¬ 
ñorita. ... 

... No pudo Eugenia ocultar la satisfac¬ 
ción que; sintió al oír esta frase, pero se 
repuso luego, y quedó como antes, er- 




MEMORIAS PÓSTUMAS -DE BLAS CUBAS 


35 


guida, fría y. muda. En verdad, parecía 
aiás mujer de 16 que era; sería niña en 
sus juguetes de moza; pero así quieta; 
impasible, tenía el aire de una mujer ea- 
sada. Tal vez esa circunstancia le dis¬ 
minuía algo da gracia virginal'. Muy 
pronto nos familiarizamos; la,madre ha¬ 
cíale grandes elogios; yo escuchaba con 
complacencia, y ella sonreía con los oios 
fúlgidos, como si allá’ dentro del cerebro 
le anduviese volando una mariposa de, 
alas de oro y ojos_de diamantes.... . 

Digo allá dentro, porque afuera lo 
que revoloteó fué una mariposa; negra, 
que de pronto entró bajo la galería, y 
comenzó á batir las alas, alrededor de 
doña Eusebia. Doña_Eusebia dio un gri¬ 
to, se levantó, murmuró unas palabras : 
sueltas: Te esconjuro!.....sale diablo• 
Virgen Nuestra Señora!. 

-—No tenga miedo,—dije yo;—-y sa¬ 
cando el pañuelo ahuyenté la mariposa. 
Doña Eusebia sentóse otra vez, sofoca¬ 
da, un poco avergonzada; la hija, puede 
ser que pálida de miedo, disimulaba la 
impresión con mucha fuerza de volun¬ 
tad. Les apreté la mano y salí, riéndome 
interiormente de la superstición de las - 
dos mujeres, una risa filosófica, desinte¬ 
resada, superior. Por la tarde,, vi pasar 
á caballo á la hija de doña Eusebia, segui¬ 
do de un paje; hízome un saludo con la 
punta del latiguillo. Confieso que me. 
halagó la ideajle que, algunos pasos más 
adelante, volvería la cabeza; pero, no la. 

. volvió. • v • 

CAPÍTULO XXXI 

La mariposa negra 

■ ^ , : 

Al día siguiente, en el momento en 
<jue me preparaba para bajar, entró en 
rni cuarto una mariposa> tan negra como 
la otra, y mucho mayor que aquélla. Be- 
«crdé el caso4e la víspera, y me reí; pú-. 
seme luego á pensar en la hija de doña 
Eusebia, en el susto que tuviera, y en la 
dignidad qué, á pesar de aquél, supo con¬ 
servar. La mariposa, después de revolo¬ 
tear mucho á mi rededor, posóséme en 
la cabeza. La espanté y fué á posarse en 
úr vidrio y porque la espanté de - nue¬ 
vo, salió de allí y fué á pararse encima de 
uñ viejo retrato de mi padre. Era negra 


como la noche. El movimiento , blando 
con que una vez parada, comenzó á agi¬ 
tar las alas, tenía un cierto aire burlón, 
que me incomodó mucho. • Encogí los 
hombros, salí del cuarto; pero volví á 
él momentos después, y hallándola siem¬ 
pre en el mismo lugar, sentí un estreme¬ 
cimiento nervioso, eché mano de una 
toalla, dile un golpe con ésta y cayó. 

No cayó' muerta;' todavía torcía el 
cuerpo y movía las Saetas de la cabeza. 
Me apiadé; la tbmé en la palma de la 
mano y fui á colocarla, en el alféizar de 
la ventana. Era tarde, la infeliz expiró á 
los pocos segundos. Quedé/ algo fastidia¬ 
do, inquieto. ; 

—También, por. qué. diablos no era 
azul?—me dije.a mí riiismo. 

A esta; reflexión,—una de las más pro¬ 
fundas que se han hecho, desde la inven¬ 
ción de las mariposas,—me consoló' del 
maleficio y me reconcilió conmigo mis-. / 
mo. Me dejé estar contemplando él ca¬ 
dáver con alguna simpatía, lo confieso. 
Imaginé qué había salido del bosque, 
desayunada- y feliz. La mañana era lin¬ 
da. Sé vino por allí, modesta y negra, es¬ 
parciendo sus mariposéós, bajo la vasta 
cúpula azul, que es siempre azul, para .to¬ 
das las alas. Pasa por mi ventana, entra 
y da conmigo. Supongo que nunca ha¬ 
bría. visto un hombre; no sabía, por lo 
tanto, lo que era él . hombre; describió 
«infinitos giros alrededor de mi cuerpo, y . 
vio que se movía, que tenía ojos, brazos, 
piernas, un aspecto divino, una estatura • 
colosal. Entonces se dijo: «Esté es pro- 
bábléniénte el inventor de las maripo¬ 
sas», La idtea la subyugó, la aterró; mas 1 . 
el miedo, que es también sugerente, in¬ 
sinuóle que el mejor modo .de agradar á 
su creador era besarlo én .la cabeza; v 
mé besó en bucabeza. Cuando azotada por 
mí fué á posarse en el vidrio, vió-desde 
allí el'retrato de mi padre, y no es impo¬ 
sible que descubriese la mitad :de la ver¬ 
dad, á sáber que estaba allí el padre del’.- 
inventor de las Mariposas, y voló á pe¬ 
dirle misericordia. ' - . 

Luego, un golpe- dé, toalla .reqaató la 
aventura. No le valió la inmensidad del 
azul, ni la alegría de las -flores, ni la 
pompa de las hojas verdes, contra una 
toalla de manos, contra dos palmos de 



MACHADO. DE ASS1S 


36 


hilo crudo. Vean que bueno es ser supé- 
riDr á las mariposas! Porque justo'es-de¬ 
cirlo, si ella hubiese sido azul, 6 color na¬ 
ranja,'no- hubiera tenido'.más segura la 
vida; ñó era. imposible que yo'ia atrave¬ 
sará : con un - alfilér, paré recreo'de los 
ojos... No era.. Esta última ídéa,’ mé 
Consoló del todo 4 } uní. el dedo grande al 
pulgar, di un papirotazo y el cadáver, cayó 
al 'jardín. Era tiempo; allá venían ya las 
próvidas hormigas .. . . No, : vuelvo Á la 
primera idea - ; creo que pára ella hubiera 
sido. mejor : Haber nacido azul. 

• v , CAPÍTULO XXXII v '.- 


era, y fué entonces que noté una circuns- 
; tancia. Eugenia cojeaba un. poco, tan 
podo que, llegué á preguntarle si se ha¬ 
bía lastimado ún pie>_La madre calló; la 
hija respondió sin titubear: 

—No, señor, soy coja de nacimiento. 

Me eché á todos los diablos; me llamé 
impertinente, grosero. En efecto, la sim¬ 
ple posibilidad de .que fuera coja debía 
de haber bastado para que no le pregun¬ 
tara nada. Entonces recordé qué cuando 
lá yí por primera vez — la víspera — Ta 
.. jovén se acercó lentamente ála silla dé 
la madre, y aquel día la hallé ya sentada 
en la mesa del comedor. Tal tez fuese 


’ Caja de nacimiento: 

>’T)e aljí. fui á acabar mis. preparativos' 
de viaje. Ahora ya no me demoro más. 
Bajo inmediatámente ; bajo aunque algún 
lector circunspecto- mé* detenga paira pre¬ 
guntarme sí el capítulo, anterior es una 
insipidez . & úna búrla.Ay!, no- contaba 
; eqm Lona Eusebia.- Estaba, pronto cuan¬ 
do' sé me entró en casa. ’Venía á pedir¬ 
me .que aplazara la partida," y fuera á 
comer á su casá ese día. - Llegué á excu¬ 
sarme pero me instó tanto- tanto'tantn, 
que no pude dej ar de aceptar; además; le 
debía aquella' compensacón;' fui; . 

Eugenia, ese- día-, hb .se atavióporcau.- 
. $4: mía. Creo que fué por ini’cáusajr^si es 
' qÚe no- vestía muchas.'veces aáí.; ; ..Ni‘los. 
pendientes dé. oro,, que- usaba-lá víspera, 
pendíah .!áhorá de sús 'drejas,, dos orejas 
finamente- récor-tádaá en ■ úna . cabeza de 
ninfa-.. Tin- simple-vestido blanco,: de an¬ 
idar por casa, : sin^adornos, : llevando en él 
cuello, en: vez de.aderezó, un simple bo¬ 
tón dé: nácár/ y ótro^.bóton en.-, loé puños, 

... cerrando.. las ; mangas, y- ni.. T sombra - dé. 
''pulsera. .'-'y - .. .: r :,: : . 

• - :Esq. llevaba en él cüerpqr;.no otra cosa 
lléyaba enelespíritu.Ideaa claran, ma-. 
ñeras' llanáa,/cierta graóia natural, un 
aire. dé seiiora,: y no sé .sp.álguna• otra 
cosía • sí, lñ boca, exactamente :1a- boCa de' 
í« madre, lá, éuál mé ■ recordara el episo-' 
dió ; .dé 1$Í4, y- entonces dábánmé íjppetus 
do glosarle e 1 mismo mote á lft'hija.,.... 

Ahora. Voy á : mpstráile'" la: .chacra; 
■dijo landre, MÍ-que agótámos el último 
’ SCrW-de^ fcafé; A,\-’ l- y . '-' -i. ' 

•: i Sal^ba á'la' galería, de allí', á. lá cha- 


. para encubrir eL defécto; pero ppr qué 
razón lo confesaba ahora? La miré y ob- 
Servé que’ iba triste. 

-'-Traté' dé disipar los. vestigios de mi 
torpeza;,no me fué difícil, porque la ma¬ 
dre'era, según me lo confesara, una vieja 
charlatana, y en seguida trabé conversa¬ 
ción conmigo.' Vimos, toda la chacra, 
- árboles, flores, estanqúe de patos, estan¬ 
qúe de lavar, úna infinidad de cosas, que 
. ella me iba mostrando, y comentando, á 
.. la vez que yo, de soslayo, escrutaba los 
ojos de Eugenia.... 

'Palabra", de honor que la. mirada de 
... Eugenia no era coja) pero derecha, per¬ 
fectamente, Sana; procedía, de unos ojos 
r negros, y tranquilos. Creo .que do 6 ó tres 
vééés los entonió. Un poco turbados; pero 
' dos.'é tres veces solamente'; én general, 
mirábanme con franqueza, sin temeridad, 
-.ni gazmoñería, ' 

V .capítulo yxxiii • 

Bienaventurad os los que no bajan 

Jjo malo es que era coja. Unos ojos 
Vv tan. brillantes, una boca -tan fresca, un 
' aire tan: señoril;. y cója! Ese contraste- 
■hacíá sospechar que ta naturaleza es á 
- r - veces un viceversa, 

Ty. .Pot qué. eirá bonita, si era coja? por 
•’ qué era coja si era bonita? . Tal era la 
' preg un ta que yo me iba haciendo, á mí 
mismo; ai volver para casa. de. nbche, sin 
• atinar con la solución. del enigma.. Lo 
. v mejor que se puede hacer, cuando na se 
. acierta con la solución-de un enigma, es 
.arrojarlo por la ventana afuera;, ¿so. fué 
. lo qué hiceeché mano. dé una toalla y 


37 


Memorias póstumas de bi.as cubas. 


•espanté con ella esa. otra mariposa negra, 
<me. me revoloteaba en el cerebro. Quedé 
aliviado y me fui á dormir. Pero el sue- 
jq. 0 , que es uña ventana del espíritu, 
dejó entrar nuevamente al bichito, y ahí 
¿ne pasé la noche entera preocupado con 
el' misterio sin explicármelo. 

Amaneció' lldviéndo, transferí : la ba¬ 
jada; pero al otro día, la mañana era lím¬ 
pida y azul, y'á pesar de eso,me. dejé 
.¿star, así como; el tercer día, y el cuarto, 
hasta el fin de la semana. Mañanas fres¬ 
cas, hermosas, convidadoras; allá abajo 
la familia me llamaba, y la novia, y el 
parlamento, y yo sin atender á, cosa al¬ 
guna, entusiasmado al lado de mi Venus 
Coja. /Entusiasmado es una manera de 
realzar el estilo ;, no había . entusiasmo, . 
pero sí gusto,, una V cierta satisfacción 
física y moral, 'Queríala,, es verdad; al 
lado dé aquella, criatura tan sencilla, 
hija espúrea y coja, hecha de amor y de 
^desprecio, aliado de ella me sentía bien, 
y creo que ella se "sentía aún, mejor- áí 
lodo mío. V esto en.la Tijuc¿._TJná sim¬ 
ple égloga. Doña Eusebia nos.-vigilaba; 
pero poco; atenuaba ía necesidad con la 
•conveniencia. Su hija, en aquella primera 
•explosión de ía naturaleza, entregábame 
el alma en flor. . 1 

—El señor bajará mañana?.—rae dijo 
ella el sábado. . . 

—Eso .pienso; 

—No baje. ' 

No-'bajé, y agregué un versículo al 
Evangelio r—-Bienaventurados loa que no 
bajan, porque á ellos les pertenece el 
primer beso dé las muchachas. En efec¬ 
to, ese domingo/ fue el del primer beso 
dt Eugenia,—-el primero que ningún otro 
hombre jamás le tomara, y no hurtado ni 
arrebatado, pero cándidamente entre¬ 
gado, como'un deudor honesto paga una 
deuda. Pobre Eugenia! Si. tu supieras . 
qué ideas me; vagaban' por la, mente en. 
aquella ocasión! Tú, trémula dé conmo¬ 
ción, con loe brazos en mis hombros; 
contemplando én.mí tu ; esposó bienveni¬ 
do» y yo coñ los ojos puestos en 1814, en 
el cenador, eh Villana, sospechando que ¬ 
mo podías, desmentir tu sangre, tu ori¬ 
gen, '/• • ' ’ : ‘ y."\ ; : 

Doña Eusebia; entró inesperadamente, 
pero no tan pronto, que nos sorprendie- 
ra eX quo al lado del otro. Yo fui hasta: 


lá ventana; Eusobia se sentó á arreglatv 
se - una de las trenzas. Qué disimulación 
graciosa! qué arte . infinito • y delicado! 

' qué- hipocresía, profunda! y todo eso na- 
.tural, vivo, sin" estudió, natural como s el- 
apetito, natural como el sueño. Tanto 
_mejor! Doña//Eusebia no sospechó nada. 

CAPÍTULO XXXIV 

A una aliña sensible . 

.Ahí, entre las cinco ó diez personas 
que me leen, hay un. alma sensible, que 
está sin duda alga molesta con el capitu¬ 
lo anterior, comienza ya á temer por la , 
suerte de Eugenia, y. tal vez.... sí, tal 
vez en el fondo, de sí misma, me llama 
cínico. Yo, - cínico,, alma sensible? Por. 
el-muslo de Diana í.esta, injuria merecería 
ser lavada con sangre, si la sangjre r lava¬ 
ra algo en este mundo. No, alma sensi¬ 
ble, no soy cínico, fui hombre-; mi eere- 
/bro füé un 'tablero en que se encontra¬ 
ron, piezas, de todo género, eh drama sa- 
gracfo, el austero, eL aburrido, lá comedia 
verde, la desgreñada farsa, los autos, las. 
bufonerías, un pandemónium, alma sen¬ 
sible, una . barabúnda de cosas y perso¬ 
nas, en que podías verlo todo, desde la 
ró3.a de Esmirna hasta la ruda ele tu huer¬ 
ca, desde el magnífico lecho de’Cleopatra 
hasta el rincón de la plaza en que el-men¬ 
digo tirita en su sueño. Cruzábanse en 
él: pensamientos dé variada casta y gé- 
• ñero. No • existía allí solamente la at- • 
mósfera dél águila y del picaflor; exis- 
- tío también la de .la babosa y del' sapo. 
Kctira, pues, la expresión, alma sensi¬ 
ble/ modera los nervios, limpia los an- 
•Aép jos,—-que eso. á veces procede de los 
anteojos,i—y acabemos de una vez con 
ésta, flor silvestre: 

;. capítulo xxxv' ' 

El camino de Damasco 

*.- Y hete aquí', que, ocho'días después, 
como yo-me encontrara en él camino de' 
Damasco, oí una voz,misteriosa que me- 
/susurró las palabras de la Escritura ' 
(Act/, IX, -7): «Levántate y-entra en la 
ciudád»: Esa ■ voz salía ‘ de mí; mismo, y 
tenía dós. orígenes: la piedad, .que mé' 
desarmaba ante .el'candor de la niña; y 
el terror de -llegar á amarla - de veras, y 




38 


MACHADO DE ASS1S • 


casarme-con ella. Uná mujer coja! En 
cuanto á este motivo de mi bajada, tío 
hay duda que ella ló adivinó y' me lo 
dijo. Ftíé en la galería, la tarde de un 
martes, al anunciarle que la mañana si¬ 
guiente me iría para abajo.;—Adiós, sus¬ 
piró. extendiéndome la mano con senci¬ 
llez; hace bien. Y como yo nada dijese, 
continuó-Hace bien en huir al ridículo 
de casarse conmigo. Iba á decirle que no; 
pero ella se retiró lentamente, contenien¬ 
do las lagrimas. La alcancé á pocos pa¬ 
sos y le juré por todos los santos del ció¬ 
lo, que me veía obligado á bajar, pero 
que no dejaba de quererla mucho; todo 
hipérboles frías, que ella escuchó sin de¬ 
cir nada. 

—Me cree ?—le pregunté por fin.. 

—No le creo, y le digo que hace bien. 

Quise; retenerla, .pero la mirada que 
me lanzó no fué ya' de súplica pero sí de 
imperio. Bajé de la Tijuca, en la mañana 
siguiente, algo amargado y un tanto sa¬ 
tisfecho. Me iba diciendo á mí mismo que 
erf justo obedecer á mi padre, que era 
conveniente abrazara la carrera politi¬ 
ce ;.. que la constitución.... que mi no¬ 
via. .. que mi caballo... 

CAPÍTULO xxxvi 
Apropósito de botas 

Mi padre, qué no ' me esperaba, me 
abrázo lleno de ternura y agradecimien¬ 
to.—Ahora va de veras, no?—me dijo. 
Puedo en fin ? ,.. 

Lo dejé, con esa reticencia, y fui á 
quitarme las botas,, que me quedaban 
apretadas. Una vez aliviado, respiré con 
satisfacción y me acosté largo á largo, 
mientras que los pies, y todo yo tras de 
ellos,, entrábamos en. una relativa bien¬ 
aventuranza. Entonces cónsideré que las 
botas, apretadas son una. de las mayores 
venturas dé la tierra, porque haciendo 
doler -los pies, dan motivo al placer de 
descalzarlos! 'Mortifícate los pies, desgra¬ 
ciado! desmortifícalos después, y ahí tie¬ 
nes la. felicidad barata, á gusto de. los 
- zapateros y de Epicuro. Miéntras esta 
idéa me trabajaba eü el famoso trape¬ 
cio, volvía, los ojos hacia, la Tijucá/sen- 
’tía qué la molestia se : perdía en el. hori¬ 
zonte dé lo pretérito, y comprendía que 
.mi 'corazón nó tardaría también en qui¬ 


tarse las botas. Y se las descalzó el las¬ 
civo. Cuatro ó cinco días después, sabo¬ 
reaba ese rápido, inefable é incoercible 
momento de placer, que sucede á un do¬ 
ler agudo, á una preocupación, á una in¬ 
comodidad. ... De esto inferí yo que la 

• vida es el más ingenioso de los fenóme¬ 
nos, porque solo aguza' el'hambre con el 
fin de deparar la ocasión de comer, y 
no inventó los papilomas, sino para que 
ellos perfeccionaran la felicidad terres¬ 
tre. En verdad os digo que toda la sabi¬ 
duría humana no vale un par de botas 

• estrechas. 

Tú, mi Eugenia, no te las descalzaste 
nunca; fuiste por el camino de la vida, 
cogeando de pierna y, de amor,, triste 
. como los entierros pobres, solitaria, calla¬ 
da, laboriosa, hasta que viniste también 
para esta otra margen..... Lo que yo na 
sé es si tu existencia era muy necesaria 
al siglo. Quien sabe? Tal vez un com¬ 
parsa menos hiciera'silbar la trajedia 
humana. 

capítulo xxxvn 

Al fin 

Al fin, he aquí á Yirgilia. Antes de ir 
á‘ casa del consejero Dutra, lé pregunté 
á mi padre si había algún ajuste previo 
de matrimonio. 

—Ningún ajuste. Hace tiempo, con¬ 
versando con él á tu respecto, le confesé 
el" deseo que tenía de verte diputado; y 

• de tal modo le hablé, que él me prome¬ 
tió hacer algo, y creo que lo hará. En 
cuanto á la novia, es el nombré que doy 
á una criaturilla, que es una joya, una 
flor, úna estrella, una cósa rara... es la 
bija de Dutra; pensé que, si té casabas- 
con ella, más pronto serias diputado. 

—Eso es todo? 

-r-Eso.es todo. . 

• Fuimos de. allí á casa de Dutra. Era 
\ una perla aquel, hombre^ risueño, jovial, 
patriota, un poco irritado con los ..males 
públicos, pero sin desesperar de verlos 
. curar, pronto. Encontró que mi candida¬ 
tura éra legítima; convenía sin embargó, 
esperar algunos meses. Y luego, me pre¬ 
sentó á la mujer, — una estimable se- 
ñ 0ra> — y la hija, que no desmintió en 
nada él panegírico de mi padre. Os juro 
que en nada. Releed el capítulo XXVH. 



MEMOIUAS. POSTUMAS DE BLAS CUBAS. 


39 


Yo, que llevaba mis ideas respecto de la 
pequeña, la miré de cierto, modo; ella, 
que no sé si las tenía, no me miró de ma¬ 
nera diferente; y nuestra primera mi¬ 
rada íué pura y simplemente conyugal: 
Al cabo de un mes éramos íntimos. 

capítulo xxxym 

La cuarta edición 

—Venga mañana á comer con noso¬ 
tros, mé dijo Dutra ana noche. 

Acepté la invitación. Al día siguiente, 
mandé que él coche me esperase en la- 
plaza de San Francisco ue l’auia, y luí 
á dar varias vueltas. Recordáis todavía 
mi teoría de las ediciones .humanas? 
Pues sabed que en aquel tiempo yo es¬ 
taba en la 'cuarta edición, revisada y 
corregida, pero llena todavía de, descui¬ 
dos y barbarismos; defecto que, por lo 
demás, tenía alguna compensación, en el 
tipo, que era elegante^ y en la encuader¬ 
nación, que .era. lujosa. Dadas las vuel¬ 
tas, al pasar por la calle de los Ourives, 
consulto el reloj y se'me cae el vidrio al 
suelo. Entró en la. primera tienda que 
me cae á mano; era un cu ar tu jo,—pocé 
más,—polvoriento y obscuro. - 

Al fondo, tras del mostrador, estaba 
sentada una mujer, cuyo rostro amarillo 
y virolento no se destacuoa luego, á pri¬ 
mera vista; pero así que .se destacaba 
era un espectáculo curioso. Podía no 
haber sido fea; al contrario, veíase que 
liabia sido bonita, y no poco bonita; pero 
la enfermedad y una vejez precoz, le des-, 
fruyeron la flor de. las gracias. Las vi¬ 
ruelas habían sido-terribles; las marcas, 
grandes y muchas, formaban salidas y 
depresiones, declives y repechos, y daban 
la sensación ~de una piel de zapa gruesa, 
enormemente gruesa. Eran los ojos lo 
de la persona, y 1 tenían por otra 
parte una expresión singular y repug¬ 
nante, qüe cambió, sin embargo, así que 
yo comencé á hablar. En cuanto, al ca¬ 
bello, lo tenía enredado y Casi tan polvo-, 
riento como - las vidrieras dé la tienda. 
En uno de lós dedos de. la mano izquierda 
le brillaba .un 'diamante. Lo creeréis, 
mortales.? Aquella mujer era Marcela. 

No la reconocí.en seguida; era difícil; 
ella, -entre tanto, me conoció..en el acto 


que le dirigí la palabra. Los ojos le 
chispearon y trocó la expresión habitual 
por otra, medio dulce y medio triste. Le 
. doté un movimiento corno: de.esconderse 
y huir ; era el instinto de la vanidad; que 
solo duró un instante. Marcela se aco¬ 
modó y sonrió. 

—Quiere comprar algo, me dijo exten¬ 
diéndome la mano. 

No respondí .nada. Marcela compren¬ 
dió la causa de mi silencio (no era. di¬ 
fícil), y solo hesitó, creo, en decidir que 
era lo que dominaba más, si el asombro 
del presente ó la memoria del pasado. 
Me acercó una silla, .y con el mostrador 
de por medio, mé habló largamente dé 
sí, de la vida que llevara, dé las lágri¬ 
mas que yo le hiciera verter, de las «sau¬ 
dades», de los desastres, en fin denlas 
. viruelas que le descalabraron él rostro, y 
del tiempo, qué ayudó á la enfermedad, 
adelantando la decadencia. Verdad es 
que tenía él; alma decrépita. Había ven¬ 
dido todo, casi todo ; un hombre, que la 
amara en otros tiempos; y que mu¬ 
riera entre sus brazos, le había dejado 
aquella tienda de joyería, pero, para que. 
la desgracia fuera completa, la tienda 
era aliorá poco frecuentada—tal vez por 
la singularidad de dirigirla una mujer. 
En seguida me pidió que le contara mi 
vida: Empleé poco tiempo en decírsela; 
no era larga ni interesante. 

—Se.casó? Me dijo Márcela al fin dé 
mi narración. ' 

—-Aun no, respondí secamente. 

Marcela miró para, la calle; con la ato-' 
nía de quien reflexiona ó recuerda; yó 
mé dejé-ir. entonces hacia el pasado, y en- 
medio de las-remembranzas y saudades, 
mé pregunté á mí mismo por que había 
hecho tanto desatino. " 

Esta no era ciertamente la Marcela dé 
1822; pero la belleza de -otros tiempos 
valía una .tercera parte dé mis sacrifi¬ 
cios? Era lo que yo trataba de averiguar, 
interrogando el róstro de : Marcela. El 
rostro rae decía que no; al mismo tiempo 
los ojos me contaban que, ya antes, co¬ 
mo ahora, ardía en ellos" una .llamé de 
codicia.'. Los míos no- habían sabido- ver¬ 
ía'; eran los ojos de la primera edición. 

—Pero por que entró. aquí ? Mé vió 
desde la calle?-me preguntó saliendo dé 
aquella especie de sopor.- v 



40 


MACHADO DE ASSIS 


—No, creía entrar en- una relojería; 
quería comprar un vidrio para este re¬ 
loj; iré .á otra parte, discúlpem'e, tengo 
prisa. v . ' 

Marcela suspiró con tristeza. La ver¬ 
dad es que yo me sentía urgido y morti¬ 
ficado ál mismo tiempo, y ansiaba ver¬ 
me fuera de aquella casa. Marcela, en¬ 
tre tanto, llamé á un negro, le dió el 
reloj, y, á pesar de mi oposición, lo man¬ 
dó 4 una tienda vecina á comprar el vi¬ 
drio. No había remedio,, me senté otra 
vez. Dijo entonces ella, que deseaba te¬ 
ner la protección de los conocidos de 
otros tiempos; agregó que más tarde ó 
,más temprano era natural que rae. casa¬ 
ra, y me aseguró que rae vendería joyas 
finas, por precios baratos. No dijo . «pre¬ 
cios baratos»; ;pero usó una metáfora 
transparente .y delicada. Me puse á des¬ 
confiar que no había padecido desastre 
nibguno (salvo la enfermedad), que te¬ 
nia puesto el dinero á buen recaudo, y 
que negociaba con el. único fin de satisfa¬ 
cer la pasión del lucro, que era el gu¬ 
sano roédor Úe ; aquella- existencia; y esto 
mismo fué lo'que me dijeron déspues. 

CAUTCLO XXXIX 

El vecino 

Mientras. me-hacía aquella reflexión, 
entró en la tienda un sugeto bajo, sin 
sombrero, llevando de la mano una niña 
de cuatro, años. 

.—Gomó ha pasado la mañana,—le di¬ 
jo^ él. ó Marcela. 

—Así, así. Ven acá, Maricota. 

.El sugeto tomó la niña en brazos y.la 
.pasó para el lado* de adentro del mos¬ 
tradora 

- —Anda,—le dijo;—pregúntale á doña 
Marcela cómo ha pasado la noche. Esta¬ 
ba ansiosa por venir acá; pero la madre 
no había podido vestirla... Vamos, Ma¬ 
neota. Pide la bendición:..- Cuidadito 
con la vara de membrillo! Eso es,... No 
se imagina cómo es en casa.; habla de la 
señora continuamente, y .'aquí parece una 
tonta. Anoche mismo;. .. Cuento, Mari- 
:cota? . ' . 

'' t-^No cuente, no, papá." ; 

.—Entonces fué alguna cosa fea?—pre- 
guntó Marcela acariciando la cara de la 
miña. ‘.. 


—Voy á decirle; la madre le enseña 
á rezar todas las noches un padre nuestro 
y un ave-maría, ofrecidos á Nuestra Se¬ 
ñora ; pero la niña vino anoche á pedir¬ 
me con voz muy humilde... ¿imagine 
qué?..,: que quería ofrecérselos á Santa 
Marcela. 

—Pobrecita!—dijo Marcela besándola. 

—Es un amor, una pasión, como la 
señora no se imagina w .. La madre dice 
que es sortilegio... 

Contó el sugeto algunas otras cosas, to¬ 
das muy agradables, hasta que salió lle¬ 
vando á la niña, no sin dirigirme una mi¬ 
rada interrogativa ó sospechosa. Le pre¬ 
gunté á Marcela quién era. 

—Es un relojero de la vecindad, un 
buen hombre; la mujer también; y la hi¬ 
ja es cariñosa; y-parece quererme mu¬ 
cho... es buena gente. 

Al proferir estas palabras había un 
temblor de alegría en la voz de Marcela; 
y pareció que por el rostro se le derrama- 
-ba una onda de ventura. 

CAPÍTULO XL 

En el coche 

En esto entró el negro trayendo el re¬ 
loj con el vidrio nuevo. Era tiempo, ya 
me molestaba estar allí; le di una mone- 
dita de plata al negro; le dije á Marce¬ 
la que volvería en alguna otra ocasión, y 
salí á paso largo. Para decirlo todo, debo 
eonfesar que el corazón me palpitaba un 
poco; pero era una especie de doble de 
difuntos. El espíritu estaba oprimido por 
impresiones opuestas. Obsérvese que 
aquel día amaneciera alegre para mí. Mi 
padre, durante el almuerzo, me repitió, 
anticipadamente el primer discurso que 
yo tendría que pronunciar en la cámara 
de diputados; nos reímos mucho, y el 
sol también, pues estaba brillante como 
en los más lindos días del mundo; del 
mismo modo que Virgilia debería reir, 
cuando yo le contara nuestras fantasías 
del almuerzo. Pero ocurre que se me" cae 
el vidrio, del reloj; entro á la primera 
' tienda que encuentro al paso, y hete aquí 
que el pasado se levanta delante de. mí, 
que me lacera y me besa, que me interro¬ 
ga con un rostro injuriado por las «sau¬ 
dades» y las viruelas. . . 

Allí, lo dejé; me'metí de prisa en el 



MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 41 


coche qae me esperaba en la plaza de¡ 
San Francisco de Paula, y le ordené ah 
cochero que echara á andar calles afue¬ 
ra. El cochero azuzó las bestias, el co¬ 
che se puso á zangolotearme, los ejes ge¬ 
mían, las ruedas surcaban rápidamente 
el barro que dejará la lluvia reciente, y 
todo aquello me parecía estar parado. 

¿ No sopla, á veces, un cierto viento pesa¬ 
do,, ni fuerte-ni áspero, pero - sofocante, 
que no nos quita el sombrero de las cabe¬ 
zas, no arremolina las sayas de las muje¬ 
res y sin embargo parece peor que si hi¬ 
ciera todo esto por que abate, enerva y 
parece que disolviera los espíritus ? Pues 
á mí me soplaba ése viento; y, conven-; 
cido de que me soplaba á causa de que me 
hallaba en aquella especie de. garganta 
entre el pasado y el presente, ansiaba sa¬ 
lir. á la planicie' - del futuro.. Lo malo es ; 
que el coche no andaba. 

—Juan,—le grité al cochero,—este co¬ 
che anda ó no anda ? 

—Ué! ñoño! Si ya estamos parados en 
la puerta del señor consejero ! 

x CAPÍTULO XLl 
La alucinación 

Erá verdad. Entré apurado; hallé á ' 
Virgiliá. ansiosa, de mal humor, con la 
frente nublada. La madre, que era-sorda, 
estaba en la sala con ella. Después de 
los saludos la joven me dijo con segur 
ridad: ‘ 

—Esperábamos que llegaría más tem¬ 
prano..- .. . . 

Me defendí lo mejor que pude, ha-, 
blé. de que el .caballo del coche sé empa¬ 
cara, de un amigo que me había dete¬ 
nido. De repente.se me apagó la voz en 
los labios,, quedé . paralizado de asonar 
bro. Virgiliá... era Virgiliá, aquella jo-; 
ven ? La miré mucho, y la sensación fué 
ian penosa, que retrocedí un paso y des- 
vié la vista. Volví á mirarla. Las, virué-* 
las habíanle comido el rostro; la piel, 
aun la víspera, tan fina, rosáda y pura, • 
parecíame 'ahora amarilla, devastada - por 
el mismo flagelo que destruyera el ros- 
tfo- de, la española. Los ojos, que eran 
traviesos, estaban marchitos;, tenía el la¬ 
bio triste y la-actitud cansada. La miré 
bien, le .tomé la mano y la atraje sua¬ 
vemente .hacia mi. "No me engañaba; 


eran viruelas; Creo que hice un gesto de 
repulsión. 

Virgiliá se apartó y fué á sentarse en 
el sofá. Yo permanecí un rato mirán¬ 
dome los pies. Debía permanecer allí 
ó retirarme? Rechacé el segundo expe¬ 
diente, que era simplemente absurdo, y 
me dirigí hacía Virgiliá, que seguía sen¬ 
tada y muda. Cielos! era otra vez la 
fresca, la juvenil, la floreciente Virgiliá! 
En vano busqué en su rostro algún ves¬ 
tigio de la enfermedad; no existía tal 
cosa; era la piél fina y. blanca de cos¬ 
tumbre. 

—No me había visto nunca? me pre¬ 
guntó Virgiliá, viendo que lá miraba con 
insistencia. 

—Tan bonita, nunca. 

Me senté, mientras que Virgiliá, ca¬ 
llada, hacía sonar las uñas. Siguieroit- 
alguuos instantes de pausa. Le hablé de 
cosas extrañas al incidente; ella, entre 
tanto, no me respondía ni me miraba. 
A ,no ser el ruidito aqüel> era la estátua 
del silencio. Una sola vez me clavó los 
ojos, pero muy de arriba, levantando el 
postado izquierdo del labio, contrayendo 
las cejas, á puntó de unirlas;- todo ese 
"conjunto de cosas dábale al rostro una 
expresión inedia, entre cómica y trágica. 

Había alguna afectación en aquel des¬ 
dén; era un afeite del gesto. Allá den¬ 
tro, padecía, y no poco, — fuera solo pe¬ 
sar, ó solo despecho; y por que el dolor 
que se disimula duele más, es irtuy pro¬ 
bable que Virgiliá padeciese el doble de 
lo que realmente debía padecer. Creo que 
esto es metafísica. 

CAPÍTULO XLII 

Que se le escapó á Aristóteles 

, Otra cosa que también me parece me¬ 
tafísica es estaImprímesele un movi¬ 
miento á una bola, por ejemplo; rueda 
esta, encuentra otra bola, transmítele el. 
impulso, y hete ahí á la segunda bola 
rodando como la primera rodó. - Supon-- 
gamos que la primera bola se llama... 
Marcela,—es una simple suposición; la 
segunda Blas Cubas,—ría tercera, Virgi- 
lia. Tenemos que Marcela recibiendo un 
papirotazo del pasado rodó hasta tocar 
á Bías Cubas, el cual cediendo á la fuer¬ 
za inípulsiva, se puso á rodar también 


MACHADO DE ASSIS 


42 

\ . 

hasta chocar con Virgilia, que no tenia 
•nada que ver con la primera bola; y he 
ahí como por la simple transmisión de 
una fuerza, se tocan los extremos socia¬ 
les; y se establece una cosá/que podemos 
llamar—la solidaridad de la- aversión hu¬ 
mana. Cómo es que se/le escapó .este ca- 
bítulo a Aristóteles? 

CAPÍTULO XLIII 

Marquesa, porque yo seré marqués 

Positivamente, era un diablillo Virgi¬ 
lia, un diablillo angelical, si quieren, 
pero lo era; y entonces... 

Entonces apareció Lobo Neves, un 
hombre que no era más esbelto que yo, 
ni más elegante, ni más instruido,, ni 
más simpático, y sin embargo fué quien 
me arrebató á Virgilia y la candidatura, 
én el término de pocas semanas con un 
ímpetu verdaderamente cesáreo: No me 
causó ningún despecho; no hubo la me¬ 
nor violencia de familia. Dutra vino á de¬ 
cirme, un día, que esperase otra oportu¬ 
nidad, por que la candidatura Lobo Ne- 
ves era apoyada por .grandes influencias. 
Cedí; tal fue el comienzo de mi derrota. 
Úna sémana después, Virgilia le pre¬ 
guntó sonriendo á Lobo Neves, cuando 
sería, ministro. 

. —;Por mi gusto, ya; por la voluntad 
dé otros dentro dé. un año. 

. Virgilia- replicó: 

—Me promete que algún día me hará 
-baronesa? 

—‘Marquesa, por que yo seré marqués. 

Desde aquel instante quedé perdido. 
Virgilia comparó el águila y. el pavoreal, 
dejando á'este, con su asombro? su des¬ 
pecho, y. tres ó cuatro besos que le diera. 
Talvez cinco besos ; pero, diez que hubie¬ 
ran, sido no significaban nada. El labio . 
del hombre, no es como el casco, del ca¬ 
ballo de Atila, que., esterilizaba el suelo 
que golpeaba; es.justamente lo contrario. 

' CAPÍTULO XLIV 
Ü n Cubas! 

. Mi padre quedó atónito con aquel de¬ 
senlace; y-hasta me parece que no murió 
de otra cosa. Eran tantos, los castillos 
que imaginara, tan tos, tantísimos los sue¬ 
ños, qúe no podíá verlos desmoronados 
sin padecer una fuerte, sacudida .en el 


■'i ■ •. . 

organismo. Al principio no quiso, creerlo. 
Ún Cubas! un gajo del ilustre árbol de 
los Cubas! y decía esto con tal convic¬ 
ción, que yo, ya entonces informado de 
nuestra tonelería, olvidé un instante á 
la voluble dama, para solo contemplar 
aquel fenómeno, no raro, pero curioso: 
una imaginación ‘ convertida en con¬ 
ciencia. 

—Ún Cubas! repetíame la mañana si¬ 
guiente, durante el almuerzo. 

No fué aíegfe el almuerzo; yo me es¬ 
taba cayendo de sueño. Había pasado en 
vela una parte de la noche. Era amor? 
Imposible, no se ama dos veces á la mis¬ 
ma mujer; y yo, que había de amar á 
aquella tiempos después, no estaba unido 
á. ella por ningún vínculo, fuera de. una 
fantasía pasajera, alguna obediencia y 
mucha fatuidad. Y esto basta para ex¬ 
plicar el desvelo; era el despecho; un 
despechito agudo como punta de alfiler, 
el cual se disipó con cigarros, puñadas, 
lecturas truncadas, hasta romper la au¬ 
rora, la más tranquila de las auroras. 

Pero yo era joven, tenía el remedio 
en nú mismo. Mi padre era el que "ño 
podíá soportar fácilmente la'coz.. Pen¬ 
sándolo bien, puede, ser que no muriese 
■precisamente del percance; pero que. el 
percance le complicó los últimos dolo-res, 
es positivo. Murió de allí á cuatro me¬ 
ses, — apesadumbrado, triste, con una 
preocupación intensa y continua, una es¬ 
pecie de remordimiento, un desencanto 
mortal, qúe le sustituyó el reumatismo» 
y la tos. Tuvo una media hora.de alegría; 
fue cuando uno denlos ministros lo vi¬ 
sitó. Vite—recuérdoló bien,—vile la gra¬ 
ta, sonrisa de-otros tiempos, y en los ojos 
una concentración de luz, que era, por 
decir así, un último fulgor del alma expi¬ 
rante. Pero lá tristeza volvió eh seguida, 
la tristeza de morir sin verme ocupando 
una alta posición, como me correspondía. 

.—Un Cubas! . 

Murió algunos días déspues de la visi¬ 
ta del ministro, una mañana de Mayo, 
entre-sus dos hijos, Sabina y yo, y á 
más mi tío Ildefonso y’mi cuñado. Mu¬ 
rió sin que pudiera valerle la ciencia de 
los médicos, ni nuestro cariño, ni nues¬ 
tros cuidados, que fueron muchos; ni 
cosa alguna A tenía que morir, murió. 

. —ún Cubas ! . 



MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 43 


CAPÍTULO . XLV 

Notas ' 

Suspiros, lágrimas, casa tendida de lu¬ 
to, terciopelo negro en los portales, un 
hombre que vino á vestir el cadáver, otro 
que . tomó la medida del cajón, catafal¬ 
co, candelabros, invitaciones, invitados 
que-entraban, lentamente, con paso sor¬ 
do, y apretaban la mano á la familia, 
algunos tristes, todos serios, y callados, 
el padre y el sacristán, rezos, aspersiones 
de agua bendita, el cerrar del cajón, á 
clavo y martillo* seis personas que lo al¬ 
zan del catafalco, y lo bajan á pulso por 
la escalera, no obstante los gritos, sollo¬ 
zos y nuevas lágrimas de la familia, y 
van hasta el coche fúnebre, y lo colocan 
encima, y abrochan y aprietan las co¬ 
rreas, el rodar del carro, eL rodar de los 
coches, uno á uno... Esto que parece un 
simple inventario eran notas que recogí 
para un capítulo triste y vulgar que no 
escribo. - 

CAPÍTULO XLVI. 

La h er e nci a 

Véanos ahora el lector, ocho días des¬ 
pués de la muerte de mi padre,—m; her¬ 
mana sentada én un sofá,—un poco más 
allá Cotrim, de pié, recostado á una con¬ 
sola, con los brazos cruzados, mordién¬ 
dose el bigote,—yo paseando de un lado 
para otro con los ojos puestos en él sue¬ 
lo. Luto riguroso. Profundo silencio. 

-r-Pero en-fin, dijo Cotrim; esta casa 
poco más puede valer de treinta «con- 
tós»: pongamos que valga treinta y 
cinco... . *• . 

—Vale cincuenta,—afirmé;— Sabina) 
sabe qué costó.cincuenta’y ocho... 

—Phede haber costado, también sesen¬ 
ta; pero de eso no resulta que los valis- 
- ra ni ineiios que los valga hoy.-Usted sa¬ 
be que las casas desde hace algunos años,' 
han bajado mucho. Y. si 'esta casa vale 
cincuenta -cohtos> cuántos vale la que 
! usted desea para sí, la dél campo ? 

■—No/liga éso! una casa vieja. 
Vieja!—exclamó Sabina', levantando 
las manos al techó. ’ -’ •, 

■—Apuesto que le parece nueva! 

—-Vamos, hermano, déjate, de esas-co¬ 


sas,—dijo Sabina levantándose del sofá; 
podemos arreglarlo todo amistosamente, 
y con facilidad. Por ejemplo, Cotrim no 
acepta los negros, quiere solo al cochero 
de papá y á Pablo-. 

—El cochero no, dije yo; me quedo con 
el coche y no voy á ir á comprar otro. 

—Bueno; me - quedo con Pablo y con 
Prudencio. 

—Prudencio está libre. 

—-Libre? 

—Hace dos años. 

—Libre? Cómo arreglaba estas cosas 
sm padre aqui por casa, sin darle cuenta 
á nadie! Esta bien. En cuanto á la pla¬ 
ta... creo que no habrá libertado la 
plata? 

Habíamos hablado de la vajilla de pla¬ 
tal-la vieja plata labrada del tiempo de 
D. José I, la porción más seria de la he¬ 
rencia, ya por el valor, ya por la vetustez, 
ya. por el origen de la propiedad; decía 
mi padre que el. conde de Cunha, cuando 
era virrey del Brasil, se la regalara á mi 
bisabuelo Luis Cubas. 

—En cuanto a la vagilla, continuó Co¬ 
trim, yo no haría cuestión ninguna, si no 
fuese el deseo que tiene su hermana de 
quedar con ella; y le hallo razón. Sabina 
es . casada, y, necesita una vajilla digna, 
presentable; El señor’ es soltero, no re¬ 
cibe, no. ■ ' : 

—-Pero me puedo casar. 

.—Para qué ? interrumpió Sabina. 

Era tan sublime esta pregunta, que du¬ 
rante un momento me hizo olvidar los 
intereses. Sonreí; tomé la mano de Sabi¬ 
na, le golpee suavemente en la palma, 
todo esto con tan buen talante que Co¬ 
trim interpretó el gesto como de aquies¬ 
cencia, y rae dió las gracias, 

—¿Cómo es eso? repliqué; no he ce¬ 
dido cosa alguna, ni cedo. ' 

—Ni cede ? 

Menée'la Cabeza. 

—Déjelo, Cotrim, díjole mi hermana 
al marido; puede .que también quiera 
quedarse con nuestra ropa interior; es lo 
único, que falta. . 

• —No. falta nada más. Quiere el coche, 
quiere el cochero, quiere la vajilla, quie¬ 
re todo.- Mire, es mucho más corto que 
nos llame á juicio y pruebe coh testigos 
que Sabina no es. sii-hermana, que yo .no 
soy su cuñado y que Dios. no Os Dios, Ha- 



44 


MACHADO DE ASSIS 


ga esto y asi no pierde nada, ni una cu- 
charita. Vaya, amigo, hágame el favor! 

Estaba tan enfadado, y yo también, 
,que sé me ocurrió proponer un medio de 
conciliación: dividir la vajilla. Rióse y 
me preguntó á quien le tocaíía la tetera 
y á quien el azucarero; y.después de esta 
pregunta, declaro que tendríamos tiem¬ 
po de. liquidar la pretensión, cuando me¬ 
nos en juicio. Mientras tanto Sabina fué 
hasta la ventana que daba sobre la cha¬ 
cra,—y después de un instante, volvió, y 
propuso ceder á Pablo y al otro negro,', 
á condición de quedar con la vajilla; yo 
iba á decir que no me convenía, pero 
Cotrim se adelantó y dijó lo mismo. 

—Eso nünca! no pido limosnas! dijo. 

Comimos tristes. Mi tio el canónigo 
apareció á la sobremesa, y aún presenció 
ún pequeño altercado. 

—Hijos míos, dijo, acuérdense de que 
mi hermano dejó un pan bien grande 
para repartirlo entre todos. 

Pero Cotrim opuso: . 

- —Está bueno, ésta bueno. La cuestión, 
sir. embargo, no es de pan,, es de manteca. 
Pan seco es lo. que yo nó trago. 

- Hízose finalmente la partición;, pero 
nosotros estábamos peleados. Y les ase¬ 
guro que, aún; asi, me costó mucho eno¬ 
jarme con Sabina. Eramos tan amigos! 
jv.égos pueriles!, furias de niños, risas y 
tristezas de la edad adulta, muchas veces 
dividimos ese j>an de la alegría y de la 
miseria, fraternalmente, como buenos 
hermanos que éramos, Pero estábamos 
peleados. Tal' eual la belleza de Marcela, 
que se desvaneció, con las viruelas. 

CAPÍTULO XLVII 

El recluso 

... Márcela, Sabina, Virgilia... aquí me 
tenéis fundiendo todos- los contrastes, 
como'si esos nombres y personas no fue¬ 
sen más que modos de ser de mi afec¬ 
ción interior. Pluma de malas costum¬ 
bres,. pónle una corbata al estilo, víste¬ 
le un chaleco menos sórdido; y después 
si, despu.es vénte conmigo, entra én esa 
casa, estírate en esá hamaca que me me¬ 
ció la mayor parte de. Tos años qué córrie- 
• ron desdé el inventarió de los bie¬ 
nes-de mi. padre hasta 1842. Ven, y si 
. llegas á olér algún aroma de toca¬ 


dor, no te preocupes que lo derramé 
yo para mi regalo; es un vestigio de 
la N,- de la Z ó de la U, — que todas 
estas letras mayúsculas mecieron allí su 
elegante abyección. Pero, si además del 
aroma, quisieras otra cosa, te quedarás 
con el deseo, porque yo no he guardado 
retratos, ni cartas, ni memorias; el. mis¬ 
mo afectó desvanecióse,, y solo me que¬ 
daron las Letras iniciales. 

Vivía medio recluso, yendo de tarde 
en tarde á algún baile, teatro ó reunión, 
más la mayor parte del tiempo lo pasaba 
conmigo mismo.. Vivía; me dejaba llevar 
por el curso y decurso de los sucesos y 
do los días, ora bullicioso, ora apático, 
entre la ambición y el desaliento. Escri¬ 
bía política y hacía literatura. Mandaba 
artículos y versos á las hojas públicas, 
v llegué á alcanzar cierta reputación de 
polemista y de poeta. Cuándo-me acorda¬ 
ba de Lobo Heves, que ya era diputado, 
y de Virgilia, futura marquesa, me pre¬ 
guntaba á mí mismo por qué no sería 
yo mejor diputado y mejor marqués que 
el Lobo Heves,—yo. Qué valía más, mu¬ 
cho más ciue él,—me decía mirándome la 
punta de la nariz. 

capítulo xi.viii , 

Un jirimo de Virgilia 

—Sabe quien llegó anoche de San Pa¬ 
blo?—me preguntó una noche Luis Du- 
tra. . 

Luis Dutra era un primo de Virgilia, 
que también frecuentaba las musas. Sus 
versos agradaban y valían, más que los 
míos; pero tenía necesidad de la sanción 
d ». algunos,, que le confirmase el aplauso 
de los otros. Como era apocado, no inte¬ 
rrogaba á nadie; pero se deleitaba en 
oir alguna palabra de elogio, entonces 
adquiría nuevas fuerzas y arremetía ju¬ 
venilmente al trabajo. 

Pobre Luis Dutra! apenas publicaba 
alguna cosa, corría á mi casa, y se ponía 
á dar vueltas á mi rededor á la-espera 
de un juicio, de uña palabra, de un ges- 
- to, que le aprobase la reciente produc¬ 
ción, y yo lé hablaba de mil cosas dife¬ 
rentes,-rdel último baile en el Cattete, 
de ía discusión de las cámaras, de berli¬ 
nas y caballos;—de todo> menos de sus 
versos ó prosas. El me respondía al prin- 



MEMORIAS PÓSTUMAS DE-BLAS CUBAS 45 



cipio con animación, después con desga¬ 
no, torcía el 'giro de la conversación ha¬ 
cia su asunto, abría un libro, me pregun- 
taba si tenía algún trabajo nuevo, y yo 
decíale que sí 6 que. no, y él se ponía á se¬ 
guirme, hasta que se enfadaba del todo y . 
salía triste. Mi intención era hacerlo du¬ 
dar de sí mismo, desanimarlo/ eliminarlo. 
Y todo esto mirándome la punta de la 
Di;riz... 

CAPÍTULO XLIX 

La punta de la nariz 

Nariz, conciencia sin remordimiéntos, 
tu me valiste mucho en la vida... Has 
meditado alguna vez en el destino de la. 
nariz, amado lector ? La explicación del 
doctor Panglosa és que la nariz fué crea¬ 
da para soportar los anteojos,—y tal ex¬ 
plicación confieso que hasta cierta época 
me pareció definitiva; pero vino un día 
en que, estando rumiando ese ,y otros 
puntos oscuros de filosofía, acerté, con la 
única, verdadera y definitiva explicación. 

En efecto, me. bastó reparar en la cos¬ 
tumbre de los fakires. El lector sabe que 
lo?. fakires sé pasan -largas horas mirán¬ 
dose la punta de la nariz con. elúnicó- 
fin de ver la luz celeste. Cuándo .ün fa-, 
kir clava los ojos en la punta de la na¬ 
riz, pierde el sentimiento de las cosas 
externas, embelésase con lo invisible, con 
lo impalpable, apártase de la tierra, di-* 
suélvese, eterízase. Esa sublimación del 
ser por la punta de la nariz es el fenóine- 


rero. Un sombrerero pasa por una tien- 
clii de sombreros; es la tienda de un ri¬ 
val, que la abrió hace dos años; tenía 
entonces dos puertas, hoy tiene cuatro, 
promete tener seis ú ocho: En las vidrie¬ 
ra-..' se ostentan los.'sombrcros del rival; 
por las puertas entran lps parroquianos 
'del'rival; el sombrerero compara aquella, 
tienda con la suya, que es más anti- ' 
gua y tiene solo dos puertas, y aque¬ 
llos sombreros con los suyos, menos bus¬ 
cados, aunque de igual precio: Se morti¬ 
fica naturalmente; pero sigue andando, 
concentrado, con. los ojos mirando hacia 
abajo- ó hacia ¿delante, indagando las 
causas de la prosperidad del otro y de su 
propio atraso, porque él como sombre¬ 
rero es mucho mejor sombrerero que el 
otro sombrerero... En ese instante es 
que lós ojos se fijan en la punta de la 
nariz. Lá conclusión, por lo tanto es. que 
haj" dos fuerzas capitáíes :■ el amor, que 
multiplica lá especie, y la*hariz, que la 
subordina ai individuo. Procreación, 
equilibrio. 

capítulo t: 

Virgilia casada 

—Quien ha- llegado de 'San Pablo es 
mi prima Virgilia, casada con Lobo Ne- 
ves, continuó Luis Dutra. 

—Ah! • 

—Y solo'hoy he .sabido una cosa,, so 
tunante_ 

* —y . es.?. , : ■. \ 


no más excelso del .espíritu, y la facultad 
óy obtenerla no perténece al fakir sola-, 
mente: es universal. Cadj Hombre tiene - 
la necesidad y el poder de contemplar- su 
propia nariz con el fin de ver la luz ce¬ 
leste, y. tal contemplación, cuyo efecto 
es la subordinación del universo á una 
nr¡riz solamente, constituye el equilibrio 
de las sociedades, Si'las narices se con¬ 
templaran exclusivamente las unas á las 
otras, el género humano no hubiera lle¬ 
gado ¿ durar dos siglos: se hubieTá ex¬ 
tinguido. con las primeras tribus. Oigo , 
desde aq.uí una objeción del lector :—Có- 
mo puede ser así, dice aquél, si nunca ja¬ 
más nadie vió á los hombres estarse .con¬ 
templando la propia - nariz ? 

Lector obtuso, eso prueba que nunca 
penetraste en -el. cerebro, de ún sombré-’ 


-—Que usted se quiso casar con'ella. 

-r-Oosas; de íni padre. ¿ Quién le dijo 

• ésp?\i ... 

—Ella misma. Le hablé mucho, de us¬ 
ted,, y ella entonces me contó todo. 

'Al. día siguiente, estando en la. calle 
Oúvidór, en 1¿. puerta de la tipografía de.. 
Plancher, vi asomar, á la distancia;- uná 
mujer espléndida.. Era ella;, solo la reco-' 
nocí cuando estuvo .a poeos pasos, tan 
distinta estaba, á tal punto la naturaleza 
y el arte le habían dádo la última per- 
. feccion. : i 

Nos saludamos; ella siguió, entró con 
el marido al carruaje, que los esperaba 
« algo más arriba; quedé atónito; 

. . Ocho días después, la encontró en. un 
baile; creo que llegamos á cambiar dos 
ó. tres palabras. Pero en otro baile, dado 



46 


■ . MACHA DÓ DE ASSIS . 


de allí á un mes, en casa de una señora, 
que adornara los salones del primar rei¬ 
nado, y no desadornaba entonces los del 
segundo, la aproximación fué mayor y', 
más larga, por que conversamos., y bai¬ 
lamos. 

El vals-es una 'cosa deliciosa-. Valsa¬ 
mos ; ’ no niego que, al aproximar á mi 
cuerpo aquel cuerpo flexible y magnífi¬ 
co, tuve una singular sensación, una sen¬ 
sación de hombre robado. 

—Hace mucho calor,—rdijo ella cuan¬ 
do concluimos.—Vamos á la terraza? . 

—No; se puede usfed resfriar. Va¬ 
mos á otra sala. En la otra-sala estaba 
Lobo. Neves, que me hizo muchos cum¬ 
plidos, acerca de mis escritos políticos, 
agregando. que nada decía de los lite¬ 
rarios, por? no tener competencia; .pero 
los políticos' eran excelentes, bien pen¬ 
sados y bien escritos... Le respondí .con 
igual expresión de cortesía, y nos sepa¬ 
ramos contentos el uno del otro. •. 

Cercar de. tres semanás después recibí 
uno. invitación suya para, una reunión 
.íntima. Fui; .Virgiííá me recibió con esta, 
amable frase:—El señor va á bailar hoy 
un vals conmigo.—En realidad, yo tenía 
fama y era un yalsista notable; no era 
de admirar que ine. prefiriera. Bailamos 
ui: .vals,, y otro vals. Un libro perdió á 
Francesco:; aquí fué un vals el que nos : 
perdió- Creo, que ésa noche le . apreté, la 
mano con mucha fuerza, y ella la ; . dejó 
. quedar, como olvidada, y yo lá abrásaba,; 
y todos los ojos estaban puestos en no¬ 
sotros, y en los, otros: qu.e- también se 
abrazaban y giraban... 

: Tin delirio. .. : .' 

. CAPÍTULO Lt ' ; v' ; - . 

. Es mía ... 

—Es mía!—iné dije á:mí mismo, luego 
"que la cedí á otro caballero; y confieso, 
que durante el restó de la noche, fuése- 
me la idea encajando en eí espíritu, no 4 
fuerza- d¿ " martillo, pero sí de taladro, 
que es más insinuante. > 

—Es ¿oía! — decía yo al llegar á.la 
. puerta, de «asa. 

Pero allí, como si al destino ó al aca-, 
so, ó. lo que fuere, se le ocurriera. darle . 
algún alimento á mis arrobamientos-po-, 
sesorios, vi brillar en él' suelo úna cósa 


redonda y amarilla. Me agaché, era una 
moneda de oro, un medio doblon. 

—Es mía!—repetí riéndome, y me la 
metí én el bolsillo. 

Esa noche no volví á pensar en la mo¬ 
neda; pero al día siguiente, recordando- 
el caso, sentí remordimientos de con¬ 
ciencia y una voz que me- preguntaba 
por qué diablo sería mía una moneda que 
yo no heredara ni ganara, pero solamen¬ 
te hallara en la calle. Evidentemente no 
era mía; .era de-, otro, de aquel que la 
perdiera, rico ó pobre, y talvez fuese 
pobre, algún obrero que no tendría con 
qué dar de comer á la mujer y á los hi¬ 
jos; pero aunque fuese rico mi deber se¬ 
guía siendo el mismo. Debía devolver la 
moneda, y el mejor medio, el único .me¬ 
dio, era hacerlo por medio de un anun¬ 
cio-, ó de la policíá. Envié un¿ carta al 
jefe dé policía, remitiéndole lo hallar 
do, y rogándole que, por los medios á su 
alcánce, lo 1 hiciese volver á manos del 
verdadero dueño. 

Mandé lá carta y almorcé-tranquilo, 
puedo hasta decir -que jubiloso! Mi con¬ 
ciencia había valsado .tanto la víspera, 
que llegó á. quedar ahogada, sin respira- 
ek n; pero la restitución del medio do¬ 
blón , fué una ventana abierta- hacia el 
otro, lado de.la. moral; entró una ráfa¬ 
ga de aire? puro, y la pobre dama respiró 
á sus anchas. Ventilad las conciencias, 

; y no ós digo más. Por otra parte,. exen¬ 
to de cualquier otra circunstancia, mi 
acto era. bonito;- porqué expresaba . un 
, justo escrúpulo, un sentimiento de al¬ 
ma delicada- Era lo que .me decía mi da¬ 
ma interior; con un modo á la yez auste-... 
ro.y cariñoso; era lo que ella me decía, 
indinada en. el antepecho de la ventana 
abierta. 

—Hiciste bién, Cubas; procediste per- 
; fectamente. Este airé no sólo es puro, 

- es balsámico, es’ una transpiración de. los 
eternos jardines. Quieres ver lo qué has 
hecho,. Cubas? 

Y la excelente señora sacó un espejo 
y lo abrió delante de mis -ojos. Vi,, clara¬ 
mente visto, el medio doblon dé la vís¬ 
pera, redondo, brillante, múltiplicándo-- 
se por sí mismo,—ser diez, después trein¬ 
ta; despueg quinientos, expresando así 
el beneficio que me produciría en la vida < 

- y en la mperte el simple acto dé la res- ; 



MEMOIUAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBaS 


47 


iitucion. Y yo dilataba todo mi ser en la 
contemplación de aquel acto, me repre¬ 
sentaba en 61, hallábame bueno, , tal vez 
grande. Una simple moneda, he? Vean 
lo que es haber valsado algo más de la 
cuenta; 

Así yo, Blas Cubas, descubrí una ley 
sublime, la ley de la equivalencia de las 
ventanas, y establecí que el modo de 
compensar una ventana cerrada es abrir 
oirá, á fin de que la moral pueda aerear 
constantemente la conciencia:- Tal vez no ' 
entiendas, lo que queda dicho; tal vez 
quieras algo más* concreto,, un paquete, 
por-ejemplo, un paquete misterioso. Pues 
aquí tienes un paquete misterioso. 

. CAPÍTULO LII' 

El paquete misterioso 

Ocurrió el caso algunos • días después. 

Yendo -á Botafogo,. tropecé- con un 
paquete que estaba en la playa. No digo 
bien; hubo menos tropezón que punta¬ 
pié. Viendo un- paquete,- no grande, pero 
limpio y correctamente hecho, atado con 
,;uú cordel fuerte, una cosa que. parecía 
alguna cosa, ocurrióseme darle con . el 
pié, así como para probar,, y golpeé, y 
el. paquete résistió. Eché una mirada á 
mí rededor; la playa estaba desierta; á 
lo lejos unos niños jugaban, un pescador 
remendaba las redes aun más lejos,—na 1 
.dié.podía ver mi acción; me incliné, reco-' 
g t el paquete y seguí. 

• í-Seguí, pbro no sin recelo.‘Podía ser 
una broma de muchachos- Tuve la idea 
dé devolver lo -hallado á la playa, pero 
Jó palpé y rechacé, esta idea. Un poco 
inás. adelante, desanduve lo andado y tor- 
.né para. casa. 

? Veamosi— -dijé al entra* en el .escri-. 

- torio.. ' ‘ . 

vacilé un instante, creo que por'ver- 
giiéñzá; pues me asaltó otra vez el recelo 
dé la broma. Es cierto que no había allí 
ningún -testigo éxterno ; pero yo. .tenía 
v dentro de mi un tunante, que había de 
silbar, aullar,, gruñir,; patear, zumbar ,'ca« 
carear, Jhacer él diablo, si me viese ábrir 
el paquete y encontrar adént-rp una do¬ 
cena;4é. .trapos' . viéjps; ó una docena de 
.' guayabas podridas.' Era tarde: Ja curio- • 
r sidad'.estabn; Aguzada,. como estará la del. 

-Uéahice iél • paquete, y vi,.. ha¬ 


llé ... conté... volví á contar nada me¬ 
nos que cinco «contos de reís». Tal 
vez unos diez añil reís más. Nada menos. 
Cinco contos en buenas monedas y bi¬ 
lletes, todo atadito y arregladito, un ha¬ 
llazgo raro. Los ’envolví de nuevo. Du¬ 
rante la comida me pareció que. uno de 
los negros le hablara al otro con los 
ojos. Me habrían estado espiando? Los 
interrogué-discretamente y me convencí 
do que no, Después de comer fui otra.vqz 
a! escritorio, examiné el dinero, y me. 
reí de mis cuidados maternales respecto 
de cinco contos,—y ó, que era rico. 

Para no pensar más en aquéllo fui por 
la noche á casa de Lobo Nevés, s que me 
.. instó mucho'á que frecuentara las re¬ 
cepciones de la mujer.. Allí encontré ál 
jefe dé policía; le fui presentado; él 
se acordó ep seguida de la carta y del 
..-medio doblen que yo le. remitiera algu¬ 
nos días, antes. Refirió el caso; Virgilia 
pareció aplaudir mi proceder, y cada uno 
cío los presentes narró alguna anécdota- 
análoga, que yo oi con impaciencia de 
. mujer histérica. 

; De noche, al día siguiente,, en toda 
aquella semana, pensé lo menos que pude 
en los cinco contos, y hasta confieso que 
los dejé 'muy quiétecitos en la gaveta 
del secreter. Gustábame' hablar de to¬ 
do, menos de dinero, y principalmente 
do dinero, hallado; sin embargo no és 
crimen hallar dinero; es una felicidad, 
un . buen suceso, era tal vez Un designio 
de la Providencia. Nó podía ser otra co¬ 
sa. No se pierden cinco contos, como 
so pierde ún pañuelo dé manos. Cinco 
contos .se, llevan con treinta mil senti¬ 
dos, se les palpa . á menudo, no se lc3 
Asacan los ojos de encima, ni las maños, 
ni el pensamiento, y para perderse-así 
totalmente, en una playa, era necesario 
qué... Crimen es lo que no podía 6er 
ef hallazgo; ni crimen, ni -deshonra, ni 
nada que maleara el carácter, de un hom¬ 
bre. Era un'hallazgo, una casualidad fe¬ 
liz, como la suerte grande, como las 
apuestas de carreras, como las ganan-, 
cías- dé .un juego honrado y hasta diré 
.-• que mi felicidad era mérecida, porque 
. yo. no m£; sentía malo ni indigno de los 
beneficios de la Providencia. - 
. -•—Estos cinco contos,—me decía yo á 
r raí mismo, tres semanas después, he de 




48 MACHADO 

emplearlos en alguna acciop buena, tal 
' vez éif la-dote para alguna niña pobre, ú 
otra’¿osa así... ló pensaré... 

"Ese mismo día los llevé al Banco del 
Brasir, Allí fne recibieron con muchas y 
jdelicádaa^gílusiones al^ caso del medio 
•-^doblón, cuya noticia 7 a se había espar- 
•cido entre las personas de mi conóci- 
.niiento; respondí enfadado que la cosa 
no valía la pena de r tamaño estruendo; 
ponderáronme entonces la modestia—y 
• ofimS yo me éñcolerizára, me respondie¬ 
ron que era simplemente grande. 

. capítulo un < 


Virgilia era quien ya. no se acordaba. 
delmedió doblon; toda” ella estaba con¬ 
centrada en mí, en mis ojos, en mi vida, 
en 1 mi pensamiento; era lo, que decía, y 
era la verdad.. . - 

Hay plantas que nacen y crecen de' 
prisa; otras son tardías y perezosas. 
Nuestro amor brotó con tal ímpetu y 
tanta savia, que, é® poco tiempo, era 
la más vasta, frondosa y exhubérante 
criatura de los bosques. No podría de¬ 
cirles con certidumbre cuántos días du¬ 
ró ese crecimiento. Me [ acuerdo, sí, de 
que-en cierta noche, brotó la flor, ó el 
beso, si así le- quisieran, 'llamar^ un beso 
que ella, mé dió, trémula,—pobrecita,— 
trémula de miedo, porque era en el por* 
ton de la quinta- IJnionoB ese beso úni¬ 
co,—breve como la ocasión, ardiente co¬ 
mo el amor, prologo de una vida de deli¬ 
cias, de temores, de placeres qué rema¬ 
taban en dolor, de aflicciones que se ré- • 
solvían en alegría,—una hipocresía pa- 
cíente y sistemática, único freno dé una 
pasión sin freno,—vida de- agitaciones, 
do-cólera, de desesperaciones y de pe-. 
Bares, que una hora satisfacía hasta el 
hastío y de sobra; pero venía otra hora 
v se tragaba á aquella,, con todo: lo demás, 
para dejar ,sóío las agitaciones y el res¬ 
to, y el resto del-resto, que es'el fastidio 
y la saciedad: tal fué el libró de aquel; 
prólogo. 

capítulo liv - 

La péndola 

\ ^ 7 - . _ * - 

Salí de allí á saborear el beso. • No 
pude dormir; me estendí en la cama, es. 
cierto, pero fué como si nada. Oí las ho-... 


DE ASSIS 

1 

ras todas de la noche. Generalmente, 
cuando perdía el sueño, el ruido do la 
péndola me hacía mucho mal; ese «tic¬ 
tac» lúgubre, pausado y seco me pare¬ 
cía decir á cada golpe que yo tenía un 
instante menos de vida. Imaginaba en¬ 
tonces á un diablo viejo sentado entre 
dos bolsas, la de la vida y la de la muer¬ 
te,-tirando monedas de la vida para dár¬ 
selas á la de la muerte, contándolas así: 

—Otra menos... 

-■ —Otra menos. ; .. 

. —Otra menos.... 

^-Qtrá menos... 

—Otra menos... 

Lo más singular es que, si el reloj se 
detenía le daba cuerda, para que no de¬ 
jara de latir nunca, y yo pudiera contar 
todos mis instantes, perdidos. Invencio¬ 
nes hay: que. se transforman ó caducan; 
las mismas ^instituciones mueren; el re¬ 
loj, es definitivo y perpetúo. El último 
hombre,, al despedirse del sol frío y con¬ 
sumido, ha de tener un reloj en el bol¬ 
sillo del chaleco, para saber con exactitud 
la hora de su muerte, 

• Aquella noche no padecí esa triste sen¬ 
sación de fastidió, pero sí otra, y deleito¬ 
sa. Las .fantasías formaban tumultos aquí 
adentro de mi cerebro, sé echaban las 
unas, sobre las otras, á semejanza de las 
devotas-que se abalanzan para ver el an- 
gel-cantor de las procesiones. No oía los 
instantes perdidos; pero sí los minutos 

.ganados. La verdad es que desdé-cierto 
punto en adelante no oí cosa alguna, por¬ 
que mi .pensamiento, travieso é: ingenio¬ 
so, saltó por la véntana_á fuera y batió 

• las alas en la. dirección de la casa de 
Virgilia. Allí halló en el alféizar dé una 
ventana al pensamiento dé Virgilia, salu¬ 
dáronse y trabaron conversación. No¬ 
sotros dando vueltas ett la cama, tal vez 
con frío, necesitando descanso; y los 
dos vagabundos, allá plantados, repitien¬ 
do el viejo diálogo de Adan y Eva. 

/ • CAPÍTULO I.V 

' El viejo diálogo de Adán y Eva 
Blas Cubas 

; ._ 

‘ Virgilia. • 






MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 49 


Blas Cubas 


Virgilia 

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- Blas Cubas 
Virgilia 

9 


Blas Cubas 
Virgilia 


Blas Cubas 


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Virgilia 

9 - 


Blás Cubas 


Virgilia 

i 


CAPÍTULO LVI 

El momentp oportuno 

• .. • t 9 * 

. Pero, voto á bríos! quién, mé explica¬ 
rá la razón do esta diferencia? .Un día 
¿os vimos, concertarnos el casamiento; lo 
deshicimos y nos.separamos, en frío, sin 
dolor, porque no había habido pasión 
alguna;. me mordió á penas un poco el 
despecho y nada más.. Corren los años, 
vuelvo á verla, damos, tres ó cuatro vuel¬ 
tas, de vals, y henos aquí, amándonos, el 
uno al otro. con delirio. La belleza de 
.‘Virgilia había, llegado,- es cierto, á un 
alto grado de perfección, pero nosotros 
éramos substancialmente.- los mismos, y 
yo, por mi parte, no me había tornado 
más/bello ni. más; elegante. Quién me 

• explica la razón de. esta diferencia?" - 

‘ La razón no podía ser otra sino el mo¬ 
mento oportuno. No era . oportuno el 
primer momento,, porque, sj. bien nin¬ 
guno de nosotros estaba verde para el 
amor, ambos lo estábamos para «nuestro» 


i • • . • . . 

amor: distinción fundamental. No. hay 
amor posible sin la oportunidad de los 
sujetos. Ésta explicación lá./.hallé yo; 
misino, dos años después del beSo, un 
día en que Virgilia se' me quejaba" de 
un pisaverde qué iba á su ca§a -y tenaz¬ 
mente la galanteaba. / \ 

—Qué importuno!—decía ella hacién-^ 
do. una mueca dé rabia. - v - 

Me estremecí, ,1a miré, vi que la in¬ 
dignación era - sincera ^ entonces, se me 
ocurrió que quizás yo • había, provocad» 
alguna vez aquella'- mueca, y comprendí' 
en seguida toda la grandeza de. mi evo- 
lucionv Había pasado de importuno á 
oportuno. 

CAPÍTULO LVII 

Destino 

- Sí, señor," nos amábamos. Ahora, que 
todas las leyes sociales nos lo impedían, 
ahora nos amábamos de veras' Nos ha¬ 
llábamos unidos- el uno al otro, como 
las dos almas que „el poeta halló en el 
Purgatorio: ; v ' 

Di parí , come buoi r che va-nno á giogo; 

\ 

Y digo mal, comparándonos á bueyes, 

porque nosotros éramos otra especie de 
animal menor,.pero bellaco y la'seivo. Hé- 
nos caminando •-sin saber hasta dónde) 
ni por qué caminos vedados; problema 
que me asustó durante algunas sema¬ 
nas, pero cuya solución, éntrégúé al des¬ 
tino. Pobre Destinó!. Dónde estarás aho¬ 
ra, gran procurador dé negocios huma¬ 
nos? Tal vez estás echando piel nueva, 
otra cara, otras maneras, otro nombre, y 
no es imposible que... Ya-no me acuer¬ 
do por dónde iba. .. Ah! por los caminos 
vedados. Me dije.á mí mismo que ahora 
sería lo que Dios quisiera. Era nues j 
tra suerte amarnos; si no fuera así, có4 
mo nos explicaríamos él valse y el res¬ 
to Y Virgilia pensaba lo mismo. Un día, 
después de confesát que eñ algunos mo¬ 
mentos sentía remordimientos, como yo 
le dijera que, si tenía. remordimientos 
era porque no mé tenía amor, Virgilia 
me ciñó el cuello con sus magníficos 1 
brazqs, murmurando: . . 

—Te amo; és voluntad del délo. 

Y esta frasé no ; era impensada; Vir- 
giiia era un poco religiosa. No oía misa 





















50 


MACHADO DE ASSlS 


lóíi domingos, es cierto, y hasta- creo 
que solo iba ¿. las iglesias los días de 
grandes fiestas, y cuando había espacio 
en alguna tribuna. Pero rezaba todas 
las noches, con fervor, ó, por lo menos, 
con sueño. Tenía miedo á los truenos; 
en estas ocasiqnes' se tapaba los oídos, y 
mascullaba todas las oraciones del ca- 
. tecismoi En sai alcoba .había un pequeño 
. oratorio de jacarandá, trabajo de talla, 
de tres palmos de altura, con tres imá- 
' jenes adentro; pero no hablaba de él á 
las amigas; al contrario, trataba de bea¬ 
tas á las que solo eran religiosas. Du¬ 
rante algún tiempo sospeché que tenía 
' cierta, repugnancia en creer, y que su 
.religión era una\especie de camiseta de 
franela, preservativa y clandestina, pero 
evidentemente éra error mío. 

' CAPÍTULO LV!H 

C o nfi.de n c ¡as 

Lobo Heves, aL principio, me dabai 
grandes sustos. Pura .ilusión. Como ado-* 
raba á la mujer, no se cansaba de decír¬ 
melo muchas veces; hallaba que Virgi- 
lia era la perfeCcióh misma,, un conjun- - 
t> de cualidades sólidas y finas, cariño^ 
«a, elegante, austera, un modelo., Y ja - 
confianza ño- paraba ahí. De rendija que 
era pasó á puerta abierta de paT en par.. 
Un, día me confesó que tenía-una- triste 
carcoma en la existencia;. faltábale la 
.gloria pública, ¿o al ente ; : .díj ele muchas 
cosas bonitas, que oyó con aquella un¬ 
ción religiosa, de un deseo que no quie¬ 
bre resignarse á.morir; entonces com¬ 
prendí que su ambición estaba cansada de 
. batir las alas, sin poder alzar el vue¬ 
lo. Días después me. contó todas sus 
contrariedades y desfallecimientos, las 
amarguras tragadas, las rabias conteni¬ 
das; me contó que la vida política era. 
un zurcido de envidias, despechos,. intri- 
as, perfidias, intereses, vanidades. Evi- 
entemente aquello éra uná crisis de 
melancolía; traté dé combatirla. 

—Yo sé lo que le digo,—me contestó , 
con. tristeza. .No .se puede imaginar lo 
que he pasado. Entré en la política por 
gusto, por -familia, por ambición, y un 
poco por vanidad. Yá ve usted que reunía. 
casi todos . los motivos, aue llevan al 
hombre á la vida pública; faltábame solo 


un interés de otra naturaleza. Ví el tea¬ 
tro por el lado de la platea; y, de veras, 
que era bonito! Soberbio escenario, vida, 
'movimiento y gracia en la representa¬ 
ción- Me escrituré,-me dieron un papel 
que..Pero para que lo estoy aburrien¬ 
do con esto '( Déjeme quedar con mis 
desazones.' Crea que he pasado’ horas y 
díasT.. No hay constancia de senti¬ 
mientos, no hay gratitud, no hay hada... 
nada... nada... 

. Calló, profundamente abatido, con los 
ojos mirando al aire, pareciendo no oir 
cosa alguna, á no ser los ecos de sus pro¬ 
pios pensamientos. Después de .algunos 
instantes, irguióse y,me extendió la ma¬ 
no: El señor sé ha de; estar riendo de 
mí,.me dijo; pero disculpe este desahogo; 
tenía aquí un. taladro, que me estaba 
mordiendo el espíritu. Y. reía, con un 
aire sombrío y triste; después me pidió 
qué no refiriera á nadie lo acontecido 
entré-los dos; le aseguré que- eh rigor no 
había acontecido nada. Entraron dos di¬ 
putados y un caudillo de la parroquia-. 
Lobo Neves los recibió con alegría,: al 
principio un tanto fingida, pero.después, 
.natural. AI cabo- de media hora nadie 
hubiera dicho que no era; el más afor¬ 
tunado de los hombres; conversaba, bro¬ 
meaba, y reía, y reían todos. 

: : •:;! capítulo lix , ’ 

. Un encuentro 

Debe ser un vino enérgico la política, 
rué decía yo á mí mismo, al salir de casa 
de Lobo Neves; y seguí andando, andan¬ 
do, hasta que én la calle dé los Barbó¬ 
nos ví un coehej y dentro Uno dé los mi¬ 
nistros, un antiguo compañero de cole¬ 
gio. Nos saludamos afectuosamente, el 
coche siguió, y yo seguí andando, an¬ 
dando, andando... 

•. —Por qué no sería yo. ministro ? 

Esta idea,' luminosa y grande, — tra¬ 
jeada á lo bizarro," cómo diría el padre 
Bernárdes,—ésta idea comenzó unas ca¬ 
briolas' vertiginosas y yo me dejé estar 
con los ojos puestos-en ella, hallándole 
'.'gracia.. No pensé más en lá tristeza de 
Lobo Neves; sentí la atracción del abis¬ 
mo. Recordé al compañero dé colegio, las 
correrías en los cerros, las alegrías y 
travesuras, y comparé el niño con el 




MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


51 


.hombre, y me pregunté á mí mismo por¬ 
que no sería yo como él. Entraba en ese 
momento en el Paseo Público, y todo me 
parecía que dijera lo mismo. — Por qué 
no eres ministro, Cubas ? — Cubas, poi 
qué no eres ministro de listado ? Al otiló, 
una deliciosa sensación me refrescaba 
todo el organismo. Entré, fui á sentar¬ 
me en un banco, á rumiar aquella idea. 

A Virgilk sí que le había de .gustar! Al¬ 
gunos minutos después veo ericaminarso 
hacia mí una figura, que" no iqe pareció 
desconocida. La cónocía, fuese de donde 
fuese. 

Imaginen un hombre de treinta y ocho 
á cuarenta años, alto, flaco y pálido; Las 
ropas, salvo la hechura, parecían haber 
escapado, al cautiverio dé Babilonia - ; el 
sombrero éra contemporáneo del de 
Gessler; Imaginen ahora uná levita, más 
ancha de lo que pedían las carnes,—óy 
literalmente, los huesos:de la persona; 
el color negro iba cediendo el pasó a un 
amarillo sin brillo; el pelo desaparecía 
á trechos; de los-ocho botones primiti- 
• vos quedaban tres. Los pantalones, de 
brin oscuro, tenían dos fuertes rodilleras, 
en cuanto á los bordes estaban roídos por 
los tacones de un. botín sin misericordia 
mi betún- En el' pescuezo fluctuaban las 
■puntas -de una corbata de dos, colores, 
-ambos désmayados;~apretahdo un.; cuello 
. «da -ocho dias. Creo que también llevaba . 
chaleco, un chaleco de seda- oscura, roto 
á trechoa y desabotonado. 

-■-Apuesto que ni me conoce;, señor 
doctor Cubas. • .. '- 

—No recuérdo.... \ ' 

—Soy Borba, Quincas Borba-.. 

: Retrocedí espantado... Quién me die- 
ja ahora la frase solemne, de un Bossuet 
ó de Yiera, para contar t tamaña desola¬ 
os Borba, el gracioso niño 

ptros tiempos, mi compañero de -colé-' 
tnio, tan inteligente y rico... Quincas 
. Bcrba. No; imposible; no podía ser..No 
•'podía acabar de creer que aquella figura 
-escuálida, aquella barba.pintada; de blan- 
- eo, aquel andrajoso avejancado, que toda 
•ésa ruina fuese Quincas Borba.-Pero lo 
era. Los ojos tenían- un resto de la ex¬ 
presión de otros tiempos, y Íá;sonrisa no 
había perdido cierto aire burlón, que le 
era .peculiar. 'Eutre : tanto, él soportaba 
con firmeza, mi espanto. * Al cabo de un 


rato aparté los ojos; si la figura repelía 
la comparación apesadumbraba. 

—No tengo para qué contarle nada, di¬ 
jo él por fin; el señor lo adivina todo.' 
Una vida de. miserias, de tribulaciones 
y de luchas. Se acuerda dé nuestras fies¬ 
tas en que yo figuraba como rey? Que 
voltereta! Acabo mendigo... 

Y alzando la mano derecha y los hom¬ 
bros, con un aire de indiferencia, pa¬ 
recía resignado á los golpes de la fortu¬ 
na, y no sé si hasta contento. Tal vez' 
contento. Con certidumbre, impasible,' 
.No había en él la resignación cristiana 
ni la conformidad filosófica; Parecía que 
la miseria le hubiera encallecido el al¬ 
ma, á punto de quitarle la sensación del 
lodo. Arrastraba los-andrajos, como otro¬ 
ra la-púrpura: con cierta gracia indo¬ 
lente.. 

—Búsqueme, le dije, quizás pueda en¬ 
contrarle algo. 

Una sonrisa magnífica le abrió los la¬ 
bios.—No es ustéd el primero, que me 
promete algo, contestó, y no sé si será! 
el último que no me dará nada. Y para 
qué? Yo nada pido, á no ser dinero; di J 
ñero sí, porque es necesario comer, y* 
las casas de comida no fían. Ni tampoco 
las «qüitandeiras». Una cosa de nada, 
unos dos vintenes de «angú», ni eso fían 
las malditas «qüitandeiras»... Un in¬ 
fierno, mi.-. * iba á: decir mi amigo... 
Un infierno! el diablo! todos los diablos! ' 
Mire, hoy todavía no he almorzado. 
—No? - - ' • 

—No; salí muy temprano' de casa. Sa¬ 
be dónde vivo? En el tercer escalón de 
las gradas de San Francisco, á mano iz¬ 
quierda del que. sube; no hay que gol-' 
péar á. la puerta. Gasa fresca, • extrema¬ 
damente fresca. .Pues salí temprano, y 
todavía no he comido... 

Saqué la. cartera, escogí un billete de 
cinco mil rei?,—el menos limpio,—-y se. 
lo di. El lo recibió con los ojos chispean-/ 
te.Vde codicia. Levantó el papel en el ai¬ 
re, y. lo agitó entusiasmado.' 

—«In hoc ' signo vinces!»—gritó. 

Y después lo besó, con muchos ade¬ 
manes de ternura, y tan ruidosa expan-,' 
sion, que me produjo un sentimiento! 
mixto de fastidio y lástima. El, que era 
sagaz, me comprendió; quedó serio, gro-. 
- •; tes camehte serio, y me pidió disculpa por 



52 


MACHADO DE ASSIS 


íá alegría, diciendo que era alegría de! 
pobre que no veía,, desde hacía muchb 
tiempo, un papel de cinco mil reiS. 

—Pues en sus manos está ver otros 
muchos,—le dije. 

—Sí ?—exclamó, dando un salto ha¬ 
cia mí. - 

—Trabajando,—agregué yo. 

Hizo un gesto de desden; callóse un 
instante; después .me dijo positivamen¬ 
te que no quería trabajar. Yo estaba 
asombrado por aquella abyección tan cí¬ 
nica y tan. triste. 

—No se va. á marchar sin que yo le en-i 
señe míi filosofía de la . miseria,—me di¬ 
jo, abriéndose de piernas delante de mí, 

CAPÍTULO LX 

\ 

E 1' ■ u b r a z o 

Pensé que el pobre diablo estuviera lo- 
cc, é iba á apartarme, cuando él me tomó 
de la muñeca, y me miró, algunos instan J 
tes, el brillante que yo llevaba en. el 
dedo'. Le sentí en la mano unos estre¬ 
mecimientos de codicia, unos pruritos . 
de posesión. 

—-Magnífico!—dijo él. 

Después comenzó á dar vueltas alre¬ 
dedor de mí,' examinándome mucho. 

—El señor se trata bien, decía- Joyas-.; 
ropa fina, elegante y-... Comparé esos 
zapatos con los míos; qué diferencia! 
Malhaya! Dígole que se trata. Y muje¬ 
res? Cómo le va con ellas ? Se ha ca¬ 
sado? . . 

—No... 

—Ni yol . . 

—Vivo en la. calle . . . 

—No quiero saber donde vive,—-inte^ 
rrumpió Quinces Borba.—Si alguna ve? 
nos vernos^ deme otro papel de cinco 
mil reís; pero permítame que no vaya á. 

' buscarlo á su casa. Es una especie de - 
orgullo. 1. Ahora, adiós, veo que. está 
impaciente. 

-—Adiós f ■' 

—Y gracias. Me- permite darle las\ 
gracias de más cerca ? 

Y diciendo esto- me abrazó con tal 
ímpetu que ño pude evitarle. Nos sepa¬ 
ramos finalmente, yo á paso largo, cpn 
. la camisa arrugada por el abrazo, fasti¬ 
diado y. triste. Ya no dominaba en mí 


la parte simpática de la sensación, pero 
sí la otra. Hubiera querido verle la mise¬ 
ria digna. Con todo, nó pude dejar de 
comparar otra vez el hombre de ahora 
con el de antaño, entristecerme y con¬ 
templar el abismo que separa las esperan¬ 
zas de un tiempo, de la realidad de otro¡ 
tiempo. 

—Ahora, adiós! Vamos á comer, me 
dije á mí mismo. 

Llevo la maño al bolsillo, y no hallo- 
el reloj. Ultima desilusión, B.orba me lo 
robara aL darme el abrazo.. 

: CAPÍTULO LXI 

Un proyecto 

Comí triste. No era la falta del reloj lo 
qüe me afligía, era la imagen del autor 
del. hurto, y las reminiscencias de hiño, 
y otra vez la comparación y la conclu¬ 
sión ... Desde la sopa, comenzó 4 abrir¬ 
se en mí la flor amarilla y mórbida del 
Cap. XXV, y entonces comí de prisa,, 
para correr á casa de Virgilia. Virgilia 
era el presente; yo quería refugiarme en 
él, para escapar á las opresiones del pa¬ 
sado, porque el encuentro de Quincas 
Borba volviérame á los ojos el pasado, 
no como fuera en verdad, pero un pasa- 
doroto, abyecto,, mendigo y ladrón. 

Salí.-de casa, pero era temprano; los 
iba a encontrar en la mesa. Otra vez - 
pensé en Quincas Borba, y. tuve enton¬ 
ces un deseo de volver al Paseo Públi-r 
co, á ver si lo hallaba; la idea de rege- 
neraílo me dominó' como una poderosa - 
necesidad.. Fui, pero, ya no lo hallé- Ha¬ 
blé con eí guardián; díjome que efee j 
tivamente «aquel sugeto» iba por allí 
á veces. . • 

• —A qué.horas? 

—No tiene hora fija. 

. No era imposible encontrarlo en otra 
beasion; me prometí á mí mismo volver. 
La necesidad de regenerarlo, de volver-, 
lo al trabajo y al respeto de su persona 
me .1 llenaba el corazón; comenzaba a 
sentir un bienestar, una elevación, una 
admiración de mí mismo.. . En esto 
caía la noche; fui á conversar con Vir-f 
gilia. 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE Bl<AS CUBAS 


53 


CAPÍTULO LXIl 

La almohada .. 

Fui á conversar con Virgilia, y muy lue¬ 
go olvidé á Quincas Borba. Yirgilia era 
la almohada de mi espíritu, una almoha¬ 
da blanda, tibia, aromática, enfundada 
ci: cambrai y bruselas. Era allí que él 
acostumbraba reposar de todas , las sen¬ 
saciones malas, simplemente enfadosas, 

' ó hasta dolorosas. Y, bien pesadas las 
cosas, no era otra la razón de la exis¬ 
tencia de.Yirgilia; no podía ser otra.! 
Cinco minutos bastaron para olvidar en¬ 
teramente á Quincas Borba; cinco mi¬ 
nutos de una contemplación mutua, con 
las manos tomadas unas en otras; cinco 
minutos y un beso. Y allá se fué el re¬ 
cuerdo de Quincas Borba... Escrófula 
de la vida, andrajo del pasado, qué me 
importa que existas, que molestes loa| 
ojos de los demás, si yo poseo dos pal¬ 
mos de una almohada divina, para po¬ 
der cerrar los ojos y dormir? 

CAPÍTULO LXIII 

Huyamos! - 

Ay! no siempre dormía. Tres semanas 
•después, yendo á casa, de Yirgilia,—eran 
las cuatro de la tarde,—la hallé triste y 
abatida. No me quiso decir lo que era; 
pero como yo instara mucho : 

—Creo qué Damian desconfía algo.. 
Noto ahora-unas cosas extrañas en él..'. 
Tío sé..: Me trata bien, no cabe duda; 
pero la mirada parece _que no es la mis¬ 
ma. Duermo mal, aún"la noche anterior 
me desperté aterrada ; estaba soñando que 
•él-me iba á matar. Tal vez sea idea, pero 
creo qué. desconfía. 

La tranquilicé como pude, dijé que 
jodian ser preocupaciones políticas. Vir¬ 
ginia convino en que podian ser; pero 
<pjedó aún más excitada y nerviosa; Es-; 
tábamos en la sala, que daba precisamen¬ 
te sobré la quinta, .donde cambiáramos 
pi beso inicial./ Tina ventana abierta de¬ 
jaba entrar el viento, que. mécia suave¬ 
mente las cortinas, y yo. me quedé mi- 
rando^ las cortinas,. sin verlas- Tomé el 
^nteojo de; lá imaginación; columbraba, 
r ,1° lejos, upa. casa nuestra, una vida 

.r" • ' • V 


nuestra, en la que no habla Lobo Neves, 
ni casamiento, ni moral, ni ningún otro 
vínculo, , que nos limitara la expansión 
de' la voluntad. Esta idea me embriagó; 
eliminados asi el. mundo, la moral y el 
marido, sólo restaba penetrar en aquélla 
habitación''de los ángeles. 

—Yirgilia, le dije, te propongo una 
cosa. 

—¿Qué es? ‘ 

—Me quieres? 

—Oh!, suspiró ella, c.iñendome los! 
brazos al cuello. 

Virgilia me amaba con furia; aque¬ 
lla respuesta era la verdad patente. Con 
los brazos echados á mi cuello, callada, 
respirando mucho, dejóse quedar mirán¬ 
dome, eon sus grandes y bellos ojos, que 
daban una sensación singular de luz hú¬ 
meda; yo me dejé estar mirándolos, aca- 
ariciándole la boca, fresca como la ma¬ 
drugada é insaciable como la muerte. 
Lá belleza de Yirgilia tenia ahora un 
tono grandioso, que no poseía antes de 
casarse. Era una.de esas figuras talladas 
en pentélico, de un trabajo noble, resuel¬ 
to y puro, tranquilamente bella, como 
las estatuas, pero-rio apática ni fría. Por 
el contorno tenia el aspecto de las natu¬ 
ralezas cálidas, y, podía decirse, que, en 
la realidad, resumía, todo el amor. Re¬ 
sumíale sobre todo en aquella ocasión, 
en que expresaba mudamente todo cuan¬ 
to puede decir la pupila humana. Pero 
el tiempo urgía; le aparté las manos, la 
tomé de las muñecas, y, mirándola fija¬ 
mente, le pregunté si tenia coraje. 

—¿Para qué? 

—Para huir. Iremos á donde más nos 
agrade, una casa grande ó pequeña, á t\i 
voluntad, en el campo, en la ciudad, ó 1 
en Europa, donde te parezca, donde na¬ 
die nos fastidie, y no haya peligro para 
tí, donde vivamos el uno para el otro... 
Sí! huyamos. Tarde ó temprano él pue- 
:de descubrir algo, y entonces quedarías 
perdida.... oyes? perdida... muerta... 
y él también, porque yo lo mataría, te 
lo juro. 

Me detuve ; Virgilia. palideció mucho, 
dejó caer los brazos y se sentó en un car 
ñapé. Estuvo asi unos instantes sin decir 
palabra, no sé si vacilante en la resolu¬ 
ción ó si aterrada en la: idea del descu¬ 
brimiento y-la muerte. Fui hacia ella,’ 



54 


MACHADO DE ASSIS 


insistí en la proposición, dijele todas las 
ventajas de una vida á solas, sin celos, 
ni temores, ni aflicciones. Virgiíia me 
«oía callada; después dijo: 

•—No escaparíamos, sin duda; me bus¬ 
caría y lo mismo me mataría: 

Le demostré* que no. El' mundo era 
muy vasto, y yo tenia los medios de vía 
vir donde quiera hubiese jure - y mucho 
sol; él no iría hasta allí; sólo las grandes 
pasiones son capaces de grandes accio¬ 
nes, y él no la amaba tanto que fuera á 
buscarla si huyese muy lejos. Virgiíia hi¬ 
zo un* gesto de sorpresa y casi de indigna¬ 
ción; murrihiró que el marido la quería 
mucho. ¡ 

—Puede ser, — respondí yo; —puede 
ser que sí.... 

Fui hasta la ventana,. y comencé á 
tamborilear con los dedos en el alféizar. 
Virgiíia me llamó; dejéme estar devora-, 
do por mis celos, pensando en estrangu¬ 
lar al marido, si lo tuviese allí á mano .. i 
Justamente, en ese instante,' apareció 
Lobo Neves. Nó tiembles así, lectora pᬠ
lida; tranquilízate que -no he de rubri¬ 
car esta sentencia con una gota de san¬ 
gre. Luego que apareció en la quinta, hí- 
cele un gesto amistoso, acompañado con 
una palabra amable; .Virgiíia se retiró 
apresuradamente de la sala, en la que él 
entró de allí á tres minutos. 

' —-Está aquí ‘ hace mucho rato ?—me 
dijo. 

—No. 

Entró serio, pausado, derramando la 
vista de un .modo distraído, costumbre 
suya, que trocó luego por una verdadera • 
expansión de jovialidad, cuando vió lle¬ 
gar al hijo, al ñoñó, el futuro bachiller 
del Cap. VT; lo tomó en brazos, lo le-. 
ventó en el aire, lo besó muchas veces. 
Yo, que tenía odio al niño, me aparté de 
ambos. Virgiíia volvió é la sala. 

—Ah ¡—suspiró Lobo Neves, repanti- 
(■ gándose en él sofá. : 

-^-Está cansado ?—interrumpí yo,' 

—Mucho; he soportado dos fastidios 
de primer borden, uno . en 1A: cámara y 
otro en la callé. Y aun tendré que agpan- 
• tar el tercero^-—agregó, mirando á la 
- mujer. 

^-Qué hay ?---pregúntÓ'Virgiíia. ' 

—Un.... Adivina 1 . 

Virgiíia se sentó, á su lado, tomóle una 


de. las manos, le arregló la corbata, y 
volvió ¿ preguntar qué había. 

—Nada menos que un palco. 

—Para' la Candiani: 

—Para la Candiani. 

Virgiíia batió palmas, se levantó, dióle 
un beso al. hijo, con un aire de alegría 
pueril, que desentonaba mucho con la 
figura; después, preguntó si el palco era 
de proscenio ó de centro; consultó al ma¬ 
rido, en voz baja, acerca de la toilette 
que se pondría, de la ópera que se canta¬ 
ba, y no sé que otras cosas. 

• —Usted se queda á comer con noso¬ 
tros, doctor,—me dijo Lobo Neves. 

—A eso ha venido él precisamente,— 
confirmó la mujer;—dioe qué usted po¬ 
see elmejor vino que hay en Río de Ja¬ 
neiro. 

—Pues ni por éso bebe mucho. 
Durante la comida, lo desmentí'; bebí 
más que de costumbre; pero aun así 
mucho menos de lo preciso para perder 
la razón. Ya estaba excitado y me puse 
un poco más. Era el primer enojo grande 
que sentía contra Virgiíia. No la miré 
una sola vez durante la comida; hablé de 
política, de los diarios, del ministerio, 
creo, que - hubiera hablado de teología 
si la supiese ó la recordase. Lobo Neves 
me hablaba con mucha placidez y dig- 
' nidad, y hasta con mucha benevolencia 
superior; y todo aquello me irritaba tam¬ 
bién. Me despedí apenas nos. levantamos 
de la mésa. 

—Hasta luego, no ?—preguntó Lobo 
Neves* '■ ; 

' —-Puede ,sey. 

Y salí. 

CAPÍTULO ' LXÍV 

La transacción 

Vagué por las calles, y me recogí 6 ; 
las nueve. No pudiendo dormir me puse 
4 leer y á escribir. A las once estaba 
arrepentido; de no haber ido al teatro, 
consulté el réloj, quise vestirme y salir. 

' Pensé, entretanto,' qué■ llegaría tarde; 
ademas, era dar prueba de flaqueza. Evi¬ 
dentemente, Virgiíia empieza á aburrir¬ 
se dé mí, pensaba: yo. Y esta idea púso-r 
jne sucesivamente desesperado y f^-O, 

• dispuesto á olvidarla y á matarla: Veíala, 
desdé allí , mismo-,, reclinada en el palco/ 



55 


MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


con ¿ub magníficos brazos desnudos,— 
aquellos brazos que' eran míos,—fasci¬ 
nando los ojos de todos, con el vestido 
soberbio que había de tener,, el cuello 
de leche, los cabellos dispuestos en bañ¬ 
ará la moda-del tiempo, y los brillan- 
tes, menos luminosos que los ojos de 
ella..... Yeíála asi y jne dolía que la vie¬ 
sen otros. Después comenzaba á desves¬ 
tirla, á poner á .un lado las joyas y las 
sedas, .4 despeinarla con mis manos im¬ 
pacientes y lascivas, á hacerla—-no sé si 
más bella, 6i más natural—á hacerla mía, 
solamente mía, únicamente mía; 

Al día siguiente, no me pude conté- 
ner; fui temprano 4 casa de Virgilia; 
la hallé’ con los ojos Enrojecidos por el 
llanto; 

—Qué ha sucedido ?—pregunté. 

—Usted no me quiere,—fué su. res¬ 
puesta nunca me tuvo el menor aso- . 
mo dé amor, líe trató anoche como si . 
me tuviese odio. Si yo supiese al menos) ' 
qué fúé lo qué hice 1 Pero no lo sé. lío 
me dirá lo que fúé? ; , . 

—Qué fué qué cosa? Creo que no hubo 
nada. 

' .—-liada ?. Usted me trató' como no se 
trata 4 un perro-. 

Al oir estas palabras, le tomé las ma¬ 
nos, se las besé y dos lágrimas le brota¬ 
ron á los ojos. 

—Todo pasó, todo pasó ya,—dije yo. 

_ No-tuve ánimo para hacerla cargos, y, 
además,, hacerla cargó de qué? No era 
culpable si el inarido la amaba. Díjele 
qué no me había hecho cosa'alguna, que 
tenía necesariamente celos del otro,\que 
no siempre, lo podía soportar c.oii la cara 
alegre; agregué que. tal vefc.hubiera en 
ella mucho disimulo, y qúe el mejor me¬ 
die de cerrar la puerta á los sustos, y á 
litó discusiones era aceptar mi idea de la 
víspera. - . ' 

—He pensado en eso,—dijo Yirgilia; 
una casita solo nuestra, solitaria, escon¬ 
dida en un jardín, én. alguna cálle apar¬ 
tada, ño es eso ? v Hallo , la 'idea buena ; 
pero para- qué huir? 

Dijo esto con. el tono ingenuo y des¬ 
preocupado de quien no piensa én el mal,, 
v la sonrisa que le extendía los ángulos 
de la boca: tenía la misma expresión de:' 
candidez. Entonces, apartándome, resf 
pondí: ' / 


—Usted es quien nunca me ha que-> 
rido. 

—Yo? 

—Sí, es una egoísta! prefiere verme 
padecer todos los días... es una egoísta 
sin nombre. 

Virgilia se echó á llorar, y para no 
atraer gente, se metía el pañuelo en la 
beca, sofocaba los sollozos; explosión 
que me desconcertó. Si alguien la oía, 
se perdía todo. Me incliné-nacía ella, le 
tomé de los brazos, le susurré los nom¬ 
bres más dulces de nuestra intimidad; 
le hice observar el peligro, y el terror la 
apaciguó. ■' 

—No puedo,—decía de allí á algunos 
matantes;—no dejaría á. mi hijo; y si 
me-lo llevara, estoy ciérta que «él» mé 
iría á-buscar al fin del mundo. Ño puedo; 
máteme si quiere, ó déjeme morir... 
Oh, Dios mío! Dios mío! 

•—Tranquilícese, que pueden oirla. • 

—Que oigan, no me importa. 

Estaba aún excitada; le pedí que lo ol¬ 
vidara todo, que me perdonase, que era 
un loco, pero que mi insania procedía de 
ella y que con . ella concluiría. Yirgilia 
se enjugó los.ojos y me extendió la mano. 
Sonreimos ambos; minutos después vol¬ 
víamos al asunto de. la casita solitaria, 
en alguna callé escondida. 

CAPÍTULO LXV 

Espías y escuchas 

Nos interrumpió el ruido de un coche 
que entraba en la quinta. Vino á decir¬ 
nos un esclavo qué era. la baronesa X. 
Virgilia me consultó con los ojos- 

—Si la señora está así con dolor de 
cabeza,—dije, ; —me parece que lo mejor 
es no, recibir. ^ 

—Ya bajó del carruaje?—le preguntó 
Virgilia al esclavo. 

—Ya bajó; dice que tiene mucha ne¬ 
cesidad de . hablar con el ama. 

^Que pase. 

La baronesa entró de allí á -poco. No 
s¿ si contaba con encontrarme en la sa¬ 
la; pero era imposible demostrar mayor 
alborozo. 

. —Felices los ¿jos que lo ven!—excla¬ 
mó. Dónde sé esconde el señor, que no 
' se le halla en ningúna-parte ? Anoche rae 
llamó la .atención no verlo en el teatro. 



.56 


MACHADO DE ASSIS 


La Candiani estuvo deliciosa. Qué mu¬ 
jer! Le gusta la Candiani? Es natural. 
.Los hombres todos son iguales.'El barón 
decía anoche en el palco qué una sola 
italiana vale por cinco brasileras. Qué 
insolencia! é insolencia de viejo, que es 
peor. Pero por qué no fué anoche el se- 
ñor al teatro. 

—Una jaqueca. 

—Vamos! Algunos amores; no le pa¬ 
rece, Virgilia? Pues amigo mío, apúrese, 
porque el señor ha de andar por los cua¬ 
renta. .. ó cerca de eso ... No tiene cua¬ 
renta años ? 

—No le puedo decir‘con certidumbre, 
respondí; pero si me permite, voy á con¬ 
sultar la fé. de bautismo.; 

^j-Vaya, vaya..'.'.y. extendiéndome la 
mano:—Hasta cuando? El sábado que¬ 
damos en casa; el 1 barón esta con unos 
deseos de verlo. 

Al llegar á la calle me arrepentí de 
haber salido. La baronesa era una de 
las personas .que más descontítiba de nos¬ 
otros. Cincuenta y cinco años que pa¬ 
recían-cuarenta, amable, risueña, vesti¬ 
gios de belleza, porte -elegante y mane¬ 
ras finas. No hablaba mucho ni siem¬ 
pre; poseía el gran arte de escuchar á 
los demás, espiándolos.; sé reclinaba en¬ 
tonces en. la silla, desenvainaba una mi¬ 
rada afilada y aueha, .y se dejaba estar. 
Los demás, no sabiendo’ lo que era, ha¬ 
blaban, miraban, gesticulaban, á la vez 
que ella solo miraba, ora fija, ora móvil,. 
llevando la astucia al punto de mirar á 
veces dentro de sí, porque dejaba caer 
los párpados; pero, como las pestañas 
formaban rejilla, la mirada continuaba 
su oficio, inquiriendo el alma y la vida 
de los demás. 

, Lá segunda persona era un pariente 
de Virgilia , Vie gas, un zancarrón de se¬ 
tenta inviernos,"ühupado y amarillento, 
que padecía de un reumatismo obsti¬ 
nado, de ún asma no menos obstinada y 
de una lesión al corazón: era un hospi¬ 
tal concentrado. Los ojos sin embargo^ 
le brillaban con .mucha vida y salud. Vir¬ 
gilia, en las primeras semanas, no le te- 
'nía.ningún miedo; me decía que, cuando 
Viegas parecía estar cspíapdó, con la 
mirada fija, estaba simplemente contan¬ 
do, dinero. En efecto, era un gran avaro'. 

Había además el primo de Virgilia,. 


Luís Dutra, que yo desarmaba ahora á 
fuerza de hablarle de sus versos y pro¬ 
sas, y de presentarlo á mis relaciones. 
Cuando éstas,, ligando el nombre á la 
persona; se mostraban satisfechos de la 
presentación, no cabía .duda que Luís 
Dutra se exaltaba de felicidad; pero yo 
me preocupaba de su felicidad con la 
esperanza de que él no nos denunciase 
nunca. Había, por fin, dos ó tres seño¬ 
ras, varios galanteadores, y los fámulos, 
que naturalmente se vengaban así de su 
condición servil, y todo eso constituía 
una verdadera floresta de escuchas y es¬ 
pías, por .entre los cuales teníamos que 
deslizamos con la táctica y la suavidad 
de las serpientes. 

capítulo lxvi 

Las piernas 

Mientras yo pensaba en aquella gente, 
las piernas me iban llevando, calles abajo, 
de modo que insensiblemente me hallé á 
la puerta .del hotel Pharoux. Tenia la 
-costumbre de comer allí; pero, no ha¬ 
biendo ido deliberadamente, ningún mé¬ 
rito me cabe en la acción, y sí á las pier¬ 
nas* que la hicieron. Benditas piernas! 

Y hay quien os trate con desdén ó indi¬ 
ferencia- Yo mismo, hasta entonces, á 
penas os tenía en Cuenta, me enojaba 
cuando os fatigabais, cuando no podiais 
ir más allá de cierto punto, y me dejabais 
voceando con ed deseo, á semejanza de 
la galliná Con las patas atadas. 

Aquello, sin- embargo, fué un rayo do 
luz. Sí, piernas amigas, vosotros dejas¬ 
teis ámi cabeza el trabajo de pensar en 
Virgilia, y ós digisteis una á la otra:— 
El necesita córner, es hora de sentarse 
á la mesa, vamos á llevarlo á lo de Pha¬ 
roux; dividamos su conciencia, -que una 
parte quede allá con la dama, tomemos 
nosotras la. otra, para que camine dere¬ 
cho, no tropiece con las gentes y los co¬ 
ches, saque el sombrero á los conocidos, 
y finalmente llegue sano y salvo al hotel. 

Y cumplisteis acábadámente vuestro pro¬ 
pósito, amables piernas, lo que me obligír 
á inmortalizaros en esta página. 




MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS COBAS 57 


CAPÍTULO LXV1I 

La casita 

Comí y me marché á casa. Allí encon¬ 
tré una, caja de cigarros que me mandara 
Lobo Neves, envuelta en papel de seda, 
v adornada con cintas color de rosa. En¬ 
tendí, la abrí y saqué este billete: 

«Mi B,. . 

«Desconfían de nosotros; todo está 
perdido; olvídeme para siempre. No nos 
veremos más. Adiós; olvídese de la in¬ 
feliz. 

«V... .a.» 

\ : . 

Esta cartá fué un golpe; no obstante, 
á penas cerró la noche, corrí á casa de 
Virgilia. . Era tiempo; estaba arrepen¬ 
tida. En el vano de una ventana, me 
contó lo que le había pasado con lá baro¬ 
nesa. La baronesa, le dijo francamente 
que se hablaba mucho en el teatro,-la no¬ 
che anterior, á propósito de mi ausencia 
del palco de Lobo Neves; habían comen¬ 
tado mis relaciones en la casa; en suma, 
éramos objeto de la sospecha pública; 
Concluyó diciendo, que .no sabia que 
hacer. 

—Lo mejor es que huyamos, insinué. 

—Nunca, respondió meneando la ca¬ 
beza. 

Vi que era imposible separar dos co¬ 
sas que en el espíritu de ella estaban en¬ 
teramente ligadas: nuestro amor y la 
consideración pública. Virgilia era ca¬ 
paz de iguales y grandes sacrificios para, 
conservar ambaá ventajas, y la fuga sólo, 
le dejaba una-' Talvez sentí algo- pare¬ 
cido á despecho; pero las conmociones 
de aquellos dos días eran ya muchas, y- 
.el despecho murió en-seguida. Está bien-, 
busquemos la casita. 

En efecto, la hallé, días después, ex-, 
presamente' hecha, en un rincón de la 
Gamboa. Un dige! Nueva, recien pintada; 
con cuatro ventanas al. frente y dos á cada 
lado,—todas con persianas color ladrillo, 

- enredaderas en lqs ángulos, jardín, al 
frente; misterio y soledad. Un dige! 

.. Convenimos en que iría á vivir allí una 
mujer, conpcida de Virgilia, en cuya casa 
iuera costurera y agregada. Virgilia ejer¬ 
cía sobre ella una vérdadera fascinaciotí. 


No se le diría todo; ella aceptaría fácil¬ 
mente el resto. 

Para mi era aquello una situación nue- 
vfi de nuestro amor, una apariencia de po¬ 
sesión exclusiva, de dominio absoluto, 
algo que me adormecía la conciencia y 
conservaba el decoro. Ya estaba cansado 
de las cortinas del otro, de las sillas, de las 
alfombras, del canapé, de todas esas cosas 
que me ponían constantemente bajo los 
ojos nuestra,duplicidad. Ahora podría 
evitar las comidas frecuentes, el té de 
todas las noches, en fin, la presencia del 
hijo de ellos, mi- cómplice y mi enemigo. 
La casa me resguardaba de todo: él mun¬ 
do terminaría en su puerta; de allí para 
adentro era el infinito, un mundo eterno, 
superior, excepcional, nuestro, solamente 
nuestro, sin leyes, sin instituciones,* sin 
baronesas, sin espías, sin escuchas,—un 
selo mundo, una sola pareja, una sola 
vida, una sola voluntad, un solo afecto 
—la unidad moral de todas las cosas por 
la exclusión de las que eran contrarias. 

CAPÍTULO. LXV1I1 

El azote 

Tales eran las reflexiones que yo iba 
haciendo, Valongo afuera, luego de ver 
y ajustar la casa. Me interrumpió un des¬ 
orden; era un negro que daba de azotes 
á otro en la plaza. El otro no se atrevía 
á huir; gemía solamente estas únicas pa¬ 
labras: «No, perdón mi amo, mi amo, 
perdón!» Pero el primero no hacía caso, 
' y, á cada súplica, respondía con una nue¬ 
va azotaina. 

—Toma, diablo! decía; toma mas per¬ 
dón, borracho! 

—Mi amo! gemía el otro. 

—Cállate la boca, bestia, replicaba el. 
del azote. 

Me detuve, miré... Cielo santo! Quién 
había de ser el del azote? Nada menos 
que mi negrito Prudencio,—el que mi pa¬ 
dre libertara algunos años antes. Me 
auroximé, él se detuvo en seguida y me 
pidió la bendición; le pregunté si aquel 
negro era esclavo suyo. . 

—Es, si, ñoño! 

—Te ha hecho alguna picardía? 

—Es un vago y un bortachón. Anoche 
, mismo lo dejé en la «quitanda», mientras 




58 


MACHADO DE ASSIS 


bajaba á la ciudad, y dejó sola la quitan¬ 
da para irse á beber al almacén. 

' —Está bueno, perdónalo, dije yo. 

—Como no, üoñó! Ñoño manda, no 
pide. Entra para casa, borracho! 

Salí del grupo que me miraba sorpren¬ 
dido y cuchicheando sus conge turas. Se¬ 
guí mi camino, haciendo una infinidad 
de reflexiones, que siento haber entera¬ 
mente olvidado; pues hubieran sido ma- 
tefía para un buen capítulo, y talvez ale¬ 
gre. A mi me gustan los capítulos ale¬ 
gres, es mi flaco. Exteriormente, era tris¬ 
te el episodio de Valongo; pero solo ex¬ 
teriormente. ■ Luego que. hundí mas 
adentro el cuchillo del raciocinio le hallé 
una médula alegre, fina y hasta profunda. 
Aquel era un modo que tenía Prudencio 
de deshacerse de ios golpes recibidos,— 
transmitiéndolos á otros. Yo, cuando ni¬ 
ño, ló montaba como caballo, le ponía un 
freno én la boca, y lo molía sin compa¬ 
sión; él gemía y‘sufría. Ahora, sin em¬ 
bargo, que era libre, disponía de si mis¬ 
mo, de los brazos, de las piernas, podia 
trabajar, holgar, dormir libertado de la 
antigua condición, ahora es que él se des¬ 
cartaba. Compró un esclavo, é íbale car¬ 
gando con alto' prémio, las cantidades 
qué de mí recibiera. Véan si era sutil el 
tunante-! 

capítulo lxix- 

Una pizca de necedad 

Este caso me hace recordar un loco 
que conocí. Se llamaba Romualdo y pre¬ 
tendía ser Tamerlan. Era su grande y 
única manía ‘y tenía una curiosa mane¬ 
ra de explicarla. 

'—Yo soy él ilustre Tamerlan,—decía. 
—Antiguamente era Romualdo, pero en¬ 
loquecí, y tomé tanto tártaro, que me 
volví tártaro, y hasta llegué á. rey de los 
tártaros. El tártaro tiene naturalmente 
la virtud de hacer tártaros. 

Pobre Romüaldo ! La gente se reía de 
la ocurrencia, pero es probable que el lec¬ 
tor no ría,’y .con razón; yo no" le hallo 
'gracia alguna. Oída tenía algún chiste; 
pero así contada, en el papel, y apropósi¬ 
to de un azote recibido y transferido, 
fuerza es confesar que es mucho mejor 
volvér á la casita de la Gamboa; dejemos 
á los Romualdos y los Prudencios. 


capítulo lxx 

Doña Plácida 

Volvamos á la casita. No serías capaz 
de entrar á ella hoy, curioso lector; enve¬ 
jeció, ennegreció, destartalóse, y el pro¬ 
pietario la hizo echar abajo para susti¬ 
tuirla por otra, tres veces mayor, pero 
te juro que tres veces menor que la pri¬ 
mera. El mundo era estrecho para Ale¬ 
jandro; un desvan del tejado es el infi¬ 
nito para las golondrinas. 

Contemplad ahora la neutralidad de 
este globo, que nos lleva, á través de los 
espacios, como una^ lancha de náufragos, 
que va á dar á la. costa: duerme hoy una 
pareja de. virtudes en el mismo espacio 
de suelo que soportó una pareja de pe¬ 
cados. Mañana puede dormir allí un ecle¬ 
siástico, después un asesino, después un 
herrero, después un poeta, y todos ben¬ 
decirán ese rincón de tierra, quedes dió 
algunas. ilusiones. ■ 

Virgilia hizo de aquello ún chiche 
escogió los muebles más apropiados, y 
los dispuso con la intención estética de 
• la mujer elegante; yo llevé para allá al¬ 
gunos libros, y todo quedó bajo la-guar¬ 
da de doña Plácida, supuesta, y bajo 
ciertos aspectos, verdadera dueña de la 
casa* 

Le costó mucho aceptar la cósa; adi¬ 
vinó la intención, y dolíale el oficio; pero 
al final cedió. Creo que lloraba, al prin¬ 
cipio: estaba fastidiada consigo misma.' 
A lo menos, es cierto que no fijó sus ojos 
en mí durante los dos primeros meses; 
hablaba con la vista baja, seria, ceñuda, 
á veces triste. Yo quería halagarla, y nó 
me daba por ofendido, la trataba cdn ca-- 
riño y. respeto; forcejaba por conseguir 
1¡u benevolencia, luego su confianza, ima¬ 
giné una historia patética de mis amo¬ 
res con Virgilia, un caso anterior al ca¬ 
samiento, la resistencia del padre, la 
dureza del marido, y no sé que otros to¬ 
ques de novela. Doña Plácida no rechazó 
una sola página de la novela; las acep¬ 
tó todas. Era una necesidad de la con¬ 
ciencia. Al cabo de seis meses el que nos 
hubiera visto á los tres juntos, hubiera, 
creído, que doña Plácida era mi suegra- 
No fui ingrato; le creé un peculio de 
cinco contos,—los cinco contos hallados 



MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 59 


en Botafogo,—como un pan para la ve¬ 
jez. Doña Plácida me dió las gracias con 
lágrimas en los ojos', y nunca más dejó 
de rezar por mí, todas las noches, delan¬ 
te de una imagen de la Virgen, que tenía 
en su cuarto. Fué así que se le acabó el . 
enojo. 

CAPÍTULO LXXI 

El defecto del libro 

Comienzo á arrepentirme de este li¬ 
bro. No es que él me canse; yo nada 
tengo que hacer; y, realmente, expedir 
algunos magros capítulos para ese mun¬ 
do siempre es tarea que distrae un poco 
de la eternidad. Pero el libró es enfado¬ 
so, huele á sepulcro, tiene cierta con¬ 
tracción cadavérica; vicio grave, y por 
oira parte ínfimo, porque el mayor de¬ 
fecto de ; este libro eres tú, lector. Tú 
tienes prisa en envejecer, y el libro an¬ 
da despacio; tú amas la narración rápi-" 
da y nutrida, el estilo regular y fluido, y 
este libro y mi estilo son como ios 
ebrios, guiñando á la derecha, á la iz¬ 
quierda, andan y se detienen, rezongan, 
ahullan, lanzan carcajadas, amenazan al 
cielo, dan costaladas y caen... 

Y caen! Hojas misérrimas de mi ci¬ 
prés, habéis de caer como otras bellas y 
vistosas; y, si yo tuviese ojos, os dedicaría 
una lágrima de «saudades». Esta es la 
gran ventaja de la muerte, que, si no 
deja boca para reir } tampoco deja ojos 
para llorar... Habéis de caer. 

CAPÍTULO. LXXII 

El bibliómano 

Tal vez suprima el capítulo anterior; 
entre otros motivos, hay en él, en las úl¬ 
timas líneas, una frase que parece un 
'despropósito, y yo no quiero dar pastó 
4 Ja crítica-del futuro. 

Observad: de aquí á setenta ¿ños, un 
sujeto flaco, amarillo^- grisáceo, qüe no 
ama ninguna otra cosa fuera de los li¬ 
bros, se inclina sopre la página anterior, 
para ver si.le descubre el despropósito; 
lee, relee, desarticula las palabras, saca 
úna pilaba, después otra, y las restantes, 
las examina por dentro y por fuera, pór 
todos los lados, contra la luz, las desen- 
polva, las restriega : sobre la rodilla, las 
lava, .y nada, no halla el despropósito. 


Es un bibliómano. No conoce al au¬ 
tor; este nombre de Blas Cubas no se 
encuentra en sus diccionarios biogrᬠ
ficos. Halló el volumen, por casualidad, 
en la covacha de un librero de viejo. 
Lo compró por doscientos* reis. Inda¬ 
gó, pesquisó, refistoleó, y vino á descu¬ 
brir que era un ejemplar único... Uni¬ 
co! Vosotros, que no sólo amais los li¬ 
bros, sino que padecéis la manía de ellos, 
vosotros sabéis muy bien el valor de esta 
palabra, y adivináis por lo tanto, las de¬ 
licias de mi bibliómano. El rechazaría 
la corona de las Indias, el papado, todos 
los museos de la Italia y de la Holanda, 
si los 'hubiera de trocar por ese único 
ejemplar; y no porque sea el de mis «Me¬ 
morias» ; haría ló mismo con el almana¬ 
que de Láemmert, toda vez que fuese 
único. 

Lo peor es el despropósito. Ahí con¬ 
tinúa el hombre inclinado sobre la pági¬ 
na, con un lente bajo el ojo derecho, todo 
entregado á la noble y áspera función 
de desafiar el despropósito- Ya se prome¬ 
tió á sí mismo escribir una breve me¬ 
moria, en la que relatará el hallazgo det 
libro y el descubrimiento de la sublimi¬ 
dad,- si la hubiera debajo de aquella fra¬ 
se oscura. Al cabo no descubre nada y 
se contenta con la posesión. Cierra el 
libro, lo mira, lo remira, acércase á la 
ventana, y lo muestra al sol. TTn ejem¬ 
plar único! En ese momento, pasa por 
debajo de la ventana un César ó únl 
Cromwell, camino del poder. El les vuel¬ 
ve la espalda, cierra la ventana, estirase- 
en la red y hojea el libro lentamente, 
con amor, á sorbos... Un ejemplar 
único. 

CAPÍTULO LXXHt 

EL « 1 u n c. h e o n » 

‘ El despropósito me ha hecho perder 
otro capítulo. Cuánto mejor hubiera si¬ 
do decir las cosas, llanamente, sin todos 
estos traqueteos! Ya he comparado mi 
estilo al andar de. los ebrios. Si la idea 
.os parece indecorosa, diré que él es lo que 
eran mis refrigerios con Virgilia, en la 
casita de Gamboa, donde 4 veces hacía¬ 
mos nuestra merienda, nuestros «lun- 
ebeon». Vino, fruta, compotas. Comía¬ 
mos, es verdad, pero era un comer punr 


60 


MACHADO DE ASS1S 


tuado con palabritas dulces, miradas) 
tiernas, niñerías, una infinidad de esos 
apartes del corazón, por otra parte el 
verdadero, el no interrumpido discurso 
del amor. A veces venía el enojo á cortar 
la nimiedad dulzona de la situación. Ella, 
me dejaba, se refugiaba en un rincón 
del canapé, ó iba al interior á oir los 
melindres de doña Plácida. Cinco ó diez 
minutos después, reanudábamos la con¬ 
versación, como yo reanudo la narración, 
para desatarla otra vez. Nótese que le¬ 
jos de tener horror al método, era nues¬ 
tra costumbre invitarlo, en la persona 
de doña Plácida, á sentarse con nosotros 
á la mesa; pero doña Plácida no acep¬ 
taba nunca. 

—Usted parece que va no me quiere,— 
díjole un día Virgilia. 

—Virgen Nuestra Señora!—exclamó la. 
buena doña Plácida levantando las ma¬ 
nos al techo. — Que no'quiero á Yaya! 
Pero entonces, a quién querría yo en este 
mundo? 

Y, tomándola de las manos, la miró 
fijamente, fijamente, fijamente, hasta 
mojársele los ojos, de tan fijo que la- mi¬ 
raba. Virgilia la acarició mucho; yo le 
dejé alguna plata en el bolsillo del- ves¬ 
tido*. 

capítulo lxxiv 

Historia de Doña Plácida 

No te arrepientas de ser generoso; la 
platita me valió una confidencia de Doña 
Plácida, y de consiguiente este capítulo. 
Días después, como la hallase sola en la 
c-asa, nos pusimos á conversar, y elila me 
contó en breves términos su historia. 
Era hija natural de un sacristán de la 
’ Sé y de una mujer que hacía dulces para 
afuera. Perdiera' al padre á los diez años. 
Ya entonces rallaba coco y hacía no sé 
que otros trabajos de dulcería) compati¬ 
bles con la edad. A los quince ó dieciseis 
años casó con un sastre, que murió tísico 
algún tiempo déspues, dejándole una 
hijita. Viuda y joven, quedaron á su 
cargo la hija, de dos años, y la madre,- 
cansada de trabajar. Tenía que susten¬ 
tar á tres personas. Hacía dulces, qüe 
• era su oficio) pero también cosía; de día 
y de noche, con ahinco, para tres ó cuá-- 
i tro tiendas, y enseñaba á algunos niños- 


del barrio, á diez «tostones» por mes. 
Cou esto se iban pasando los años, no 
' la belleza, porque no la tuviera nun¬ 
ca. Apareciéronle algunos galanteadores, 
propuestas, seducciones, á las que resistía. 

—Si hubiera podido, encontrar otro 
marido, me decía, creo que me hubiera 
casado; pero nadie se quería casar con¬ 
migo. 

Uno de los pretendientes consiguió ha¬ 
cerse aceptar; no era, sin embargo, más 
delicado que los otros. Doña Plácida lo 
despidió del mismo modo, y, después de 
despedirle, ' lloró mucho. Continuó co¬ 
siendo para afuera y espumando tachos. 
La madre estaba malhumorada por el 
temperamento, los años y la necesidad; 
mortificaba á la hija por que aceptase 
uño de los- maridos de prestado y de oca¬ 
sión que la pedían. Y gritaba:' 

—Quieres ser mejor que yo? No se 
s de donde sales con esos aires de persona 
rica. Mi amiga, la vida no se arregla co¬ 
mo uno quiere; no se come viento. «Ora 
esta!» Mozos tan buenos como Policarpo 
el de la tienda, pobrécito... Esperas al¬ 
gún hidalgo, no es eso? 

Doña Plácida me juró que no había 
esperado hidalgo alguno. Era su incli¬ 
nación. Quería ser casada. Sabía muy 
bien que la madre no lo había sido, y 
conocía algunas que tenían solo su hom¬ 
bre; pero era su inclinación y, quería 
ser casada. No quería tampoco que la hija 
fuera otra cosa. Trabajaba mucho, que- 
- maridóse los dedos al fuego, y los ojos al 
candelero, para comer y no caer. Enfla¬ 
queció, enfermó, perdió la madre, la en¬ 
terró por suscripción, y continuó traba? 
jando. La hija'tenía catorce años: pero 
era muy. flaquita y no hacía nada, á no ser 
enamorar á los mozal vetes óue le ronda¬ 
ban la reja. Doña Plácida vivía preocu¬ 
padísima, llevándola consigo, cuando te¬ 
nía que entregar costuras. La. genio de 
las tiendas abría y guiñaba los ojos, con¬ 
vencida de que ella la llevaba para pescar 
marido ú otra cósa. Algunos decían gra¬ 
cejos, otros hacían requiebros; la madre 
llegó á recibir proposiciones de dinero. 

Calló un instante, y continuó luego: ' 

—Mi hija se me huyó; fué con un suje¬ 
to, que no quiero recordar.. v Me dejó 
sola; pero tan triste, tan triste, que pen¬ 
sé morir. No tenía á nadie más en el mun- 




61 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 


do y estaba casi ciega, y enferma. Fué 
por ése tiempo'que conocí á, lá familia de 
Yaya: buena gente, que me dió trabajo, y 
y hasta llegó á proporcionarme ca9a. Es¬ 
tuve allí muchos .meses^un año, mas de 
un año, agregada, cosiendo. Salí cuando 
Yaya se casó. Después vivía como Dios 
quiso. Mire mis dedos, mire estas manos... 
Y me mostró unas manos gruesas y 
agrietadas, con las puntas de los dedos 
picados por la aguja.—No se crían estas 
cosas de nada, mi señor,; Dios, sabe como 
es que se crían.. . Felizmente Yaya me 
protegió, y el señor doctor también... 
Yo tenía miedo de acabar en la calle pi¬ 
diendo limosna... . 

Al decir la última frase, doña Plácida 
tuvo un escalofrío. Después, como si vol¬ 
viese en sí, pareció reparar en la incon¬ 
veniencia de aquélla confesión al amante 
de úna mujer casada, y sé puso á reir, á 
desdecirse, .á llamarse tpntá, «llena de 
remilgues», como lé decía la madre; por 
fin, cansada con mi silencio, sé retiró de 
la sala. Yo quedé mirándome la punta del 


botín. 

CAPÍTULO LXXV 



A solas 



Pudiendo suceder que. alguno de mis 
lectores haya saltado el capítulo' anterior,' 
observaré qué es preciso leerlo para en¬ 
tenderlo que me dije á mi mismo, así que 
doña Plácida, salió de lá.sala. Lo que yo 
dije fué esto: 

—Así, pues, el sacristán de' la Sé, un 
día, ayudando á misa, vió entrar una 
dama que debía ser’su colaboradora en 
la vida de doña Plácida. La vió otros días, 
durante semanas enteras; gustó de ella, 
díjole alguna gracia, le pisó, el pié al en¬ 
cender los cirios de los altares, en los 
dias-de fiesta. Ella gustó de él, ¿e aoerca- 
ron, se amaron. De esa conjunción de lu¬ 
jurias sueltas brotó doña- Placida. Es dé 
creer que- doña Plácida no hablase aun 
cuando nació, pero si hubiera habla¬ 
do habría podido' decirles á los auto¬ 
res d¿ sus dias:—Aauí estoy. Para-,que 
me han llamado? Y el sacristán y la- sa¬ 
cristana naturalmente le habrían respon¬ 
dido:—Té llamamos para que te quemes 
los dedos en los tachos, los ojos en Iíw 


costura, comer mal, ó no comer, andar 
de un lado para otro, en la faena, en¬ 
fermando y convaleciendo, con el fin de 
volver á enfermar y convalecer otra 
vez, triste ahora, luego desesperada, 
inuñana resignada,- pero siempre con las 
manos en el tacho y . los ojos en la cos¬ 
tura, hasta acabar en el lodo ó en el 
hospital; fué para .eso que te llamamos 
en un momento de simpatía. 

» . CAPÍTULO LXXVJ 

El estiércol 

De pronto la conciencia tuvo un arran¬ 
que, y me acusó de haber hecho capitu¬ 
lar la probidad de doña Plácida, obligán¬ 
dola á desempeñar un papel torpe, des¬ 
pués de una larga vida de trabajo y pri¬ 
vaciones. Medianera no era mejor que 
concubina, y yo la había hecho descen- 
, der á ese oficio, mediante obsequios y 
dineros./Fué lo que me dijo la concien¬ 
cia; quedé unos diez minutos sin saber 
qué replicarle. Ella me observó que yo 
me aprovechara de la fascinación que 
ejercía Virgilia sobre la ex-costurera, 
de la gratitud de ésta, en. fin, de.'la ne¬ 
cesidad. Recalcó la resistencia de doña 1 
Plácida, las lágrimas de los primeros 
días, las caras serias, los silencios, la vis¬ 
ta baja, y mi arte en soportar todo esto, 

; hasta vencerla. Y me increpó otra, vez 
do un modo irritado y nervioso. 

Convine en que así era, pero alegué 
que la vejez de doña Plácida estaba aho¬ 
ra al abrigo de la mendiguez: era una 
compensación. Si no fuesen mis amores, 
probablemente doña Plácida hubiera aca¬ 
bado como tantas otras criaturas huma¬ 
nas ; de donde podía deducirse que el vi¬ 
cio es el estiércol de la virtud. ,Lo que no 
impide que la virtud sea una flor per¬ 
fumada y sana. La conciencia convino 
en ello, y yo fui á abrirle la puerta 
i Virgilia. 

• ' CAPÍTULO LXXVII 

Entrevista 

Virgilia entró risueña y tranquila. El 
tiempo se había llevado los sustos y mor¬ 
tificaciones. Qué dulce era verla llegar, 



62 


MACHADO de assis 


en los primeros días, avergonzada y tré¬ 
mula ! Iba en coche, velado el rostro, 
envuelta en. una especie de manto que 
le disimulaba las ondulaciones del ta¬ 
lle. La primera xez dejóse caer en el ca¬ 
napé, sofocada, escarlata, con los ojos 
puestos ,en el suelo; y, palabra! en nin¬ 
guna otra, ocasión la hallé tan bella, tal 
vez porque nunca me sentí más lison¬ 
jeado. 

.Ahora, sin embargo, como decía, ha¬ 
bían, acabado los sustos y mortificacio¬ 
nes; las entrevistas entraron en el pe¬ 
ríodo cronométrico. La intensidad del 
amor era la misma; la .diferencia estaba 
en que 1¿ llama perdiera la vehemencia 
do los primeros días para constituir un 
simple haz de rayos, tranquilo y cons¬ 
tante,. como en los matrimonios. 

—Estoy muy enojada con usted,—^dijo 
ella sentándose. . • 

—Por qué? 

-—Porqué' no fué á- casa anoche, como 
me habíá dicho. Bamian preguntó mu¬ 
chas veces si usted no iría al menos á 
tomar tina -taza de té. Por qué ¿o píe i 

En eféeto, y ó había faltado Ala pala¬ 
bra que diéra, y_la cúlpa ; era toda de Vir-... 
gilia.. Cuestión de celos. Aquella mujer 
espléndida sabía que lo era,.y gustaba de 
oifló I decir, fuera, en voz alta ó en voz 
baja. La antqvíspéra en casa de la baro¬ 
nesa, bailó dos vece& con el mismo mo- 
zalvete, después d,e oir sus galanterías, 
en'el rincón dé úna ventana. .Estaba-tan 
alegré, tan. erisirirismada, tari Nena dé 
sí! 'Cuando- descubrió én mi ceño la' arrn- - 
:’gn; interrogativa y atrienazadpra, no tu¬ 
vo ningún sobresalto, ni se . puso súbi¬ 
tamente seria; pero arrojó al mar al ga¬ 
lanteador y. sus cortesanías. Vino des¬ 
pués hacia mí, me fpmó del brazo, y mé ; 
llevó á otra sala, menos co'ncurrida, don- 
"dc.sé me quejó del cansancio, y. dijov mu- 
- cíias otras. cosas; con. él airé pueril que 
.acostumbraba tener, en .ciertas ocasio- ' 
v riés, -y yo la oí cási sin responder nada.; - 
>. Ahora mismo, mé costaba responder 
algo, pero: on fin, le conté el motivo-dé mi 
Suéencia..-. No, eternas estrellas, nunca 
vi ojos más 'asombrados. La boca sémi- 
abierta, las cejas arqueadas,' riña estu¬ 
pefacción visible,, tangible, que'no.sé po¬ 
día riiegár; tal fué ,1a primer réplica -de 
Virgilio; meneó la cabeza con una son¬ 


risa de ternura y piedad, que entera- 
. mente me confundió. 

V —Qué hombre! 

Y fué á quitarse el sombrero, alegre, 
jovial, como una chica , que vuelve del 
colegio; después vino á mí, que estaba 
sentado, y dióme golpecitos en la cabe- 
Z:v con un solo dedo, repitiendo:—Esto 
es lo que merece, esto;.y yo no tuve más 
remedio que reir también, y todo aca¬ 
bo en broma. Era claro qué yo me había 
equivocado- 

CAPÍTULO LXXVIII 

La presidencia 

Cierto día, meses después, entró Lobo 
Neves en su casa, diciendo que tal vez 
iría á ocupar una presidencia de pro¬ 
vincia. Miré-á Virgilia que palideció; 
él, que la vió palidecer le preguntó: 

—;De manera que no té gusta, Virgin 
. lia? - 

- . Virgilia meneó la cabeza. 

—-No me agrada mucho,—fue su res¬ 
puesta. - ' - 

■ No : se dijo riada-más; pero por la no¬ 
che Lobp Neves irisistió en su proyecto* 
un poco más resueltamente que por la. 
.tarde; dos días después le declaró á la 
mujer .que la presidencia era cosa defi¬ 
nitiva. Virgilia: no. pudo disimular la xe->. 
púgnáncia que aquello le causaba^ El 
-.marido respondía; á todo con las nece¬ 
sidades dé la política. -. 

—No puedo negar lo que irie piden, 
y hasta és conveniencia nuestra, de núes-* 
tro futuro,' de. tus blasones, ini amor, 
porque yo te prometí que serías marque¬ 
sa, y .ni baronesa eres siquiera. Dirás que 
soy ambicioso! La soy, es cierto, pero 
es preciso. que no me pongas un peso en 
.las alas-dé la'ambición, 

V - Virgilia quedó algo desorientada. Al 
día siguiente la. hallé triste, en la casa 
de la Gamboa, esperándome; le había 
dicho todo á dóüa Plácida, que trataba 
de consolarla como podía. No quedé yo 
menos abatido.-. . 

—Usted, tiene qué ir'non . nosotros,-— 

• nie dijo Virgilia. , 

—Está loca ¡ "Sería una insensatez. 

.. —Pero éntonces ... ? 

—Entonces és necesario desbaratar el 
proyecto. . - 



MEMORIAS PÓSTUMAS DE Bl.AS CUBAS ■ 63 


' —Es imposible. 

—Ya aceptó? 

—-Parece que sí: 

: Me levanté, tiré el sombrero sobre una 
silla y me pusié á pasear de un lado para 
otro, sin sabeKlo^que hacía. Medité lar¬ 
gamente y no hallé nada. Por fin me 
acerqué á Virgilia, -que estaba Sentada, 
y le tomé la manó; doña Plácida se fué 
.á la ventana- 

—En esta manecita está toda mi exis¬ 
tencia,— dije yo; —usted responde de 
ella, haga lo que le parezca. 

Virgilia. hizo,un gesto de aflicción; yo 
•fui á recostarme á la consola del fondo. 
•Transcurrieron: algunos instantes dé si¬ 
lencio'; oíamos solamente el ladrido de 
un perro, y no sé si el rumor del-agua 
que. se movía en lá playa. Viendo-que no 
hablaba la miré, Virgilia tenía los Ojos 
puestos en el "Suelo, fijos, sin luz, las ma¬ 
no? caídas sobre las rodillas^ con los de¬ 
dos cruzados en la actitud de la supre¬ 
ma desesperación'. - En" otra ocasión, por 
•distinto motivo, es: indudable que yo me" 
hubiera" arrojado á sus pies para ampa¬ 
rarla con mi razón y mi ternura; ahora, 
sin embargo, era .necesario compelirla-á 
esforzarse,- al sacrificio, a asumir la. res- 
"ponsabilidad de nuestra , vida común, y 
por lo tanto había que dejarla desam¬ 
parada, y marcharse; fué-lo qué hice. 

. —Te lo repito, mi felicidad está’ en tus 
manos, dije yo. .. • ;' . . • • 

Virgilia. quiso asirme, pero yo ya esta- 
bv fuera de la puerta. Llegué; á-oir un' 
prorrumpir de lágrimás, y confieso que 
estuve’ á puntó de volver, para: enjugar¬ 
las, con un beso; pero me dominé y salí. 

- CAPÍTULO LX-XJX : ' . 

C o- m jp r o m I s o ... : '■ 

• No acabaría nunca si hubiera de con¬ 
tar por lo menudo 16 que padeci das pri¬ 
meras horas. Vacilaba entre un querer 
y un no querer; éntre lá: piedad que mé 
empujaba ; á casa de Virgilia y otro senti¬ 
miento—^-egoísmo, supongamos,—que irie \ 
decía:—Quédate, déjala á solas con el 
problema, deja que ella lo resolverá en-el 
sentido del amor: Creo que ésas dos fuer- ; 
vas teñían'igual intensidad, atacaban y 
resistían al propio tiempo, con ardor,’ con 
tenacidad, y ninguna cedía definitivamen? 


tt-.-A veces sentía un pinchacito de re¬ 
mordimiento; me parecía -que abusaba 
de la flaqueza de una mujer amante y cul¬ 
pable, sin sacrificar ni arriesgar nada pro- 
pio; y, cuando iba á capitular, venía otra 
vez el amor, y me repetíá el consejo egoís¬ 
ta, y yo permanecía indeciso é inquieto, 
deseoso de verla, y receloso de que la vista 
me llevase á .compartir la .responsabili¬ 
dad de la solución. 

Por fin, celébrÓ6e un pacto entre el 
egoísmo y la piedad; yó iría á verla en su 
casa, solamente en su casa, en presencia 
del marido, para no decirle nada, á espera 
del efecto de mi intimación. De este mo¬ 
do podría conciliar las dos fuerzas. Aho¬ 
ra, que estoy escribiendo esto, se me, ocu¬ 
rre que el compromiso era una hurla; que 
aquella piedad era también una forma del 
egoísmo, y que la resolución de ir á con¬ 
solar’á Virgilia no pasaba dé una suges¬ 
tión de mi propio padecimiento. 

CAPÍTULO LXXX 

De secretario 

i ' ' 

;. La noche siguiente fui efectivamente á 
casa de Lobo Ñeves; estaban ambos, Vir¬ 
gilia muy triste, él muy jovial. Juro que 
ella sintió cierto alivio- cuando nuestros 
ojos se encontraron llenos de curiosa 
ternura. Lobo'Neyes me contó, los pla¬ 
nes que'llevaba á la presidencia, las difi¬ 
cultades locales, las esperanzas, las re¬ 
soluciones; estaba tan contento, tan es¬ 
peranzado ! Virgilia, junto á. la mesa 
fingía -leer un Ebro, pero por encima de 
la página mé miraba de cuando en cuan-' 
dó, interrogativa y ansiosa. : 

. —Lo peor,—me dijo de repente Lobo 
—es que- aun no he hallado secretario. 

No?--". 

—No, y tengo úna idea. 7. 

... -—Ah! 

—Una idea.. .. Quiere usted dar- un 
paseo por el Norte? 

No sé lo que le dije. ' 

—Usted es rico, — continuó él, — no 
necesita. de un mezquino emolumento; 
pero si quisiera hacerme un ~ servicio, 
iría conmigo efe secretario. 

; . Mi espíritu dió un salto para atrás, 
como si húbierá descubierto ’ una ser¬ 
piente (leíante de sí. Encaré á Lobo- Ne- 
ves fijamente, imperiosamente, para ver 



64 


MACHADO DE ASSlS 


si le descubría algún pensamiento ocul¬ 
to... Ni sombra de eso; la mirada 
venía recta y franca, la placidez del ros¬ 
tro er,a natural, no violenta, una placi¬ 
dez mezclada de alegría. Respiré y no 
tuve ánimo de mirar á Virgilia; sentí 
. por encima' dé la página la mirada de 
ella, que me pedía también lo mismo, y 
dije que sí, que iría. En verdad, un pre¬ 
sidente, Una . presidenta, - un secretario, 
era resolver las cosas de un modo adi 
ministrativo. ’ • . . ■ • i 

... / CAPÍTULO LXXJ^l 

La reconciliación 

Con todo, al salir de allí, tuve unas 
/sombras de duda; medité si no iba á 
exponer insensatamente la reputación de 
Virgilia,, si no habría otro medio razo¬ 
nable de conciliar él Estado, con la Gam¬ 
boa. Nb bailé nada. Al día siguiente, al 
levantarme de la cama, tenía el espíritu 
preparado y, resuelto á aceptar él nomr, 
bramiento: A medio día vino un criado 
á decirme qué estaba, en lá sala una se¬ 
ñora, cubierta con un velo. Corro; era; 
mi hermana Sabina; 

—Esto ¿o puede continuar así,—me 
dijo;— es necesario qúe una vez por to¬ 
da» hagamos las, paces. Nuestra, fami¬ 
lia se.,está concluyendo; no/hemos dé 
seguir como dos enemigos. 

—Pero si yo no deseo otra cosa, her¬ 
mana!—rgrité extendiéndole, los brazos. 

• La . hice: sentar á mi. lado,, le hablé del 
marido, de la hija, de los negocios, de 
todOi Todo .seguía ¡bien;, la .hija estaba 
linda como los amores: El, marido ven¬ 
dría á- mostrármela si-yo consentía. 

-—Pero .hija ! iré yo mismo á verla-* . 

; ; '^-sí?,: .; 

Palabra^ •/. - ; 

' :—Tanto mejor í-rréspiró Sabina. Es 
tiempo ‘dé que esto concluya. ; ./"" 

La hallé más; griiésa,. y tal vez más. 
joven Parecia tener veinte anos,, y. con¬ 
taba más ■ de . treinta.. Graciosa, afable,.; 
sin .ninguna cortedad, sin resentimiento , 
alguno.; Nos mirábamos; tomados de las 
líjanos; hablando de todo y de nada, como. 
‘dos enamorados. Era mi infancia que ; 
resurgía, fresca, traviesa .y rubia; los. 
áüos, iban cayendo íjómo las hileras de 
. naipes, con-, que; yo jugaba de niño, íy| 


'.dejábame ver nuestra casa, nuestra fa¬ 
milia, nuestras fiestas. Soporté el- recuer¬ 
da con algún esfuerzo, pero á Un bar¬ 
bero de la vecindad se le ocurrió zan¬ 
garrear en el clásico vi<^jn, y esa 
. vez—porque hasta entonces,el recuerdo 
era mudo-—íesa voz del pasado, gangosa 
y «saudosa», á tal punto me conmovió 
que... 

Los ojos de . ella estaban- secos. Sabi¬ 
na nó heredara la flor amarilla y. mór¬ 
bida. Qué importa? Era mi hermana, mi 
sangre; un pedazo de mi madre, y yo 
se lo dije con ternura, con sinceridad. 
De repente oigo golpear en la puerta de 
la.sala; voy á abrir; era un,angelito de 
cinco años. 

—Entra, Sara, dijo Sabina, 

Era mí. sobrina. La levánté del suelo, 
la besé muchas veces; la pequeña asus- 
- tada, 'me empujaba él . hombro con la 
lUanecita, quebrando el.cuerpo para, ba¬ 
jarse. .. En esto; se iné. aparece en la 
puerta un sombrero, Cotrim, nada rueños 
que Cotrim. .Yo estaba -tan conmovido 
que. dejé Ala hija y me eché en los brazos 
del padre. Tal vez esa efusión lo_ desn 
concertó un poco; lo cierto es que me 
pareció cohibido. Simple prólogo. De allí 
á poco hablábamos como dos buenos 
/amigos viejos. Ninguna alusión al pasado, 
muchos planea para el futuro, promesa 
d<; reunirnos el uñó, en casa: del ótrof 
No dejé de decir que ése cambio de co¬ 
midas-puede. que tuviera una corta in¬ 
terrupción; porqué andaba con idea de 
. hacer un viaje al norte. Sabina lo miró 
á Cotrim y Cotrim á Sabina; ambos con¬ 
vinieron en que aquella idea no tenía 
sentido'común. Qué diantre podía yo ir 
á buscar, al Norte ? Pues nó era en la 
ccrté, e¿ rpléna .cqrte, que, debía conti¬ 
nuar luciendo, metiendo ; eñ: un zapato á. 
.- los : mozos de la época ?. Porque en ver- 
' dad, ño había ninguno que se me pudie¬ 
ra comparar; él, Coteim, me seguía de 
r lejós; y, no obstante un resentimiento 
ridículo,, tuyo siempre interés, orgullo, 
j Vanidad de mis triunfos» Oía lo que sé 
decía á mi respecto; en las calles .y en 1 , 
las salas; era un copcierto de elogios y 
,¿3miraciones: Y que dejase todo . esto 
para ir á pasar algunos meses en lá> pro¬ 
vincia, sin. neoesidad, sin motivo serio ? 
A. menos, que no fuese la política... 


MFJVIORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


—Justamente, la política;—dije yo. 

—Ni. aun así,—replicó él de allí á un 
instante;—Y despues. de otro silencio:— 
Sea como fuere, véngase hoy á comen 
con nosotros. •. 

—Ciertamente^ iré; pero mañana ú 
otro, día, han de venir ustedes á comer , 
conmigo. 

—No sé, no sé,—.objetó Sabina;—casa 
de hombre soltero. .. Tu debieras ca¬ 
sarte, hermano. Yo también quiero tener 
una sobrina* has oído.; 

Cotrim la contuvo con un gesto, que 
no entendí bien. No importa; lá reconci¬ 
liación dé una familia bien vale un ges¬ 
to enigmático. 

"v ' ' ■ - 

. CAPÍTULO LXXXIl 
Cuestión de botánica 

Digan lo que quiéran los hipocondría¬ 
cos: la vida es una cosa dulce. Fuéio que 
yo pensé, al ver á Sabina, aí marido y la 
hija bajar en tropel las escaleras, di¬ 
ciendo, muchas palabras afectuosas pará 
arriba, donde yo quedaba—en la meseta,' 
.—diciéndoles otras tantas para abajo,. 
Continué pensando que, én verdad, era 
feliz. ^ Me amaba, una mujer, tenía la 
confianza del marido, iba á ser secretá- 
rio de ambos, y me reconciliaba con 
los míos. Que mas podía desear en vein¬ 
ticuatro horas? 

,En ese ; mismo día, tratando de pr,epa- 
rar los ¿dimos; comencé á esparéij que 
tal vez fuese para el Norte cómo se¬ 
cretario de provincia, á fin de rea-• 
lizar ciertos propósitos políticos, que 
me. eran personales. Lo dije en la calle 
OuYidor; lo repetí al día siguiente, en lo» 
d<- Pharoux y en el teatro; Algunos, 
uniendo mi nombramiento al de Lobo Né- 
ve's, que yá andaba circulando, sonreían 
. maliciosamente, otros me golpeaban en el 
hombro: En el téatro una señora me dijo 
que era llevar demasiado lejos el amor 
por la escultura. Se refería, á las bellas 
formas de Virgilia. 

Pero la alusión más clara me la hicie¬ 
ron en casa de Sabina, tres' días des¬ 
pués. Hízoméla, un tal Garcez, viejo ci¬ 
rujano, pequeñito, trivial y charlatán, 
que podía llegar á los setenta, á los 
ochenta, á los noventa años, sin adqui¬ 
rir jamás aquella compostura austera. 


que es la aureola del anciano. La vejez 
ridicula és, sin duda, la más triste y des¬ 
consoladora sorpresa de la naturaleza 
humana. 

—Ya sé, esta vez va usted á leer á 
Cicerón, me dijo. 

—A’Cicerón! exclamó Sabina. 

—Pues no! su hermano es un gran 
latinista. - Ha traducido á Virgilio ju¬ 
gando. Repare que he dicho Virgilio, 
y no Virgilia... no confunda;.. Y reía 
^ con su risa gruesa, vulgar y frívola. Sa- 
' bina me miró, recelosa de alguna réplica; 
pero sonrió cuando'me vió sonreír, y voL- 
vió la cara para, disimular: Las demás 
personas me miraban con aire de eurio- 
. sidad, indulgencia y simpatía; era trans¬ 
parente qüe no acababan de oir ninguna 
novedad. El caso de mis amores era 
más público de lo qué yo podía suponer. 
Entre tanto sonreí, una sonrisa corta, 
fugitiva y satisfecha -—parlera como las 
alondras de Cintra. Virgilia era un bello 
error, es tan fácil confesar un bello 
error! Al principió acostumbraba po¬ 
nerme ceñudo cuando oía alguna alu¬ 
sión á nuestros amores; pero, palabra 
.de honor! sentía aquí adentro una im¬ 
presión suave-y lisonjera. Una vez,, sin 
embargo, me aconteció .sonreír, y conti¬ 
nué haciéndolo' las otras veces. No sé si 
habrá por ahí quien explique, el fenó¬ 
meno: Yo me la explico así: al princL 
pió, el contentamiento, siendo interior, 
era por decir así la misma sonrisa, pero 
en boton; andando el tiempo abrióse en 
flor, apareció á los ojos del prójimo. Sim¬ 
ple cuestión de botánica. 

capítulo* txx xm 

13 ' 

Cotrim me arrancó de aquel placer 
llevándome á la ventana.—Quiere qué 
le diga una cosa ? me preguntó;—-no 
haga ese viaje; es insensato, es peli¬ 
groso. 

—Por qué? 

—Usted sabe bien porqué, me replicó: 
es, sobre todo, peligroso, muy peligroso. 
Aquí en la corte un caso dé esos se 
pierde en. la multitud de la gente, y de 
los intereses; pero en provincia muda 
el cuadro; y tratándose de personajes 
políticos, es realmente insensatez. Los 



66 . . . • MACHADO 


diarios de, la oposici'on, así que sospe¬ 
chen el asunto lo van á imprimir con to¬ 
das sus letras, y en seguida vendrán las , 
burlas, pullas, sobreiiómbres. 

—Pero no entiendo.... 

—Entiende, entiende. En verdad, se¬ 
ría ser bien poco amigó, mió si me ne¬ 
gase lo que: todo el- mundo sabe. Yo' se 
eso hace largos meses.. Se lo repito, no 
haga semejante viajen Soporte la ausen¬ 
cia, que es mejor, .y evite algún gran 
escándalo y mayor-disgusto... 

Dijo esto y se májóhó para adentro.. 
.Yo me dejé estar con,los ojos fijos en el 
farol de la esquina,—un antiguo farol . 
de aceite,—triste, obscuro y encorvado 
como un- punto de interrogación. Que 
debía hacer? Era el easo de Hamlét: o 
inclinarme ante la- fortuna ó luchar con 
ella y subyugarla^ • ^n otros términos;, 
me embarcaba ó no, me- embarcaba. Esta 
era la cuestión.. El farol no me decía 
nada. Las panuiras de Cotrim me re¬ 
tumbaban en - los oídos de-la memoria, 
de un- moao muy distinto .que el de las 
palabras de Garcrez. Talvez Cotrim tu¬ 
viera razón; pero ¿podía separarme , de 
Virgilia?. ; t- • - 

. Sabina vino á. nabiat conmigo,, y me 
• preguntó en que estaba - pensando. Le 
respondí que en cosa alguna. Sabina 
permaneció un rato callada. — 1 Lo que 
tu necesitas, .yo Jo séj ’ és una . novia.- 
Déjame no más qué todavía yo voy á 
encontrarte una novia. Salí de - allí- con 
. opresión, desorientado... Todo listo para 
embarcarme,—espíritu y corazón,—y he 
. aquí que me sale al paso ese portero de 
.•Jas conveniencias y. me pide mi tarjeta ' 
de ingreso. > Di al diablo las convenien- 
' cías; y con élías la constitución, el. euer-;? 
f pb legislativo, et^inunsterioV tpdo. 

Al día'-siguiente, abíd úna: hoja polí¬ 
tica y leo la noticia, de que, por decreto 
,. del i 3,: habíamos sido nombrados prési- 
denté y. séqrétaríó -;de. la . provincia de 
XX • Lobo. Néveá y; yo: ‘ Le escribí. in- : 
mediáfamenté á 'Virgilio, y salí dos ho¬ 
ras despües para la: Gamboa. Pobre Do¬ 
ña Plácida,! Estaba cada Vez más . afli¬ 
gida; me preeuntó si qlyidariamOs.; á. la , 
pobre vieja, si la ausenciá sería larga y 
si la: provincia Quedaba lejos/ : La con¬ 
solé: pero yo mismo necesitaba .de con-' 

. suelos; la objeción ,def, Gotrim ‘ me afli- 


DE ASSIS 


gía. Yirgilia llegó de allí á poco, -ligera 
como una golondrina; pero, ai verme 
triste,, se puso muy 3 eria. 

—Que ha sucedido ? 

•*—Vacilo,, le dije; no se si debo acep¬ 
tar... Virgilia se dejó caer en el canapé, 
riendo.—Por qué? me preguntó. 

—No es conveniente, salta mucho á 
los ojos...- 

—Pero sí nosotros ya no vamos! 

—Cómo, así? ‘ 

Me contó que el maridó iba á rechazar 
el nombramiento, y ■ por un motivo que 
sólo xe dijo á ella, pidiéndole el mayor 
secreto; no podía, confesárselo á nadie 
más. —r Es pueril, mé dijó, es ridículo ; 
pero en. suma es un motivo poderoso 
para mí. La refirió que el decreto estaba 
fechado el 13, y qué ese número, sigui- 
ficaba para él un , recuér.do fúnebre. El 
padre muriera un día .13, trece dias des¬ 
pués. de una fornida en que había trece 
personas. La casa en que falleciera la 
madre, llevaba el número 13. Etcétera. 
Era-un guarismo fatídico. No le podía 
alegar semejante cosa al ministro; le 
diría que tenía razones particulares para 
no aceptar. Yo quedé como, ha de estar 
el lector,-—algo asombrado .con ese sa¬ 
crificio á un número, pero siendo él un 
. ambicionó, el sacrificio teñía que ser sin¬ 
cero. * - . 

CAPITULÓ LXXX1V 

i. . * i- „ • ' - . ' . , 

Elconflicto 

.' Número fatídico, te acuerdas que te 
bendije muchas veces? Así también las 
vírgenes rubias de Tebas debieron - benr 
decir Ja yegua, de rubias crines, que las 
sustituyó eñ el- sacrificio de Pelópidas; 
iuia donosa yegua, que allí murió, cubier¬ 
ta, de-flores sin que nadie le dedicara ja¬ 
más úna palabra de recuerdo. Pues te la 
dedico yo, yegua piadosa, no soló por la 
muerte habida, como porque entre las 
dí ncellás rubias, nó es imposible que fi-, 
gnrase alguna abuela 7 de Cubas... Núme¬ 
ro fatídico, fu fuiste . nuestra salvación. 
No me confesó el maridó la cansa de la 
negativa: díjome también que eran nego- 
., cios particulares, y el rostro serio, con¬ 
vencido, con que yo le oí, .hizo honor á la 
disimulación humana. El era quien no 
podía encubrir la tristeza profunda que 



67 


•MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBaS 


lo minaba. Hablaba poco, se reconcentra¬ 
ba, encerrábase eh su casa, á leer. Otras 
veces recibía y entonces conversaba y se 
.reía mucho, con éstrépito y afectación. 
Lo oprimían dos cosas,—la ambición, que 
dejara con las-alas rotas una preocupa¬ 
ción, y luego íá duda, y talvez el arre¬ 
pentimiento,—pero un arrepentimiento, 
-que triunfaría otra vez, si se repitiese 
la hipótesis, porque el fondo supersti-, 
cioso existía Dudaba de la superstición, 
sin llegar á rechazarla. E3a persistencia 
de 'un seátimiento que repugna al pro¬ 
pio individuo* es un fenómeno digno de 
alguna atención. Pero yo. prefería la 
pura ingenuidad do doña Pláeida, cuan¬ 
do confesaba no poder ver un zapato 
dado vuelta con-la suela para arriba. ‘ : ' 
—Que significa éso ? le preguntaba yo. 
—Trae -desgracia, era su respuesta. 

Esta solamente> esta única respuesta, 
que valía pára'eila lo que el libro de los 
siete'sellos! Trae. desgracia. Le dijeron' 
eso cuando niñá: sin más explicación, y 
ella se contentaba, con la, certidumbre 
del dandi No acontecíá lo mismo" cuando; 
se trataba dé 'apuntar una estrella con;- 
el dedo; entonces. sabía perfectamente 
que en ese casó: salía: una verruga. 

O .íerruga ú otra- cosa, que importaba 
eso para, quien pierde una. presidencia 
de provincia? Se tolera una superstición 
gratuita ó barata; es insoportable la que 
se lleva una parte, de la vida.' Este' era 
él caso de Lobo- Neves con el agregado 
de la duda y del terror de "haber sido ri¬ 
dículo,'- Y este - otro; agregado, qué el 
ministro, no dió.. crédito a los motivos 
particulares; atribuyó la negativa de Lo¬ 
bo' Neves á manejos polítigos, ilusión 
complicada ■ por alguna apariencia; lo 
trató mal, comunicó la", desconfianza á los 
colegas, sobré vinieron incidentes; en fin,, 
con el tiempo," él'presidente resignatario 
pasó á. la Oposición. 

CAPÍTULO LXXXV 

» .)-■ ■ » ■ - 

La cima.de.la montaña 

' i. 

El que escapa á un peligró ama. la 
vida con mayor intensidad. Me puse,á" 
amar .á Virgilia con mucho más ardor, 
después que estuve-á pique de perderla, 
y lo mismo le sucedió á ella. Así que 
la presidencia no hizo más que avivar la 


ufeccion primitiva; fué la droga con que 
hicimos más sabroso nuestro amor, y 
más apreciado también. En los primeros 
días, después de aquel incidente, gustᬠ
bamos imaginar el dolor -de la separa¬ 
ción, si hubiese separación, la tristeza 
, del uno y del otro, á medida que el mar 
como una sábana. elástica, se fuese dila¬ 
tando entre nosotros; y, como los niños,, 
que se refugian en el regazo de la ma- 
' dre, para 1 huir á una «imple, careta, huía¬ 
mos del supuesto -peligro, estrechándo¬ 
nos entre los brazos. 

—Mi linda Yirgilia! 

—Mi amor! / 

• —^-Tu eres mía, no- es cierto?- 
—Tuya, tuya:..:. 

Y así reanudábamos el hilo de lá aven¬ 
tura, como la sultana Scheherazadé el 
de sus cuentos. Ese fué, creo ' yo, el 
punto álgido 'de nuestro amor, 'la cima 
de la montañaj donde por algún tiempo 
divisamos los. valles, del Este y del Oeste, 
y encima de nosotros el cielo. tranquilo 
y azul. Pasado e.sé momento, empezamos 
á descender la ladera, con las manos to¬ 
madas- ó-sueltas, pero descendiendo, des¬ 
cendiendo. 

: . r " - CAPÍTULO. LXXXVI. 

Él misterio 

. Sierra abajó, como- yo la notase algo 
distinta; no se si abatida ú otra cosa, le 
pregunté que tenía ; calló, hizo un gesto 
dé fastidió, de malestar, de fatiga; me 
enojé, ella me dijo . que... . Un fluido 
sutil recorrió todo' mi cuerpo: sensación 
fuerte, rápida,. singular* que no llegaré 
jamás á. fijar en el papel;. La tomé -de 
las manos,, la atraje suavemente Hacia 
mí, la besé en la cabeza con uña delica¬ 
deza de céfiro y una gravedad .dé. Abra- 
han. Ella se estremeció, ine tomó, la ca¬ 
beza entre las manos, me miró en los 
ojos, después me envolvió en. un gesto 
maternal...' He aquí, un misterio; de¬ 
jemos" al lector el tiempo de descifrar 
éste. misterio. 

CAPÍTULO LXXXVI l " 

Geología 

- Sucedió por ese tiempo \m desastre: 
la muérte de. Yiegas. Viegas pasó dé so- 






MACHADO DE ASSIS 


peton, con sus setenta años, sofocados 
de asma, descoyuntados, de reumatismo, 
y una lesión del corazón por añadidura. 
Fué uno de los finos espías de nuestra 
aventura. Virgilia tenía grandes espe- 
.ranzas de que aquel viejo pariente, avaro 
como un sepulcro, le asegurase el por¬ 
venir del hijo con un legado; y, si el 
marido tenía iguales pensamientos, los 
encubría ó los estrangulaba. Todo debe 
decirse: había en Lobo Neves-cierta dig¬ 
nidad fundamental, una capa de roca, 
que resistía al comercio de los hombres. 
Las otras, las camadas de encima, tierra 
suelta y arena; se'las. llevó la vida, que 
,es un chubasco perpétuo.' Si el • lector 
recuerda todavía el capítulo XXIII, ob¬ 
servará que esta es la segunda vez que 
yo comparo 'la vida con un chubasco; 
pero también ha de observar que esta 
‘vez le agrego un. adjetivo—perpétuo. Y 
Dios sabe Jia fuerza de un adjetivo, prin¬ 
cipalmente en países nuevos y cálidos. 
••'■.Lo' que es nuevo; en. éste libro es la 
geología’ moral de Lobo Neves, y proba¬ 
blemente la del caballero; qué me está 
leyendo.. Sí, esas capas- de carácter, que 
la vida altera, conserva ó disuelve, % con¬ 
forme á. la- resistencia- de ellas, esas .ca¬ 
pas merecían un capítulo, qué yo no es¬ 
cribo, por no alargar Iá narración.. Digo 
á penas q\ie el hombre más probo que 
conocí en mi vida fué un- cierto Jacob 
Medeiros ó Jacob Valladares, no me 
, acuerdo bien el apellido. Talvez fuese 
Jacob Rodrigues;' en suma, Jacob. • Era 
la probidad en.persona; podía haber sido 
rico, violentando únpequeño escrúpulo, 
y no quiso; dejó que. se Te fueran denlas 
manos. tá friolera de unos cuatrocientos 
contos; era de uná probidad tan ejem¬ 
plar, que llegaba á ser prolija y fasti¬ 
diosa. Un día, cómor nos. halláramos so¬ 
los en. su casa, • hablando amablemente, 
vinieron á decirte que. lo buscaba el doc¬ 
tor B., un sujeto aburrido. Jacob le 
mandó decir que na estaba. 

—No pasa, gritó uná voz éri el corre¬ 
dor, ya estoy adentro;' . 

Y, en efecto, era él doctor B., que 
aparéció luego en la puerta de la sala. 
Jacob fué. á recibirlo, afirmándole que 
creía que era otra pérsona; y no él, agre¬ 
gando que le’causaba muéh’o placer la 
.visita, lo que nps proporcionó hora y me¬ 


dia de fastidio mortal, y esto mismo por 
que Jacob sacó el reloj; el doctor B. le 
preguntó entonces si tenía que salir. 

—Con mi mujer, dijo Jacob. 

Se retiró el doctor B. y respiramos. 
ITna vez que respiramos, le dije á Jacob 
que acababa de mentir cuatro veces, en 
menos de dos horas: la primera, negán¬ 
dose; la segunda, alegrándose con la 
presencia del inoportuno; la tercera, di¬ 
ciendo que iba á salir; la cuarta, agre¬ 
gando que con su mujer. Jacob reflexio¬ 
nó un instante, despúes confesó la exac¬ 
titud de -mi observación, pero se dis¬ 
culpó diciendo que la veracidad absoluta 
es incompatible con un estado social 
adelantado, y que la paz^ de las ciudades 
; sólo sé puede obtener á costa de recípro¬ 
cas engañifas... Ah!.ahora me acuerdo: 
se. llamaba Jacob Tavares. 

capítulo- lxxxviii 

El enfermo 

No hay para que decir que refuté tan 
perniciosa doctrina, con los más elemen¬ 
tales argumentos; pero él estaba tan 
mortificado por mi observación que re¬ 
sistió hasta el fin, mostrando cierto ca¬ 
lor ficticio, talvez para aturdir la : con¬ 
ciencia. 

El casa de Virgilia era algo más grave. 
Ella era menos escrupulosa, que el ma¬ 
rido: manifestaba claramente las espe¬ 
ranzas que fundaba' en el legado, col¬ 
maba al pariente de cortesías, atencio¬ 
nes y afanes que tendrían que merecer 
por lo menos un codicilo. En realidad, 
lo adulaba; pero yo observé que.la.adu¬ 
lación de las mujeres no es lo mismo que 
la de los hombres. Esta cae en el servi¬ 
lismo, aquella se.confunde con el afecto. 

. Las formas graciosamente óurvas, la pa¬ 
labra dulce, la misma debilidad física 
(Jan á la acción lisonjera de la mujer, uit 
color local, un aspecto legítimo. Ño im¬ 
porta la edad del adulado; la mujer ha 
de teiier siémpre para con él un aire de 
madre ó dé hermana,.— ó hasta de en¬ 
fermera, otro ofidio femenino,’ en el cual 
el más hábil de los hombres carecerá 
siempre de un quid, de un fluido, de al¬ 
guna cosa. . 

Era esto lo que yo pensaba, cuando 
Virgilia -se deshacía toda en atenciones 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE DEAS CUBAS 


.69 


con el viejo pariente. Lo iba á recibir á 
la puerta, hablando y riendo, le tomaba 
el sombrero y el bastón, le daba el brazo 
y ío conducía á la-silla, porque en la casa 
existía la «silla de Viegas», mueble espe¬ 
cial, acolchada, hecha para gente enfer¬ 
ma ó anciana, iba á cerrar 'la ventana 
próxima, si había algún viento, ó á abrir¬ 
la si hacía calor, pero con cuidado, com- . 
binando las cosas de modo- que no le die¬ 
ra un golpe de aíre. . 

—Qué tal ? hoy está más fuertecito — 

—Qué! He pasado muy mala noche; 

•el diablo det asma no me deja., 

Y resollaba el hombre, reposando póco ; " 
á poco del cansancio de-la entrada y de 
la subida, no del camino, porque siem- ' 
pre iba en coche. Al cabo, un poco más 
afuera, se sentaba Virgilia, en un ban- ' 
quito, con las manos en las rodillas del 
enfermo: Entre tanto, ñoño entraba ó 
la sala, sin los saltos de costumbre, pero 
discreto, amable, serio. Viegas-lo que¬ 
ría mucho. 

—Ven acá, ñoño, le decía ; y con difi- . 
cuitad introducía la mano en la amplia 
faltriquera, sacaba una cajita dé pastillas, 
se metía una en la boca y'daba otra al pe- - 
-queño. Pastillas antiasmáticas. El chiqui- , 
lio deia que eran muy ricas, 

Esto se repetía Con variantes. Como 
á Viegas le gustaba jugar á las damas, 
Virgilia le satisfacía el deseo; acompa¬ 
ñándolo por largó rato á- mover las pie¬ 
zas,-.con mano tarda y floja. Otras ve¬ 
ces, descendía á pasear por la quinta, 
dándole' ella el brazo, que él no siempre 
aceptaba, por decirse fuerte y capaz ‘dé 
andar una legua. Caminaban, se sentaban, 
volvían á caminar, á hablar de cosas va¬ 
rias, ora de un negocio de- familia, -ora 
de un adornó de sala, ora por fin de una 
casa qué él pensaba construir, para: resi¬ 
dencia propia, casa de construcción mo¬ 
derna, porque la suya era de las anti- 
guas, contemporánea del rey Don 
Juan VI, parecida á algunas que existen 
todavía hoy (creo yo) én él barrio de San 
Cristóbal, con sus gruesas columnas en 
él frente.. Parecíale que el caserón én 
nue vivía podía ser sustituido, y yá ha¬ 
bía encargado el plano á un construc¬ 
tor de fama. • Ah!. entonces sí, entonces- 
es que Virgilia podría ver lo que era un 
viejo dejjuen gusto. 


Hablaba, como es de süponer, 'lenta¬ 
mente y con dificultad, intercalando 
un cabeceo incómodo para él y para los 
demás. De cuando en- cuando, tenía un 
acceso de tos; encorvado, gimiendo, 
llevaba el pañuelo á la boca, y lo inves¬ 
tigaba ; pasado el acceso, volvía, al plano 
de la casa, que debía tener tales y cua¬ 
les cuartos, una terraza, cochera, un 
primor. 

CAPÍTULO lxxxjx 

I ó e x t r e m i s 

—Mañana voy á pasar el día en casa 
de Viegas, me dijo, ella una vez.-Pobre- 
cito ! no tiene á - nadie.'.. 

Viegas había caído, en cáma definiti¬ 
vamente; la hija, - casada, enfermara 
justamente entonces, y no podía hacerle 
compañía:Virgilia iba allá de. cuando 
en cuando. Yo aproveché la circunstan¬ 
cia para pasar todo aquel día al lado de 
ella.. Eran las dos de la- tarde cuando 
llegué. Viegas tosía con tal. fuerza que 
me hacía arder el . pecho; en el inter¬ 
valo de los accesos discutía el precio de 
una casa, con un sujeto flaco." El sujeto 
ofrecía treinta contos. Viegas exigía 
cuarenta. . El comprador instaba como 
quien recela perder el tren, pero Vie¬ 
gas no cedía; rechazó primero los treinta 
contos, después dos más, después tres 
más, en fin, tuvo un fuerte acceso, que 
lé quito Ja palabra durante quince minu¬ 
tos. El comprador le hizo muchos arru¬ 
macos, le arregló las almohadas, le.ofre- 
ció treinta, y seis contos. • 

• —Nunca¡.gimió el enfermo. . 

Mandó buscar un legajo de papeles-á 
su escritorio;, no‘teniendo fuerzas para 
quitar, ei elástico que apretaba los pa¬ 
peles, une pidió que loa desfajase: lo 
hice. Eran las cuentas de los gastos de 
la construcción de .la. casa-: cuentas del. 
albañil, del carpintero, del pintor; cuen¬ 
ta del papel de lá sala, del comedor,-de 
los-dormitorios, de los gabinetes; cuen¬ 
tas dé los hexrages; costo del terreno. 
El ias abría una por una, con la mano 
trémula,, me pedía - que las leyese, y yo 
las leía. 

; —Ve¿; mil doscientos, 'papel dé mil 
doscientos la piéza._ Persianas france- 




70 - MACHADO DE ÁSSIS 

sas ... Vea, es debalde; concluyó des- en sí, pero por que ella se refería al 

pues de leída la última cuenta. hijo, de quien sabía que yo no gustaba 

—-Está bien.. . peto.... ivi., poco ni mincho. Le insinué que no 

—Cuarenta, coritos; no la doy por jne- debía pensar más en aquello. Lo mejor- 
nos. Sólo-los intereses.-.. saque la cuen- ; de todo era olvidar el difunto,Un pateta, 
ta^d'e los intereses.', .: Salían tosidas es- un ruin sin nombre, y tratar de cosas 
tas palabras, á arcadas, á sílabas^ co- alegres; nuestro hijo por ejemplo... 

ino si íuesen Tnigajas de un pulmón Se. me escapó la descifraron del núste- 
deahecho. Ett las órbitas profundas gi-... rio, aquel dulce misterio de algunas se- 
rában-los ojo? llameantes, que me hacían manas antes,' cuando Virgiíiá me pare- 
la impresión de-lamparillas .vistas dé; ma-" ciera algo diferente de lo que era. Ún 
.drugada. Bajó la sábana se dibujaba ia hijo! Un ser nacido de mi ser! Esta 
. estructura osea del 'cuerpo, puntiagudo - era mi exclusiva preocupación en aqueL 
en <lós sitios, ém- las rodillas y en’los tiempo. Ojos del mundo, celos del ma- 
pies; la piel amarilla, floja, rugosa, re- .. rido, muerte de Viegas, nada’ me- intere- 
vestta á penas 1¿ calavera con’un rostro • saba por aquel entonces, ni conflictos 
sin egresión;una,'caperuza de algodón políticos, ni revoluciones, ni terremotos, 

blanco "le cubría _ el cráneo, rapado por ni nada. Yo sólo pensaba en aquel em- 

ed tiempo. . bríon anónimo, de obscura paternidad, 

—Entonces? dijo.el sujetó-flaco. y una voz secreta me decía: es tu hijo. 

Hícele una seña para que no insis- . Mi hijo! Y repetía estas dos palabras, 

tiese, y él callóse por algunos'-mstántes.' coi; cierta, voluptuosidad indefinible, y 

El paciente fijó mirada en él techo, . no sé qüé asomo.s de orgullo. Me sentía 
callado, con mucha opresión: Virgilia hombre. 

palideció,, levantóse, fue hásta,. la-veri- Lo mejor es que conversábamos los 
tana. Sospechó la muerte y tuvo miedo. . dos, el embrión y yo, hablábamos de co- 
Yo traté de hablar de otras cosas? El sas presentes y futuras. El tunante me 
. sujeto flaco contó una anécdota, y yol- quería,, era un diablillo gracioso, me 
vio á tratar de.la casa, mejorando la - daba palmaditas en la cara, con las ma- 
. propuesta.necitas gordas, ó disnutaba una beca dé 
—Treinta y ocho coritos, dijo. bachiller, porque había de ser bachiller, 

—Am?... gimió el-enfermo. y pronunciaba un discurso en la cámara 

El sujeto flaco se aproximó á la cama, , de diputados. Y el padre le oía desde 

le tomó la mano y, la'sintió fría.. Yo me una tribuna, con los ojos arrasados de 

acerqué aí enfermó, le pregunté si-sen- lágrimas. De bachiller pasaba otra vez 

tía algo, si. quería tomar una- copa .de á la escuela, pequeñito, con la pizarra y 

vino. - . • % los libros debajo-.del brazo, ó si'no caía 

—No... no... cuar... cuaren...' en la curia para erguirse de. nuevo'hom- 

c-uar.. . cuar.... - bre. En vano trataba de fijar en el espí- 

Tuvo un acceso de tos, y.fué él últi- ritu una edad, una actitud: aquel em- 

mo; de allí á poco expiró, cotí-'gran brion tenía ante mis ojos todos los ta- 

cqnsternacion del sujeto flaco, que con- maños y todos los gestos: 1 mamaba, es- 

fesó después la disposición en que estaba cribía, bailaba, era lo interminable en 

de ofrecer los cuarenta contos;, pero jin cuarto de hora,—«baby» y diputado, 

era tarde. ; ; colegial, y mozalvete. A veces, al lado 

. dé Virgilia me olvidaba dé ella y de 

. capítulo xc todo; Virgilia me sacudía, míe repro- 

E1 viejo coloquio de'Adan y Caín \ chabá el silencio; decía que yo ya no la 

riueíía nada. La verdad es que estaba 
Nada - . Ningún recuerdo testamenta- dialogando con el embrión; erá el viejo 

rio, una pastilla que fuera, para que en tb- coloquio de Adan y Caín, una conversa- 

clo y por todo no apareciese como un in- cion sin palabras entre la vida y la vida, 

grato ú olvidadizo. - Nada. Virgilia' se ‘ el misterio y el misterio, 
tragó con, rabia aquel chasco, y- me ló 

dijiaf''con cierta cautela, no por la cosa ... , 



MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBASr . • 71 


CAPÍTULO XCI 

/ ^ 

tina carta extraordlnariai 

Por ese tiempo recibí una carta ex¬ 
traordinaria, acompañada de un objeto 
no menos extraordinario. He aquí lo 
que decía -la carta: 

«Mi querido Blas Cubas: 

«Hace tiempo, eñ el Paseo Público lé 
tomé en préstamo .el reloj. Tengo la sa¬ 
tisfacción de restituírselo con esta carta. 

La diferencia está en que no es el mismo, 
pero es otro, no diré superior, pero, sí 
igual al. primero. • . ‘ . 

«Que ' voulez-vous, monseigneur», — 
como decía Fígaro,—-«c’est la misero». 
Muchas cosas han sucedido 'después -dé 
nuestro encuentro; iré á contárselas. me¬ 
nudamente, si. no me cierra su. puerta. 
Sépase que ya na uso aquellas' botas ca¬ 
ducas, ni enarbolo aquella levita cuyoa 
faldones se perdían en la noche ■ dé los 
tiempos. 'He cedido mi escalón, en las - 
gradas de San Francisco; finálménte, 
almuerzo. 

' «Dicho' esto, pídole permiso para ir 
un día de estos á exponerle un trabajo, 
fruto, de largo estudio,. un nuevo sis¬ 
tema de filosofía, que nó solo explica y 
describe el origen y la consumación de 
las cosas, sino que se adelanta mucho á 
Zeüon y á Séneca, cuyo estoicismo era 
un juego de niños al lado de "mi réceta 
moral. Es singularmente maravilloso este ' 
mi sistema; rectifica el espíritu humano, 
suprime el dolor,' asegura la felicidad y 
llena de inmensa gloria á nuestro país; 
Llámolo Humanitismo, de «Humanitas», 
principio de las. cosas. Mi primer idea - 
revelaba una gran infatuación; era lla¬ 
marlo borbismo, - de Borba; denomina¬ 
ción vanidosa, además de áspera y mo¬ 
lesta. Y. cop seguridad expresaba me¬ 
nos. Ya verá, mi-querido Blas Cubas, 
ya verá que es un monumento; y,si al¬ 
guna cósa hay que pueda hacerme olvi¬ 
dar las amarguras dé la vida, es el gusto 
de haber encontrado al fin la verdad y la 
felicidad. Hélas en mis maños á. esas 
.dos esquivas;, después de tantos siglos a 
de luchas, investigaciones, descubrimien¬ 


tos, sistemas y caídas, hélas en las ma¬ 
nos del hombre. Hasta pronto, mi que¬ 
rido- Blas Cubas. Menlorias dé su 

viejo amigo 

Joaqúin Borba dos Santos.v 

Leí esta carta sin entenderla. Venía 
con ella tina cajita. conteniendo un be¬ 
nito reloj con mis iniciales grabadas: 
«Recuerdo del viejo Quincas». Volvía 
la carta, la releí con calma, con aten¬ 
ción. La restitución del reloj excluía 
toda idea de burla;, la-.lucidez; la sereni¬ 
dad, la convicción,—algo jactanciosa es 
, cierto—parecían excluir la sospecha de 
la-"insensatez. • Naturalmente Quincas 
Borba había heredado de alguno' de sus 
parientes de Minas, y la holgura le ha¬ 
bía deyueltó la primitiva dignidad. No 
diré tanto; hay cosas que no se pueden 
recuperar íntegramente; peto en fin, la 
regeneración nó era imposible. Guardé 
la Carta :y el reloj y quedé á espera de 
la filosofía. • ‘ 

. CAPÍTULO XCII 

fin hombre extraordinario 

Aquí voy á concluir con las cosas ex¬ 
traordinarias'. Acababa de guardar las 
cartas y el reloj, cuándo estuvo á buscar¬ 
me un hombre fiaco y mediano, con una 
carta de Cotrim invitándome para co¬ 
mer. . El. portador era casado con una 
hermana de Cotrim,'había llegado hacia 
pocos días del norte, llamábase Damas- 
ceno', é hiciera la revolución de 1831. 
Fué él mismo quien me dijo to¬ 
da esto,' en el' ? espacio de cinco 
minutos. Había salido de Río de 
Janeiro porque está en desacuer¬ 
do con el Regente, que era un asno, poco 
menos asno, que los ministros que ser¬ 
vían con él.. Por otra párte> la revolu¬ 
ción estaba otra, vez en puertas. En este 
punto, aunque tuviese las ideas políti¬ 
cas un poco barajadas, conseguí organi¬ 
zar y formular el gobierno de sus pre¬ 
ferencias: era un despotismo templa¬ 
do, TT-no por' canciones como dicen por 
ahí,—pero,'por penachos de la guardia 
nacional'. Lo que no pude entender es si 
íouería el despotismo de uno, de tres, de 
treinta ó de trescientos. Estaba éntre 


MACHADO DE ASSIS 


72 


otras cosas por el desarrollo del tráfico 
de los airicanos, y la expulsión de los 
ingleses. Le gustaba mucho el..teatro; 
luego que llegara fué al teatro de San 
Pedro, donde vió un drama soberbio, 
«María J uana», y una comedia muy in¬ 
teresante, «Kettly, ó una girá por Suiza». 
También le- gustara mucho la Deperini, 
en «Sapho». ó en «Anna Bolena», no se 
acordaba bien. Pero la Candiani! sí, se¬ 
ñor, era papa fina. Ahora quería ver á 
«Ernani», que su hija cantaba en la casa, 
al piano; .«Ernani, Ernani, involami. . .» 
—Y decía esto levantándose y cantu¬ 
rreando á media vot .—En el norte esas 
cosas llegaban como .un eco. La hija se 
moría por oir todas las óperas. Tenía 
una voz muy .agradable la hija. Y gusto, 
mucho gusto¿ Ah! él estaba ansioso por 
volver á Kío de Janeiro. Ya había re¬ 
corrido la ciudad toda-, con unas «sau¬ 
dades» .. * Palabra, en algunos sitios ha¬ 
bía sentido ganas de llorar. Pero no 
volvería á embarcarse. Se había mareado 
mucho á bordo, como todos los demás, 
pasajeros, excepto un inglés... Que se 
los llevara él diablo á todos los ingleses!' 
Esto no podía marcharbieñ hasta que á 
todos ellos no les largáramos barra afue¬ 
ra. Que podría hacemos la Inglaterra? 
Sí él- encontrara algunas personas de 
bufena voluntad, era obra de una noche 
la expulsión de los tales «godemes».... 
Gracias -á Dios,, tenía pátriotismo,—y se 
golpeaba el pecho,—lo que no era extra¬ 
ñó porque, eso era de familia; descendía 
de un antiguo capitán' mayor - muy pa¬ 
triota. Sí, no era ningún pata pelada.-: 
Que llegara la ocasión,, y. había dé de¬ 
mostrar de que palo era la canoa. .. 
Pero se hacía tarde,-iba á decir que yo 
no faltaría á la comida, y allá me espe¬ 
raba para póder: charlar. Lo acompañé 
hasta la puerta de la sala; allí se detuvo 
diciéndome que simpatizaba mucho con¬ 
migo. Cuando se casó yo estaba' en Eu¬ 
ropa. Había conocido í‘ mi padre, un 
• hombre á las derechas, con quien sé'en- 
- centrara en un célebre baile de la Playa- 
Grande ... Cosas!... Cosas! Hablaría 
después, se hacía tarde, tenia que lle¬ 
var la respuesta á Cotrkn. Salid; le 
cerré ía puerta.. . 


. CAPITULO-XCIIl 

4 

La comida 

Que suplicio, la tal comida! Felizmen¬ 
te, Sabina me hizo sentar al lado de la 
hija de Damasceno, una doña Eulalia, 
ó más familiarmente Ña-loló, joven gra¬ 
ciosa, un tanto tímida al principio, pero 
solo al principio. Carecía de elegancia, 
pero la compensaba, con los ojos, que 
eran soberbios y solo tenían el defecto 
de uo apartárse de mí, excepto cuando 
miraban al plato; pero . Ña-loló comía 
tan poco que casi no miraba el plato. 
Por la noche cantó; la voz era como de¬ 
cía el padre-muy agradable. No obstante 
me esquivé. Sabina me acompañó hasta 
la puerta, y me preguntó que tal me 
parecía la hija de Damasceno. 

—Así, así. 

—Muy simpática, no? agregó ella, le 
falta un poco más de corte. Pero que 
corazón! es una perla. Que buena no¬ 
via sería para tí. 

—No me gustan las perlas. 

—Qué terco! Hasta cuando vas á es¬ 
perar? para cuando te estés cayendo de 
.maduró, ya sé. Pues, quieras que no, te 
has. de casar con Na-loló. 

Y decía esto dándome golpeeitos en la 
cara con los dedos, suave como una pa¬ 
loma, y al mismo tiempo imperativa y 
resuelta. Dios mío! sería aquel el- mo¬ 
tivo de la reconciliación ? Quedé un poco 
desconsolado con la idea, pero una voz 
misteriosa me llamaba .á casa de Lobo 
Neves; dije adiós á Sabina y á sus ame¬ 
nazas.. 

CAPITULO XCIV 
La causa secreta - 

—Como está la querida mamá ? 

. Ai oir estas palabras, Virgilia se en¬ 
fadó, como siempre. Estaba en el marco 
de la ventana, sólita, mirando para la 
luna, y me recibió alegremente; pero 
cuando le hablé de nuestro hijo se fas¬ 
tidió. No le gustaba semejante alusión, 
la fastidiaban mis anticipadas caricias 
paternales. Yo, para quien era ella ya 
una persona sagrada, un vaso sagrado, 
la dejaba estar quieta. Supuse al .prin- 


73 


MEMORIAS POSTUMAS DE Bl.AS CUBAS 


cipio que el embrión, aquel perfil de lo 
desconocido, proyectándose en nuestra 
aventura, le había restituido- la concien¬ 
cia del mal. Me engañaba. Nunca Vir- 
gilia me había parecido 'más éxpansiva, 
más sin reservas, menos preocupada de 
los demás y del marido. No eran remor¬ 
dimientos. Imaginé también que la con¬ 
cepción sería un puro invento, un modo- 
de - ligarme á. ella, recurso sin larga efi¬ 
cacia, que tal vez comenzaba á incomo¬ 
darla. No era absurda esta hipótesis; 
mi dulce Virgilia mentía á veces con 
tanta gracia! 

En aquella noche descubrí la causa 
verdadera. Era el miedo del. parto y de 
las molestias de la gravidez. Había pa¬ 
decido mucho cuando tuvo el. primer 
hijo; y esa hora, hacha do minutos, de 
vida y de minutos de muerte,, le daba ya 
imaginariamente los escalofríos del pa¬ 
tíbulo. En cuanto á la molestia, se com¬ 
plicaba con la privación dé ciertos hᬠ
bitos de vida elegante; Con certeza, era 
eso; so lo di á entender,^ reprendiéndola, • 
invocando hasta'cierto punto mis dere¬ 
chos de padre. Virgilia me miró fija¬ 
mente; en seguida desvió los ojos y son¬ 
rió con aire incrédulo. 

capítulo xcv 

Flores de antaño 

Donde estarán las’ flores d.e antaño ? 
TJha tarde, después de algunas semanas 
de gestación, se desmoronó todo él' ; édi- 
ficio de mis quimeras paternales. Mar¬ 
chóse el embrión en ese punto en que no 
se distingue á Laplace de una tortuga. 
Supe la noticia por boca de L.obo Neves, 
que mé dejó en la sala, y acompañó ai 
médico á la alcoba de. la frustrada ma¬ 
dre. Yo me acerqué á la ventana, y mi¬ 
ré. para la chacra, donde verdegueaban 
los naranjos sin flores. Donde estarán 
las flores, de anta&o ?. ■ 

capítulo xcvt 

La carta anónima 

Séntí que mé tocaban en el hombro; .. 
era Lobo Neves. Nos miramos cara á 
cara' algunos instantes, mudos, incons'o- ' 
lablés. Pregunté por Virgilia, después 
nos quedamos conversando una media 


• 

hora. Al cabo de ese tiempo, vinieron á 
traerle una carta; la leyó, palideció mu¬ 
cho y la guardó con mano trémula. Creo 
que le vi hacer un gesto,. como si fuera 
á abalanzarse sobre mí; pero no recuer¬ 
do bien. Lo que recuerdo claramente es 
que los días siguientes me recibió, frío 
y taciturno. Por fin, Virgilia me contó 
todo, días después en la Gamboa. 

.. El marido le mostró la carta, luego 
que ella se restableció. Era anónima y 
nos denunciaba. No decía todo; no ha¬ 
blaba, por ejemplo, de nuestras entre¬ 
vistas externas; se limitaba á precaverlo 
contra mi. intimidad, y agregaba que la 
sospecha era pública. Virgilia leyó la 
carta y dijo con indignación que era una 
calumnia infame. . 

—Calumnia? preguntó Lobo Neves., 

—infame, 

EL maridó respiró;' pero, volviendo á 
leer la carta, parecía que cada palabra 
de aquella lé hiciera con el dedo una se¬ 
ñal negativa, cada letra gritaba contra 
la indignación de la mujer.. Aquel, hom¬ 
bre, por otra parte intrépido, era en 
aquel instante-la más frágil de las cria¬ 
turas. Talvez la imaginación le mostró, 
á lo lejos, el famoso ojo de la opinión, 
mirándolo' sarcásticamente, con un aire 
de burla;- talvez una boca invisible le 
repitió al oido las burlas que él oyera ó 
dijera en otros tiempos. Instó á la mu¬ 
jer á que le confesara todo, porque todo 
le perdonaría.. Virgilia comprendió que 
estaba, salvada; se mostró-irritada con 
la insistencia, jotró qúe jamás me había 
oido sino palabras de broma y cortesía. 
La carta había de ser de algún enamo¬ 
rado sin ventura. Y citó algunos—uno 
que la galanteara francaménte, durante' 
tres semánas, otro que. le escribiera una 
carta, y todavía Otros y otros. Los citaba 
por el nombre, con circunstancias, estu¬ 
diando los ojos del marido, y concluyó 
diciendo que, para no dar. margen á la 
calumnia, me trataría dé manera que yo 
no volviese allí. , 

Oí todo esto algo turbado, no por el 
aumento de disimulo que tendría que 
emplear en- adelante, hasta apartarme 
enteramente de la casa de Lobo Neves, 
pero si por-la tranquilidad moral de Vir¬ 
gilia, por la falta de conmoción, de sus¬ 
to, de «saudades»^ y hasta de remordí- 



MACHADO'DE ASSÍS 


* 74 


mientos. Virgilia notó mi preocupación, 
me hizo levantar la cabeza/ porque yo 
estaba mirando el sudo, y me dijo con ' 
cierta amargura: 

—Usted no merece los sacrificios que 
le hago. > 

No le dije nada; er^ocioso decirle 
que un poco de desesperación y de terror ' 
le .daría ¿ nuestra situácion el sabor 
cáustico, 'de los primeros días; pero si se 
lo hubiese dicho no es difícil que hu¬ 
biese llegado lenta y artificiosamente 
hasta ese poco de desesperación y de . 
terror. No. le .dije nada. Ella golpeaba 
nerviosamente el piso con la ..picata del 
pié; me aproximé y la besé en,la cabeza. 
Virgilia retrocedió, como; si fuera un 
beso de difunto. , 

capítulo xcvn. . .. 

Entre 1» boca, y la cáheza 

Siento que el lector se ha extreme- 
cidó,—ó que debió estremecerse. Natu¬ 
ralmente, la : última palabra le sugirió 
tres ó : cuatro reflexiones. Vean bien el 
cuadró: eñ una - casita de la Gamboa, do3 
personas qué sé aman hace nyucho tiem¬ 
po, inclinada la una sobre la otra, dán¬ 
dole un. beso , en la cabeza, y la otra re¬ 
trocediendo, como si sintiera el con¬ 
tacto de la boca de un cadáver. Hay ahí 
un breve intervalo éntre la. boca y la 
cabeza, antes del beso y después del beso, 
hay ahí largo espacio para mucha co¬ 
sa,—la contracción de un ‘remordimien¬ 
to—r-la arruga de la-desconfianza,—ó on 
fin la nariz pálida y soñolienta ‘de la 
, saciedad.... -. 

CAPÍTULO XCVIII 

Suprimido 

'Nos separamos alegremente. Comí re¬ 
conciliado con la situación. La; carta- 
anónima le devolvía ¿ nuestra aventura 
la sal del. misterio y la pimienta del pe¬ 
ligro; y por fin, fué iquy. bueno que Vir¬ 
gilia no perdiera en aquella crisis la po¬ 
sesión dé sí misma.. De noche fui al tea¬ 
tro dé San Pedro, se representaba una 
gran pieza en que, Estellá arrancaba, lá- 
' grimas. Entro; recorro los-palcos cúh 
la vista; veo ; en uno dé ellos á Damas- 
ceno'con su familia. Vestía la bija con 


otra elegancia y cierto lujo, cosa difícil 
de explicar porqué él padre ganaba ape¬ 
nas lo necesario para endeudarse; y de 
ahí, tal vez'fuese por eso mismo. 

En el entreacto fui á visitarlos. Da- 
masceno me. récibió con muchas pala¬ 
bras, la mujer con muchas sonrisas. En 
cuanto á Na-loló, no mé quitó los ojos 
de encima. Me 'parecía ahora más bo¬ 
nita que el día de la comida. Le hallé 
cierta suavidad etérea unida á la finura 
de las formas terrenas;—expresión, vaga, 
y condigna de un capítulo' en que todo 
.ha ele- ser vago. "Realmente, no se corno- 
decirles que no me sentí, nial al lado de 
aquella joven, qúe vestía gallardamente 
un traje fino, un traje qué me daba de¬ 
seos do Tartuffo. Al contemplarlo, cu¬ 
briendo casta y redondameáte la rodilla, 
fue qúe. hice un, descubrimiento sutil, á 
saber, que la naturaleza previo la vesti¬ 
dura humana, condición necesaria al des¬ 
envolvimiento de nuestra especie. La 
desnudez habitual, dada la multiplici¬ 
dad de las tareas y de los cuidados del 
individuo, tendería á. embotar los senti¬ 
dos y á retardar los sexos, al paso que 
e’ vestuario, velando la naturaleza, aguza 
/ y atrae las voluntades, las. activa, las re- 
. produce y dé. consiguiente hace marchar 
la. civilización. Bendito sea el uso que 
nos ha proporcionado á «Othello» y los 
paquetes trasatlánticos! 7 

Estoy con ganas de suprimir este ca¬ 
pítulo. El declive es peligroso. Pero eir 
...fin;.yo escribo mis memorias y no las tu¬ 
yas, Lector pacato. Al lado de- la gra¬ 
ciosa doncella sentíame presa de una 
. t.énsacibn dóble é indefinible. Ella expre¬ 
saba enteramente la dualidad de Pascal, 
«i angé et la bété», con la diferencia que 
el jansenista no admitía la simultanci- 
' dad de lás dos naturalezas, al paso que 
allí estaban bien juntitas,—«l’ange», que 
decía algunas cosas del cielo,—y «la 
béte»;. que... . No/ decididamente supri¬ 
mo éste, capítulo. 

capítulo xc.ix 

En Ja platea 

En la platea hallé á Lobo Neve s, con- 
' versando coú algunos amigos; hablamos 
. a 1 , pasar, en, frío, cohibidos el uno y el 
otro.. Pero en el entreacto siguiente. 




75 


MEMORIAS POSTUMAS DB BLAS CUBAS 


cuando iba '4 levantarse el telón, nos. en¬ 
centramos en uno. dé los corredores, en 
el que no habia_ nadie. Se me aproximó, 
c-on mucha afabilidad y risa, me empujó 
hacía una de las ventanillas ,deí. teatro, 
y hablamos largo, principalmente • él, 
que parecía el más tranquilo de los hom¬ 
bres. Llegué á preguntarle por la mu¬ 
jer; me respondió que estaba buena, pero 
torció luego la conversación hacia asun¬ 
tos generales, expansivo, casi risueño. 
Adivine el que quiera la causa de la dife¬ 
rencia ; yo le huyo á Damasceno que me 
está esperando en la puerta del palco.. 

No oí nada del acto siguiente, ni las 
palabras de los actores, ni los aplausos 
del público. Reclinado en la butaca; re¬ 
constituía en la memoria á retazos la con- 
versación de Lobo Nieves, reproducía sus 
maneras, y concluía que era mucho me¬ 
jor la nueva situación. Nos bastaba la 
G-amboa. La frecuentación- de la otra 
casa aguzaría las envidias. Rigurosa¬ 
mente podíamos dispensarnos de hablar- - 
nos todos los días; hasta era mejor, ha¬ 
cía intervenir, á la <fsaudade» en nuestros-, 
amores.. Por otra parte, yo había pisado 
los cuarenta; j no era nada, ni siquiera 
simple elector de la parroquia. ..Urgía 
qüe hiciese, algo, hasta por. amor dé Vir- 
gilia, que había, dé ufanarse cuando viese 
lucir mi nombre.Creo que*en ése mo¬ 
mento hubo grandes aplausos, pero no lo 
juro: yo pensaba en otra cosa. 

Multitud, cuyo ¿mor codicié; hasta la 
muerte, era así como yo me vengaba á ve¬ 
ces de tí; dejaba.rumorear alrededor mío 
á la gente humana,* sin oirla, como hacía 
ci Prometeo de Esquilo con sus. vérdu- - 
gos. Ah! tu contabas con encadenarme 
á la roca de tu frivolidad, de-tu indife-' 
reacia, de .tu agitación ? Frágiles cade- . 
ñas, amiga, mía; yo las rompía con un 
gesto de Gulliver. Cosa, vulgar es ir á : 
meditar al yermo. Lo voluptuoso, lo raro, 
es aislarse el hombre en- medio de un mar 
do gestos y palabras, de nervios y pasto-, 
mes, decretarse alejado, inaccesible, au-. 

senté. Lo más. qué pueden deéir, cuando’ 
torna en sí, — esto es, cuando vuelve, á 
los demás,—es que baja del mundo de ja .. 
luna; pero el mundo de la luna, ese-.des- 
van luminoso y recatado ’ del cerebro, 
que otra cosa es sino-la afirmación des¬ 


deñosa de nuestra libertad espiritual? 
Vivé Dios! he aquí un buen final de 
capítulo. 

CAPÍTULO C 

El caso probable 

Si este mundo-no fuese una región de 
espíritus distraídos,, sería escusado recor¬ 
dar ál lector que yo sólo afirmo ciertas 
leyes, cuando las domino de veras; pues 
cu chanto á otras me limito á la admi¬ 
sión de la probabilidad. Un ejemplo de 

la segunda clase lo constituye este capí¬ 
tulo* cuya lectura recomiendo á todas las 
personas que. aman el estudio de los fe¬ 
nómenos sociales. Según parece, y no os 
improbable,, existe entre los hechos de la 
>ida pública, y los dé la vida privada una. 
cierta acción recíproca, regular y talvez 
periódica,—ó, para usar una imágen, hay 
alguna cosa semejante á las mareas de la 
piaya del Flamenco y de otrás igualmen¬ 
te agitadas. 

En efecto, cuando la ola embiste la pla¬ 
ya extiéndese muchos metros adentro; 
pero esa misma agua' vuelve al mar con 
variable fuerza, y vá á engrosar la ola que 
ha de venir y. ha de. volver como la prime¬ 
ra. Esta es la imagen; veamos la aplica¬ 
ción. 

Dejé dicho en otra página qué Lobo 
Neves, nombrado presidenté de provin¬ 
cia, rechazó - el nombramiento á causa de 
la fecha deí decreto, que era 13; acto gra- 
ve, puya consecuencia fué apartar del mi¬ 
nisterio al marido de. Virgiliaé ' 

Así, el caso particular de la. aprensión 
á un número produjo el fenómeno de la 
disidencia política. Queda .por ver como 
tiempos después,.nn.acto político deter¬ 
minó en la vida una cesación de movi¬ 
miento. No conviniendo al método de es¬ 
te libro descubrir inmediatamente ese 
otro fenómeno, me limito á decir por aho¬ 
ra que Lobo Neves, cuatro jueves des¬ 
pués de nuestro.encuentro en- el teatro, 
se reconcilió con el ministerio, hecho que 
el ,lector no debe perder, de vista, si 
quiere .penetrar la sutileza de mi pen¬ 
samiento. • , 



76 


MACHADO DE ASStS 


CAPÍTULO C1 

La revolución dálmata 

' * * .. « 

X • 

Fue Yirgilia quien me dió noticia de. 
la voltereta política del marido, cierta 
mañana de Octubre, entre las once y 
medio .día;, me habló de reuniones; do 
entrevistas, de un discurso.. • 

—De modo que tal vea' ilegue usted 
á baronesa, la interrumpí yo. 

Ella estiró los ángulos de' la boca-, y 
movió la cabeza á un lado y otro; pero 
ese gesto, de indiferencia era desmenti¬ 
do' por aígo menos definible, menos cla¬ 
ro, una expresión de placer y esperanza. 
No se porque, se me ocurrió, que la carta 
imperial del nombramiento, podía atraer¬ 
la á la virtud, no digo por la virtud en 
sí misma, pero por. gratitud al marido. 
Porque .ella amaba cordíalmente lai no¬ 
bleza. Uno de los mayores disgustos de 
nuestra vida fué la aparición de cierto 
personaje de legación,—de la legación de 
Dalmácia,' supongamos, — el conde B. 
V., qué le hizo la corte durante tres me- 
. ses. Aquel hombre, verdadero hidalgo de 
raza, trastornaba un poco la cabeza de 
Yirgilia que, aparte' de lo dicho, tenía 
vocación por la diplomacia- No llego, á 
imaginar lo que. sería de mí si no re¬ 
vienta én Dalmacia una revolución, que 
derrocó el gobierno y purificó las emba? 
jadas. Fué sangrienta, la revolución, do- 
lorosa, formidable; los diarios, á oadai 
paquete que llegaba'de Europa, transcri¬ 
bían los horrores, medíanla sangre, con¬ 
taban las cabezas* todo el mundo gemía 
de indignación y. piedad. .V ya no;, yo 
bendecía, interiormente aquella, tragedia, 
que me sacara un guijarro del zapato. Y 
después, la Dalmacia quedaba tan lejos. -■ 

, t 

CAPÍTULO CU 

*D e re p o s o 

Pero este mismo hombre, que se aíer 
gró con la partida del otro,, realizó de. 
:allí á algún tiempo... No, no he de con¬ 
tarlo en esta pájina, quede éste capítulo 
para-descanso de mi disgusto.'Una ac¬ 
ción grosera, baja, - sin explicación posi¬ 
ble..-.Lo. repito, rio contaré él cajpo en 
esta página. 


CAPÍTULO Clll 
Distracción 

—No, señor doctor; esto no se hace. 
Perdóneme, esto no se hace. ' i 

Tenía razón Doña Plácida. Ningún ca¬ 
ballero llega con una hora de retardo 
al lugar en que le espera su dama. Entré 
sin aliento; Virgilia-se había marchado. 
Doña Plácida me contó que ella me espe¬ 
rara mucho, que se enojara, que llorara, 
que jurara condenarme al desprecio, y 
otras cosas más que nuestra casera decía 
cor, lágrimas en la voz, pidiéndome que 
no abandonara á Yayá, que era ser muy 
injusto con una mujér, que ine había sa¬ 
crificado todo. Le expliqué entonces que 
nn error... Y no había tal; creo que fué 
simple distracción. Un dicho, una conver¬ 
sación, una anécdota, cualquier cosa ; sirii- 
ple' distracción. 

Pobre doña Plácida. Estaba aflijida de 
veras. Iba de un lado .para otro, menean¬ 
do la cabeza, suspirando eon estrépito, mi- 
T&r do por el postigo. ' 

Pobre doña Plácida! Con que arte arre¬ 
bujaba las ropas, refrescaba las faces, ca¬ 
lentaba las mañas de nuestro amor.! qué 
imaginación fértü para tornar las horas 
más apacibles y brévesi Flores, dulces,— 
.los ricos, dulces de. otros dias,-—y mucha 
risa y muchos cariños, risas y cariños que 
crecían con el tiempo, como si hubiera 
querido fijar nuestra' aventura, ó resti- 
V tuirle el primer encanto. Nada olvidaba 
nuestra confidente casera; nada, ni la 
mentira, porque al unó y al otro nos rc- 
féiia suspiros y «saudades» que nó presen- 

- ciara; nada,ni la calumnia, porque una 
'vez llegó á atribuirme una pasión nueva. 

—Usted sabe que yo no puedo gustar 
-de otra mujer, fué mi respuesta, cuan¬ 
do Yirgilia me habló de aquéllo. Y está 
sola frase, sin .ninguna protesta ó amo¬ 
nestación, disipó la calumnia de doña 
Plácida, que se puso triste. 

—Está bien, díjele después de un cuar¬ 
to de hora ; Yirgilia. ha de reconocer que 
no he tenido culpa alguna.....'Quiere us¬ 
ted llevarle una carta ahora mismo? 

—Qué triste ha de . estar, pobrccita! 
Mire, yo rio deseo la muerte dé nadie; 

- pero, si él señor doctor algún día se llega 



77 


MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


á casar cón Yaya, entonces sí que verá 
que ángel es! 

Recuerdo que volví, el rostro y fijé los 
ojos en el suelo. Recomiendo este gesto 
á las personas que no tuvieran una frase 
pronta para responder, ó también á las 
que recelan-fijar la pupila en otros ojos. 
En- tales casos, algunos prefieren recitar 
una octava de las «Luisiadas», otros adop¬ 
tan el recurso de silbar la «Norma»; yo 
me atengo al gesto’ indicado; és más sim¬ 
ple, exige -menos esfuerzos. 

Tres días después, estaba todo explica¬ 
do. Supongo, que Virgilia quedó algo sor- • 
prendida, cuándo lé pedí disculpa por las - 
lágrimas> que derramara en aquella Oca¬ 
sión. No recuerdo si interiormente las 
atribuí á doña Plácida. En efecto, podía 
suceder qué doña Plácida llorase, al verla 
disgustada, y, por un fenómeno de la vi¬ 
sión, las lágrimas que tenia en los propios 
ojos-le pareciesen, caer de_los ojos de Vi:v . 
gjlia. Fuese como fuese, todo estaba ex¬ 
plicado, pero ño perdonado, y menos aún 
olvidado. Virgilia me decia una porción 
de cosas duras, me amenazaba con la se¬ 
paración, por último ponderaba al mari¬ 
do. Aquél sí> era un hombre digno, muy 
- superior á mi, delicado, un primor de cor¬ 
tesía y afecto; eso es: lo que ella., decia, 
mientras que yo, sentado, con los codos 
clavados en las rodillas, miraba hacia el 
suelo, donde una mosca' arrastraba una 
hormiga que le mordía la pata. ‘ Pobre 
mosca! pobre hormiga! 

' —Pero usted no. dice, nada, nada ? me 
preguntó Virgilia, parándose delante 
de iní. •• 

—Qué he de decir? ya le expliqué to¬ 
do; usted tiene empeño en' enojarse ; que 
ht de hacer? Sabe lo que mé parece? Me 
parece que usted está fastidiada, que se 
• aburre, que quiere acabar... " 

-—¡ Justamente! • 

Fué de-allí á ponerse el sombrero, con 
mano trémula,'rabiosa... — Adiós, doña.'. 
Plácida; gritó desde adentro. Después fué 
hasta la. puerta, corrió el pasador, iba á 
salir; la tomé de la cintura. 

—Está bueno, está bueno! le dije. Vir¬ 
gilia todavía forcejó por salir. La retuve, 
le pedí que no se fuese, que olvidase; 
ella se apartó de la puerta y fué á caer 
en el canapé. Me senté al lado .de ella, 


le dije muchas cosas cariñosas, otras hu¬ 
mildes, otras graciosas. No afirmo que 
nuestros labios llegaron á la distancia 
de una hebra de hilo y aun menos; es ma¬ 
teria de controversia. Me acuerdo, sí, que 
en la agitación se le cayó un pendiente á 
Virgilia,' que yo me incliné á recogerlo, 
y que la mosca de hace poco se trepó 
ai dige, llevando siempre á la hormiga 
en la pata. Entonces yo, con la deli¬ 
cadeza nativa de un hombre de nuestro 
siglo, puse en la palma de la mano aque¬ 
lla pareja de mortificados; calculé toda 
la distancia ..que mediaba entre'mi mano 
y el planeta Saturno, y me pregunté á 
mi mismo que interés podía tener un 
episodio tan ínfimo. Si concluyes de ahí 
qué yo era ún bárbaro, te engañas, por¬ 
que le pedí una horquilla á Virgilia 
para separar á los dos insectos; pero la 
mosca sospechó mi intención, abrió las 
' alas y se marchó. Pobre mosca! pobre 
hormiga! y Dios vió que esto era bueno 
como se dice en la Escritura. 

CAPITULO civ 

Era él 

Devolví la horquilla á Virgilia, que la 
hundió de nuevo entre el cabello, y se 
•preparó para salir.,. Era tarde; habían 
dado las tres.' Todo estaba olvidado y 
.perdonada. tJoña Plácida, que- espiaba 
una ocasión propicia para la salida, cié-- 
rra bruscamente la ventana y exclama: 

—Virgen María Santísima.! ahí viene 
el marido de Yáyá! 

-El momento de terror fué.corto, pero 
completo. Virgilia . se puso del color de 
los encajes del vestido, corrió hasta la 
puerta de la alcoba;, doña Plácida, que 
cerrara el postigo, quería también ce¬ 
rrar la puerta por dentro; yo mé'dis¬ 
puse.á esperar á Lobo Néves. Ese corto 
instante pasó; Virgilia volvió en sí, me 
empujó; hacia ,1a alcoba, díjole á doña. 
v Placida que volviera á la ventana; la 
confidente obedeció'. ' 

Era él: doña Plácida le abrió la puerta 
con muchas exclamaciones de sorpresa:— 
El señor por aquí ! honrando la casa de 
su vieja!. Entre, haga el favor. Adivine 
quien-está- aquí... No tiene que adivi¬ 
nar, no vino poT otra cósa... Venga, 

. Yayá. Virgilia que estaba en un rincón. 



78 


MACHADO 

•se acercó al marido. Yo espiaba por el 
agujero de la cerradura. Lobo Neves, 
entró lentamente, pálido, frío, tranquilo, . 
sin explosioñ, sin arrebato, y giró una 
mirada por la sala. 

.—Qué es esto ? exclama Virgilia. Us¬ 
ted por aquí. v . • ■ ' 

—'Al pasar vi -á doña Plácida en la 
ventará y vine á saludarla. 

-•—Muchas 'gracias,'' exclamó ésta.' Y. 
digan que- las viejas no sirven para na¬ 
da.. . Pues no es¡ nada! Yayá parece 
estar, con celos: Y acariciándola mucho: 
Este angelito es quién nunéa se olvidó 
de la vieja Plácida. Poí)recita! es la 
■ misma cara de la madre... Siéntese, se¬ 
ñor doctor. ... 

—lío me detengo. 

—Usted va para casa? dijo - Virgilia. 
Iremos juntos. 

—Voy. / ... • 

—Derae mi sombrero doña Plácida. * 

—Aquíestát 

Doña Plácida fué á buscar un espejo,. 
ío abrió- delante de ella, -Virgilia poníase 
cl # sombrero, ataba las cintas,; aireglaba 
el cabello; hablándole al marido^ que no 
respondía nada. Nuestra ' buena vieja 
charlaba demasiado; era un modo de 
disimular los temblores dél cuerpo. Vir- 
gilia, dominado eí primer instante, vol-* 
vió al dominio de sí misma. 

tt—P ronta! dijo. Adiós, doña Plácida, 
no se olvide de ir,, ha oído ? Lá otrá'pro-- 
metió que sí, y les abrió la puerta. . : 

. . .. CAPÍTULO CV 

Equivalencia-dé las ventana» 

Doña Plácida cerró, la puerta y cayó' 

• sentada en una silla." Yó salí inmedia¬ 
tamente de, la alcoba, y di dos pasos para 
correr á la calle,, con el fin de arrancarle 
mi Virgilia al marido;, fué. lo que.dije, 
y por fortuna lodije; porque, doña Plᬠ
cida me' detuvo por un brazo. Tiempo . 
hubo en que llegué á sospechar, que no 
dijé aquello sino para que ella me detu¬ 
viese ; pero la simple reflexión basta para 
demostrar qué, déspues de lbs diez Mi¬ 
nutos dé la alcoba, el gesto más génuino 
y cordial no podía ser sino ese. Y ésto 
por aqúella famosa .ley de la equivalen¬ 
cia de ,las ventanas, que tuve la satisfacr 
cion de descubrir y formular, en el ca- 


DE ASSIS 

pitulo LI . Era preciso aerear la con¬ 
ciencia. La alcoba era una Ventana ce¬ 
rrada; yo abrí, otra con el ademan de 
salir, y respiré. 

CAPÍTULO CVt 
Juego peligroso 

Respiré y me senté. Doña Plácida atro¬ 
naba la sala'con exclamaciones-y quejas. 
^ o la oía, sin. decirle cosa alguna;, re¬ 
flexionaba si no hubiera sido-mejor en¬ 
cerrar á Virgilia en la alcoba y permane¬ 
cido, en .la sala, pero advertí que hubie¬ 
ra sido peor, hubiera confirmado la sos¬ 
pecha, puesto fuego á la pólvora, y una 
escena de sangre... Qué iba á suceder, 
en casa de Virgilia? Lá mataría el ma¬ 
rido? la maltrataría? lá encerraría? la 
expulsaría? Estas interrogaciones reco¬ 
rrían lentamente mi cerebro, como los 
púntitos y comas' oscuros que récorren 
el campo visual de. los Ojos enfermos ó 
Cansados. Iban y venían con su aspecto 
seco y trájico, y yo Vio podía asir uno de 
ellos y decir: eres tú, tú' y no otro- 

Dé repente veo un bulto negro; era: 
doña Plácida, que'fuera adentro, sé pu¬ 
siera el manto; y venía .á ofrecérseme 
para ir á casa de . Lobo Neves. Le- hice 
ver qúe aquello* era arriesgado, porque 
él., desconfiaría de una visita tan inme- 
. diata. - " . >. 

- —Descuide, me interrumpió ella; ya : 
sabré arreglar las cosás. Si él está en 
casa no entró. 

- Salió; yo me quedé rtuúiando' él su¬ 
ceso y sus consecuencias posibles. Al ca¬ 
bo,, me pareció que estaba jugando á un 
juego peligroso, y- me preguntaba á mí 
mismo si no era tiempo de marcharse 
y' desaparecer. Me séiitía presa de una 
«saudade» do casamiento, de un deseo 
de canalizar la vida.'Por qué no? Mi 
corázon tenía un campo que explorar; 
no me sentía incapaz de un. amor cásto, 
severo y puro. En verdad', las aventuras 
son la parte torrencial y vertiginosa de 
la vida,'es decir, la excepción; yo estaba 
hastiado de ella; no sé si hasta sentía. 
algún- remordimiento. No bien pensé en 
aquéllo, me dejé, ir tras de la imagina¬ 
ción; en seguida me vi casado, al lado 
de una mujer adorable, delante de un 
«baby» que dormía, en el regazo dél amor. 



MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 


79 - 


todos juntos en el fondo de una chacra 
sombría y verde, espiando á través de? 
los árboles una faja azul. 

' capítulo cvir ’. . ’ 

Billete 

«No hubo nada, pero sospecha alguna 
cosa; está muy serio y no habla';, ahora 
ha salido. Sonrió una vez solamente» á 
Soñó, después de mirarlo mucho rato, 
ceñudo. No me ha tratado ni mal ni/ 
hien. No sé qué va á suceder; Dios quie- ■ 
ra que esto pase. Mucha cautela, por 
ahora, mucha^ cautela.» 

capítulo cviu- 

Que no se entiende 

Ife aquí el drama, he aquí la punta dé, 

•• oreja trájica' de Shakespeare. Aquel peda- 
’cito de papel, garabateado en partes, es¬ 
trujado por.las manos, era un d.ocum.ento ' 
de análisis; que yo no haré en este capi¬ 
tulo, ni en el.otro, ni.tal vez ém todo el 
resto del libra Podría privar áí lector 
del gusto de observar por sí . mismo- la 
frialdad, la,perspicacia y el espíritu de 
esas pocas líneas, trazadas de prisa; y por 
. detrás de ellas la tempestad de otro ce¬ 
rebro, la. rabia, disimulada, la desespera¬ 
ción que se comprime y medita, porque . 
tiene que revolcarse; en él -lodo,, en ;la( 
sangré, ó en las lágrimas?' . ^ 

En cuanto á mí,; si os ..dijera que ; leí 
el billete tres ó cuatro veces en; aquel; 
día, creedlo, que es verdad ; si. os dijera ' 
además que -lo releí al día siguiente, an-,' 
tes y despides déL almuerzo, podéis creer- ; 
ló, és. la pura verdad. ¡Pero si os= dijera 
la conmoción que me produjo, dudad .un 
. poco de la aserción, y no ía aGepteis sin 
a pruebas. Ni entonces, ni aun ahora he. 
llegado á discernir lo que experimenté- 
Era. miedo, y no. era miedo ; e r a ¿olor y. 
•Tío era dolor; era-vanidad y no.era vani¬ 
dad; en fin," era amor sin-amor, es decir, 
sin delirio; y de todo eso resultaba una 
combinación asaz compleja y yaga, una 
cesa que no podréis entender, como que 
yo tampoco la entiendo. Supongamos qüe 
no he dicho hada. - • . 


• capítulo cix 

£1 filÓAO fo 

Sabido que releí la carta, antes y des¬ 
pués chfi almuerzo*, s'abido queda que al¬ 
morcé, y sólo rosta agregar que esa refec¬ 
ción fue de las más parcas de mi vida; 
un huevo, una tajada de pan, una taza 
de té. No he olvidado esta circunstan¬ 
cia mínima ; en medio de tanta cósa imr 
•/portante obliterada escapó aquel al¬ 
muerzo. La razón principal póflia ser jus¬ 
tamente mh desastre; pero no fué; la, 
principal razón fhé la reflexión que me 
hizo Quincas Borba,. cuya visita recibí 
. aquel día. Me dijo qué la frugalidad no 
era necesaria para entender el Humani- 
tismo, y menos, aun practicarlo; que esta 
filosofía se concillaba .fácilmente con los 
pláceres de la vida, inclusive la mesa, 
eL .teatro-y los amores; y que, por el 
.contrario, la frugalidad podía indicar 
cierta inclinación, hacia el ascetismo, el 
cual-era la expresión más acabada de la 
tontería humana. 

/ —'Vea á San Juan, continuó; se man¬ 
tenía de langostas en el desierto, en vez 
da engordar tranquilamente en la ciu-‘ 

- dad, y. hacer enflaquecer al farisaismoi 
•en'la sinagoga. - 

y\ - Dios me libre de contar la historia de' 

• Quincas Borba, que por lo demás oí toda, 
eii.aquella triste ocasión, una historia lar¬ 
ga» complicada; pero interesante. Y si 
no cuento la- historió, me libro también 

- de . describirle la figura, muy diversa de. 

• lo qué/me apareció en el Paseo Público." 
Me callo ; diré solamente que si la prin¬ 
cipal característica del hombre no son las 
facciones síño el vestuario, aquel no era 
Quincas Borba;. era fin desembargador 
sin beca, un general sin entorchados, un 
comerciante sin «déficit». Observé-la per¬ 
fección, de la levita,, la blancura-de la\ 
camisa, el. aseo de las botas. , Lá misma 
voz quebrada entoncés, parecía restitui¬ 
da á la primitiva sonoridad. En cuanto á 
lá¿ gesticulación,, sin que hubiese perdi¬ 
do la viveza de otros tiempos, no era ya 
desordenada, sé sujetaba á ún método. 

'Pero vo ho quiero describirlo. Si hablase 
por. ejemplo del boton de oro que lleva-' 
ba en el pecho, y dé la calidad del cuero 



80 


MACHADO 


do las botas, iniciaría una descripción, 
que omito por la brevedad. Conténtense 
con saber que las botas eran de charol. . 
Sepán además que heredará algunos po¬ 
cos contos de reis de un viejo tío de 
Barbacena. . < . , 

Mi espíritu, (permítanme , aquí una 
comparación de niño!) mi espíritu era en 
aquella ocasión una especie de pelota. La 
narración de Quincas Borba le daba una 
palmada, y subía; cuando iba á caer, la 
carta de Virgilia le daba otra palmada, v 
de nuevo saltaba á los aires; descendía, 
y el episodio del Paseo Público lo. recibía 
con otra palmada, igualmente fuerte y 
eficaz. Creo que no he nacido para las si¬ 
tuaciones complejas- Ese pujar y empujar - 
de cosas opuestas, me desequilibraba.; te¬ 
nía ganas de envolver á Quincas Borba, 
á Lobo Neves y al billete de Virgilio, en 
la misma filosofía, y mandárselos de re¬ 
galo á Aristóteles. Con todo, era instruc¬ 
tiva la-narración de nuestro filósofo; yo 
admiraba el talento' de- observación con 
que describía la. gestación y el crecimien¬ 
to del vicio, las luchas interiores, las ca- • 
pitulaciones lentas, él contacto del fango. 

—Mire, observó; la primera noche que 
pasé en las gradas de San Francisco,' la 
dormí entera, cómo si fuese sobre la más 
- fina pluma. Por qué ? porque pasé gra¬ 
dualmente de la cama mullida al catre 'de. 
lona, del cuarto propio al cuerpo de guar¬ 
dia, del cuerpo de guardia á la.calle... • 

_ Quiso exponerme finalmente su filo- 

• sofía; le rogué que. nó!—Estoy muy prc- 
ocupado'hoy y nópbdríá'atenderlo; ven¬ 
ga otro dia; estoy siéinpre en ca&a. Quiii- 

• 'cas-Borda sonrió de una manera malicio¬ 
sa; tal vez supiera mi aventura, pero nó 
lo dió á entender. Solo me dijo estas ÚJ ‘ 
timas palabras en la puerta: 

—Venga al Húmanitismo; él es el gran 
regazo de los espíritus,; el mar eterno en 
que zabullí para arrancar de su fondo la . 
verdad. Los griegos la. hacían salir de un . 

? ozo. Que concepción mezquina! Un pozo! 

’ero por eso mismo es que nunca dieron 
con ella. Griegos, sub-griegos, anti-grie- 
gos, toda la larga serie de los hombres, se 
han echado de. bruces sobre el pozo para 
ver surgir la verdad, que no está allí. Em-- 
picaron cuerdas y garfios; algunos más. 
audaces, descendieron al fondo y sacaron 


DE ASSIS 


un sapo. Yo fui directamente al mar. En- 
tréguese al Húmanitismo. 

capítulo cx 

31 

Una semana después, Lobo Heves fué 
nombrado presidente de provincia. M¿ 
así de la esperanza del rechazo, si el de¬ 
creto apareciese otra vez datado en 13 ; 
apareció sin embargo, con la fecha del 31 , 
y esta simple transposición de guarismos 
eliminó de ellos la substancia diabólica. 
Que profundos son los resortes de la vida., 

capítulo cxi 
■EL cerco 

No siendo mi costumbre disimular ni 
esconder nada, contaré en esta página oi 
caso dél cerco. Ellos estaban prontos pava 
embarcarse. Entrando en casa de doña 
Plácidq, vi un papelito doblado sobre la 
mesa; efa un billete de Virgilia: decía 
que me esperaba en la quinta, sin falta. 
Y concluía: «El cerco es bajo del lado 
del callejón.» 

Hice iin gesto de desagrado. La carta 
me pareció descomunalmente audaz, mal 
pensada y hasta ridicula. No solo era in¬ 
vitar al escándalo^ era convidarlo coa- 
jtíntamente con la carcajada. • Imagíne¬ 
me saltando un cerco, aunque fuera-bajo 
del lado del callejón;, y, cuando iba á es- 
calárlo veíame sorprendido por un agen¬ 
te de policía, que me llevaba al cuer¬ 
po .dé guardia; El .cerco es bajo!. Y qup 
tiene qué sea bajo? Natúralmente, Virgi¬ 
lio no sabia lo que hiciera ; era posible que 
ya estuviese arrepentida. Miré el papel, 
ún pedazo de papel arrugado, pero infh 
xitíle. Tuve tentaciones de romperlo, en 
treinta pedazos,,y tirarlos al viento como 
el último despojo de mi aventura; pero 
retrocedí á tiempo; el amor propio, ía 
vergüenza dé la fuga, la idea del miedo... 
No había más remedio que ir. 

—Dígale que iré. 

—Adonde ? preguntó doña Plácida. 

—Adonde ella dice que me espera. 

—Nó me dijo nada.- 

—En este papel.' 

Doña.Plácidá dilató los ojos:—Pero esc 



MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


81 


papel lo hallé esta mañana en ésta gaveta, 
y pensé que. 

Tuve una sensación extraña. Heleí el 
papel, lo miré, lo remiré'} era en verdad, 
un antiguo billete de Virgilia, recibido en 
el comienzo de nuestros amores, una cor¬ 
ta entrevista en la quinta, que rae obli¬ 
gó á saltar el cerco, un cerco bajo y dis¬ 
creto. Guardé el papel y... Tuve una 
sensación extraña: 

CAPÍTULO CXII 

La opinión 

Pero estaba escrito que ese día debía 
ser el de los trances dudosos. Pocas horas 
después' encontré á-Lobo Neves, en la 
calle del Ouvidor, hablamos de la presi¬ 
dencia y de la política. El aprovechó lu 
aparición del primer conocido que pasó á 
nuestro lado; y me dejó, después de hacer¬ 
me muchos cumplimientos. Kecuerdo que 
estaba retraído, pero con un retraimiento 
que se esforzaba en disimular. Me pareció 
entonces (y pido perdón, a la crítica si 
este juicio, pareciera temerario!) me pa¬ 
reció que tenía miedo—no mie lo de mí, 
ni de sí, ni del código, ni de la conciencia'; 

. tenía miedo de la opinión. Supuse que ese 
tribunal anónimo é invisible, en que cada. 
miembro acusa y juzga, era el límite pues-, 
t<; á la voluntad, de .Lobo Heves. T'alvez . 
ya no amase á la mujer ; y, así puede que 
el corazón, fuera extraño á la indulgencia 
de sus últimos actos. Pensé (y de nuevo 
suplico buena voluntad á la, crítica) pen¬ 
sé que estaría pronto ¿ separarse de la 
mujer, como el lector se habrá separado 
de muchas relaciones personales; pero * 
la opinión, esa opinión que le revolcaría 
la vida por todas las calles, que abriría 
minucioso sumario acerca del caso, que 
colegiría una ó todas las circunstancias, 
antecedentes^ inducciones, pruebas, que 
lee relataría en las conversaciones de 
las quintas ociosas, esa terrible opinión, 
t?n curiosa de las x alcobas, impidiera la 
dispersión de la familia. Al mismo tiem¬ 
po hizo imposible la. venganza, que sería 
la divulgación. No podía mostrarse, re¬ 
sentido conmigo, sin buscar igualmente 
la separación conyugal; tuvo entonces 
que simular la misma ignorancia de an¬ 
tes,. y, por deducción, los mismos sen¬ 
timientos. 


Que eso le costase, lo creo; en aquellos 
días, principalmente, lo vi de modo que 
debía costarle mucho-. Pero el tiempo 
(v este es otro punto en que confío en la 
indulgencia de l'ós hombres pensadores!) 
el tiempo encallece la .sensibilidad, y; 
oblitera la memoria de las cosas; era de 
suponer que los años le embotaran las 
espinas, que la. distancia de los hechos 
le esfumase los respectivos contor¬ 
nos^ que una sombra de duda retros¬ 
pectiva cubriera la desnudez de la reali¬ 
dad; en fin, que la opinión, se ocupase 
un poco con otras aventuras- El hijo, 
creciendo, trataría de satisfacer las am¬ 
biciones del padre; sería el heredero de 
todos sus afectos. Eso, y la vida exter¬ 
na, y el prestigio público, y después la 
vejez, la enfermedad, la decadencia, la 
muerte, un responso, una noticia biogrᬠ
fica, y queda cerrado el libro cbe la vida, 
sin ninguna página de sangre. 

; 1 . 

* CAPÍTULO CXIII 

El sosten 

- La conclusión, si tiene alguna el ca¬ 
pítulo anterior,, es que la opinión es un 
buen sosten de las instituciones domés¬ 
ticas.. No es imposibie que yo desen¬ 
vuelva este pensamiento, antes de aca¬ 
bar este libro; pero también no es im¬ 
posible que lo deje como «está. De un 
modo ó de otro, es un buen sosten la 
opinión, y esto tanto en el órden domés¬ 
tico, cómo en la política. Algunos meta- 
físicos biliosos han llegado al extreme 
. de darla como' simple producto de la 
gente chocha, ó mediocre;, pero es evi¬ 
dente que, aun cuando un concepto tan 
extremado no trajese en sí mismo <la res- 
pu'esta, bastaba considerar lois efectos • 
, salud¿bles de la opinión, para concluir 
que ella es la obra superfina, de la flor 
de los hombres, á saber, del mayor nú¬ 
mero! • 

CAPÍTULO CXIV 

Fio de un diálogo 

—Si, es mañana. Usted irá á bordo? 

—Está loca? Es imposible.- 

—Entonces, adiós! 

-—Adiós! 


82 


MACHADO DE ASSIS 


—No se olvidé de doña Plácida. Vaya 
á verla algunas veces. Pobre! Fué ayer 
á despedirse de nosotros; Moró mucho, 
me dijo que yo ya no la vería más... 
Es una buena mujer, no es-cierto? 

—Ciertamente. ■< 

—Si tuviéramos que escribirnos, ella 
recibirá las cartas. Ahora, hasta de 
aquíá... 

—Talvez dos años? 

—Como! Me ha dicho que solo hasta 
que se hagán las elecciones. . 

. —Sí ? pues entonces hasta pronto. Fí¬ 
jese que nos están mirando. 

—Quién? 

—Allí del sofá! Separémonos. 

•—Me cuesta mucho. • 

—Pero es preciso; adiós Virgiiia. 

—Hasta pronto. Adiós! 

capítulo cxv 

JE1 almuerzo 

No la vi partir; pero á la.hora fijada' 
sentí una cosa que no era dolor ni placer, 
una cosa mixta, alivio y tristeza,, todo , 
mezclado en dosis iguales. No se irrite 
cl lcctor con esta confesión. Yo bien «é 
que para halagarlé.loS nervios de.la fan¬ 
tasía, debía padecer una gran desespe¬ 
ración,'derramar algupas lágrimas y no 
almorzar. Sería romanfcésCo: pero no sería 
biográfico. La realidad pura es que almor¬ 
cé, como en los demás días, confortando 
el corazón con los recuerdos de mi aven¬ 
tura, y al estómago Con los platos de M./ 
Prudhon... Viejos de mi tiempo> quizás 
es acordéis de ese maestro. cocinero del 
Hotel Pharoux, un sujeto que, según do- ‘ 
cía él dueño de casa, había servido- en los 
famosos Véry y Vefour, de Paris, y ade- 
más en ios palacios del conde de Moléiy : 
del duque de la Roebefoucátild ? Era in¬ 
signe. Entró eü ; Rió de Janeiro con lá; 
polka./. 'La polka, M. Prudhon, el Tí- 
yoli, el bailé de Iós extranjeros, el Casino,, 
he ahí algunos dé los mejores recuerdos , 
de aquel;tiempo; pero sobre todo los 
. manjares del. maestro eran deliciosos. 

‘ Lo. eran, y aquella mañana parece qu-i. 
el diablo del hombre ¿divinara nuestra 
catástrofe.'Jamás el ingenió y el arte lo ., 
fueron tan propicios. Que delicadeza de 
shlsas! que ternura-de carnes ! que inge¬ 
niosidad de formas! Se comía con la 


boca, con los ojos, con la nariz. No guar¬ 
dé la cuenta-de ese día: sé que fué cara. 
,Ay! dolor! tenía que enterrar magnífi¬ 
camente mis amores. Ellos allá se iban, 
mar afuera, en el espacio y el tiempo, y 
yo me quedaba allí en una punta de la 
mesa, con mis cuarenta y tantos años, 
tan inútiles, y tan vacíos; quedábame 
para no -volverlos á ver nunca jamás, por 
que ella podría volver y volvió, pero 
quien puede pedir el efluvio de la ma¬ 
ñana al crepúsculo de la tarde? 

capítulo cxvi 

Filosofía de los papeles viejos 

■- Quedé tan triste con el final del últi¬ 
mo capítulo, que estuve por no escribir 
este, descansar un poco, purgar el espí¬ 
ritu de la melancolía que lo atosiga, y 
continuar después. Pero ño, no quiero 
perder tiempo. 

La.’ partida de Virgiiia me dió una no¬ 
ción de la viudez. Los primeros dias me 
encerré en casa, á papar moscas, como 
Dpmiciano,. si no miente Suetómo, pero 
á -paparlas de un modo particular: con 
los-ejosr Las. papaba una á una, en eF 
fondo de una sala grande, estendidó en 
una red,-, con un libro abierto entre las 
manos. Eso era todo: «saudades», am¬ 
biciones, un poco de- tedio, y mucho de¬ 
vaneo suelto. Mi tío el canónigo murió 
en ese intervalo; además, dos primos. 
No Sentí emoción alguna: los llevé al 
cementerio, .como-quien lleva dinero á. 
un banco. Que digo? cómo quien lleva 
cartas al correo: las franquée, las metí 
en el buzón, y dejé al cartero-el cuidado 
de entregarlas en mano propia. Fué 
también por ese tiempo que nació mi 
sobrina V-enancia’, hija de Cotriin. Mo¬ 
rían unos, nacían .otros: yo continuaba 
papando moscas. 

Otras veces me agitaba. Revolvía los 
cajones, - abría cartas antiguas, de los 
amigos, de los parientes, de-los amoríos, 
(hasta las de Marcela), las leía todas una 
por una', y reconstruía lo pretérito... 
Lector ignaro, si no guardas las cartas 
*de la. juventud, no conocerás un día la 
filosofía de los papeles viejos, no gusta¬ 
rás el placer de verte, á lo lejos, en la 
penumbra, con un sombrero de tres pi¬ 
cos, botas de siete leguas y largas bar- 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 


83 


bas asirías, bailando al son de una gaita 
anacreóntica. Guarda tus cartas de la 
juventud. 

O, si no te place el sombrero de tres 
picos, emplearé una locución de un viejo 
marino, familiar de la casa die Cotrim; 
diré que si guardas las cartas de la ju¬ 
ventud, hallarás ocasión de «cantar una 
saudade». Parece que nuestros marinos 
dan este nombre á nuestras cantilenas 
de tierra, entonadas en alta mar. Como 
expresión poética no se puede pedir nada 
más triste. 

CAPÍTULO CXVII 

El Humanitismo 

Dos fuerzas,, sin embargo, aparte de 
una tercera, me compelían á volver á la 
vida agitada de costumbre: Sabina y 
Quincas Borba. • Mi hermana encaminó 
la candidatura conyugal de Sa-loló de 
un modo verdaderamente impetuoso: 
Cuando menos lo pensé' estaba con la 
muchacha entre los brazos. En cuanto 
á Quincas- Borba, me expuso pQr fin el. 
Humanitismo, sistema de filosofía des¬ 
tinado á derrotar á todos los demás sis¬ 
temas. 

—Humanitas, decía él, el principio de 
las cosas, no es .otro sino el mismo hom¬ 
bre repartido- entre todos los hombres. 
Humanitas tiene tres faces: la «estᬠ
tica»,; anterior á toda creación; la «ex¬ 
pansiva», comienzo de las cosas; -la «dis¬ 
persiva», aparición del hombre; y con¬ 
stará una más, la «contractiva», absor¬ 
ción del hombre y de las cosas. La. «ex¬ 
pansión»,' iniciando el universo, sugirió 
á'Humanitas el deseo de gozarlo^ y de 
ahí la «dispersión», que no es más que 
la multiplicación personificada de la 
. substancia original. 

Como esta exposición no rae resultase 
muy clara, Quincas Borba la desenvolvió 
de un modo' profundó, haciendo notar 
’ las grandes líneas del sistema. Me ex¬ 
plicó qué por un lado el. Humanitismo 
se ligaba al BrahmaniSmo, á saber, én 
la distribución de los hombres por las 
diferentes; paTtes del cuerpo de Huma¬ 
nitas; pero aquello qué en la religión 
indiana apenas tenía una estrecha sig¬ 
nificación teológica y política, era. én 
el >Humanitismó la gran ley del valor 


personal. Así, descender del pecho ó de 
los riñones de Humanitas, esto, es, ser 
«un fuerte» no era lo mismo que descen¬ 
der de los cabellos ó de la punta de la 
nariz. De ahí la necesidad de cultivar y 
ejercitar el músculo. Hércules ño fué 
sino un símbolo anticipado del Humanir 
tismo. En este punto Quincas Borba 
afirmó que el paganismo hubiera podido 
alcanzar la verdad, .si ño se hubiera em¬ 
pequeñecido con lá parte galante de sus 
mitos. Nada de esto sucedía con el Hu- 
' manitismo. En esta iglesia- nueva no hay 
aventuras fáciles, ni caídas, ni tristezas, 
ni alegrías pueriles. El amor,, por ejem¬ 
plo, es un sacerdocio, la reproducción, un 
ritual. Como la vida es el mayor benefi¬ 
cio, y no hay mendigo que no prefiera 
la miseria á la muerte (lo cual es un deli¬ 
cioso- beneficio de Humanitas), síguese 
qué la transmisión de la vida, lejos de 
ser una ocasión de galanteo, es la hora 
suprema de la vida espiritual. Por lo 
tanto, verdaderamente solo existe una 
gran desgracia: no nacer. . 

—Imagínate, por ejemplo, qué yo no 
hubiese nacido, continuó Quincas Bor¬ 
ba;'es positivo que ño tendría ahora el 
placer de conversar contigo, de comer es¬ 
ta patata, ir ni teatro, y para dec'irlo to- 
. do en una palabra: vivir. Nota que yo no 
hago del hombre un simple vehículo de 
Humanitas; no, él es al. mismo tiempo 
vehículo, cochero y pasajero; él es el 
propio Humanitas reducido; de ahí la 
necesidad de adorarse á sí mismo. Quie¬ 
res una prueba de la superioridad de mi 
sistema? Contempla la envidia. No hay 
moralista griego ó turco, cristiano ó mu¬ 
sulmán, que no declame, contra el sen¬ 
timiento de la envidia. El acuérdo es uni¬ 
versal, desde los campos de Idumea has¬ 
ta la cima de la Ti juca. Ahora bien; de¬ 
ja de lado .los viejos preconceptos, olvida 
las retóricas rancias, y estudia la envi¬ 
dia, ese sentimiento tan sutil y tan no¬ 
ble. Siendo cada hombre una reducción 
dv* Humanitas, es claro qué fuñdámeñtal- 
rr ente ningún hombre-es opuesto á otro 
hombre, cualesquiera que sean las, apa¬ 
riencias contrarias.. Asi, por ejemplo, el 
verdugo que. ejecuta al condenado pue¬ 
de- excitar, el vano clamor de los poetas; 
poro substancialmente es Humanitas que 
corrige en Humanitas una infracción á 


84 


MACHADO DE ASSIS 


la ley de Humanitas. Lo mismo diré del 
individuo que destripa á otro; es una 
manifestación de la fuerza de Humani¬ 
tas. Nada obsta (y existen ejemplos) que 
él sea igualmente destripado. Si has en¬ 
tendido bien, fácilmente comprenderás 
que la envidia no es sino una admira¬ 
ción que lucha, y siendo la lucha la gran 
función del género humano, todos los 
sentimientos belicosos, son los más ade¬ 
cuados á su felicidad. De ahí viene que 
la envidia sea una virtud. 

Para qué negarlo? Yo estaba ,estupé- 
facto. La claridad de la exposición, la 
lógica de los - principios, el . rigor de las 
consecuencias, todo eso parecía superior¬ 
mente grande, y tuve necesidad de sus¬ 
pender la conversación algunos minutos 
mientras digería la filosofía nueva. Quin¬ 
cas Borba apenas podía disimular la sa¬ 
tisfacción dél triunfo. Tenía un ala de - 
pollo en el plato; y la pelaba con filosó- 
; fica serenidad. Yo le hice todavía algunas 
objeciones, perp tan débiles,' que apenas 
empleó tiempo en- destruirlas. 

.--Para entender bien mi sistema,— 
concluyó él,—importa no olvidar nunca 
el principio universal, -repartido y resu¬ 
mido en cada hombre. Mira: la guerra,. 
que parece una calamidad, es una opera-» 
'.eión conveniente, como si digéramos el 
chasquear dé los dedos de Humanitas; el 
hombre (y chupaba filosóficamente el ala 
de pollo), el hombre es una prueba á que 
Humanitas somete la. propia viscera. 
Pero yó no necesito otro documento de 
la sublimidad de mi sistema que esté 
mismo pollo.. Se alimentó de maíz, que 
fué plantado por un africano,' suponga¬ 
mos, importado de. Angola. Nació ese 
africado, creció, fué vendido, ún barco 
lo trajo, un barco construido de. madera 
cortada en el bosque por'diez ó -doce 
‘ hombres, llevado por velas,'que ocho ó 
diez hombres tejieron, sin contar el- cor- 
. . daj.e y otras partes del aparejo, náutico. 
Así, este pollo, que acabo de almorzar 
áhora mismo, es el resultado de una mul¬ 
titud de esfuerzos y de luchás, ejecutados 
con el solo, fin de satisfacer mi apetito, 
Entre el queso y el café, me demostró 
Quincas'Borba que su sistema .era la des¬ 
trucción, del dolor. El dolor, según el 
Huma-nitismo, es una pura ilusión. Cuan¬ 
do la criatura es amenazada por un palo, 


antes mismo de haber recibido el golpe, 
cierra los ojos y se estremece; esa «pre¬ 
disposición», es lo que constituye la báse 
de la ilusión humana, heredada y trans¬ 
mitida. No basta ciertamente la adop¬ 
ción del sistema para acabar con el dolor, 
pero es indispensable. Esta es la natu¬ 
ral evolución de las cosas. TJna vez que 
el hombre se compenetre bien de que él 
es el propio Humanitas, no atiene más 
que remontar el pensamiento á la subs¬ 
tancia original para suprimir cualquiera 
sensación dolorosa. La evolución, sin em¬ 
bargo, es tan profunda, que puede asig¬ 
nársele algunos millones de' años. 

Quincas Borba me leyó de allí á algu¬ 
nos díaa su grande obra. Eran cuatro vo¬ 
lúmenes manuscritos, de cien páginas ca¬ 
da uno, de letra menuda y con citacio¬ 
nes latinas. El último volumen se com¬ 
ponía de un tratado político, fundado 
en el Humanitismo; era tal vez la parte 
más enfadosa "del sistema, porque estaba 
concebida con un formidable, rigor de 
lógica. Reorganizada la sociedad por 
. aquel método, no por eso quedaban elimi¬ 
nadas la guerra, la insurrección, el sim¬ 
ple garrotazo, la puñalada anónima, la 
miseria, el hambre, las enfermedades; 
pero siendo esos flagelos verdaderos equí¬ 
vocos del entendimiento, porque no pa¬ 
sarían .de movimientos externos de la 
substancia interior, destinados á no in¬ 
fluir sobre el hombre, sino como simple 
suspensión de la monotonía universal, 
claro, está que su existencia no impe¬ 
diría la felicidad humana. 

Pero aun cuando tales flagelos (lo que 
era radicalmente falso) correspondiesen 
en lo futuro á la concepción mezquina 
de los antiguos tiempos, ni aun así que¬ 
daba destruido el sistema, y esto por dos 
motivos: l.° porque siendo Humanitas la 
substancia creadora y absoluta, cada in¬ 
dividuo debería hallar la mayor delicia 
dél mundo en sacrificarse al principio 
dé que desciende;-2.° porque, aun así, 
no disminuiría el poder espiritual del 
hombre sobré la tierra, inventada única¬ 
mente para recreo suyo, como las estre¬ 
llas, las brisas, los dátiles y el ruibarbo. 
Pangloss, me decía él al cerrar el libro, 
no era tan tonto como lo pintó Yol taire. 



MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUDAS 


85 


CAPÍTULO CXVIU ^ 

La tercera fuerza 

La tercera fuerza que me Llevaba al 
bullicio era el deseo de lucir, y, sobre 
todo, la incapacidad de vivir solo. La 
multitud me atraía, el aplauso me ena¬ 
moraba. Si la idea del emplasto se me 
Tiübiera ocurrido en esa época, quien 
sabe ? no me hubiera muerto tan pronto 
v sería célebre. Mas el emplasto no pa¬ 
reció. Apareció el deseo de agitarme en 
alguna cosa, con alguna cosa y por al¬ 
guna cosa. 

CAPÍTULO CXtX '• . 

Paréntesis 

Quiero dejar aquí, entre paréntesis, 
media docena de máximas de las muchas 
que escribí por esa época. Son bostezos, 
de fastidio; pueden servir de epígrafe 
á discursos sin asunto; 

Soporta con paciencia los cólicos del 
prójimo. 

- 4 

N oso tros matamos el tiempo, y el 
tiempo nos en tierra.... 

TJn cochero filósofo acostumbraba de¬ 
cir que el placer de andar, en coche sería 
mny pequeño si todo el mundo anduviese 
en coche. 


Cree en tí; pero no dudes siempre de 
los demás.^ 

•No se comprende que un botocudo se 
perfore el labio para, adornarlo con un 
pedazo de palo. Esta reflexión es de un 
joyero; 


No te irrites si te pagan mal un bene¬ 
ficio: más vale caerse de las nubes que 
de un tercer pisó. 


capítulo cxx 

Compelle intrare 

—No, señor, ahora quieras que no, 
te has de.casar, me dijo Sabina.. Que 
lindo porvenir! un solterón sin hijos. 

Sin hijos! La idea de tener hijos me 
causó un sobresalto-; me recorrió otra 
vez el fluido misterioso. Sí, tenía que 
ser padre. La vida célibe podía tener 
ciertas ventajas propias, pero serían le^ 
ves y compradas á trueque de la sole¬ 
dad. Sin hijos!.No; imposible. Me dis¬ 
puse á aceptarlo todo, hasta la alianza 
de Damasceno. Sin hijos \ Como enton¬ 
ces ya depositaba gran confianza en'Quin- 
cas Borba, fui á hablar con él y expúsele 
los. movimientos internos de mi pater¬ 
nidad. Él filósofo me oyó con alborozo; 
me declaró que Humanitas se agitaba en 
mi seno;, me aconsejó que me casara; 
agregó que eran algunos convidados más 
que golpeaban á la puerta, etc. «Com- 
pelle intrare», como decía Jesús. Y no 
rae dejó antes de probarme que el apo- 
logo evangélico no era más que un pre¬ 
sagio del Humanitismo, equivocadamente 
interpretado por los padres. 

CAPÍTULO cxxi 

Ce cro aba jo 

Al. cabo de tres meses todo iba á mara- • 
villa., El. fluido, Sabina, los ojos dé la 
joven, los deseos de ser padre, eran otros 
tantos impulsos que me llevaban al ma¬ 
trimonio. El recuerdo de Virgilia apa¬ 
recía de cuando en cuándo, en la puerta; 
y con ella un diablo negro, que ponía 
frente á la cara un-espejo, en el cual yo 
veía á lo lejos á Virgilia deshecha en 
lágrimas; pero venía otro diablo color de 
rosa, con otro espejo, en, que se reflejaba 
la figura de Ña-loló, tierna, luminosa,, 
angelical. 

No hablo de los años. No los sentía; 
agregaré, que hasta los eché de menos, 
cierto domingo, en que fui á misa á la 
capilla de Livramentó, Como Damas- 
ceno vivía en los Cajueiros, yo lo acom¬ 
pañaba muchas veces á misa. El cerro 
estaba todavía desnudo de - habitaciones, 
salvo el viejo palacete, de . la cima, donde 
quedaba la capilla. Pues un domingo. 



86 


MACHADO DEAS 81 S 


al descender con Ña-loló del brazo, no 
sé que fenómeno sucedió que iuí dejando 
aquí dos años, allí cuatro, luego más ade¬ 
lante cinco, de manera que, cuando lle¬ 
gué abajo, tenía veinte años apenas, tan 
livianos como habíanlo sido. • 

Ahora sr quieren ustedes saber, en que 
circunstancias se produjo él fenómeno/ 
básteles leer este capítulo hasta el fin. 
Veníamos de misa, ella, el padre y yo. A. 
mitad del morro hallamos un grupo de 
hombres. Eamasceno, qué venía al lado . 
nuestro, se dió cuenta de. lo qué era y se . 
adelantó alborozado; nosotros seguimos 
trás de él. Y vimos esto: hombres do 
todas ^edades; ¡tamaños y colores, unos 
en mangas de camisa, otros de chaqueta^' 
otros metidos en levitas harapientas; 
actitudes diversas, unos muy cócoras, 
;ótr.Ó8 con la» manos apoyadas en las ro¬ 
dillas, éstos sentados sobre piedras, aque¬ 
llos arrimados á la pared, y todos con los 
• ojos fijos'en el centró, y las almas salién¬ 
dose por las pupilas. 

—Que es ? preguntó fía-loló. • : 

Hícele seña de que callase; abrí suave? 
mente camino,-y- todos me fueron ce¬ 
diendo espacio, sin que positivamente 
ninguno me vieser ■ Él centro les tenía 
fascinados los ojos. Era-una riña de 
gallos. Vi los . dos contendores, dos gallos ¡ 
dé espolón agudo, ojo de fuego y pico 
. afilado. Ambos • agitaban las crestas en¬ 
sangrentadas; el pecho dril Uno j del otro 
estaba desplümádo y rojo; los invadía el 
-cansancio. Pero luchaban aun así, los: 
ojos -fijos en los ojos, pico para abajo, 
pico para arriba, golpe dé éste, golpe de 
aquél; vibrantes y rabiosos. Dámasceno. 
no veía otra qosa; aquel espectáculo eli¬ 
minó para-él todo él universo. . En varió 
le dije que era tiempo dé bajar: no tes-. 
póndía,, no oía; concentrado en el duelo. 

■ lia riña de gallos era una de sus pasiones. 

Fué: en ese momento que, fía-loló me 
•oprimió blandamente r el brazo, dicién* ; 
dome que nos - marcháramos! Acepté' el 
cónséjo y. marché con ella para abajó. Ya. 
he dicho : que ei ;cerro estaba- entóncea 
’ deshabitado; dije" también que salíamos 
de misa, peronohabiendó .dicho quello-. 
. vía/ es claro, qué hacía buen tiempo, un 
sol .delicioso. , Y fuerté; tan füerte.quéyo 
abrí-en. seguida. él'qnitasól, lo así por la 
mitad -del. cabo,. y lo incliné, de modo, qué 


agregué una página á la filosofía de Quin- 
cas iJorba: Humanitas besó á Humani- 
tas... Fué así como los años se me fue- 
roñ cayendo cerro abajo. 

Al llegar al pie nos detuvimos algunos 
minutos, esperando á Damasceno; llegó 
de allí á poco rodeado de los apostadores, 
comentando con ellos la riña. Uno de 
ellos, tesorero de las apuestas, distribuía 
un viejo fajó de billetes de diez «tosto¬ 
nes)», que los vencedores recibían dóble- 
mente alegres. En cuanto á Iob gallos ve¬ 
nían cargados por sus respectivos dueños. 
Uño dé ellos tenía la cresta tan deshecha 
y ensangrentada, qué pensé en seguida 
que era el Cencido ; pero no 'era así/—el 
-vencido era el otro, qué no tenía cresta 
alguna. Ambos tenían el pico abierto, res¬ 
piraban con dificultad, extenuados. Los 
jugadores, al contrario, venían alegres, á 
pesar de las fuertes emociones de la lu¬ 
cha; biografiaban á los contendores, re¬ 
cordaban las proezas'ué airibos.. Yo seguí 
andando,. fastidiado-; Ñárioló fastidia- 
dísima. 

capítulo cxx.ii'. 

. Una intención muy fina 

Lo, que fastidiaba á Ña-loló era el pa¬ 
dre. La facilidad con que aquel se mez¬ 
clara á los jugadores ponía de relieve 
antiguas costumbres, afinidades socíales, 
y Ña-loló llegó a temer que tal sue-' 
gro me pareciera indigno. Éra notable 
• la diferencia qüe ella hacía de si misma; 
se estudiaba y me estudiaba. La vida ele¬ 
gante y culta la atraía, principalmente 
porque le parecía el medio más seguro dé 
unir nuestras personas. Ña-loló obser¬ 
vaba; imitaba, ¿divinaba, mismo tiem¬ 
po entregábase á la tarea- de disimular la 
inferioridad de la familia. Aquel día,' 
sin embargo, la manifestación del padre 
fné tal; que se, entristeció mucho- Ye 
.. traté- entonces de distraerla del asunto, 
diciéñdoie muchas • bromas y chistes de 
buen tono; vanos esfuerzos -que no con r 
seeuíari alegrarla. Era tan profundó el 
abatimiento, tari: expresivo' el desaliento, 
que llegué ¿ atribuir á Ña-loló la inten-' 
ción positiva de separar, en n£i espíritu, 
su causa dé la causa del padre; Este sen¬ 
timiento mé . pareció, muy elevado; era 
una afinidad más entre los dos. 



MEMORIAS PÓSTUMAS .JDE'BLAS CUBAS 


—No hay remedio, me dije á mí mis¬ 
mo, voy á arrancar esta flor del pantano. 

CAPÍTULO CXXIII 

El verdadero» C'otrím 

No Obstante mis cuarenta y tantos 
años,' amando ia armonía de la familia, . 
pensé; no tratar dei casamiento sin antes 
hablar á; Cotrim. Me oyó y me respondió 
seriamente, que no tenía opinión respecto 
de los asuntos de sus parientes. Podían 
suponerle algún interés, si acaso ponde¬ 
raba las raras prendas:, do'Ña-loló; por 
eso callaba. Más aun* estaba cierto de que 
su sobrina estaba enamoradísima de mí, 
pero si ella lo consultase .su consejo sería 
negativo. No lo animaba ningún odiq; 
apreciaba mis buenas cualidades.. No. se 
cansaba de elogiarlas, como era justicia; 
y por lo que respecta ú Na-íoló, no lle¬ 
garía jamás á. negar que era'una novia 
excelente; pero-de ahí ¿ aconsejar el casa¬ 
miento mediaba Un. abismo. ' ■ • . 

—Me lavó enteramente las- manos, con¬ 
cluyó diciendo. . 

—Pero usted pensaba el otro día que 
yo debía casarme cuanto antes ..-.,. ; 

—Ese es otro negocio. Creo, qué es in¬ 
dispensable casarse, sobre todo-teniendo \ 
ambiciones políticas. Sepa qué en ’polí¬ 
tica: él celibato.es: una rémorái .Abora,' 
en cuanto a la novia no.piiedo tener, voto,, 
no ‘quiero; no#debo, .no es *de mi -incum-.- 
bencia. Me parece que’ Sabina ha ido de¬ 
masiado lejos haciéndole- ciertas confi- ... 
dencias, según me dijo.; pero en todo 
caso ella- no. es tía carnal de Na-leló, co¬ 
mo" yo,. Mire!;... pero no.. . rio digo. 

—Biga. ; . J :::> ■' 

—No; no digo* nada. •• . 

Talvez parezca excesivo el escrúpulo 
de Cptririi, á quién no sepa que poseía uri 
carácter, ferozmente honrado,. Yo mismo 
fui. injusto con él. .durante'; los-.,añas que • 
siguieron al inventarioeTe ini padre. Re-. 
cpnozco qq¿, era un modeló.. fh'acucaban 
de avaricia, y pienso que. tenía razón- 
pero la avaricia es apenas la exageración 
de Una virtud, y--las virtudes débeá. ser 
como los presupuestos :• mejor es el so- 
brante- qúe el «déficitj>. Como era., de 
manerás muy secas tenía - énemigós, -que 
llegaban 4 acusarlq dé bárbaro, El único 
hecho aducido :al respecto era - el de man¬ 


dar con frecuencia esclavos al calabozo, 
donde éstos bajaban á manar sangre; 
pero, además de qüe él solo mandaba á 
loe perversos y á los huidos, sucede que, 
habiendo largamente contrabandeado es¬ 
clavos, se había habituado en cierto modo 
al trato un poco más duro que ese género 
de negocio requería,-y no se puede hon¬ 
radamente atribuir á la índole original 
de un hombre lo que- es puro efecto de 
las relaciones sociales. - La prueba de que 
Cotrim tenía sentimientos piadosos esta¬ 
ba en su ariior á sris hijos, y en el dolor 
que padeció cuando le. murió Sara, de 
allí, á algunos meses; prueba irrefutable, 
pienso yo, y ño única. Era tesorero de 
uha cofradía, y hermano de varias her- 
mandadés, y hasta hermanó redimido de 
uná¡ de éstas, lo qué rio sé cóncilia mucho 
con, la reputación de -avaricia; ver dad. es 
.que él beneficio no se lo llevara el viento: 
la hermandad (de la que fuera juez), 
.mandó hacer su retrato al. óleo. No era 
perfecto., sin duda;'tenía por ejemplo, la 
debilidad de mandkr á los .diarios la no¬ 
ticia de éste ó aquel beneficio que prac- 
ticaba, debilidad' reprensible, convengo 

- en olio; pero él se disculpaba diciendo 

que las buenas acciones eran contagiosas, 
cuahcLo se las hacía públicas; razón á la 
que rio se le puede negar algún peso. Lle¬ 
go á pensar (y con esto hago su mayor 
elogio), qué no practicaba, dé cuando en 
cuando, esos beneficios,-, sino con el fin 
de despertar la filantropía de* los demás; 
y si tai era el intento, fuerza es confesar 
que la .publicidad se tornaba una condi¬ 
ción «sirié quá non - ». ■ Eir suma, podía 
débert algunas; atenciones, pero no debía 
un real á nadie. - - . 

CAPÍTULO cxxrv 

Y va de intermedios 

Que hay entre la vida y la muerte ? Un 

: corto puente,, No. Obstante, si yo no com¬ 
pusiese esté capítulo,-, eí lector padecería 
imá' fuerte emoción, asaz dañosa al efec¬ 
to dei libro. Saltar de un retrato á un 
epitafio, puede ser real. y común; el lec¬ 
tor, entre tanto, no se refugia en el libro 

- sino para escapar á la vida. No,digo que 
este' pensamiento §ea mío; digo* que hay 
en él una dosis de verdad, y . que, ál. me*- 
nos, la f orma.es pintoresca. Y lo repito: 
no es filio. .- 


88 


MACHADO DÉ ASSlS 


CAPÍTULO CXXV 

Epitafio 

Aquí jace 

. Doña Eulalia Da mascona de Brito 
Muerta 

a los diecinueve años de edad 
Orad por ella! 

CAPÍTULO CXXVl 


Dea eousuelo 



si les narrara la enfermedad dé Na-loló, 
la muerte, la desesperación de lá familia, 
el- entierro. Quedan sabiendo que murió; 
agregaré que fué con motivo dé la primer 
entrada dé la fiebre amarilla. No diré más 
nada, á no ser que la acompañé hasta la 
última morada, y me despedí triste pero 
sin lágrimas. _ Deduje que tal vez no la 
amaba de veras. 


* entonces me confesó que, en medio del 
desastre irreparable, hubiera querido te¬ 
ner el consuelo de la presencia de los ami¬ 
go?. Doce personas apenas, y tres cuartas 
partes de ellas amigos de Cotrim, acom¬ 
pañaron al sepulcro el cadáver de su. que¬ 
rida hija. Y él había hecho orepartir 
oehenta invitaciones. Le dije que las pér¬ 
didas habían sido tan generales que bien 
se podía disculpar, esa desatención apa¬ 
rente. Damasceno meneaba la cabeza, de 
.. una manera incrédula y triste. 

—Qué! gemía, abandonarme. 

Cbtrim, que estaba presente: 

—^Vinieron los que de veras se intere¬ 
san por usted y por nosotros. Los ochenta 
hubieran venido por formalidad, hubieran 
tablado de la inercia del gobierno, de 
las panaceás de los boticarios, del precio 
de las cabas, á los unos de los otros... 

Damasceno oyó. callado, meneó la cabe¬ 
za y suspiró: 

—Pero hubieran venido! . 


- Vean ahora á. que exceso puéde llevar 
úna inadvertencia; me. dolió un- poco la 
ceguera de la epidemia que, matando á 
derecha é izquierda, arrebató también á 
una joven dama, que iba*á ser mi esposa; 
no llegué á entender la necesidad de. aque¬ 
lla epidemia, y menos, la de aquella mueT-. 
te. Creo que hasta .ésta me pareció más 
absurda que las otras muertes. Quincas 
Barba, sin embargo, me explicó que las 
epidemias eran útilés á la especie, aunque 
desastrosas para cierta porción de indivi¬ 
duos; me hizo notar que, por mas horren-, 
do. que fuese el espectáculo,. tenía una 
ventaja de mucho peso : la', supervivencia 
deL mayor número. Me llegó ó preguntar 
si en medio del luto geneeal; no sentía yo 
algún secreto encanto en haber'escapado 
á'las garras de la peste; pero esta pregun¬ 
to* era tan insensata que quedó sin res¬ 
puesta, .: 

• - Así como no conté la muerte,'tampoco 
contaré la misa del; séptimo dia La tris¬ 
teza de. Djámasceri.0 era.profunda^- el po- 

• tre hombre paréela una ruina. Quince 
días después estuve; con él; continuaba; 
inconsolable, y decía que . el-grían dolor 
con que “Dios lo castigaba había ido au¬ 
mentando con el que le infligieran ios 

v. hombres.' No me. dijo nada mas: Tres se¬ 
manas deppuee volvió : á tocar el punto y 


CAPÍTULO CXXV1I. 

Formalidad 

Cosa grande es habér recibido del cie¬ 
lo una partícula dé sabiduría, él don de 
hallar las relaciones de. las cosas,, la f¿- 
cultad de .'compararlas y el talento de 
deducir l Yo tuve esa distinción psíquica; 
yo la agradezco aun ahora, desde eí. fon¬ 
do-de nji sepulcro. , 

, En efecto; un hombre vulgar que hu¬ 
biese oído lá última palabra de Damasce¬ 
no, no se acordaría de ella, cuando tiem¬ 
po después hubiese de mirar un grabado 
representando á seis damas- turcas. Pues 
yo me acordé. Eran seis damas de Cons- 
tantinopíá en traje de calle, cara tapa;- 
da, no con un espeso paño que las cu¬ 
briera de veras, pero con un velo tenuí¬ 
simo, que; simulaba descubrir solamente 
los ojós, y'en realidad descubría la cara 
entér^. Y yo le hallé.gracia á esta treta 
dé la coquetería- musulmana, que. así es¬ 
conde el rostro,—y cumplé cén 'el Uso;— 
pero- no Íq esconde,—y divulga la be¬ 
lleza. Aparentemente nada hay entre las 
damas turcas y Damascéno; pero si tú 
eres un espíritu profundo y' penetran- 
té (y dudo mucho dé qué n\é lo. niegues), 
comprenderás que, tanto en un caso, 
cómo en él otro, surge ahí la oreja de 


MEMORIAS PÓSTUMAS DE Bt.AS CÜBAS 


89 


una rígida y amable compañera del hom¬ 
bre social. 

Amable Formalidad, tú eres, sí, el bor¬ 
dón de la vida, el bálsamo de los corazo¬ 
nes, la medianera entre los hombres, el 
vínculo de la tierra y del cielo; tú en¬ 
jugas las lágrimas de un padre, tú cap¬ 
tas la indulgencia de un-Profeta.-Si el 
dolor .se adormece, • y la conciencia se 
tranquiliza^ á quién sino á tí deben ese 
inmenso beneficio ? La estima que pasa 
de sombrero puesto no le dice nada al 
alma; pero la- indiferencia que le saluda 
déjale una deliciosa impresión. La ra¬ 
zón es que, al contrario de una vieja fór¬ 
mula absurda^ no es la letra la que mata; 
la letra da la vida; el espíritu es el que 
es objeto de controversia, de duda, de 
interpretación, y consiguientemente de 
lucha y de muerte. Vive tú, amable For¬ 
malidad, para tranquilidad de Damasce- 
no y gloria de Mohamined.. 

CAPÍTULO CXXVI l 

En la Cámara 

' Notad bien que yo vi el grabado tur¬ 
co, dos años después, de las palabras de 
Lamasceno,y lo vi en la cámara de dipu-, 
lados, en medio de gran remolino, mien¬ 
tras que un diputado discutía un pare¬ 
cer de la comisión de presupuesto, sien¬ 
do yo también diputado! Para quien haya 
leído este libro es escüsado encarecerle 
mi satisfacción, y para los.otros es igual¬ 
mente inútil. Era diputado, y vi el gra¬ 
bado turco, recostado^ en- mi banca, entre 
un colega, que contaba una anécdota, y 
otro, que sacaba á lápiz, en dorso de un 
sobre, el perfil del orador. El orador era 
Lobo Noves. La ola de la vida nos llevó 
á la misma playa, como dos botellas de 
náufragos, él conteniendo su resentimien¬ 
to, yo teniendo que contener mi remor¬ 
dimiento; y, empleo esta forma suspen-’* 
siva, dubitativa y condicional, con el ob¬ 
jeto de decir que no contenía nada, á.no 
ser la ambición de ser ministro. 

capítulo cxxix 

Sin remordimientos 

• No tenía remordimientos. Si poseye¬ 
ra los aparatos propios, incluiría en este 
libro una página de química, porque des-' 


compondría el remordimiento hasta los 
más simples elementos, con el .fin de sa¬ 
ber de un modo positivo y concluyente, 
por qué razón Aquiles pasea al rededor 
de Troya el cadáver del adversario, y 
lady Macbeth pasea alrededor de la sala 
su mancha de sangre. Pero nó poseo 
aparatos químicos como tampoco tenía 
remordimientos ; tenía' deseo de ser mi-, 
nistro de estado. Con todo, si he de aca¬ 
bar este capituló, diré que no quería ser 
Aqxúlcs ni lady Macbeth; y que, dé ser 
. alguna cosa, antes preferiría ser Aqui¬ 
les, antes pasear en medio de la' ovación 
el cadáver que la mancha; óyense al fin 
las súplicas de Príamo, y se gana una; 
bonita reputación militar y literaria. Yo 
no oía las súplicas de Príamo, pero sí el 
discurso de Lobo Neves, y no tenía re¬ 
mordimientos. 

capítulo cxxx 

Para intercalar en el cap. CXXIX 

La primera vez que pude hablar á> 
Virgilia, después de la presidencia, fué 
en un baile en 1855.' Llevaba un sober¬ 
bio vestido de moaré azul, y ostentaba á 
las luces el mismo par de hombros dd 
otros tiempos. No tenía la frescura de 
la primera edad, al contrario; pero aun 
estaba hermosa, de una hermosura oto¬ 
ñal, realzada por la noche. Me acuerdo 
que hablamos mucho, sin aludir á. cósa 
alguna del pasado. Se sobreentendía to¬ 
do'. Una frase remota, vaga, ó sino una 
mirada, y nada más. Poco después se 
retiró, Fui á verla bajar, las escaleras, 
y no sé por qué fenómeno de ventrilo- 
quismo cerebral (perdónenme los filólo¬ 
gos esta frase bárbara) murmúré entre 
mí esta palabra profundamente retros¬ 
pectiva: . .. ¡ 

—Magnífica! 

Conviene intercalar éste capítulo entré 
la primera y segunda óracion del capí¬ 
tulo, cxxix.- 

CAPÍTULO CXXXl 

De nua calumnia 

. Al acabar de decir yo aquello, por/el 
proceso ventrílocuo-cerebral, — lo cual 
era simple opinión y no remordimiento. 



MACHADO DE ASSIS 


—sentí que alguien me ponía la mano en 
el hombro. Me volví, era un antiguo com¬ 
pañero, oficial de marina, jovial, de ma¬ 
neras algo atrevidas. Sonrió maliciosa¬ 
mente y me dijo: ¡ 

—Só tunante! Recuerdos del pasa¬ 
do eh? 

—Viva el pasado 1 

- —Usted naturalmente ha sido reinte¬ 
grado en él empleo. 

—Salta, bribón! di jete, amenazándolo 
con el dedo. 

Confieso que este diálogo es una indis¬ 
creción,—principalmente la- última répli¬ 
ca. Y con tanto mayor placer lo confieso 
por cuanto las mujeres tienen fama dé 
indiscretas, y no quiero acabar este libro 
sin rectificar esa nocion del espíritu hu¬ 
mano.. En punto á aventuras amorosas, 
conocí hombres qüe sonreían, ó negaban 
con dificultad, de un modo frío, monosi¬ 
lábico, etc., mientras que las mujeres en 
situación análoga no se daban por aludi¬ 
das, y hubieran jurado $obre los Santos- 
Evangelios que todo era una calumnia. 
La razón de esta diferenoia está en que la 
mujer (salva la hipótesis del capitulo Cl 
y otros) se entrega por amor, ó sea él 
amor-pasion de Stendhal, ó el.puramen¬ 
te físico de algunas damas romanas, por 
ejemplo, ó polinésicas, lapofias, cafres, y 
puede ser qué de otras razas civilizadas ; 
pero el hombre, hablo del hombre.de una 
sociedad culta y elegante,—el hombre 
une su vanidad al otro sentimiento. Ade¬ 
más de esto (y me refiero siempre á las 
cosas prohibidas), la mujer, cuando ama 
á otro hombre, paréenle que falta á un 
deber, y por lo tanto tiene qué disimular 
con. mayor arte; tiene que refinar la ale¬ 
vosía; mientras que el hombre sintiéndose - 
causa de la infracción-y vencedor de otro 
hombre, queda Legítimamente orgulloso, 
y. pasa, luego á otro sentimiento menos 
íntimo y menos secreto,—esa bella fatui¬ 
dad, que es la transpiración^ luminosa del 
mérito. * - • 

Pero jeaó no verdadera, mi explicación , 
me basta dejar escrito eh esta página, 
para enseñanza de los siglos, que la indis¬ 
creción de las mujeres- es una broma .in¬ 
ventada por los hombres; en amor, por lo 
menos, son un verdadero sepulcro.. Se 
pierden muchas veces por descuidadas, 
por inquietas, por no saber resistir á los 


gestos, á las miradas; y es por eso qus 
una gran dama, y fino espíritu, la reina de 
Mavarra, empleó antaño esta metáfora 
para, decir que toda aventura amorosa 
acababa siempre por descubrirse, mas tar¬ 
do ó mas temprano: «No hay perrillo por 
bien enseñado que sea, al que al fin no lo 
oigamos él ladrido.» 

capítulo cxxxii 

Que no es serio 

Al citar el dicho de la reina de Nava¬ 
rra, se me ocurre que entre nuestro pue¬ 
blo, cuando una persona ve 4 otra ceñu¬ 
da, acostumbra preguntarle: «Diga, quien 
lo mató sus perritos?,» como si dijese: 
«quien le descubrió los amores, las aven¬ 
turas’ secretas, etc.» Pero este capítulo 
no es sério. 

capítulo cxxxiti 

El principio de Helvetius 

Estábamos en el punto en que cl oficial 
dé marina me arrancó la confesión de los 
amores !de Virgilia, y aquí enmiendo yo 
el principio de Helvetius,—ó, mejor di¬ 
cho, lo explico. Mi interés era callar; con¬ 
firmar la sospecha de una cosa antigua 
era provocar algún odio contenido, dar 
origen, á un escándalo ó cuando menos 
sentar plaza de indiscreto. Ese era el in¬ 
terés; y entendiendo el principio de Hel¬ 
vetius de un modo superficial, eso es lo 
qúe yo debía haber Hecho. Pero ya he da¬ 
do á conocer el motivo de la indiscreción 
masculina: antes del interés de «seguri¬ 
dad»-, estaba otro, el de- «envanecimien¬ 
to», que es inás íntimo, más inmediato: 
el primero es reflexivo, supone un silo¬ 
gismo anterior; el segundo era espontá- 
ncoy venía de las entrañas del sujeto; 
, finalmente, el primero tenía efecto re- 
, moto, el segundo próximo. Conclusión, el 
principio de Helvetius es verdadero en 
mi caso; la diferencia está en que no ven¬ 
ció el interés aparente sino el recóndito. 

CAPÍTULO CXXXIV 
Cincuenta años 

No les he dicho aún,-—pero lo digo aho¬ 
ra,—que cuando Virgilia descendía la es¬ 
calera y él oficial de marina me tocaba en 



MEMORIAS POSTUMAS DE BLAS CUBAS 


91 


el hombre yó tenia cincuenta años. Era 
por lo tanto xni vicia la que descendía es¬ 
caleras abajo,—ó la mejor parte al menos, 
una parte llena de placeres, de agitacio¬ 
nes, de sustos,— -cubierta de disimulo y 
duplicidad,—pero en fin la mejor, si he¬ 
mos de hablar el lenguaje u$ual. Sí, entre 
tanto empleáramos otro . más sublime, 
la mejor parte fué la restante, como voy 
á tener el honor de demostrarlo en las 
páginas siguientes de este libro.. 

Cincuenta años! No era necesario con¬ 
fesarlo. Ya se va notando que mi estilo 
no es tan listo como el de los primeros 
dias. En aquella ocasión,, terminado el 
diálogo con el oficial de marina, que se 
puso la capa y salió, confieso que quedé 
algo triste. Volví á la salarse me ocurrió 
bailar una polka, embriagarme coa las 
luces, las flores, los cristales, los ojos her¬ 
mosos y en el borboteo sordo y ligero de 
los diálogos. Y no me arrepiento :■ rejuve¬ 
necí. Pero, media hora después, cuando 
me retiré dél baile, á las cuatro de la ma¬ 
ñana, ¿ qué fué lo que encontré en el fon¬ 
do del coche? Pues mis cincuenta.años. 
Allí estaban los majaderos, no ateridos 
de frío, ni reumáticos,—pero descansando 
de su fatiga y algo deseosos-de cama y de 
reposo. Entonces,—y vean hasta dónde- 
puede llegar la imaginación de un hom¬ 
bre con sueño,—entonces me pareció oír 
que un murciélago trepado en el techo 
del coche me decía: Señor Blaé Cubas, 
el rejuvenecimiento, estaba en. la sala, en 
los cristales, en las luces, én las sedas,— 
en fin, en los otros. 

capítulo cxxxv 

Oblivion 

Y ahora supongo que si algüna dama ha 
seguido estas páginas, cierra el libro y no 
lee las restantes. Para ella se .'extinguió 
el interés de mi vida, que era el amor. Cin¬ 
cuenta años!.No es aún la invalidez, pero 
ya no es la frescura. Vengan diez inás, .y 
ye entenderé lo que un inglés decía, en- 
tenderé qué.cosa es no hallar ya quien 
se acuerde de mis padres, y de qué mane¬ 
ra me ha de encarar el propio «Olvido». 

Va en versalita esta palabra: Obli- 
vion! 

Justo es que ie tributemos todos los 


honores á un personaje tan despreciado 
y tan digno, convidado de la última' hora, 
pero seguro. Sábelo la dama que brilló 
en la aurora del actual reinado, y más 
dolorosamente la que ostentó sus gra¬ 
cias en flor bajo el ministerio Paraná, por 
que ésta se halla más cerca del triunfo y 
siente ya que otros le usurparon el co¬ 
che. Entonces^ si és digna de sí misma, 
no se empeña en despertar el recuerdo 
muerto ó expirante, no busca, en la mira¬ 
da de hoy el mismo 1 saludo - de la mirada 
de ayer, cuando eran otros los que ini¬ 
ciaban la marcha en la vida, con el alma 
alegre y el pie veloz.. «Témpora mutan- 
tur». Comprende que este torbellino es 
así, arrebata las hojas del bosque y los 
harapos del camino sin excepción ni pie¬ 
dad; y si tuviera un poco de .filosofía, 
no tendría envidia, pero sí lástima á las 
que ie tomaron el carruaje, porque ellas 
también han de . apearse por el estribo 
Oblivion. Es un espectáculo, cuyo. fin 
' es divertir al planeta Saturno, que anda 
muy aburrido. 

capítulo cxxxvi 

Inutilidad 

Pero, ó yo mucho me engaño, ó acabo 
do escribir un capítulo inútil. 

capítulo cxxxvu 

El morrión 

Y no es así; aquel capítulo resume 
las reflexiones que hice' al día siguiente 
á Quincas Borba, agregando que me sen¬ 
tía abatido, y mil otras cosas tristes. 
Pero aquel filósofo, con el elevado tino 
que le era propio, me gritó qute yo me 
iba deslizando por la ladera- fatal de la 
melancplía. 

—Mi querido Blas Cubas, no te dejes 
vencer por esos vapores. Qué diantre! 
es preciso ser. hombre? ser'fuerte! lu<- 
cb ar! . vencer! brillar! influir! dominar! 
Cincuenta años es la edad de la ciencia 
y del gobierrio. Animo, Blas-Cubas; no 
seas necio. Qué tienes tú que ver con esa 
sucesión de ruina á ruina ó de flór á flor? 
Trata de saborear la vida; y ten por sa¬ 
bido que la peor filosofía es la . del jere¬ 
mías que se sienta á. la margen- del riel 



92 MACHADO 


con el fin de apiadar al.cnrso incesante 
de las aguas. £1 oficio de ellas es no de¬ 
tenerse nunca; avente con la ley y trata 
de aprovecharla. 

En la# menores cosas se ve lo que vale 
lá autoridad de un gran filósofo. Las 
palabras de Quincas Borba tuvieron el 
poder de sacudir el sopor moral y men¬ 
tal que me dominaba- Vamos allá; ha¬ 
gamos gobierno, es tiempo. Yo no había 
iniervenido hasta entonces en los gran¬ 
des debates.'Le hacía la corte á la car¬ 
tera por medio de lisonjas, tés, comi¬ 
siones y votos; y la cartera no venía, 
l/rgía que me apoderara de la; tribuna. 

Comencé despacio, Tres días después, 
al discutirse, el presupuesto de guerra, 
aproveché la circunstancia para pregun- 
tai modestamente al ministro si no creía 
•útil disminuir el morrión de la guardia' 
nacional. No tenía vasto alcance el ob¬ 
jeto de la pregunta; pero aun asi de¬ 
mostré que no era indigno de las medita- . 
clones de un hombre de Estado; y cité 7 
á Filopemen, que ordenó la-‘Sustitución 
do los broqueles de sus trepas, que eran 
pequeños, por otros mayores, así como 
también lás langas, que eran demasiado 
livianas; hecho que la historia ño creyó 
que desmintiera la gravedad de sus .pᬠ
ginas. El tamaño de nuestros morriones 
estaba pidiendo un corte profundó, no 
solo porque eran inelegantes, sino tam¬ 
bién por ser antihigiénicos. En lás. para¬ 
das, al sol, el exceso de .calor producido 
por ellos podía ser fatal. Siendo cierto 
que uno de los preceptos de Hipócrates 
es tener la cabeza fresca,, parecía cruel 
. obligar 4 yn ciudadano, por simples con¬ 
sideraciones de uniforme, 4 exponer la 
salud y la vida, y, por lo tanto el porve¬ 
nir de la familia. La cámara y el gobier¬ 
no debían recordar que la guardia -nacio¬ 
nal era él baluarte. dé la libertad' y la-, 
independenoia, y qué el ciudadano lia-' 
mr.dó á prestar un servicio gratuito-; fre¬ 
cuente y penoso; tenía derecho 4 que se 
lo disminuyese' la carga, imponiéndole 
un uniforme ligero y cómodo. Agregué 
que el morrión, por> ; su peso, agachaba 
le cabeza de los ciudadanos, y la patria ; 
necesitaba ciudadanos cuya frente pudie- ' 
se levantarse altiva y serena delante dél 
poder; y! términé con esta ideai El sau¬ 
ce lloron, que inclina sus gajos hacia él 


DE AS8IS 


suelo, es árbol de cementerio.; la palmera, 
erecta y firme, es el árbol del desierto, 
de las plazas y los jardines. 

Fué diversa la impresión de este dis¬ 
curso.'En cuanto 4 la forma, al rapto 
elocuente, 4 la parte literaria y filosó¬ 
fica, la opinión fué unánime; me dijeron 
todos que era completo, y que nadie ha¬ 
bía conseguido nunca sacar tantas ideas 
de un morrión. Pero la parte política 
fué considerada por muchos cómo deplo¬ 
rable; algunos pensaban que mi discurso 
era un desastre parlamentario;, por fin, 
vinieron 4 decirme que otros me creían 
ya en la oposición, entrando en ese nú¬ 
mero los oposicionistas dé la cámara, que 
llegaron ¿ insinuar la conveniencia de 
Una mocion de desconfianza. Repelí enér¬ 
gicamente aquélla interpretación, que no 
solo era. errónea, sino calumniosa, en 
' vista de la notoriedad con que yo soste¬ 
nía al gabinete; agregué que la necesi¬ 
dad de disminuir el tamaño del morrión 
no era tan urgente que no pudiera espe- 
_ rar algunos años; y que, en todo caso, yo 
transigiría en la extensión, del Corte, con¬ 
tentándome con.tres cuartos de pulgada 
ó menos; en fin, aun dado que mi idea 
nó fuese adoptada,. me bastaba haberla 
iniciado en el' parlamento. 

Quincas Borba,. sin embargo, no hizo 
restricción alguna: No soy hombre polí¬ 
tico, me dijo durante la comida; no sé si 
has estado bien ó mal^sé que hiciste un 
excelente discurso. Y entonces indicó 
las partes, más salientes, las imágenes 
bellas, los argumentos fuertes, con eso 
comedimiento en el elogio que tan bien 
sienta, en un gran filósofo-; deápues, tomó 
el asunto por su cuenta, é impugnó el 
morrión con tal, fuerza, con tanta lucidez, 
que’ acabó por convencerme efectivamente 
de su peligro. r 

. capítulo cxxxvm- 
A un crítico. 

Mi cai*o crítico: 

Algunas páginas más atrás,, diciendo 
que tenía cincuenta años,; agregué: «Ya 
se. va sintiendo une mi estilo no es tan 
listo coma en los primeros días.» Tal vez 
halles esta, frase incomprensible,- sabién¬ 
dote mi actual* astado; pero- yo llamo tu 
atención sobre la sutileza de aquel pen- 


MEMORIAS PÓSTUMAS'DE BLAS» CUBAS 


93 


saniiento. Lo que yo quiero decir no es 
que esté ahora más viejo que cuando co¬ 
mencé el libro. La. muerte no envejece. 
Quiero decir, sí, que en cada frase de la 
narración de mi vida experimento la sen¬ 
sación correspondiente. Válgame Dios! 
es necesario explicarlo todo. 

capítulo cxxxix 

De como no fui ministro de Estado 


capítulo, cxl 

Que explica el anterior 

ílay cosas que mejor se dicen callando; 
tal es la materia del capítulo ¡.interior. 
Pueden entenderlo los ambiciosos malo¬ 
grados. Sí. la pasión del poder es la más 
fuerte de todas, según pregonan algunos, 
imaginen la desesperación, el dolor, el 
abatimiento del día en que perdí mi ban¬ 
ca en la cámara de diputados. Se. me iban 
las esperanzas todas; terminaba la carre¬ 
ra política. V notad que Quiácas Barba, 
por inducciones filosóficas que hizo, en¬ 
contró que mi ambición no era la pasión 
verdadera del poder, pero si un capricho, 
un deseo de gozar. En su opinión éste 
sentimiento, no siendo más profundo que 
cualquier o;tro, mortifica mucho más, 
porque se asemeja al amor que las mu¬ 
jeres tienen á las blondas y tocados. Un 
Cromwell ó un Bonaparte, agregaba/ por 
lo mismo que los quema la pasión del 
poder, llegan á él á pesar de todo ó por 
la escalera, de la derecha ó por ía dé la 
izquierda. Mi sentimiento no era así; 
no teniendo éste en sí la misma fuerza,' no 
poseía la misma certidumbre del resul¬ 
tado ; y de ahí la mayor aflicción, el 
mayor desencanto, la mayor tristeza. Mi 
sentimiento',^ según el Hupianitismo... 

—Vete al diablo con tu Humanitismo, 
le interrumpí yó ;• estoy harto .fle filoso¬ 
fías que no conducen á nada. 

La dureza de la interrupción, tratán- . 
dose de tamaño filóspfo, equivalía á un 
desacato.; pero él mismo disculpó la irri¬ 
tación con que le hablé. Nos trajeron 
café; era la una de la tarde, estábamos eñ 


mi estudio, una bella sala que daba sobre 
el fondo de la quinta, buenos libros, obje¬ 
tos de arte, un Voltaire entre ellos, un 
Voltaire de bronce, que en aquel mo¬ 
mento parecía acentuar la sonrisita de 
sarcasmo, con que me miraba, el bribón; 
sillas excelentes; afuera, el sol, un gran 
sol, que Qu incas Borba, no sé si por bro¬ 
ma ó poesía, llamó uno de los ministros 
de la naturaleza; corría un viento fresco, 
el cielo estaba azul. De cada ventana,— 
eran tres,—pendía una jaula con pája¬ 
ros, que gorgeaban sus óperas rústicas. 
T*do tenía la apariencia dé. una conspi¬ 
ración de las cosas contra el hombre; y, 
bien que yo estuviese en «mí» sala, mi¬ 
rando «mi» quinta, sentado en «mi» silla, 
oyendo «mis» pájaros, al lado de «mis» 
libros, iluminado por «mi» sol, no llegaba 
á curarme de las «saudades» de aquella 
otra silla que no era mía. 

■ CAPÍTULO CXLI 

Los perros 

—Pero, en fin, que pretendes hacer 
ahora ? preguntó Quincas Borba, yendo á 
colocar la taza vacía en el antepecho de 
una de las ventanas. 

—No se; voy á meterme en la Tijuca; 
huir de los hombres. Estoy avergonzado, 
aburrido. Tantos sueños, mi caro Borba, 
tantos sueños, y no soy nada. 

. —Nada ! me interrumpió Quiñcas Bor- 
ba con un gesto de indignación. 

Para distraerme me invitó á salir; sali¬ 
mos-por el lado dél Ingenio Viéjo, Iba¬ 
mos á pié, filosofando las cosas. Nunca 
he de. olvidar el bien-que me hizo ese 
paseo. La palabra de aquel grande hom¬ 
bre era. lo ’córdial de la sabiduría. .Me 
dijo que yo- no podía huir del combate; 
si me cerraban la tribuna, debía abrir un 
diario. Llegó á usar una expresión me¬ 
nos elevada, demostrando así que la len¬ 
gua filosófica podía, de vez'en cuando re- 
templárse en la jerga del pueblo. Fúnda 
un diario, me dijo, y «revienta esa ca¬ 
marilla». 

—Magnífica idea. .Voy á fundar un 
diario, voy á deshacerlos, voy... . £ 

—A luchar. Podrás deshacerlos ó. no; 
lo esencial es que. luches. La vida es lu¬ 
cha. La vida sin lucha es un.mar muerto 
en el centro del organismo universal. 







$4 


MACHADO DE ASS1S 


De allí á poco acertamos con una pelea 
.de perros, hecho que á los ojos de un 
hombre vulgpr no tendría valor. Quin- 
cas Borba méhizo detener y observar los 
perros. Eran dos. Observó que al lado 
de ellos había un hueso, motivo de la 
guerra, y no dejó de llainar mi aten¬ 
ción respecto de la circunstancia de que 
el hueso no tenía carne. Un simple hue- 
90 pelado. Los perros se mordían, gru¬ 
ñían, con el furor en los ojos... 'Quincas 
Borba se metió e'l bastón bajo del brazo, 
y parecía, en éxtasis. 

—Que bello es esto! decía de cuando 
en cuando. 

Quise marcharme de allí, pero no pu¬ 
de; él estaba arraigado al suelo, y solo 
continuó andando, cuando la riña cesó 
enteramente, y uno de los perros vencido 
y -mordido se marchó á otra parte con 
su hambre. Observé que se había puesto 
alegre, aunque contuviese su alegría, se¬ 
gún convenía á un gran filósofo. Me hizo 
observar la belleza del espectáculo, re¬ 
cordó el objeto de la lucha, dedujo que. 
los perros tenían hambre; pero la'priva; 
cion de alimento era nada para los. efec¬ 
tos generalés de la filosofía, Ni dejó dé 
recordar que én algunas partes del mun¬ 
do el espectáculo es más grandioso : las 
criaturas humanas son las que disputan 
á los perros los.huesos y otros manjares 
menos apetecibles; lucha que se complica 
mucho, porque entran en acción la inteli¬ 
gencia del hombre, con’ toda la acumula-' 
cion de ságacidad que. le dieran los si¬ 
glos, éter. 

CAPÍTULO CXLH 

El pedido secreto 

Guanta cosa en un minuete! como de¬ 
cía el otro. ..Cuanta cosa én una pelea de 
perros/ Pero yo no era ún discípulo ser¬ 
vil ó medroso, que dejase de hacer una 
ú otra observación adecuada.' Miéntras 
caminábamos le dije que tenía úna duda; 
no estaba bien cierto dé la.ven taja de dis¬ 
putarles la comida á los perros. El me 
respondió con excepcional blandura: 

—Disputarla á los otros hombres es 
más lógico, porque la condición dé los 
centendóres es la . misma* y se lleva el 
hueso, el más fuerte. Porqué no es Sin es¬ 
pectáculo-grandioso disputarlo á los pe-'’ 


rros? Voluntariamente se comen langos¬ 
tas, como el Precursor, ó cosa peor, como 
Ezequiet; luego, lo inmundo es comes¬ 
tible; falta saber 9i es más digno del 
honibre disputarlo, por virtud de una 
necesidad natural, ó preferirlo, para obe¬ 
decer á una exaltación religiosa, esto es, 
inodificable, al paso que el hombre es 
eterno, como la vida y como la muerte. 

Estábamos en la puerta de casa; me 
dieron una carta diciéndome que la* man¬ 
daba una señora. Entramos, y Quincas 
Borba, con la discreción propia de un 
filósofo, fué 4 mirar los lomos de los li¬ 
bros de un estante, mientras yo leía la 
carta, que era de Virgilia: 

«Mi buen amigo: 

«Doña Plácida está muy mala. Le pido 
el favor de que haga algo por ella;.vivo 
en la calleja de las Escadinhas; vea si 
• consigue hacerla entrar en la Miseri¬ 
cordia. 

«Su amiga sincera, 

V.» 

No era la letra fina y correcta de Vir¬ 
gilia, pero sí gruesa y desigual; la V de 
lfi firma no pasaba de un rabillo sin in¬ 
tención alfabética;. de manera que si la 
carta fuera ’sorprendida,, era muy difí¬ 
cil atribuirle autor. Miré y remiré el pa¬ 
pel. Pobre doña Plácida! Pero yo le había 
dejado los cinco cóntos de la- playa dei 
Botafbgo, y no podía comprender que.... 

-—Vas á. comprender,>—elij o Quincas 
Bcrba .sacando Un libro del .estante. 

—El qué? — pregunté sorprendido. 

—Vas á* comprender que yo solo te he 
dicho la verdad. Pascal es uno de mis 
abuelos espirituales; y, aunque mi filo¬ 
sofía valga más que la suyá, no puedo 
negar que era un grande hombre- Ahora 
bien, qué fué lo que dijo en esta página? 
V, con el sombrero en la cabeza, y el 
bastón bajo el brazo, apuntaba el sitio 
con el dedo.-—Qué es. lo que. dice ? Dice 
que el horpbfe tiene una gran ventaja 
sobre el resto del universo: sabe, que 
muere, á la vez que el restó del universo 
' lo ignora absolutamente. Lo ves. Luego, 
el hombre que disputa un. hueso á un 
perro tiene sobre éste la gran ventaja 
de saber que tiene hambre; y ésto efe 
lo que hace grandiosa la lucha como yo 




decía. «Sabe que muere» es una expre¬ 
sión profunda; creo que es todavía más 
profunda mi expresión: «sabe que tiene 
hambre».. Porque el hecho de la muerte, 
limita, por así decir, el entendimiento, 
humanó; la conciencia de la extinción 
dura un breve instante y acaba para} 
siempre, á la vez que el hambre tiene la 
ventaja de volver, de prolongar el estado 
consciente. Me parece (si e* que no hay 
en esto alguna inmodestia), que la fór¬ 
mula de Pascal es inferior á la mía, sin 
dejar por esto de ser un gran pensa¬ 
miento, y Pascal un grande hombre. 

CAPÍTULO CXLlll 

No voy. 

Mientras él restituía el libro al es- 
. tante, releía yo el billete. Durante la co¬ 
mida, viendo que yo hablaba poco, mas¬ 
ticaba''sin acabar de tragar, miraba fija¬ 
mente el. rincón dél comedor, la punta- 
de la mesa, un plato, una silla, una mos¬ 
ca invisible, Qubicas, me dijo.;-—A tí te 
pasa algo; apuesto que fué aquella carta?' 
—Fué. Realmente me sentía fastidiado, 
incomodado con el pedido de Vírgilia. Le 
había dado a doña Plácida cinco contos 
de reis; dudo mucho qué nadie se hubie-. 
se mostrado tan generoso como yo, nii 
tanto. Cinco contos! qué había hecho da 
ellos? Naturalmente, los tiró por'la'ven-; 
tana, se ios comió- en grandes fiestas, jv 
ahora tenía, que ir á.dar á la Misericor¬ 
dia, y.yo llevarla! Se muere en cual¬ 
quier parte. Por otra parte yo no sabía, 
ó no me acordaba de. tal callejuela de las 
Escadinhas; pero, por el nombre, sé me : 
ocurría que era algún rincón estrecho y 
oscuro de la ciudad-.-Tenía que ir allí, lla¬ 
mar la atención de los vecinos/ golpear 
á la puerta, etcétera. Qué pegiguera! 
No voy. 

CAPÍTULO CXLIY 

Utilidad relativa 

Pero la noche,- que , es bueña. conse-V 
jtra, me observó que la-cortesía me man-. 
drba obedecer á los deseos- de ini-ánti- 
gua dama, (-. 

-—Las letras vencidas, urge pagarlas,—j . 
me dije ya al levantarme. 

Después del almuerzo ful á casa de do¬ 


ña Plácida; hallé un monton de huesos, 
envuelto en harapos, estendido sobre un 
catre viejo y nauseabundo; lé di 'algún, 
dinero- Al día siguiente la hice transpor¬ 
tar á la Misericordia, donde murió una 
semana después. Miento: amaneció muer¬ 
ta; salió de la vida á escondidas, lo mis¬ 
mo que entrara en ella. Otra vez me 
preguntó á mí mismo, como en el Cap. 
LXXV, si era para esto que el sacristán 
do. la Sé y la dulcera trajeron á doña 
Plácida á luz; en un momento de simpa¬ 
tía específica. Pero luego advertí que, si 
no hubiera sido por doña Plácida, tal vez 
mis amores con Virgilia se hubieran in¬ 
terrumpido, ó . habrían quedado rotos, 
en plena efervescencia; tal fiié por lo 
tanto, la utilidad de la vida de doña 
Pláqida. Utilidad (relativa; pero ¿qué 
diantre hay absoluto en este mundo ? 

CAPÍTULO CXLV 

Simple repetición 

En cuanto á los cinco contos, "no vale la 
pena de decir qué un picapedrero de la ve¬ 
cindad se fingió enamorado de doña Plᬠ
cida, logró despertarle los sentidos, ú 
otra vanidad, y casó con ella; al caboj 
de algunos meses inventó un < negocio, 
vendió los títulos y fugó con d dinero. 
No vale la pena. Es el caso de los perros 
d-‘ Qu incas Borba: Simple repetición de 
un capítulo. • 

CAPÍTULO CXLVl 

El p r o g ra m a 

Urgía fundar el diario. Redacté el pro¬ 
grama,, que era.una aplicación política 
dd Humanitismo; solamente,como Quin- 
cus Borba no había aun publicado el li¬ 
bro, que perfeccionaba de año en año, de¬ 
cidimos do referirnos á éste. Quineas 
Borba exigió apenas, una declaración, 
autógrafa y reservada, ¡Je que algunos 
principios nuevos aplicados á la política 
oran sacados de su libro, aun inédito. 

. Era la'fina flor de los programas; pro¬ 
metía curar la sociedad, destruir los abu¬ 
sos, defender los : sanos principios' de li¬ 
bertad y conservación; hacía -un llamado 
ahcomercio y á la industria; citaba á Gui- 
/íot) á Ledru-Rollin, y acababa con esta 
amenaza, que Quineas Borba, halló mez- 



96 


MACHADO 

quina y. local: «La nueva doctrina que 
profesamos ha de derribar inevitable¬ 
mente al actual ministerio.» Confieso 
que, en las circunstancias políticas do 
aquel momento, el programa mé pareció 
una obra maestra. La amenaza del fin, 
qué Qüincas Borba halló mezquina, le 
demostré que estaba saturada en el mas 
puro Humanitismo, y él mismo lcf con¬ 
fesó después. Porque, él Humanitismo 
no excluía nada; las guerras de Napoleón 
y una contienda de cabras tenían, según 
nuestra doctrina, la misma sublimidad, 
con la diferencia de que los soldados de 
Napoleón sabían qué morían, cosa que 
aparentemente no Ies acontece á. las ca¬ 
bras. Ahora bien, yo no hacía otra, cosa 
más que aplicar á las circunstancias nues¬ 
tra fórmula filosófica: Humanitas desea- 
. ba sustituir á Humanitas para consuelo 
do Humanitas. 

—Tu eres mi discípulo amado, mi ca¬ 
lifa, gritó Quincas. Barba, con una nota 
de ternura, • qué hasta entonceá no le 
' oyera; 

Puedo decir,—agregó,—como' él; gran 
Mohammed: Ahora, aunque se- caigan 
«obre mí él sol y la hiña, no retrocederé 
en mis qdeas: Cree, mi querido Blas Cu-: 
bas^ que esta es la verdad,-eterna, 'ante¬ 
rior á los mundos, posterior Jt los siglos- 

,capítulo cxLvn ; 

_ EÍ desatino • • 

Envié luego ,á los diarios una noticia 
discreta, diciendo que probablemente co¬ 
menzaría la publicación de un diario opor 
sitor, de allí á- algunas semanas, redac¬ 
tado por el. doctor Blaé_ Cubas. .Quincas 
Borba, á quien, leí la noticia, tomó la' 
,'plúma y agregó a mi.nombre, con.una 
fraternidad verdaderamente humanísti¬ 
ca, esta frase:.«uno de los más. gloriosos 
miembros de. la "pasada cámara.» 

. Al día .siguiente .entró éri mi casa Co- 
trjm. Venía algo trastornado,, pero disi-- 
mulaba, afectando tranquilidad, y hasta 
alegría. Había visto la noticia del dia¬ 
rio, y le pareció que debía, como pariente " 
. y amigo, disuadirme fie semejante idea.' 
Era un error,, un error fatal.. Me demos¬ 
tró que iba é, colocarme en una situación 
difícil, y én cierto modo á cerrarme las- 
puertas del parlamento- M'ministerio no 


DE ASSIS 

solo le parecía excelente, lo que podía na 
ser mi opinión, sino que con seguridad 
viviría mucho; y que podía yo ganar con 
indisponerlo contra mí 2 Sabía que algu- 
■ nos de los ministros me eran afectos; no 
era imoosible una vacante, y ... Lo ín-' 
terrumpí en este punto, para decirle que 
. había meditado mucho el paso que iba á 
dar, y que no podía retroceder una línea. 
Llegué k proponerle la lectura del pro¬ 
grama; pero él se negó enérgicamente, 
diciendo que no quería tener la más mí¬ 
nima participación .en. mi desatino. 

—Es un verdadero' 'desatinó, , repitió; 
piénselo algunos días,, y verá que es un 
desatino. 

La misma cosa me dijo Sabina,' por' la. 
noche, en el teatro. Dejó á la hija en-el 
palco con. Cotrirn, y salió conmigo al 
corredor. , , . • 

—Hermano Blas, que es lo qué usted 
va- á hacer ? me preguntó ' aflijicta,. Qué 
idea es esa fie provocar al 'gobierno, sin 
-necesidad, cuando podía.V.• ••■ ... 

Lé expliqué que nomo'convenía men-, 
digar Uña silla en.él. parlamento; qué mi. 
idea era derribar'al ;ministerio, por no 
parecer me adecuado, á la situación—yá 
... cierta, fórmula filosófica; aseguré qué usa¬ 
ría siempre un lenguaje' cortés, aunque 
; enérgicq. La' violencia no éra especia de 
mí paladar. Sabina se' golpeó con d aba- : 
•juico. la yema‘de losdedos,.-jnenep lá ca¬ 
beza,, y volvió? aí; asüUto ."con: iin-jairé'dé: 
'áulica y.de amenaza, alíérnádamente : yo : - 
le dije que no, que no,.y que no.- Ya fies-, 
engañada, me, echó en cara, que prefiriese. 
los consejos dé personas extranásC,y en¬ 
vidiosas á los de "ella y delyináridd-^Bues: 

- haga lo que mejor le .parezca;‘ nósótros 
cumplimos con' nuestro deber. >Me~voí Vio 
la espalda ysemarchó al palc.o.'. í 

: •• 

capítulo .cxLvni; 

El problema ihsalnble 

Publiqué.el diario,.- Veinticuatro horas, 
después, aparecía en otros - uña' declara¬ 
ción de Gdtrim, diciendoj. en substancia,, 
que «aunque no militase én- ninguno > de 
log' partidos en - que se dividía la patria;, 
creía conveniente poner: bien en claro que 

- no tenía influencia ni : parte.' diréctaT ni 
indirecta en la.hoja de su cuñado, él doc-: 
tór Blas Cubas,: cuyas ideas. y ;proeedi- 




MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS 


97 


miento político reprobaba enteramente. 
El actual ministerio (como por lo demás 
cualquiera otro compuesto de iguales ca¬ 
pacidades) le parecía destinado á promo¬ 
ver la felicidad pública.» 

No podía acabar descreer á mis ojos. 
Los restregué una y .dos veces, y releí la 
declaración inoportuna, insólita y enig¬ 
mática. Si él nada tenía que ver con los 
partidos, qué le importaba un incidente 
tan vulgar como la publicación de un dia¬ 
rio? Ni todos los ciudadanos que hallan 
bueno ó malo un ministerio hacen tales 
declaraciones por la prensa, ni tienen 
obligación de hacerlas. Realmente, era 
.un misterio la intrusión de Cotnm en 
este negocio, no menos que su agresión 
personal. Nuestras relaciones hasta en¬ 
tonces habían sido llanas y benévolas; no 
recordaba ningún disentimiento, ninguna 
sombra, nada, después de la reconcilia¬ 
ción. Al contrario, los recuerdos eran 
de verdaderos servicios; así, por ejem¬ 
plo, siendo yo diputado, pude obtenerlo 
unas provisiones para el arsenal de ma¬ 
rina, aprovisionamientos que' él seguía 
haciendo con la mayor puntualidad, y de 
los cuales me decía que al cabo de tres 
años más, podrían dejarle unos doscientos 
contos. De modo que el recuerdo de ta¬ 
maño servicio no haibía tenido fuerza bas¬ 
tante para impedir que se presentase al 
público á repudiar al cuñado? Debía ser 
muy poderoso el motivo de la declara¬ 
ción, qué le hacía cometer á la vez una 
impropiedad y una ingratitud; confieso 
que era un problema insoluble. 

CAPÍTULO CXLIX 

Teoría del beneficio - 

...Tan insoluble que Quincas Borba 
no pudo dar con él, á pesar de estudiarlo 
largamente y con buena voluntad.—Bue¬ 
no adiós! concluyó; no todos los proble¬ 
mas valen cinco .minutos de atención. 

En cuanto á la censura de ingratitud, 
Quincas Borba la rechazó enteramente, 
no como improbable; pero como absurda 
por no obedecer á las conclusiones de una 
buena filosofía humanística.. 

—No me puedes negar un hecho, dijo; 
es que. el placér del benefactor es siem¬ 
pre mayor que el del beneficiado. Que es 
el beneficio? es un acto que hace cesar 


cierta privación del beneficiado. Una vez 
producido el efecto esencial, esto es, una 
vez cesada la privación, vuelve el orga¬ 
nismo al estado anterior, al estado indi¬ 
ferente. Supon que tienes demasiado 
apretada la cintura del pantalón; para 
hacer cesar la incomodidad, desabrochas 
la cintura, respiras, saboreas un instante 
de placer, el organismo vuelve á la indi¬ 
ferencia y no te acuerdas de tus dedos 
que practicaron el acto. No habiendo na¬ 
da que perdure, es natural que la memo¬ 
ria se desvanezca, porque ella no es una 
planta aérea, necesita tierra. La espe¬ 
ranza de otros favores, es cierto, conserva 
siempre en el beneficiado el recuerdo del 
primero; pero este hecho, por lo demás 
uno de los más sublimes qué la filoso¬ 
fía. puede hallar en su camine, se explica 
por la memoria de la privación continua¬ 
da en la memoria, que representa _el do¬ 
lor pasado y aconseja la precaución del 
remedio oportuno. No digo que, aun sin 
esta circunstancia, no suceda, algunas ve¬ 
ces, que persista la memoria del servicio, 
acompañada de cierta afección más ó me¬ 
nos intensa; pero son verdaderas aberra¬ 
ciones, sin ningún valor ante los ojos do 
un. filósofo. 

—Pero, repliqué, si no hay ninguna 
razón para, que perdure la memoria del 
servicio en el beneficiado, menos ha de 
haber en relación al benefactor. Quisie¬ 
ra que me explicases este punto. 

—No se expli&a aquello que es . evi¬ 
dente, replicó Quincas Borbaj pero yo te 
diré algo más. La persistencia del bene¬ 
ficio en la memoria, del que lo ejerce se 
explica por la naturaleza misma del bene¬ 
ficio y sus efectos. Primeramente, hay él 
sentimiento de una buena acción, y de¬ 
ductivamente la conciencia de que somos 
capaces de buenas acciones; en segundo 
lugar, se recibe una convicción de supe¬ 
rioridad sobre otra criatura, superioridad 
en -el estado y en los medios; y esta es 
una de las cosas más legítimamente agra¬ 
dables, según las mejores opiniones, al 
organismo humano. Erasmo, que en su 
«Elogio de la. Locura» escribió algunas 
cosas buenas, llamó la atención hacia la 
complacencia con que dos burros se dan 
de patadas el uno al otro. Estoy lejos de 
rechazar esa.observación de Erasmo; diré 
algo más, que él no dijo, á saber, que si 



98 


MACHADO DE ASSIS 


uno de los dos burros patea mejor al otro, 
ese ha de tener en los ojos algún indicio 
de satisfacción. Por qué es que una mujer ‘ 
bonita se mira muchas veces al espejo, 
sino porque se encuentra bonita, y por 
que eso le da cierta superioridad sobre 
una multitud de otras mujeres menos 
bonitas ó absolutamente feas? La con¬ 
ciencia es exactamente igual; se mira y 
remira á menudo, cuando se encuentra 
hermosa. Y el remordimiento no es otra 
cosa más que la sensación de una concien¬ 
cia que se siente hedionda. No olvides 
que, siendo todo una simple irradiación 
de Humanitas, el beneficio de todos sus 
efectos, son fenómenos perfectamente ad¬ 
mirables. 

CAPÍTULO CL 

Rotación y traslación 

Hay en cada empresa, afecto ó edad, 
un ciclo entero de la vida humana. El 
primer número de mi diario me llenó el . 
alma de una vasta aurora, me coronó de 
follages, me restituyó la ligereza de la 
juventud. Seis meses después, sonaba* 
para aquél la hora de la vejez, y de allí 
á dos semanas la de \la muerte, que fuá 
clandestina, como la de doña Plácida. El 
día en que el diario amaneció muerto, 
respiré como un hombre que llega de un 
largo viaje. De modo que, si yo dije¬ 
ra que la vida humana nutre de sí 
misma otras vidas, más ó menos 
efímeras, como el cuerpo alimenta sus 
parásitos, creo que no diría una cosa 
enteramente absurda. Pero, para no 
arriesgar esa figura menos nítida y ade¬ 
cuada, prefiero una imagen astronómica: 
el hombre ejecuta en la rueda del gran 
misterio un movimiento duplo de tras¬ 
lación y rotación; tiene sus días, des*, 
iguales como los de Júpiter, y con ellos 
compone su año más ó menos largo. 

En el momento en que yo terminaba 
nú movimiento de rotación, concluía Lo¬ 
bo Neves su movimiento de traslación. 
Murió con el pié en la escalera ministe¬ 
rial. Corrió al menos, durante algunas se- . 
manas, que iba á ser ministro; y luego 
que el rumor me hubo llenado.-dé irrita¬ 
ción y envidia, no es imposible que la 
noticia de la muerte me causara alguna 
tranquilidad, alivio, y uno ó dos minutos 


de placer. Placer y mucho, pero es la 
•verdad; juro á los siglos que es la pura 
verdad. 

Fui al entierro. En la sala mortuoria 
hallé á Virgilia, al pié del féretro sollo¬ 
zando. Cuando levantó la cabeza vi que 
lloraba de veras. Al salir el entierro, se 
abrazó al cajón, afligida; vinieron á sa¬ 
carla dé allí y llevarla para adentro. 
Repito que las lágrimas eran verdaderas. 
Yo fui al cementerio; y, para decirlo 
todo, no tenía muchas ganas de hablar, 
llevaba una piedra efe. la garganta y en 
la conciencia. En el cementerio, princi¬ 
palmente, cuando dejé caer la palada de 
caí sobre el cajoneen el fondo de la bó¬ 
veda, el golpe sordo de la cal me causó un 
estremecimiento pasajero, es cierto, pero - 
desagradable; y después la tarde tenía 
el peso y el color del plomo; el cemen¬ 
terio, las ropas negrás... 

capítulo cu 

Filosofía de los epitafios 

Salí, apartándome de los grupos, y fin¬ 
giendo leer los epitafios; ellos, son, entre 
la gente ¡civilizada, una expresión de 
aquel pío y secreto egoísmo que induce 
al hombre á arrancar un girón al menos 
de la sombra de lo que pasó. De ahí viene, 
tal vez, la tristeza inconsolable de los 
que saben que sua muertos están en el 
osario común, pues paréceles que la po¬ 
dredumbre anónima les alcanza á ellos 
mismos. 

CAPÍTULO CLII 

La moneda de Vespasiano 

Todos se habían marchado; solo mi 
coche esperaba por el dúeño. Encendí 
un cigárro; me alejé del cementerio. 
No podía quitarme de los ojos la cere¬ 
monia del entierro, ni de los oídos los 
sollozos de Virgilia. Los sollozos,^-prin¬ 
cipalmente, tenían el sonido vago y mis¬ 
terioso de un problema.. Virgilia traicio¬ 
nara al marido con sinceridad, y ahora 
lo lloraba con sinceridad. He aquí una 
combinación difícil que no pude hacer 
en todo el trayecto; en casa, sin embar¬ 
go, al apearme del carruaje, sospeché 
que la combinación era posible, y hasta 



MEMORIAS PÓSTUMAS RE BLAS CUBAS 


99 


fácil. Blanda Natura! El impuesto del 
dolor es como la moneda de Yespasiano; 
el olor no delata su origen, y lo mismo 
pesa sobre el mal que sobre el bien. La 
moral reprenderá, quizás, á mi cómplice;- 
eso es lo que no te importa, implacable 
amiga, toda vez que recibiste puntualr 
mente las lágrimas. Blanda, tres veces 
blanda Natura. 

CAPÍTULO CLIU 

El a 1-i e n i s i a 

1 •{ 

ComenzabáTá ponerme patético y pre¬ 
ferí dormir, soñé que era un nabab, y 
desperté con'la idea de que era nabab. 
A mí rae gustaba, á veces, imaginar esos 
contrastes de región, estado y credo. Al¬ 
gunos días .antes hubiera pensado, ten 
la hipótesis de una revolución social, re¬ 
ligiosa y política, que trasfiriese, que con¬ 
virtiese al arzobispo de Cantuaria en 
simple colector de Petrópoli's, é hice 
largos cálculos para averiguar si el colec¬ 
tor eliminaría al arzobispo, ó si el ar¬ 
zobispo podría injertarte en un colec¬ 
tor, ó que cantidad de colector puede 
combinarse con un arzobispo, etcétera'. 
Cuestiones insolubles, aparentemente, 
pero en la realidad perfectamente solu¬ 
bles, así que se, piense que en un arzo¬ 
bispo puede haber dos arzobispos,—el do 
la bula y el otro. Está dicho,' voy á ser 
nabab. 

Era una simple broma, se lo dije, sin 
embargo, á Quincas Borba, que me- mi¬ 
ró con cierta precaución y pena, llevan¬ 
do su bondad hasta comunicarme que yo 
estaba loco. Me reí al principio; pero 
la noble convicción del filósofo me metió 
cierto miedo. La única objeción contra 
la palabra de Quincas Borba era que no 
me sentía loco, pero no teniendo gene¬ 
ralmente. los locos otro concepto de sí 
mismos, tal objeción carecía de valor. 
Y yed si tiene algún fundamento la 
creencia popular de que los filósofos son 
hombres ágenos á las cosas mínima^ 
AI día siguiente me mandó Quincas. Bor¬ 
ba urí alienista. Lo conocía, quedé ate- 
•rrado- El,, entretanto, se condujo con 
la mayor delicadeza y habilidad, despi¬ 
diéndose tan alegremente que me ani¬ 
mó á preguntarle si de veras no estaba 
loco. , 


—Nó, me dijo; pocos hombres tienen 
tanto juicio como el señor. 

—Entonces Quincas -Borba se equd-i 
vocó ? 

—Redondamente. Y en seguida: — Al 
contrario, si es amigo suyo... ruégole 
que lo distraiga... que.. ’. 

—Santo cielo! Le parece?... Un hom¬ 
bre de tanto talento, un filósofo! 

—No importa; la locura entra en to¬ 
das las casas. 

Imaginen mi aflicción. El alienista,' 
viendo el efecto de sus palabras, com¬ 
prendió que yo era. amigo de Quincas 
Borba, y trató de disminuir la gravedad 
de la advertencia. Observó que podía no 
ser nada, y hasta agregó que un granito 
do extravagancia, lejos de hacer mal, 
le daba cierto sabor á la vida. 

Como yo rechazara con horror esta 
opinión, el alienista sonrió y me dijo 
una cosa, tan extraordinaria, tan extraor¬ 
dinaria, que no merece menos de un ca¬ 
pítulo. 

capítulo cuv 

Los buques del Píreo 

: —Usted recordará,—me dijo el alie¬ 
nista,—á aquel famoso maniático ate¬ 
niense que suponía que todos los buques 
’que entraban al Píreo eran de su pro¬ 
piedad. No pasaba de ser un pobreton, 
que tal vez no tendría para dormir, ni el 
ti nel de Diógenes; pero la-posesión ima¬ 
ginaria de los buques valía para él más 
que todas las dracmas de la Héladc. 
Ahora bien, hay en todo hombre un ma¬ 
niático de Atenas; y quien jure que no 
ha poseído alguna vez, mentalmente, dos 
ó tres patachos, cuando menos, puede 
creer que jura en falso. 

—También el señor!—le pregunté. 

—También yo. 

—Y también yo? 

. —También el señor; y no menos su 
sirviente, si es su sirviente ese ,hombre 
que está allí sacudiendo, las alfombras 
en la ventana. 

En efecto,, era uno de mis sirvientes 
que sacudía las alfombras, mientras no¬ 
sotros hablábamos al lado, en el jardín. 

El alienista notó entonces que hacía 
tiempo que aquél había abierto de par en 



100 . MACHADO 

.par todas las ventanas^ .exhibiendo lo más 
posible la sala, para que la admiraran de 
afuera, y ‘terminó:. ' 

-—Su sirviente tiene la manía del ate¬ 
niense: cree que los buqués son suyos; 
una hora de ilusión que le proporciona 
la mayor felicidad de la. tierra. ' 

CAPÍTULO CLV 

Reflexión cordial 

—Si el alienista tiene razón,—me dije 
á mí mismo, no habrá por qué compade¬ 
cer tanto á Quincas Borba; es una cues¬ 
tión de más ó menos. Con todo, pruden¬ 
te es vigilarle, y evitar que le entren en 
el cerebro otras manías. 

CAPÍTULO CLVI 

Orgullo de la servilidad 

Quincas Borba estuvo-,en, divergencia- 
con el alienista respecto de mi criado.— 
Se puede, por imagen, dijo, atribuir á 
tu criado la manía del ateniense; pero 
las. imágenes no son ideas, ni observa-, 
'ciones. tomadas íde la naturaleza. ;Lo 
que tu criado tiene es un sentimiento’ 
noble y perfectamente, regido por las 
leves del Humanitismo: es el orgullo 
de la servilidad. Su intención es demos¬ 
trar que él.no es criado de «cualquiera).'. 
Después' me llamó la atención respecto 
de loq cocheros de casa grande, másf 
empingorotados que el amo, y respecto 
de los criados de hotel, cuya solicitud 
obedecé á las variaciones sociales de la 
clientela, etcétera. Y concluyó que todo 
éra la expresión de aquel sentimiento 
delicado y noble,—prueba cabal de qué 
muchás veces el hombre, aun lustrando 
betas, es sublime. 

CAPÍTULO CLVII 

Faz brillante 

Sublime eres tú, grité, echándole los* 
brazos al cuello. 

En efecto, éra imposible creer que un 
hombre .tan profundo cayera en la demen¬ 
cia; fué lo que le dije después del abrazo, 
revelándole la sospecha del alienista. No 
puédo describir la impresión que le hizo 


DE ASSIS 

la sospecha; recuerdo solamente, que se 
estremeció y se puso muy pálido. 

Fué por esa'época que yo me reconcilié 
nuevamente con' Cotrim, sin haber llega ¬ 
do á saber la causa del disentimiento. 
.Reconciliación oportuna, porque la sole¬ 
dad me pesaba, y la vida era. para, mí la 
peor de las fatigas, que es la fatiga sin 
ti abajo. Póco después fui invitado por él 
para afiliarme en una orden tercera; lo 
que no hice sin antes consultar 4 Quincas 
Borba. 

—-Entra, si quieres, me dijo éste, pero 
temporariamente. Yo trato de anexar á 
mi filosofía una parte dogmática y litúr¬ 
gica. El Humanitismo ha de ser también 
una religión, la. del porvenir, la única 
verdadera. El cristianismo os bueno para 
las mujeres y los mendigos, y las otras re¬ 
ligiones no valen mas: todas pecan por la 
misma vulgaridad ó flaqueza. El paraíso 
cristiano es un digno émulo del paraíso 
'musulmán; y en cuanto al nirvana de 
Buddha no pasa de una concepción de pa 
ralíticos. Verás, lo que es la religión hu¬ 
manística. La absorción final, lá paz «con- 
tractativa», es la reconcentración de la 
substancia, no su aniquilamiento, etc. Ve 
adonde te llaman; no olvides, sin embar¬ 
go, que eres mi califa. 

Y ved ahora mi modestia; me afilié en 
la orden tercera de XXX, ejercí allí al¬ 
gunos cargos, fué esa la faz mas brillante 
de ini vida. No obstante me callo, no digo 
nada, no cuento mis servicios, ni las re¬ 
compensas que recibí, nada, no digo ab¬ 
solutamente nada. 

Talvez la economía social ganara algo, 
si yo mostrase como-todo y cualquier pre¬ 
mio extraño vale poco al lado del premio 
subjetivo é inmediato; pero sería romper 
el silencio que juré guardar en este pun¬ 
to. Además, los fenómenos de la concien¬ 
cia són de difícil análisis; por otra parte 
si contase uno tendría que contar todos 
los que á ella se refieran, y acabaría ha¬ 
ciendo un capítulo de psicología. Afirmo 
solamente, que fué la faz mas brillante de 
mi vida. Los cuadros eran tristes; tenían 
la monotonía de la desgracia, que es tan 
aburrida como la del placer, y tal vez 
•peor. Pero la alegría que se dá al alma 
do los enfermos y de los pobres, es recom¬ 
pensa de algún válor; y no me dígan que 
ef negativa por solo recibirla el beneficia- 



MEMORIAS PÓSTUMAS DE BLAS CUBAS ; 101 


do. No; yo la recibía de un modo reflejo, 
y aun así grande, tan grande que me daba 
excelente, idea de mi mismo. 

CAPÍTULO CLVIU 

Desencantos 

Al cabo de algunos años, tres, ó cuatro, \ 
estaba aburrido del oficio, y lo abandoné 
no sin hacer un donativo importante, que 
me dió derecho al retrato en la sacristía. 

No acabaré* sin embargo, el capítulo 
sin decir que vi morir en el hospital de 
la Orden, adivinen á quién?.:. á la linda 
Marcela; y la vi morir el mismo dia en 
que-visitando un conventillo para distri¬ 
buir limosnas hallé... Ahora es que no 
van á ser capaces de adivinar... hallé la 
flor del cenador, Eugenia, la hija de doña 
Eusebia y de Villana, tan coja como la 
dejara y aun mas triste. 

Esta, al reconocerme, se puso pálida, y 
bajó los ojos; pero fué cosa de. un instan¬ 
te. Levantó luego la cabeza, y me miró 
con mucha dignidad. Comprendí que no 
recibiría limosna de.mi bolsillo, y- le ex¬ 
tendida mano, como si fuera la esposa de 
un capitalista. Me hizo una cortesía y se 
encerró en su cuartejo. . 

Nunca mas la volví á ver; no supe nada 
de su vida, ni si la madre había muerto, 
ni que desastre la llevara á tamaña mi¬ 
seria. Sé que continuaba coja y triste. Fué 
con esta impresión profunda que llegué 
al hospital, en donde Marcela entrara la 
- víspera, y donde la vi espirar media hora 
después, fea, flaca, decrépita-. 

CAPITULO CLIX 

La semidemencia 

Comprendí que. estaba viejo, y necesi¬ 
taba de una fuerza; pero Quincas Borba 
partiera seis meses antes para Minas Gc- 
raes, y se llevó consigo la mejor de las fi- • 
Íosofías. Volvió - cuatro meses después, y 
entró en casa, cierta mañana, casi en el 
estado en que lo viera en el Paseo Públi¬ 
co. La diferencia estaba en que la mirada 
era otra. Venia demente.. Me contó que,. 
con el fin de perfeccionar el Humanitis- 
mo, había quemado todo el manuscrito é 
iba á recomenzarlo. La parte dogmática 
quedaba completa, aunque no éstabá es¬ 


crita; era la verdadera, relijgion del por¬ 
venir. . 

—Juras por Humanitas? mé.preguntó. 

—Ya-sabes que sL 

. La voz me salía con dificultad del pe¬ 
cho; y sin embargó, no había descubierto 
toda la, cruel verdad. Quincas BoTba no 
soló estaba loco, sino que sabía que estaba 
loco, y ese resto de conciencia, como una 
débil lamparilla en medio de las tinie¬ 
blas, complicaba mucho el horror de la 
situación. Lo sabía, y no sé irritaba con¬ 
tra el maizal contrario, me decía que era 
una prueba de Humanitas, que así jugaba 
consigo mismo. Me recitaba largos ca¬ 
pítulos del libro, y antífonas, y letanías 
espirituales; llegó hasta reproducir una 
danza sagrada que inventara para las cere¬ 
monias del Humanitismo. La gracia lú¬ 
gubre con que levantaba y sacudía las 
piernas era singularmente fantástica. 
Otras veces se retiraba á un rincón, con 
los ojos fijos en el aire, unos ojos en que, 
de tiempo en tiempo, fulguraba un rayo 
persistente de razón, triste como una 
lágrima... 

Mutió poco tiempo después, en mi casa, 
jurando y repitiendo siempre que el do¬ 
lor era una ilusión, y que Pangloss, el 
calumniado Pangloss, no era tan tonto 
como lo suponía Voltáire. 

CAPÍTULO CLX 

De las negativas 

Entre la muerte de Quincas Borba y la 
rafa, mediaron los sucesos, narrados en la 
primera parte del libro. El principal de 
aquellos fué la invención del «Emplasto 
•Blas Cubas», que murió conmigo, á causa 
de la enfermedad que atrapé. Divino 
emplasto, tu me hubieras dado el primer 
lugar entre los hombres, por encima de 
la ciencia y la riqueza, porque eras la ge- 
nuina y directa inspiración del cielo. Ei 
acaso determinó lo contrario; y ahí os 
quedáis eternamente hipocondriacos. 

JSste último capítulo es todo de nega¬ 
tivas. No alcancé la celebridad del em¬ 
plasto, no fui ministro, no fui califa, no 
conocí el casamiento. Verdad es que, al 
lado de esas faltas, cúpome la buena for¬ 
tuna de no comprar el pan con el sudor 
de mi rostro. Aun más; no padecí la 



102 


MACHADO DE ASS1S 


muerte de doña Plácida, ni la semi-de- 
mencia de Quincas Borba. Sumadas uñas 
cosas y otras, cualquier persona imagi¬ 
nará que no ímbo mengua ni sombra, y 
consiguientemente' que salí & maño con 
la vida. E imaginará mal; porque al lle¬ 


gar á este otro lado del misterio, toé 
hallé con un pequeño saldo., que es la úl¬ 
tima negativa de este Capítulo de negati¬ 
vas: — No tuve hijos, no transmití á 
ninguna criatura el legado de nuestra 
miseria.